10
Oct.
2012
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com.

La antesala de la vida o de la muerte

 

Todos en aquella sala esperamos con el corazón en la garganta y los ojos hinchados por el llanto. Esperar duele y los minutos son eternos. La luz del sol también duele y el calor y el ruido de las sirenas y las voces de la gente. ¿Por qué no se hace el silencio de una vez? ¿Por qué no se para el tiempo para poder rebobinar y evitar estar allí esa mañana? ¿Qué hicimos o qué dejamos de hacer? ¿Qué pudimos haber hecho de manera diferente? ¿Qué hemos dejado pendiente? ¿Qué va a pasar ahora? Porque muchos de los que allí estamos sabemos ya las noticias que nos llevaremos a cuestas cuando salgamos. Es sólo cuestión de tiempo. Maldito tiempo, implacable verdugo...

Cuando finalmente salen a hablar con nosotros nos invitan a pasar dentro, a un diminuto y silencioso despacho. No quieren darnos la terrible noticia en aquella sala tan blanca y aséptica, delante de todos los que siguen esperándolos, evitándoles así asistir a nuestro dolor ya inevitable y dándonos un espacio de intimidad para asimilar el golpe.

Son amables, cuidadosos, demuestran tacto y respeto pero haciendo gala a la vez de una claridad y un pragmatismo asombrosos. Y nosotros, hechos una piña, nos tragamos el rollizo sapo y nos vamos a casa como almas en pena, desubicados, sabiendo que tenemos por delante una digestión larga, intensa y muy pesada.

En la calle, para la gran mayoría de la gente, sigue siendo verano y hay feria y la ciudad está de vacaciones. Desde la ventanilla del coche veo la vida y los colores de la alegría y no logro asimilar cómo es posible que tantas personas estén disfrutando cuando otras están padeciendo en ese preciso instante. Ésa es la delgada línea en la que nos movemos continuamente. Ése es el ciclo de la vida y la rutina de la naturaleza.

Ahora, cada vez que celebro, que disfruto, que me divierto, lanzo un pensamiento de amor y compasión hacia todas esas almas que esperan en todas las antesalas del mundo, deseando que mi alegría les toque de alguna manera para que se sientan acompañados, o para ayudarlos a hacer su carga más llevadera o menos pesada. Desde mi corazón les digo que el dolor va a llegar para quedarse una temporada larga pero que sólo está de paso si ellos quieren, que cualquier día se sorprenderán brindando como yo por los que se fueron para estar con nosotros de otra manera. Brindaremos por ellos y por el camino que hemos recorrido desde su marcha y juntos, de nuevo, lanzaremos pensamientos amorosos y compasivos a otras almas que siempre, cada minuto, están habitando esa dolorosa espera…

 

03
Oct.
2012
6
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Donde encuentro mis respuestas

Me ha supuesto tiempo y esfuerzo (todavía tengo trabajo por hacer y de hecho siempre lo tendré) pero ahora puedo decir que me quiero a mí misma por encima de todo y de todos.

Me quiero como soy, no solo mi físico sino lo que para mí es aún más importante, lo más profundo de mi ser. Un par de ejemplos explicativos:


  Nunca me gustó mi barriga. Llegué a odiarla bastante, durante mucho tiempo… Siempre estaba ahí enmedio la condenada, estropeando cada vestido ceñido o escapándose de los bikinis más sexis. Ahora, sin embargo, disfruto de ella y al acostarme por las noche dejo descansar mis manos encima para quedarme dormida, enviándole todo mi amor y gratitud por estar ahí apoyándome, justo en mi centro, dándome equilibrio.

  Otro ejemplo: solía pensar que yo era tímida e inútil en lo que a relacionarse con otros se refiere, incapaz de hacerme oír o de hablar por mí misma. Ahora soy consciente de que tengo una capacidad enorme para estar en silencio, escuchando, atendiendo, haciendo nada, sólo estando. Y esa capacidad se convierte en algo realmente útil y valioso en mi trabajo o cuando conozco a gente nueva, de manera que puedo ofrecerles una escucha activa de calidad. ¡Y además me encanta hacerlo!

Hoy en día hay demasiadas cosas sucediendo siempre a la vez, demasiado que hacer. Sentí que me estaba perdiendo, que mi yo auténtico se estaba extraviando entre tantas luces, colores, tendencias y normas sociales. Me daba la impresión de que me pasaba la vida buscando algo, esperando rellenar espacios, completándome a mí misma con piezas, manteniéndome ocupada, entretenida, enganchada, amada…

¡Ya está bien, por favor! Necesito darme una distancia para poder alejarme de todo ese ruido y para lograr escucharme y verme a mí. Y si he aprendido algo sobre lo que eso significa y sobre cómo lo siento, lo he hecho primero a través del yoga y luego gracias a la meditación.

Comencé a hacer yoga en 2003. Me hice socia de un gimnasio enorme y muy moderno y empecé a asistir, con mucho entusiasmo, a clases de taichi y de yoga. El taichi no llegó a aportarme nada especial pero el yoga fue diferente desde el primer momento. Al principio lo sentía sólo como una manera diferente de hacer ejercicio: en silencio, en lugar de rodeada de música a todo volumen, y sin competir con nadie aparte de conmigo misma, intentando siempre llevar mis límites un poco más allá con cada posición, manteniéndola unos segundos más.

