Simplicidad

31
Oct.
2012
2
com.

Viviendo una ilusión

Ropa, zapatos, libros, cds, pendientes, bolsos, sábanas, tazas y vasos, toallas, tarjetas de crédito, cuentas bancarias, afiliaciones, cuentas de correo electrónico, perfiles en redes sociales, teléfonos móviles y dispositivos electrónicos, agendas, álbumes de fotos, apuntes…

Parece que siempre queremos más. Queremos tener cosas, poseerlas, salir de compras, acumular, cambiar los objetos más antiguos por otros nuevos sin importarnos el servicio que de aquéllos estamos recibiendo porque lo que ansiamos es lo último, en una espiral sin fin de desear-querer-adquirir.

Queremos estar aquí y allí al mismo tiempo. Seguimos a miles de personas y acumulamos cientos de ‘amigos’. Hablamos a través de nuestros móviles mientras caminamos por la calle e incluso cuando conducimos. Nos vamos de vacaciones y seguimos subiendo comentarios y fotografías sobre dónde estamos y qué estamos haciendo. Cenamos con la familia frente a una televisión ruidosa y nos sentimos orgullosos de decir que podemos desempeñar varias tareas a la vez.

¿Cuál es el propósito de todo esto? ¿Qué es lo que obtenemos? Entiendo que cada uno encuentra su pequeño cielo, un reducto de placer personal, una satisfacción íntima y no soy yo nadie para juzgarlo. Lo que sí hago es preguntarme si esta ola constante de progresión aritmética (¿o incluso geométrica?) nos trae a los seres humanos felicidad verdadera, si nos conecta con lo que realmente somos o si por el contrario nos lleva a desligarnos de nuestra fuente.

Jesucristo nació en un establo, dormía en un pesebre y creció en una humilde familia trabajadora. No rechazó a los pudientes ni tampoco los lujos y comodidades pero sí defendió que el apego excesivo a las riquezas (la codicia, el derroche, el acumular porque sí) nos alejaría de nuestro propósito y nos llevaría a lo contrario de la dicha y la satisfacción, sobre todo si vivir así llevaba consigo no compartir y no ayudar a aquellos que no eran tan afortunados. Como consecuencia, los cristianos coherentes llevan una vida sencilla y practican incluso la austeridad.

Sidarta, por el contrario, nació en una rica y noble familia, rodeado de oro, gemas preciosas y sofisticadas esencias. Creció apartado del mundo real, viviendo una existencia de lujo en la que todo parecía perfecto y hermoso. Hasta que un día descubrió a sus súbditos ancianos, pobres y enfermos de su ciudad y se dio cuenta de que la vida era algo más, algo que hasta ese momento había permanecido oculto para él. Y así fue como el príncipe abandonó el palacio real para experimentar lo que significaba vivir sin nada, y entonces encontró la quietud y la paz mental que necesitaba para ser. Se convirtió en El Buda, el Iluminado, y los budistas encuentran en el desapego por lo material una de las claves principales del bienestar.

En un acercamiento más contemporáneo (cronológicamente), el Dr. Wayne Dyer nos habla en sus libros y conferencias sobre la importancia de vivir con un propósito, conectados con nuestra Fuente, compartiendo y ayudando a otros, sintiéndonos agradecidos, experimentado la felicidad a través de los detalles más sencillos. Este hombre realmente me toca el corazón. Me encanta escuchar su profunda y honesta voz y me encanta verlo en la palestra pronunciando esas charlas cargadas de hechos tan irrefutables como fáciles de comprender basados en su experiencia personal y en la sabiduría adquirida con el paso de los años. Si no has caído rendido a sus pies aún te animo a visionar este video en dos partes (un total de casi 25 minutos, con subtítulos en español) y estoy convencida que muchos de vosotros os convertiréis en sus fans incondicionales para siempre (si es así, buscad la película El cambio y disfrutad de cada minuto, por favor).

