Crecimiento

08
Ago.
2012
6
com.

¡Somos campeones!

 

Durante estos días, imbuidos como estamos muchos del espíritu olímpico, no dejo de pensar en la capacidad infinita del ser humano para superarse, para mejorar, para llegar aún más allá.

Es cierto que en este mundo del deporte de élite existe la manipulación, el dopaje, los intereses creados y mucho dinero e inversiones de por medio según qué países. Pero ésa no es la perspectiva que a mí me interesa. Lo que realmente me conmueve es esa voluntad que muchos atesoran de trabajar sin tregua por un objetivo, de poner la mente, la emoción y el cuerpo en ello entregándose, cueste lo que cueste, dispuestos a pagar el precio que sea necesario. Un precio que se mide en sacrificios de muchos tipos, emocionales también, estando lejos de sus hogares, de sus familias y amigos, trabajando muy duro muchas horas al día desde muy jóvenes, estando presentes y enfocados durante todo ese tiempo para obtener el máximo rendimiento posible.

Vivir en ese nivel de entrega cada día es un trabajo duro y me resulta fascinante descubrir cómo la gran mayoría de estos deportistas hablan de estos sacrificios con orgullo y satisfacción porque sienten que se les ha dado la oportunidad de dedicarse a lo que más les gusta, porque tienen el privilegio de ganarse la vida haciendo aquello que les apasiona, porque pueden levantarse cada día con la ilusión de saber que el trabajo que les espera les llena y les reconforta y que la recompensa final será la siguiente competición, el volver a superarse, el hacerlo mejor que la última vez, el llegar un segundo antes o un centímetro más lejos. Eso es compromiso.

También se superan los entrenadores que planean estrategias de éxito para sacar el potencial de sus deportistas; los ingenieros que trabajan en el diseño, los materiales y las prestaciones de un nuevo tipo de bañador, de pelota, de raqueta o de zapatillas, apoyando así desde su campo a los que luego se colgarán las medallas; los endocrinos, dietistas y cocineros que plantean las mejores dietas posibles para cada uno de estos campeones (la revista Redes para la ciencia dedicaba un amplio espacio a todo esto en su nº 28).

Al final de la cadena está el eslabón visible que se deja guiar, el que pone su esfuerzo y su dedicación, sus horas de entreno y su entusiasmo, el que compite y da la cara por todos los que han estado trabajando en la sombra, convirtiéndose en estandarte de muchas otras personas, de un equipo, de un país incluso.

Porque nosotros, desde los sillones de nuestras casas nos identificamos con esos luchadores, los admiramos y los animamos, nos alegramos de sus victorias y sufrimos sus derrotas, lloramos con ellos cuando escuchan emocionados desde el podium el himno de su país o cuando tienen que abandonar obligados por una lesión después de tanto trabajo… Nos sentimos orgullosos de sus logros y partícipes de su dolor cuando lo hay, y hasta nos sentimos campeones en parte por haber sido fieles seguidores, por ser compatriotas, por sentirnos cercanos a ellos de la manera que sea.

Porque nosotros, sin ser atletas de élite, también sabemos lo que es el esfuerzo y también trabajamos por superarnos a diario, planteándonos retos y avanzando para llegar aún más allá. Nosotros también hemos ganado a veces y otras no nos salió la jugada como esperábamos, y aunque la sensación de fracaso está ahí siempre como una sombra que acecha, el sentimiento de satisfacción tiende a prevalecer. Siempre es valioso haber apostado, haberse enfrentado. Participar es lo más bello, sin duda, sentirse parte de algo tan grande. ¡Quién no puede estar orgulloso de haber formado parte de unos Juegos Olímpicos aunque haya vuelto a casa sin medalla! Estar allí ya es un premio, significa que has sido de los mejores, que has trabajado duro y ese trabajo te ha llevado hasta allí, donde sólo llegan unos cuantos. Ganar es maravilloso pero disfrutar del camino lo es aún más. Amar lo que haces y entregarte a ello, atender y escuchar a la gente que trabaja a tu lado y que te apoya, tener la oportunidad de ser algo mejor cada día y reposar por las noches con la satisfacción del trabajo bien hecho y de que mañana habrá más… ¡Impagable!

Una amiga mía muy querida (somos amigas desde que nacimos, bueno, desde que nací, porque ella vino al mundo 23 días antes que yo) lanzó un grito de guerra una vez: “¡SOMOS CAMPEONAS!”. Teníamos tal vez 20 años y sin dar más detalles del contexto en que aquello sucedió, lo que ella quería decir es que podemos conseguir lo que nos propongamos si de verdad lo queremos y nos lo creemos. ¡Qué razón tenía mi amiga! Durante años respondimos a esa consigna motivacional entre nosotras, cuando nos enfrentábamos a dificultades, cuando generábamos nuevos retos: “Acuérdate, ¡tú eres una campeona!” y el verbalizar aquella fórmula mágica nos invitaba a la risa, a jalearnos entre nosotras, a decirnos “¡Sí, por supuesto, yo puedo! ¡Yo soy una campeona!”. Un anclaje en toda regla. ¡Qué sabias! Así conseguimos muchas de las metas que nos propusimos (mi amiga logró la suya aquella noche, por cierto, no podía ser de otra manera).

A menudo no nos colgamos todas las medallas que nos merecemos, no recordamos ni valoramos los triunfos que hemos cosechado ni tampoco nos felicitamos por lo que hemos aprendido de las derrotas. ¿Te das cuenta? ¿Eres consciente de todo lo que has logrado, de lo que has aprendido, de lo mucho que has crecido? ¡Somos unos campeones y muchos ni lo sabemos!

Yo quiero felicitarme hoy a mí misma y felicitarte a ti también. ¡SOMOS CAMPEONES! ¡Enhorabuena!