Aquello era un combate con mi propia mente. Ella me decía: ‘Ya está, suficiente, duele demasiado. Mira que tú no eres flexible, vas a provocarte una fractura’. Y yo decía: ‘Puedo hacerlo, quiero hacerlo, ¡voy a hacerlo! Yo estoy al mando de mi cuerpo, no es mi cuerpo el que manda sobre mí. Si otra gente puede hacerlo y todos estamos hechos con la misma piel y los mismos huesos, entonces yo también puedo’. Y la sensación después de mis clases era siempre fascinante: me sentía ligera como una pluma, nada me dolía o me tiraba, no sentía presión de ningún tipo en ninguna parte de mi cuerpo, mi mente estaba en calma y dormía maravillosamente bien esa noche. No me sorprende que de hecho el yoga sea el ejercicio que los grandes meditadores han hecho siempre antes de sentarse para entregarse a su práctica. Ése fue su cometido primigenio.

Durante estos años he tenido la suerte de aprender de 4 profesores de yoga diferentes y he compartido mi tiempo con compañeros de clase de todas las edades y nacionalidades. He hecho yoga en interior y al aire libre, por la mañana y por la noche, en inglés y en español, con luz natural y con luz artificial, con música y en silencio. Pero lo que siempre he sentido ha sido la belleza de estar ahí, presente, conmigo misma, disfrutando de mi práctica y de su evolución a través de mi cuerpo, agradeciendo y amando a cada célula por hacer su trabajo, por ayudarme a llegar un poquito más allá cada vez con la única intención de sentirme mejor y de ser mejor.

Cuando se practica yoga, la meditación es algo que llega naturalmente en algún momento, cuando la persona está preparada. Para mí la meditación es ese espacio que me doy a mí misma, como un regalo precioso. Me siento cómodamente en mi cojín, con la ropa adecuada (según la época del año) y la luz adecuada, en silencio, en calma y a solas. Y entonces sólo se trata de disfrutar de ese tiempo con la persona que he aprendido a amar por encima de todo. ¡¡YO!!

Sentada en mi cojín, permitiéndome ser tal y como estoy en ese preciso momento, desplegando mis miedos y certezas, simplemente respirando. No tengo que hacer nada más ni tengo que llegar a ninguna parte. Allí sólo estoy yo conmigo misma, centrándome en mi respiración primero, haciéndola más y más profunda y abdominal, siguiendo el camino que traza el aire a través de mi cuerpo, sorprendiéndome de la perfección y la sabiduría de esa máquina que soy.

En algún momento mis pensamientos empiezan a venir de visita, claro: ‘¿Qué voy a hacer para cenar? Tengo que enviarle ese artículo a este cliente, le va a encantar. ¿Cuándo hablé con mi Madre por última vez? Da igual, mejor la llamo ahora cuando termine de todas formas. ¡Dios mío… Ese perro está ladrando otra vez! Debería volver a las clases de salsa… ¡Ay! ¿Estoy respirando? Oh, oh… Se me fue de nuevo…’. Así es como va la cosa siempre. Y después de los pensamientos vienen las sensaciones, por supuesto, ¡ellas no se iban a quedar atrás!: ‘¡Qué frío tengo! ¡Estoy helada! Y la cabeza me va a rebentar. Imposible concentrarme con este dolor. ¿Cómo puedo ser tan inútil? Aquí estoy, incapaz de focalizar, con lo fácil que es esto… ¿Qué voy a hacer conmigo? Ahora estoy nerviosa, nerviosa y enfadada conmigo misma, y el enfado me hace sentir calor, lo cual está bien de hecho pero,… No, sigo teniendo los pies como témpanos. ¡Mierda! Ya me fui otra vez…’.

Mi mente no para un solo segundo. Siempre quiere ser escuchada y convertirse en la estrella principal. Yo he aprendido a dejar que pensamientos y sentimientos entren cuando llegan. Primero los acepto, desde el amor y la compasión, luego los dejo ir. Sonrío desde dentro mostrando gratitud a mi mente y a mi cuerpo por ser tan capaces de archivar y gestionar toda esa información que conforma mi rutina diaria y me convierte en humana. Pero no es el momento de organizar cenas ni agendas. Ahora se trata simplemente de estar ahí: quieta, en silencio, sola, en calma. ‘¿Y para qué? ¿Qué sacas de todo esto? ¡Venga ya! ¡Con todo lo que tienes que hacer y estás ahí sentada sin hacer nada aparte de respirar! Lo que yo quiero es que hagas cosas útiles y productivas de verdad’. Ésa era mi mente otra vez, por cierto. Ella cree que sabe qué es lo mejor para mí pero en realidad no lo sabe. Yo sí. Me merezco ese espacio y lo quiero para mí. Sin más.

Leí en algún sitio que cuando ese momento de confusión llega es cuando sé que estoy entrando en el camino del despertar. Y tiene sentido porque en esos momentos, de repente, me siento abierta ante mi conciencia, sintiendo lo que la existencia es a través de mi respiración y de la fascinante belleza y el conocimiento que albergo.

Necesito ese espacio y elijo pasar ese tiempo conmigo, en mi compañía. Ahí es donde encuentro mis respuestas. Nadie ni nada aparte de mí puede llenar mi vacio, si es que eso existe. Buscar distracciones es sólo una manera de escapar. Mirar hacia dentro con los oídos y los ojos de mi alma es la ruta que decido tomar para encontrar la paz que ansío. Por supuesto que amo a mucha gente: a mi perfecto compañero de vida, a mi fabulosa familia, a mis maravillosos amigos, a mis estupendos clientes… Y también me gusta rodearme de cosas hermosas que adoro: mis libros, mi terraza, mis fotografías y mi ropa, el mar y los árboles. Pero no necesito nada de eso para ser yo y ahí es donde radica la belleza. Decido que todas esas personas y cosas formen parte de mi vida pero yo estoy primero. No los necesito para ser y ellos tampoco me necesitan a mí. No tienen mis soluciones ni yo los amarro con ningún tipo de expectativas. Ahora se trata de ser en libertad, desde la responsabilidad individual y la elección personal.

