Duelo

10
Oct.
2012
0
com.

La antesala de la vida o de la muerte

 

Todos en aquella sala esperamos con el corazón en la garganta y los ojos hinchados por el llanto. Esperar duele y los minutos son eternos. La luz del sol también duele y el calor y el ruido de las sirenas y las voces de la gente. ¿Por qué no se hace el silencio de una vez? ¿Por qué no se para el tiempo para poder rebobinar y evitar estar allí esa mañana? ¿Qué hicimos o qué dejamos de hacer? ¿Qué pudimos haber hecho de manera diferente? ¿Qué hemos dejado pendiente? ¿Qué va a pasar ahora? Porque muchos de los que allí estamos sabemos ya las noticias que nos llevaremos a cuestas cuando salgamos. Es sólo cuestión de tiempo. Maldito tiempo, implacable verdugo...

Cuando finalmente salen a hablar con nosotros nos invitan a pasar dentro, a un diminuto y silencioso despacho. No quieren darnos la terrible noticia en aquella sala tan blanca y aséptica, delante de todos los que siguen esperándolos, evitándoles así asistir a nuestro dolor ya inevitable y dándonos un espacio de intimidad para asimilar el golpe.

Son amables, cuidadosos, demuestran tacto y respeto pero haciendo gala a la vez de una claridad y un pragmatismo asombrosos. Y nosotros, hechos una piña, nos tragamos el rollizo sapo y nos vamos a casa como almas en pena, desubicados, sabiendo que tenemos por delante una digestión larga, intensa y muy pesada.

En la calle, para la gran mayoría de la gente, sigue siendo verano y hay feria y la ciudad está de vacaciones. Desde la ventanilla del coche veo la vida y los colores de la alegría y no logro asimilar cómo es posible que tantas personas estén disfrutando cuando otras están padeciendo en ese preciso instante. Ésa es la delgada línea en la que nos movemos continuamente. Ése es el ciclo de la vida y la rutina de la naturaleza.

Ahora, cada vez que celebro, que disfruto, que me divierto, lanzo un pensamiento de amor y compasión hacia todas esas almas que esperan en todas las antesalas del mundo, deseando que mi alegría les toque de alguna manera para que se sientan acompañados, o para ayudarlos a hacer su carga más llevadera o menos pesada. Desde mi corazón les digo que el dolor va a llegar para quedarse una temporada larga pero que sólo está de paso si ellos quieren, que cualquier día se sorprenderán brindando como yo por los que se fueron para estar con nosotros de otra manera. Brindaremos por ellos y por el camino que hemos recorrido desde su marcha y juntos, de nuevo, lanzaremos pensamientos amorosos y compasivos a otras almas que siempre, cada minuto, están habitando esa dolorosa espera…

 

01
Ago.
2012
0
com.

Espejismos

Creí verte tantas veces… Caminando por la calle, en el supermercado, al volante, paseando en la playa, pidiendo una copa en la barra de un bar, en la ventanilla del banco, con traje y corbata, en bañador, en camiseta y bermudas… Pero nunca eras tú. Eran sólo personas que se te parecían y a veces ni eso. A veces era simplemente mi imaginación inconsciente buscándote en cada rostro porque tenía necesidad de verte en tres dimensiones y en movimiento. Por un instante mi corazón latía a un ritmo frenético, mis pupilas enfocaban alteradas y todos mis sentidos se agudizaban para retener ese momento y para retenerte a ti en él. Entonces era como si flotásemos en un limbo de espacio y tiempo donde desaparecía el ruido y el mundo, donde sólo estábamos los dos. ¡Pero la burbuja se rompía tan rápido! El claxon de un coche, la voz de un niño, algo de música alrededor y el encantamiento se deshacía así sin más. Descorazonador… El estómago entonces se me retorcía en un nudo inmenso y ya sólo quería llegar a casa para encontrarte allí, aunque fuese sólo en dos dimensiones.


Luego viniste tú a verme varias veces y entonces la sorpresa fue mayor incluso, el sobresalto más profundo y tuve miedo. Miedo de verte de nuevo así de real, a pesar de haberlo deseado tanto tantas veces. En tus visitas siempre te veía feliz, saludable, sonriente, luciendo un moreno envidiable, vestido de negro o con esa camiseta color verde militar que a mí tanto me gustaba. Una vez superado el miedo yo me alegraba inmensamente de verte y te hacía preguntas y lloraba sin dejar de mirarte. Tú sonreías y siempre me contestabas, aunque fuese con silencios. Cuando te veía lo entendía todo. No había reproches pero sí dudas y peticiones de ayuda que tú atendías generoso. Por eso quería verte más, porque esos encuentros ¡me ayudaban tanto! Yo quería elegir cuándo tenerlos, acordarlos de alguna manera, pero no sabía cómo hacerlo, dónde encontrarte, qué hacer para provocarlos. Así que sólo me quedaba esperar cuándo me sorprenderías otra vez. Aún así también dolía mucho cuando te esfumabas. Sólo quedaba vacío, la ilusión de un encuentro fugaz e insuficiente y la soledad de nuevo hasta no sabía cuándo… Desolación era lo que sentía entonces y la angustia se instalaba en mi pecho a sus anchas.


El tiempo pasa y entretanto nosotros vamos cambiando. Ya apenas te veo ni tú vienes nunca por aquí. Te pienso mucho, casi a diario y sé que tú a mí también. Los dos estamos mejor que nunca y posiblemente todo lo que pasó tenía que suceder para que llegásemos a este punto en el que estamos hoy. Yo no podría haber llegado aquí sin ti y sin que te fueses, eso lo sé ahora. Y tú tenías otro camino que seguir aunque fuese alejado del mío. Pero ¡qué dicha habernos encontrado durante ese intervalo de tiempo! ¡Cuánto aprendimos y cuánto nos dimos! Nunca se lo podré agradecer suficientemente a la Vida.


Este mes de agosto cumplirías 44 años; hace 6 que te fuiste; y aquella camiseta tuya verde militar que tanto me gustaba sigue pululando por los cajones... :)