Reconocimiento

24
Oct.
2012
4
com.

La mañana después

 

Ya está, se acabó. Y ahora que ha terminado, ¿qué me queda a mí?

La mañana después de un gran día puedo albergar en mí diferentes sensaciones. Algunos ejemplos muy claros sobre cómo puedo sentirme:

-    Triste, porque esa gran celebración o evento ya terminó, después de tanta ilusión y preparación, después de lo bien que lo he pasado y de todas las emociones que he vivido.

-    Aliviada, porque mis niveles de estrés estuvieron muy altos durante un tiempo y ahora me puedo relajar y descansar, olvidándome de mis responsabilidades, ¡por fin!

-    Esperanzada, porque confío en que cosas fabulosas comiencen a suceder después de la experiencia del día anterior.

-    Vacía, porque la planificación y los preparativos de ese día tan importante me llevaron tanto tiempo y les dediqué tanta energía que ahora me siento desinflada, sin saber qué hacer.

-    Decepcionada, porque pensé que los resultados iban a ser más satisfactorios y que yo iba a sentirme mucho mejor después, y no es el caso.
 

Tal vez ese gran día era la boda o la fiesta de cumpleaños de alguien muy especial para mí, tal vez era mi propia boda o mi fiesta especial de cumpleaños; puede que fuese una reunión de relevancia o un congreso que me encargué de organizar; o una cita con la que había soñado durante meses; o puede que fuese una entrevista para un puesto francamente prometedor en una empresa fascinante después de estar desempleada durante un tiempo; o tal vez el final de ese viaje que planifiqué con esmero; o el darme cuenta después de una comunicación clara y explícita de que algo ha llegado a su fin.

Las opciones son infinitas y el hecho es que la mañana después del gran día y cada mañana es un nuevo comienzo y el comienzo de una nueva vida. La actitud con la que encaro esta nueva oportunidad marcará la diferencia y además siempre será elección mía.

Puedo elegir quedarme atrapada en mi pesarosa nube, envuelta en un halo de melancolía y acompañada de interminables ‘¿Y si…?’. Pero también puedo decidir aceptar el resultado, aprender de él y continuar camino.

Cuando escribo esto no puedo evitar pensar en esa cita de Lao Tzu que reza: “Si estás deprimido, estás viviendo en el pasado; si estás estresado, vives en el futuro; si tu mente está en paz, estás viviendo en el presente”. Tiene miga el pensamiento, ¿no?

Hay una práctica que me encanta y que comencé hace unos años gracias al yoga. Cuando empezábamos y terminábamos la clase, la profesora nos invitaba a reconocerle a nuestro cuerpo el estar ahí para nosotros, y agradecer a todo y a todos a nuestro alrededor el ser parte de aquella experiencia. Es realmente hermoso y especialmente potente practicarlo en grupo porque la energía de la unión  puede sentirse y transciende al mundo físico y a las explicaciones racionales. Algo que merece la pena ser vivido.

Ahora traslado esa práctica a casi todo en mi vida:

-    Le agradezco al sol la calidez del nuevo día, o a las nubes por mantener a mis plantas frescas y por protegerlas.

-    Les doy las gracias a mis plantas por la viva alegría de sus verdes y por el oxígeno puro que me da la vida.

-    Le agradezco a la luna su belleza mágica y al mar su asombroso poder y la vida que alberga en sí.

   Le doy las gracias al jardinero por el gran trabajo que hace cada día, todo el año y a la limpiadora por su dedicación y su amorosa presencia siempre.

-    Me doy las gracias a mí misma por haberme cocinado un plato rico y por prepararme una linda mesa, incluso si voy a comer sola, y me regalo una vela encendida y música de fondo.

-    Les doy las gracias a las personas que están ahí y me dicen que me han leído, que les ha servido, a los que me envían mensajes inspiradors o a los que comparten conmigo jugosas charlas cargadas de valioso contenido.

-    Le agradezco a mi familia su apoyo incondicional, incluso en esas ocasiones en las que no comprenden lo que hago o por qué lo hago. Siempre están ahí, pase lo que pase, pensando en mí y deseándome lo mejor.

-    Le doy las gracias a mi compañero por ser lo suficientemente valiente como para ser él cada día y también por su infinita capacidad de amar.


También podría alargarme en este listado pero esos ejemplos bastan para probar mi argumento. Y mi argumento es que, cuando me sitúo en este ‘modo de agradecimiento’ me siento serena y en paz, me siento bien, ¡de maravilla! Ahí no hay lugar para la ansiedad o el pesar, para la decepción o la tristeza porque ahora puedo ver más allá. La consecuencia directa de esta práctica es que, en la mayoría de las situaciones, llego a un punto en el que, incluso cuando tendría todo el derecho o podría justificar el sentirme triste, estresada, enfadada o preocupada, no puedo sentirme así porque ya me he distanciado del hecho que, en teoría, me ha causado la emoción perturbadora, y lo miro con algo de perspectiva, agradeciendo a la persona o a la experiencia en sí la oportunidad que me ofrecen, aceptándolo tal y como es y haciendo lo que está en mi mano para sacarle partido. Al hilo de esto rescato otra gran cita, esta vez de Confucio: “Hay belleza en todo pero no todo el mundo la ve”. Yo no lo consigo siempre pero bueno, estoy en ello.

Y sí, efectivamente, la mañana después de un gran día es siempre un nuevo comienzo, otra oportunidad para comprender y aceptar, para ver más allá, para acceder a lo profundo, a lo que yace detrás o debajo. Si no lo hice lo suficientemente bien, la próxima vez lo haré mejor. Si estuve fantástica, me regalo un abrazo y muchos besos por ser tan fabulosa. No se trata de ser positivo por encima de todo. Se trata de minimizar el dolor o la culpa, la emoción que me lleva a hundirme, y sustituirla por una perspectiva más favorable que me genere bienestar y me ayude a crecer, liberando mi potencial. Porque yo lo valgo ;-)