Algunos puede que no lo entiendan a veces y está bien así. Algunas realidades no pueden explicarse o entenderse intelectualmente, sino que deben sentirse y experimentarse. Ésta es una de ellas. En cualquier caso, siempre y cuando sea yo la que lleva las riendas de mi propia vida, todo estará bien.

 

P.D.: Gracias a mi querido amigo Fer por el Buda camboyano de su instantánea.

26
Sep.
2012
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Cuestión de espíritu

Algunas personas evitan o rechazan el término ‘espiritualidad’ y me pregunto si la razón es que lo conectan con algún tipo de perspectiva religiosa inapropiada para ellos o porque no se ven a sí mismos como seres espirituales en absoluto. Es cierto también que no todos nosotros construimos nuestra realidad con los mismos conceptos. Por ejemplo: mi Abuela no sabe nada de Twitter, sushi, tarjetas de embarque, yoga, música indie o películas en versión original. Estas realidades no son parte de su mundo y posiblemente nunca lo serán ya (a no ser que la fuerce a entrar en ellas, lo cual es totalmente absurdo). Así que es posible que ese lado espiritual de la vida tenga nada o muy poco espacio en la vida de estas personas. Y está bien así.


¿Qué es el espíritu al fin y al cabo? Yo pienso, que entre aquellos que utilizamos el término, todos tenemos nuestra propia definición. Para mí el espíritu tiene que ver con el ser más genuino, con la auténtica persona que se encuentra detrás y debajo de todas las demás capas. El espíritu tiene por tanto relación con el alma, la expresión más profunda de la personalidad y la energía de alguien, un aura de vibraciones que comunica información esencial sobre esa persona. Podemos verlo como algo extraño o paranormal incluso pero de hecho podemos sentirlo, queramos o no admitirlo.


Así que vamos a aceptar, al menos durante el tiempo que te va a llevar leer este post, que el espíritu existe y que nuestro ser espiritual es algo real incluso a pesar de su invisibilidad. Teniendo esto en cuenta y de acuerdo con fuentes hindúes, la espiritualidad está basada en 4 leyes principales (para aquellos interesados en la cultura hindi podéis seguir Arise India Forum, sólo en inglés):


1- ‘La persona que llega a nuestra vida es siempre la persona correcta’.

No existen las coincidencias y quien entra en nuestra vida lo hace por una razón, para enseñarnos algo que es importante para nuestra experiencia vital y para nuestro desarrollo. Hay otra idea conectando con ésta: ‘las personas entran en nuestra vida por una razón, durante una estación o para siempre’. Incluso las que se quedan por un corto periodo de tiempo tienen su razón de ser y debemos honrar y aceptar el aprendizaje que nos traen consigo.


2- ‘Lo que sucede es la única cosa que podía haber sucedido’.

No hay lugar para pensamientos del tipo: ‘si no hubiese atendido esa llamada telefónica habría salido 10 minutos antes y por tanto no me habría visto envuelto en ese accidente de tráfico’. Cada cosa que nos sucede tiene que suceder así. Algunos pueden llamarlo ‘destino’ y muchos pueden estar en contra de este término (de nuevo, la historia se repite, la resistencia), pero de acuerdo con esta ley, el personaje que interpreta Gwyneth Paltrow en Dos vidas en un instante no tenía tampoco opción, incluso si su mente se negase a aceptarlo.


3- ‘En cualquier momento en el que algo comience, es el momento correcto’.

Ni antes ni después, siempre en el momento preciso cuando estamos preparados para ello. Así que cuando decimos que algo nos está llevando mucho tiempo, que vamos muy despacio, que somos lentos o que no estamos obteniendo los resultados que esperábamos a esas alturas, estamos de hecho renegando de esta ley. Todo es perfecto como es y no tenía que haber sucedido de ninguna otra manera (y esto me hace pensar en dos conversaciones que he mantenido recientemente con dos queridos amigos y colegas. Sr Nutini, simplemente déjalo ser, amigo, todo está bien como está y vas muy bien; y @logropersonal, enhorabuena por todos los progresos; estás llegando a donde tienes que llegar a tu ritmo, que es el mejor ritmo para ti).


4- ‘Cuando algo termina, simplemente termina’.

Y cuando lo hace deja espacio y energía para algo nuevo. Nuestro papel es dejar ir para permitir la entrada de lo nuevo. El concepto budista de ‘desapego’ conduce a la libertad individual y a la paz mental, entre otras cosas porque en la mayoría de las ocasiones no está en nuestras manos el controlar cuándo llega el fin de cada cosa. Dalai Lama dice que “el apego es el origen y la raíz del sufrimiento, por tanto, es la causa misma del sufrimiento”. Se trata de aceptar en lugar de luchar en contra, de fluir en lugar de reaccionar ante los movimientos de la vida. Nada dura para siempre. Todo está expuesto al cambio constante.

Estas 4 leyes tienen muchísimo sentido para mí y puedo aplicarlas al análisis de cualquier ejemplo que tome de mi vida. En realidad no se trata de diferenciar entre religiones porque la espiritualidad real puede ser cristiana, budista, musulmana o atea. Podemos ver y sentir un espíritu verdadero, e incluso uno falso, detrás de cada una de esas etiquetas. Jesucristo y Buda comparten el mismo espíritu y todos podemos vivir juntos como uno. Todo está bien así. Es simplemente cuestión de ser y dejar ser.

 


 

19
Sep.
2012
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Tú y el espejo

Yo de niña quería ser escritora, profesora y/o artista como Madonna (y tenía que ser como Madonna y no como nadie más, porque para mí Madonna estaba en lo más alto del podium. Ella podía cantar, bailar, marcar tendencia, sorprender a audiencias, mover multitudes, conectar, ser apasionada y disfrutar con su trabajo. Así la veía yo y todavía hoy la sigo y la admiro).

