Meditación

03
Oct.
2012
6
com.

Donde encuentro mis respuestas

Me ha supuesto tiempo y esfuerzo (todavía tengo trabajo por hacer y de hecho siempre lo tendré) pero ahora puedo decir que me quiero a mí misma por encima de todo y de todos.

Me quiero como soy, no solo mi físico sino lo que para mí es aún más importante, lo más profundo de mi ser. Un par de ejemplos explicativos:


  Nunca me gustó mi barriga. Llegué a odiarla bastante, durante mucho tiempo… Siempre estaba ahí enmedio la condenada, estropeando cada vestido ceñido o escapándose de los bikinis más sexis. Ahora, sin embargo, disfruto de ella y al acostarme por las noche dejo descansar mis manos encima para quedarme dormida, enviándole todo mi amor y gratitud por estar ahí apoyándome, justo en mi centro, dándome equilibrio.

  Otro ejemplo: solía pensar que yo era tímida e inútil en lo que a relacionarse con otros se refiere, incapaz de hacerme oír o de hablar por mí misma. Ahora soy consciente de que tengo una capacidad enorme para estar en silencio, escuchando, atendiendo, haciendo nada, sólo estando. Y esa capacidad se convierte en algo realmente útil y valioso en mi trabajo o cuando conozco a gente nueva, de manera que puedo ofrecerles una escucha activa de calidad. ¡Y además me encanta hacerlo!

Hoy en día hay demasiadas cosas sucediendo siempre a la vez, demasiado que hacer. Sentí que me estaba perdiendo, que mi yo auténtico se estaba extraviando entre tantas luces, colores, tendencias y normas sociales. Me daba la impresión de que me pasaba la vida buscando algo, esperando rellenar espacios, completándome a mí misma con piezas, manteniéndome ocupada, entretenida, enganchada, amada…

¡Ya está bien, por favor! Necesito darme una distancia para poder alejarme de todo ese ruido y para lograr escucharme y verme a mí. Y si he aprendido algo sobre lo que eso significa y sobre cómo lo siento, lo he hecho primero a través del yoga y luego gracias a la meditación.

Comencé a hacer yoga en 2003. Me hice socia de un gimnasio enorme y muy moderno y empecé a asistir, con mucho entusiasmo, a clases de taichi y de yoga. El taichi no llegó a aportarme nada especial pero el yoga fue diferente desde el primer momento. Al principio lo sentía sólo como una manera diferente de hacer ejercicio: en silencio, en lugar de rodeada de música a todo volumen, y sin competir con nadie aparte de conmigo misma, intentando siempre llevar mis límites un poco más allá con cada posición, manteniéndola unos segundos más.

Aquello era un combate con mi propia mente. Ella me decía: ‘Ya está, suficiente, duele demasiado. Mira que tú no eres flexible, vas a provocarte una fractura’. Y yo decía: ‘Puedo hacerlo, quiero hacerlo, ¡voy a hacerlo! Yo estoy al mando de mi cuerpo, no es mi cuerpo el que manda sobre mí. Si otra gente puede hacerlo y todos estamos hechos con la misma piel y los mismos huesos, entonces yo también puedo’. Y la sensación después de mis clases era siempre fascinante: me sentía ligera como una pluma, nada me dolía o me tiraba, no sentía presión de ningún tipo en ninguna parte de mi cuerpo, mi mente estaba en calma y dormía maravillosamente bien esa noche. No me sorprende que de hecho el yoga sea el ejercicio que los grandes meditadores han hecho siempre antes de sentarse para entregarse a su práctica. Ése fue su cometido primigenio.

Durante estos años he tenido la suerte de aprender de 4 profesores de yoga diferentes y he compartido mi tiempo con compañeros de clase de todas las edades y nacionalidades. He hecho yoga en interior y al aire libre, por la mañana y por la noche, en inglés y en español, con luz natural y con luz artificial, con música y en silencio. Pero lo que siempre he sentido ha sido la belleza de estar ahí, presente, conmigo misma, disfrutando de mi práctica y de su evolución a través de mi cuerpo, agradeciendo y amando a cada célula por hacer su trabajo, por ayudarme a llegar un poquito más allá cada vez con la única intención de sentirme mejor y de ser mejor.

Cuando se practica yoga, la meditación es algo que llega naturalmente en algún momento, cuando la persona está preparada. Para mí la meditación es ese espacio que me doy a mí misma, como un regalo precioso. Me siento cómodamente en mi cojín, con la ropa adecuada (según la época del año) y la luz adecuada, en silencio, en calma y a solas. Y entonces sólo se trata de disfrutar de ese tiempo con la persona que he aprendido a amar por encima de todo. ¡¡YO!!