 

Mis amigos Ani y Javi están en este momento viajando en una búsqueda personal a lo largo y ancho de Asia. ¿Qué es lo que buscan? Os preguntaréis. Entiendo que su búsqueda es la de experiencias vitales que tengan que ver siempre con la interrelación humana, allí donde vayan. Viajan ligeros de equipaje confiando en la generosidad y la buena voluntad de las personas que encuentran. No necesitan demasiadas de las posesiones materiales que mencionaba al principio. Ya llevan dos meses en los caminos y hasta ahora la experiencia ha sido fascinante (están alimentando un blog fabuloso que recomiendo a todo el mundo, donde comparten sus aventuras y fotografías ). En una de sus entradas hablan de la definición oficial de pobreza, ya que parece ser que la ONU considera a Mongolia una de las naciones más pobres del planeta. Sin embargo, y de acuerdo con la experiencia de estos amigos, si la pobreza es vivir con tus seres queridos (personas de todas las generaciones juntas, aprendiendo unos de otros y ayudándose mutuamente cada día), compartiendo lo que tienen, cuidando de su hogar y de sus animales, respetando a la naturaleza y siendo agradecidos, entonces ese tipo de pobreza debería extenderse por todo el mundo conocido en realidad. No puedo estar más de acuerdo con ellos.

¿No es eso lo que Jesucristo y Buda predicaban? Vivir una existencia sencilla, experimentar la simplicidad cada día, liberándonos de lo prescindible… ¿Cuánto más fácil sería para los afectados por el huracán Sandy seguir con sus vidas y recuperarse cuando la tormenta pase si vivieran una vida más simple? (Viajar para ir al trabajo, ya sea en metro o en avión, necesitar de la conexión a internet y de las telecomunicaciones continuamente, basar nuestra existencia en los proveedores de energía para todo lo que hacemos…). Lo sé, lo sé: fácil de decir, complicado de lograr.

Durante los últimos tres años he practicado un ejercicio que me supuso un esfuerzo inmenso al principio y que ahora ya no me resulta tan duro. El ejercicio consiste en pasar revista a mis posesiones dos veces al año (una al comienzo del verano, y luego de nuevo en enero con el inicio del nuevo año), embalando aquellas cosas (ya sabéis: ropa, libros, sábanas…) que no he usado nunca o no recientemente. Algunas van a la basura, otras las regalo. Empezar es lo más complicado ya que mi mente comienza a decirme cómo todo tiene su utilidad y que puedo necesitarlo en algún momento el mes-año-vida que viene… No importa, ¡a la caja va! Elijo hacer espacio en mi realidad para todo lo bueno que espera su turno para entrar. ¡Porque no tiene sitio ahora mismo! ¿Cómo va a sentirse bienvenido? Una vez que he llenado la primera bolsa o caja la energía comienza a fluir limpia y poderosa y entonces sólo quiero abrir más cajones y armarios para poder dejar ir más y más cosas.

Otra pequeña práctica que voy a compartir con vosotros (aún a riesgo de someterme a las críticas de algunos) nace de algo que solía hacer con mis amigos cuando éramos pequeños y llegaban nuestros cumpleaños. No teníamos dinero para comprarnos regalos (por entonces los niños no solíamos llevar dinero en nuestros bolsillos siempre, como parece ser la tónica entre nuestros niños hoy en día) así que elegíamos algo de entre lo que ya teníamos, algo que nos fuese muy querido o nos gustase especialmente por la razón que fuese. Una muñeca o juguete, un libro tal vez, un cromo muy difícil de conseguir, un precioso clip para el pelo… Lo que sea que significase algo importante para nosotros, algo tan bello que a pesar de lo duro que era separarnos de ello, nos hacía felices que nuestro amigo o amiga lo tuviese. Entonces lo adecentábamos, lo envolvíamos en papel de regalo y se convertía así en un presente de cumpleaños perfecto para ese amigo tan querido.

Yo acumulo perfumes, maquillaje, libros y cds que me van regalando y que no llego a utilizar. Y también atesoro (apego puro y duro) todo esos objetos que amo, por la razón que sea. Así que cuando llegan esas épocas del año, dejo a un lado algunas de estas posesiones pensando en ciertas personas que sé que podrían disfrutarlas muchísimo, y las regalo cuando llega el momento oportuno. Puede que suene tonto, ridículo, cutre o patético, me da igual. Lo que me importa es que para mí aún hoy resulta complicado a veces desprenderme de según que cosas y este ejercicio me ayuda.

Podéis estar o no de acuerdo conmigo pero simplemente preguntaros: ¿cuántas de estas posesiones tuyas son realmente necesarias para ti? ¿Cuántas utilizas con asiduidad? ¿Realmente te hacen feliz? ¿Podrías vivir sin ellas? ¿Cómo sería tu vida si prescindieses de ellas? ¿Estarías dispuesto a probar?

Daniel Dafoe dijo: “Todo nuestro descontento por aquello de lo que carecemos procede de nuestra falta de gratitud por lo que tenemos.” Los mongoles de las estepas no tienen mucho pero tienen todo lo que necesitan. ¿Quién es más pobre entonces?