Mis sueños no tenían límites. Podría escribir increíbles historias sobre niños creativos y valientes que se enrolaban en todo tipo de fabulosas aventuras, y otros niños y jóvenes de todo el globo leerían mis libros y se engancharían como yo lo hacía con los libros que leía por aquel entonces. Convertirme en profesora era una elección más terrenal y práctica, movida por los amorosos y entregados ejemplos (no demasiados debo decir, al menos dos seguro) que encontré en la guardería y en el colegio.

Fui creciendo y entonces empecé a sentir esa desagradable sensación, estoy segura que sabes a qué me refiero: jamás me convertiría en ninguna de esas cosas con las que soñaba. Estaban totalmente fuera de mi alcance, a un millón de años luz, disponibles sólo en reinos muy lejanos que yo ni siquiera podía visitar y a disposición de personas con mucho talento que además se dedicaban a ello desde muy jóvenes. Yo había malgastado ya demasiado tiempo, era tarde para mí y muy difícil. Imposible.

A no ser que me convirtiera en profesora, claro… Eso sí podía hacerlo. Podría enseñar mi asignatura favorita (literatura, por supuesto) a la gente más joven, y compartir con ellos mi entusiasmo por la poesía, las metáforas y el idioma como herramienta de comunicación. Así que seguí creciendo y con el tiempo llegué a comprender cómo funcionaba el sistema y qué tenía que hacer para dedicarme a la enseñanza. Mi gozo en un pozo puesto que no me gustó nada lo que descubrí y ya era tarde para imitar a Madonna. Además, Madonna ya había una y era única, así qué, ¿de qué iba a servir? ¿Y qué podía hacer yo? ¿A qué me iba a dedicar? ¿Iba a convertirme en escritora? ¡Menuda idea tonta! ¿Quién iba a querer publicar un libro escrito por mí, primero, y lo que es más importante aún, quién iba a querer comprarlo y leerlo luego?

Oh, oh… Estaba metida en un lío. ¿Qué iba a hacer con mi vida? ¿Cómo iba a encontrar una salida? El tiempo pasaba y yo estaba perdida.

El día que me di cuenta de que en realidad yo podía ganarme la vida de cualquier manera sentí un gran alivio. Era razonablemente inteligente, tenía una carrera, podía hablar (aunque no demasiado bien por aquel entonces) un segundo idioma y el mundo era más amplio que mi ciudad, mi región, mi país. Podía viajar y encontrar un trabajo haciendo lo que fuese. Y ahí fue donde perdí mi brújula.

Puedo hacer lo que sea, casi, sí. Pero, ¿quiero? Porque cuando miro atrás ahora me doy cuenta de que seguir otras brújulas en lugar de la mía hizo que dejase a mi propósito atrás. ¿Qué pasó con esos sueños de mi infancia? ¿Cómo pasaron de  relucientes fantasías a ideas tontas? ¿Cómo era posible, cuando me habían hecho sentir tan bien y tan llena de vida cuando era pequeña? Nada que ver con cómo me sentía ahora. Pero claro, esto, ese ahora, era el ‘mundo real’. Y la niñez entonces, ¿qué fue? ¿Una mentira?

He trabajado para otros en muchas ocasiones. He tenido trabajos diferentes desarrollando roles distintos. A veces he disfrutado mi trabajo y otras lo he aborrecido intensamente. He conocido a algunos profesionales alucinantes y también a gentes que no merecían la pena en absoluto. He aprendido mucho de todos ellos pero debo confesar que entonces mi único propósito era ganarme la vida, recibir mi sueldo a final de mes para pagar las facturas y comprarme libros nuevos, ropa nueva, billetes de avión y cenas fuera de casa. Y todo eso estaba bien hasta que pasó a no ser suficiente. Nadie me enseño nunca lo valioso y satisfactorio que es vivir con un propósito. Nunca aprendí acerca de mis talentos, cómo descubrirlos, escucharlos, desarrollarlos o seguirlos.

Ese sentimiento de malestar no apareció de la noche a la mañana. La verdad es que estuvo ahí todo el tiempo, desde el principio. Siempre había algo muy dentro de mí que apuntaba al lado oscuro, y me decía: ‘¿Para qué todo esto? ¿Qué diferencia marco yo en el mundo haciendo esto que hago? ¿Qué valor tiene este trabajo que desarrollo?’. Sin embargo elegía no encontrar respuestas y decidía enterrar las preguntas en lo profundo. Al fin y al cabo, ¿cómo podía ser tan ingrata? Tenía veintitantos años; había tenido la suerte de acceder a una buena educación; me las había arreglado para encontrar un buen trabajo en una buena empresa que me pagaba un buen sueldo que me permitía vivir una buena vida. ¿Dónde estaba el problema? ¿Qué es lo que me pasaba a mí? ¿A qué venía ese inconformismo constante, esa sensación de vacio?

La farsa no duró mucho, puesto que ese incómodo malestar seguía haciéndose más y más grande, ocupando más espacio dentro de mí. Ya no importaba lo que otros pudiesen pensar. Yo me sentía fatal y todo apuntaba a la misma dirección así que tenía que redefinir mi ruta y empezar de cero de nuevo.

Estoy orgullosa de decir que ahora soy coach profesional (y esto lo he logrado no sólo gracias a mis esfuerzos y compromiso sino también gracias al apoyo de mi querida familia y su amor incondicional; y a la confianza de mis maravillosos y especialísimos amigos; y por supuesto, gracias a los ánimos y a la fe constante que mi magnífico compañero tiene en mí, estando siempre ahí, creyendo en mis ideas y proyectos. ¡Os quiero tanto a todos! No podría hacerlo sin vosotros).

