Progreso

14
Nov.
2012
2
com.

Comprometidos

 

Hay realidades que no pasan de moda y que de hecho mueven el mundo. Aquellas que tienen sus raíces en lo profundo del alma humana, en la emoción, en el sentimiento, en el órgano motor: el corazón. Lo que se hace con y desde el corazón, desde la emoción, perdura en el tiempo, se mantiene, se hace fuerte hasta en tiempos de crisis y da frutos jugosos y no perecederos.

Tengo una gran amiga de hace muchos años. Ella está casada, con dos hijas preciosas. Está entregada a la crianza de sus niñas y al cuidado de su hogar y de su marido. Es una madre atenta y amorosa, excelente ama de casa y amante compañera de su esposo. Esta amiga me dijo un día que ella entiende a la pareja como una empresa y cuanto más lo pienso más me gusta la idea: pareja = empresa. Reparto de roles, funciones y tareas; responsabilidades compartidas y acordadas; comunicación eficaz, efectiva y constante; toma de decisiones y resolución de conflictos en común; respeto y dedicación; creatividad y entrega; amor y devoción.

Demasiados empresarios han sacrificado el bienestar de sus trabajadores por el beneficio económico. Los gobiernos se esfuerzan por hacernos creer, mediante rebuscadas perífrasis y juegos lingüísticos, que trabajan por el logro de ese bienestar cuando en realidad sus acciones se enfocan a lo contrario. No miran por el bien común sino que se centran en el beneficio individual o en el beneficio de unos pocos, muy pocos y muy poderosos. Y hay excepciones, por supuesto, aunque para el propósito de hoy me es útil quedarme con la extensa generalidad.

Los padres, por naturaleza, velan por el bienestar de sus hijos, muchos incluso hasta después de que sus hijos se valgan por sí mismos. Los padres, por norma general, no escatiman en cuidados, no reducen el número de atenciones. No son tacaños ni exprimen a sus vástagos, sino que se ocupan de ellos, los apoyan, están presentes, les dejan espacio y, con esfuerzo a veces, confían en ellos y en sus posibilidades. Por supuesto que hay excepciones aquí también, con efectos terribles en ocasiones, simplemente tristes en otras.

Pero dejando las excepciones a un lado, me pregunto si las empresas en general serían más respetuosas, rentables y por tanto más exitosas al adoptar ese prisma familiar y de la misma manera, si las parejas y las familias ganarían en productividad, crecimiento y proyección al mirarse a sí mismas como una suerte de modelo empresarial. Más corazón y sentimiento en la empresa, más creatividad y paciencia en la pareja. Al fin y al cabo entiendo que ambas realidades pueden contar con ciertos factores comunes aglutinadores: el amor, el compromiso, la dedicación y el deseo de construir un futuro en común, porque tanto en un lado como en otro se necesita de la unión para ser y para crecer.

Muchas de las parejas y familias que conozco de cerca ya son sin duda emprendedores de éxito, con un futuro prometedor y fértil por delante. El brillo de sus ojos, sus sonrisas, la ilusión y la fe en su proyecto así lo atestiguan y no hay crisis ni fluctuaciones de mercados que puedan hacer tambalear eso. Ya se ocupan ellos de reinventar la economía familiar, el CV o el calendario de vacaciones cuando la coyuntura se complica. Mientras la llama del amor siga viva y ardiendo, su proyecto seguirá creciendo y se hará inmenso e inabarcable. Las dificultades vendrán pero si ellos siguen reconociéndose el uno en el otro y recordando ese propósito que los unió un día, la magia de la vida continuará haciendo su trabajo.

Sería bonito que gobiernos y empresas volviesen la mirada al amor y a los valores de la familia para que los proyectos de todos cotizaran al alza y se tratase sólo de gestionar la sociedad común desde la raíz hidratada y profunda del amor. Ahí es donde reside el talento y el futuro.