Sentada en mi cojín, permitiéndome ser tal y como estoy en ese preciso momento, desplegando mis miedos y certezas, simplemente respirando. No tengo que hacer nada más ni tengo que llegar a ninguna parte. Allí sólo estoy yo conmigo misma, centrándome en mi respiración primero, haciéndola más y más profunda y abdominal, siguiendo el camino que traza el aire a través de mi cuerpo, sorprendiéndome de la perfección y la sabiduría de esa máquina que soy.

En algún momento mis pensamientos empiezan a venir de visita, claro: ‘¿Qué voy a hacer para cenar? Tengo que enviarle ese artículo a este cliente, le va a encantar. ¿Cuándo hablé con mi Madre por última vez? Da igual, mejor la llamo ahora cuando termine de todas formas. ¡Dios mío… Ese perro está ladrando otra vez! Debería volver a las clases de salsa… ¡Ay! ¿Estoy respirando? Oh, oh… Se me fue de nuevo…’. Así es como va la cosa siempre. Y después de los pensamientos vienen las sensaciones, por supuesto, ¡ellas no se iban a quedar atrás!: ‘¡Qué frío tengo! ¡Estoy helada! Y la cabeza me va a rebentar. Imposible concentrarme con este dolor. ¿Cómo puedo ser tan inútil? Aquí estoy, incapaz de focalizar, con lo fácil que es esto… ¿Qué voy a hacer conmigo? Ahora estoy nerviosa, nerviosa y enfadada conmigo misma, y el enfado me hace sentir calor, lo cual está bien de hecho pero,… No, sigo teniendo los pies como témpanos. ¡Mierda! Ya me fui otra vez…’.

Mi mente no para un solo segundo. Siempre quiere ser escuchada y convertirse en la estrella principal. Yo he aprendido a dejar que pensamientos y sentimientos entren cuando llegan. Primero los acepto, desde el amor y la compasión, luego los dejo ir. Sonrío desde dentro mostrando gratitud a mi mente y a mi cuerpo por ser tan capaces de archivar y gestionar toda esa información que conforma mi rutina diaria y me convierte en humana. Pero no es el momento de organizar cenas ni agendas. Ahora se trata simplemente de estar ahí: quieta, en silencio, sola, en calma. ‘¿Y para qué? ¿Qué sacas de todo esto? ¡Venga ya! ¡Con todo lo que tienes que hacer y estás ahí sentada sin hacer nada aparte de respirar! Lo que yo quiero es que hagas cosas útiles y productivas de verdad’. Ésa era mi mente otra vez, por cierto. Ella cree que sabe qué es lo mejor para mí pero en realidad no lo sabe. Yo sí. Me merezco ese espacio y lo quiero para mí. Sin más.

Leí en algún sitio que cuando ese momento de confusión llega es cuando sé que estoy entrando en el camino del despertar. Y tiene sentido porque en esos momentos, de repente, me siento abierta ante mi conciencia, sintiendo lo que la existencia es a través de mi respiración y de la fascinante belleza y el conocimiento que albergo.

Necesito ese espacio y elijo pasar ese tiempo conmigo, en mi compañía. Ahí es donde encuentro mis respuestas. Nadie ni nada aparte de mí puede llenar mi vacio, si es que eso existe. Buscar distracciones es sólo una manera de escapar. Mirar hacia dentro con los oídos y los ojos de mi alma es la ruta que decido tomar para encontrar la paz que ansío. Por supuesto que amo a mucha gente: a mi perfecto compañero de vida, a mi fabulosa familia, a mis maravillosos amigos, a mis estupendos clientes… Y también me gusta rodearme de cosas hermosas que adoro: mis libros, mi terraza, mis fotografías y mi ropa, el mar y los árboles. Pero no necesito nada de eso para ser yo y ahí es donde radica la belleza. Decido que todas esas personas y cosas formen parte de mi vida pero yo estoy primero. No los necesito para ser y ellos tampoco me necesitan a mí. No tienen mis soluciones ni yo los amarro con ningún tipo de expectativas. Ahora se trata de ser en libertad, desde la responsabilidad individual y la elección personal.

Algunos puede que no lo entiendan a veces y está bien así. Algunas realidades no pueden explicarse o entenderse intelectualmente, sino que deben sentirse y experimentarse. Ésta es una de ellas. En cualquier caso, siempre y cuando sea yo la que lleva las riendas de mi propia vida, todo estará bien.

 

P.D.: Gracias a mi querido amigo Fer por el Buda camboyano de su instantánea.