¿Has sentido tú esa incómoda sensación en tu fuero interno, desde lo más profundo de tu corazón? ¿La escuchas? ¿La honras? ¿Tienes una brújula? ¿La sigues?

Cuando no reconocemos ninguna de la señales y nos empeñamos en alcanzar las metas equivocadas, otras áreas de nuestra vida comienzan a perder forma o brillo. Hay cosas que empiezan a fallar. Entonces tendemos a enfocarnos en el síntoma y en alcanzar un arreglo rápido, sin darnos cuenta de que la clave de todo está más profunda, en las raíces. Ahí es donde tenemos que acudir, no para arreglar nada sino para nutrir y darle cariño y atención a esas raíces.

Si escuchamos con atención, de verdad, con paciencia y con tiempo por delante, entonces sabremos qué hacer y cómo hacerlo. Como lo hacíamos cuando éramos niños. Los niños saben porque no están corrompidos con ideas racionales y esquemas prácticos. Ellos simplemente sienten y se dejan llevar por sus emociones.

Descubrir tu propósito te llevará a ser más feliz porque le encontrarás una razón auténtica a tu existencia. Ese objetivo dirigirá tus pasos y cada elección que tomes te acercará a tus sueños. Y eso es ya tan bueno como vivirlos.

Permíteme que te proponga un ejercicio y date una oportunidad, por favor, hazlo: dedícate unos minutos y ponte de pie frente a un espejo. Mueve tu mano hacia adelante como si fueses a quitarle algo a tu imagen en el espejo. Como es de esperar, la imagen hace lo propio y también intenta coger algo tuyo. Así es como experimentamos la carencia en nuestra vida, porque insistimos en quitarnos cosas a nosotros mismos y a los demás. Ahora, sin embargo, en lugar de coger vas a darle algo a ese reflejo en el espejo: un objeto, un beso, una sonrisa… Lo que sea, no importa. Y por supuesto, tu reflejo también tiene un regalo para ti ahora, ¿verdad? Tan simple y tan grande a la vez, ¿no te parece?

Descubrí esta poderosísima metáfora en un maravilloso libro-proceso que será parte de mi trayectoria vital por siempre (gracias a Mar, mi profesora de yoga durante los últimos 3 años, por compartir con nosotros un regalo tan increíble). ¿Para qué quitarme cosas en lugar de dármelas? ‘Dar incondicionalmente es recibir’, dice el autor en su libro.

Hoy, de una u otra manera, soy profesora, porque comparto con otros mis experiencias y lo poco que sé. También soy escritora: he escrito todo esto que estás leyendo (en dos idiomas además) y ¡hay mucho más por venir! Ya no quiero ser una estrella del pop pero sí aunar la pasión y el entusiasmo que Madonna transmite a sus fans, para poder así conectar con mi propia audiencia. Hasta canto más (y a mi maravilloso novio le encanta así que eso es todo lo que necesito) y las clases de baile están encabezando la lista de inversiones para mi futuro a corto plazo. Todo lo que quiero llegará. Es sólo cuestión de tiempo. Sólo tengo que vivir mi propósito y seguir a mi brújula. Lo voy a conseguir, ya lo verás ;-)

(P.D.: El corazón de piedra naranja que aparece en la imagen es para mí un anclaje de amor. Fue un regalo de mis queridos amigos Rocío y Manolo para los que los acompañamos el día de su boda. ¡Tan hermoso!

Siempre me ha encantado Michael Jackson, tanto como Madonna, y su ‘Hombre en el espejo’ es y será siempre un himno para mí. Disfrútala y deja que tus emociones fluyan).



 

12
Sep.
2012
4
com.

La red de ayuda

 

No somos criaturas aisladas cumpliendo cada uno por su lado con sus roles. Todo lo que cada uno de nosotros hace o dice tiene un impacto y afecta a todo los demás a su alrededor, ya sean seres humanos, animales, plantas o incluso objetos.

Si hablamos de seres vivos en general no existe brecha alguna entre nosotros, no hay separación de ningún tipo. Estamos conectados, unidos, compartiendo este preciso momento aquí y ahora. Si nos referimos sólo a los seres humanos, no importa cuánto esfuerzo algunos de nosotros dedican a convencer al resto de que todos somos diferentes, que pertenecemos a razas, continentes, países o religiones distintos. Somos la misma cosa, la misma energía en movimiento, formados por el mismo tipo de células. Nuestra piel es igual de elástica y nuestra sangre de un rojo oscuro. Necesitamos agua y aire para existir. Todos tenemos un propósito en la vida y seguimos nuestro sendero para llegar a lograrlo. Nos esforzamos por alcanzar mejores oportunidades y en nuestro interior albergamos sentimientos que nos mueven en una u otra dirección.

Somos uno, y por eso yo puedo empatizar y disfrutar de tu éxito o de tu belleza, sea tu piel negra, amarilla o blanca. Si sufres en Japón yo puedo sentir tu dolor. Si ríes de felicidad en Nueva Zelanda, yo puedo sonreír también contigo. Si cantas una antigua canción típica de tu lugar de origen y tocas instrumentos que jamás he visto o escuchado, puedo sentir el ritmo latiendo en mi interior. Si hablas una lengua extraña para mí, puedo ser capaz de entender si estás molesto, frustrado o inundado de felicidad.

Dentro de esta unidad somos simplemente piezas del mismo puzzle. Todos somos necesarios para poder completar la imagen. Así que yo me apoyo en ti y tú también confías en mí. Cumplo con mi parte sabiendo que tú harás lo propio con la tuya, de manera que este mecanismo continúe funcionando, cumpliendo su propósito.

A veces necesitamos ayuda porque no podemos hacerlo todo solos. Entonces recurro a ti en busca de tu conocimiento, apoyo, Fortaleza, supervisión o consejo, y a través de esa ayuda que me ofreces nuestro vínculo se hace más fuerte, y nosotros también. Vivir es un proceso de constante retroalimentación, de manera que cuanto más doy, mejor me vuelvo. Cuanto más compartes conmigo, mejor me haces. Cada vez que me das tu apoyo me convierto en alguien más sabio, más fuerte, más inteligente, más paciente. Y cada vez que yo te doy mi ayuda tú te vuelves también alguien más capaz. Somos perfectos tal y como somos, completos, pero cuando nos unimos simplemente nos elevamos más alto y crecemos para convertirnos en seres superiores.

Por eso busco a una pareja de grandes cualidades que me ayude a ver la vida desde una perspectiva más amplia; o abrazo relaciones de amistad que me traen color e ideas brillantes; o trabajo con un jefe de visión inmensa que pueda llevar la mía a kilómetros de distancia de donde tengo mi vista puesta.

Quiero y admiro a todas estas personas por razones muy diversas. Mi vida estaba bien sin ellos pero desde que los conozco los quiero tener cerca, pase lo que pase. No renunciaré a su presencia ni a sus maravillosos regalos y al mismo tiempo, me esfuerzo por dar lo mejor de mí para poder devolverles lo que me aportan. Quiero ser la mejor para ellos, de la misma manera que ellos son los mejores para mí. Los cuido, estoy presente, a su lado. Pienso en ellos siempre, los tengo en cuenta y les hago saber que estoy aquí para lo que quieran. Y así es como nuestra cadena se hace más larga y más fuerte cada día que pasa.

No podría ser yo sin esas maravillosas almas y me siento bendecida por tenerlos a mi lado. Algunos está físicamente muy cerca, otros incluso a miles de kilómetros de distancia. A algunos los veo a menudo mientras que pueden pasar años para reencontrarme con otros. Algunos son famosos y es prácticamente imposible que lleguemos a conocernos, pero siempre me inspiran o me ayudan con sus palabras, sus notas o con sus miradas. Otros ya no están vivos pero sin embargo no se han marchado y su espíritu y empuje siguen en pie haciendo de firme faro para mí.

¿Cómo podría sentirme sola cuando soy tan afortunada de contar con toda esa belleza a mi alrededor? ¿Cómo no voy a ser la mejor versión de mí misma si quiero devolverles toda la dicha que me aportan a diario? Os confieso mi truco: cuando me siento baja de ánimo no me entrego demasiado tiempo a ese sentimiento. Le dejo su espacio pero después pienso en mi gente, mi tesoro, y me levanto erguida de nuevo para honrar el maravilloso don que me ofrecen cada minuto de sus vidas.

 

05
Sep.
2012
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Cosas que no dije nunca

 

‘Las cosas que nunca se dicen son las más importantes’, decía uno de los personajes de Isabel Coixet en su película Cosas que nunca te dije.

Es triste pensar que nos guardamos para nosotros esas emociones o pensamientos que pueden significar tanto, simplemente porque nos dejamos llevar por miedos tal vez, por falta de confianza, vergüenza, orgullo…

Las cosas que no se dicen se convierten entonces en sombras que pueden hacerse más y más oscuras, comenzando a ganarnos espacio a nosotros mismos hasta que un día podemos caer en la cuenta de que lo que no se dijo nos ha invadido y se ha convertido en el huésped de nosotros mismos.

Una amiga y colega a la que quiero y admiro mucho me habló una vez de una herramienta muy poderosa llamada ‘las cartas de la ira’, que pueden ser muy útiles cuando tenemos un ‘fantasma’ o miedo, algo o alguien que nos dificulta la existencia o nos la hace dura o dolorosa de la manera que sea. Algo, en definitiva, que no conseguimos gestionar de la manera que nos gustaría y que está ahí pendiente. Puede ser una dolencia; una materia o examen que parece imposible de superar; un compañero de trabajo que nos hace la vida complicada; una disculpa que no expresamos o que nos merecimos recibir y no se nos entregó; una relación que terminó pero sobre la que nunca expresamos nuestra verdad…

El ejercicio es muy sencillo: se trata de escribir una carta dirigida a esa persona/dolencia/situación/asunto que se convierte en tu recipiente, expresando en ella todos tus sentimientos al respecto, liberando así toda la energía estancada que habías estado acarreando. Finalmente cierras el ritual quemando esas cartas, de manera que el fuego actúe como elemento purificador para esos sentimientos de frustración y enfado, desintegrándolos para siempre entre sus llamas (Pilar, amiga, simplifico el desenlace para facilitar mi propósito aquí).

No he probado esta herramienta en mí pero puedo ver su validez. Sin embargo, se me ocurre un ejercicio paralelo pero en sentido contrario: es decir, en lugar (o además) de escribir una carta de la ira podemos redactar también una ‘carta de agradecimiento’. El objetivo de esta misiva es también liberar ese ‘equipaje’ positivo esta vez, e incluso hacer así que el receptor de la misma se sienta bien. Tal vez puedas explicar cómo esta persona o cosa ha marcado una diferencia en tu vida, o qué cosas admiras de ellos, o por qué les estás tan agradecido, cuáles son sus mayores cualidades o qué te hace sentirte orgulloso de ellos, por ejemplo.

La lista puede extenderse hasta el infinito ya que la idea principal es dar a conocer tu amor y reconocimiento y cómo tu vida es mejor porque esta persona o realidad está presente en ella.
Puedes escribir este tipo de carta en cualquier momento o para una ocasión especial (cumpleaños, aniversario, recuperación…). Puedes elegir entre quedártela para ti y beneficiarte del efecto positivo que sin duda te aportará, o puedes además, sobre todo si la carta está dedicada a una persona, entregarla y disfrutar no solo de tu satisfacción propia sino también del tremendo impacto positivo que va a tener en el receptor, especialmente si la carta llega en un momento en el que esta persona necesita de un apoyo especial.

Tal vez deberíamos expresar y compartir siempre esas cosas tan importantes, incluso si lo hacemos ya a toro pasado cuando parece que es demasiado tarde. Porque nunca es demasiado tarde para liberarnos de una carga o para compartir la energía de una emoción bella. ¿Quién sabe? Tal vez terminemos escribiendo una canción maravillosa o un poema tierno que un día inspire y emocione a la gente por siempre. Merece la pena el intento, ¿no os parece?


 

 

29
Ago.
2012
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Sobre la amabilidad

 

Piensa en ello un instante. En realidad no hay necesidad de herir a nadie de ninguna manera. Ser amable es lo más importante para el ser humano. ¡Ý además es gratis! Ya esté haciendo una denuncia, manteniendo una discusión, presentando una queja formal, expresando mi opinión en contra de la de otros, entrenando a alguien en una materia nueva o defendiendo una idea, yo siempre puedo elegir la amabilidad por encima de cualquier otra actitud como podría ser la arrogancia, el enfado, la irritación, la crudeza o el orgullo.

Me resulta difícil comprender cómo algunas personas todavía sienten que siendo abruptos, incisivos o demoledores con los demás llegarán más lejos o conseguirán ser más eficientes. ¿Cómo es posible? En este sentido el fin nunca justifica los medios.

¿Te has sentido alguna vez presionado, tratado de un modo injusto, avergonzado por las palabras de otro o herido por la manera en la que alguien te habló o habló de ti? ¿Te ayudaron de alguna manera mediante esas acciones? ¿Te has portado tú así con alguien? ¿Qué sentiste después de haberlo hecho?

Yo solía ser impaciente y bastante ruda en mi manera de dirigirme a algunas personas y ahora, cuando pienso en ello, me doy cuenta de que mostrando ese comportamiento siempre me quedaba con cierto sentimiento de orgullo tal vez, sí, por haberme salido con la mía o haber ganado el caso, pero a la vez siempre me quedaba cierto regusto amargo en lo más profundo de mi ser. Y además de mis propias sensaciones estaban los sentimientos de la otra persona también. A menudo no los consideraba pero cuando lo hacía me preguntaba a mí misma: ‘¿Ha merecido la pena? ¿Podría haberlo hecho de un modo más agradable?’

Hoy sé que solo a través del tacto, la gentileza, el amor, la atención y el cuidado pueden lucir en todo su esplendor las flores más maravillosas. Puedes pedirle consejo al jardinero fiel y luego experimentarlo tú mismo: actuar con amabilidad y comprobar en tus emociones los resultados, prestando atención también a los sentimientos de las personas implicadas.

Trabajé con alguien una vez que me enseñó mucho del ser humano, aunque no de un modo constructivo sino a través de ansiedad y estrés. Esta persona me dijo en un momento determinado que nosotros estábamos allí para ser temidos, y por tanto, respetados. Para mí el respeto jamás ha sido una consecuencia del miedo sino fruto de la tolerancia y del amor. No estoy en este mundo para ser temida por nadie ni por nada. Mi objetivo es ser amada y dar amor. Muchos dicen que ellos también pero realmente no saben lo que eso significa, porque reaccionan ante las situaciones, atacan con palabras afiladas y escuchan a los demás desde su mente en lugar de hacerlo desde su corazón y su alma. Lo sé porque lo siento, porque yo lo he hecho, porque me veo reflejada en esos comportamientos.

Simplemente digo que seamos amables y que luego recojamos los frutos. Seguro que serán mucho más jugosos y sin lugar a dudas, más dulces también.

 

22
Ago.
2012
2
com.

La niña que hay en mí

En algún momento de 2006, cuando sentía el dolor y el miedo afilados y profundos, tuve una necesidad imperiosa de ver a mi alrededor fotografías de cuando era pequeña, imágenes de ese otro yo que era feliz, que reía y disfrutaba de la vida. Así que elegí algunas de entre los álbumes de casa de mi padres, hice copias, compré portarretratos y los coloqué cuidadosamente en mi habitación y en mi sala de estar.

Una de ellas es un primer plano de mi carita de 4 años. Tan cerca estoy del objetivo que la imagen aparece ligeramente borrosa, luciendo una sonrisa amplia y luminosa. Coloqué esa foto en la mesita de noche junto a mi cama para poder verla cuando me iba a dormir, cuando me despertaba a deshoras sin poder conciliar el sueño, cuando amanecía por las mañanas. Mirar a esa niña, centrarme en esa sonrisa enorme y abierta me hacía sentir alivio y también conseguía además aplacar el dolor que sentía por dentro. No podía reconocerme en aquellos ojos, en la cara ni en la sonrisa. ¡Me sentía tan lejos de aquella niña! A años luz de esa alegría de vivir… Pero sin embargo me repetía a mí misma sin cesar: ‘Yo soy esa niña, por tanto, ella está dentro de mí. Si una vez pude ser feliz y dichosa entonces puedo recuperar esas emociones. Puedo sentirme feliz y dichosa de nuevo. Sólo tengo que aferrarme a esa niña. Ella es mi esperanza y mi salvavidas. Saldré de todo esto con su ayuda’.

Esos pensamientos se sucedieron de un modo natural a través de espontáneas certezas y genuinas conversaciones que tenía conmigo misma.

Y para completar las fotografías comencé también a conectar con aquella niña de otras maneras. Empleé tiempo y dedicación a recuperar recuerdos de aquellos tiempos: lo que le gustaba hacer, lo que la emocionaba, los sentimientos que la movían. Rescaté su antigua colección de libros de Gloria Fuertes y releí aquellos poemas surrealistas disfrutando de las alegres ilustraciones, sintiendo las sensaciones de fantasías y sueños de libertad que ella tenía.

Me bañaba en la orilla del mar, caminando con las manos por la arena, construyendo castillos, pasando tiempo en la playa, donde ella solía disfrutar tanto. Sentí que quería jugar más así que desempolvé mi bicicleta y me acordé también de aquel hula-hoop que ella podía mantener dando vueltas minutos y minutos, así que me hice con uno enorme de un amarillo brillante. Me puse sus pequeños aros de oro y me compré algunas divertidas diademas para el pelo. Empecé a mirar más a las flores, a las plantas, a los árboles y a los animales. Comencé a hablarles, admirando sus formas y colores, deseándoles un feliz día. Miraba a los niños y a los bebés con unos ojos diferentes, reconociéndome en ellos. Era increíble sentir cómo me sonreían y disfrutar de las muecas que me regalaban. ¡Comunicación en estado puro! ¡Tan mágica y tan auténtica!

Era muy fácil hablar con aquella niña, preguntarle qué tenía que hacer yo, qué camino debía tomar. Mi niña parecía tener siempre la respuesta correcta y cuando no la tenía, me ofrecía una amplia gama de opciones entre las que elegir, de manera que las respuestas a mis preguntas siempre yacían en algún lugar entre aquella paleta de posibilidades que ponía a mi disposición.

Ella lloraba cuando quería sin sentir vergüenza alguna. Abrazaba y besaba, saltaba y cantaba cuando le apetecía. Sentía quién no era su tipo y se apartaba de esas energías oscuras. Se disfrazaba por diversión y hacía tonterías simplemente porque podía y porque así lo sentía. Le encantaba leer, escribir, dibujar, bailar y cantar, nadar y montar en bici enredándose en un sinfín de aventuras.

Poco a poco y con paso seguro esa niña de 4 años me ayudó a salir de la oscuridad para adentrarme en un mundo de color. No es que depositase toda la responsabilidad en ella pero la verdad es que fue ella la que hizo la mayor parte del trabajo. ¡Tanto fue lo que hizo por mí en aquellos momentos difíciles!

Después, con el tiempo, he leído y escuchado en muchos lugares afirmaciones del tipo: ‘las soluciones yacen en tu interior; el potencial está ahí latente, en ti…’. Y ahora sé que eso es cierto. Yo tengo las soluciones. Yo sé el por qué y el cómo. Sólo necesito conectarme con mi yo interior, con la niña que fui y que todavía soy. Ella nunca se marchó. Está siempre aquí, conmigo, y no se va a ninguna parte, nunca, ni yo voy a desatenderla nunca más. Voy a cuidarla, a quererla mucho y profundamente, voy a escucharla y a tenerla en cuenta siempre. Esa niña es mi brújula ahora, ella sabe y estoy convencida de que apunta en la dirección correcta. Las brújulas siempre lo hacen, ¿verdad?

15
Ago.
2012
0
com.

En tránsito

Interpretaba 'Bewitched' de pie junto al piano en cada fiesta, aferrada siempre una mano a la eterna copa de champán y la otra a su delicada pipa dorada. No tenía el dulce swing de Ella ni el elegante embrujo de Lauren Bacall pero era preciosa y tan joven… Podría haber aprendido tanto, dado tanto, sentido tanto... Y sin embargo, ¡fue tan sumamente egoísta cada instante y se quiso tan poco! Eligió perderse y  echó a perder todo lo que pudo haber sido.

El suyo no fue el mejor de los viajes, pero en cualquier caso tocar fondo resultó un consuelo después de sentirse sumida en las tinieblas durante tanto tiempo. Sólo entonces fue consciente de que no podía llegar más bajo ni maltratarse más y que ya sólo le quedaba salir, aunque no de cualquier manera. El dolor duró un siglo. El miedo sólo un instante.

De ahí al tránsito, a vagar de nuevo ahora en una bruma gris desconocida, húmeda, silenciosa. Sola, buscando otros caminos, otros lugares, con la esperanza callada de poder encontrar algo mejor en el siguiente destino, allá donde estuviera.

Y en algún momento, en mitad de ese limbo, la ilusión, de pronto, se transforma en certeza, y ve el final del camino con claridad sabiendo que allí está la paz que ansía, esperándola.

Sólo entonces, al saborear esa certidumbre, ellos la reciben sonrientes, con ojos rasgados y profundos, envueltos en azafrán y luz, con los brazos de canela desnudos y abiertos de par en par, rebosando amor y una bondad infinita, trascendente y palpitante.

La acogen y la abrazan; le aseguran que todo está bien así, que lo que sucede tiene siempre una razón de ser, que ella conoce el camino, que siga a su corazón, el mismo que la ha traído hasta su hogar, a donde pertenece. Ya está en casa, a salvo. Lo ha logrado. Aquí no hay música ni tumulto, ni perlas ni encajes. Sólo un silencio armonioso e inmenso que lo invade todo y que a la vez deja espacio para cualquier cosa. Sin duda, éste es su hogar.

Llora emocionada, llora de alegría y por sentir al fin paz. Ya no hay dudas, ni miedo, ni dolor. Sólo otra oportunidad, un nuevo sendero por descubrir y esas sonrisas que la guían y la acompañan siempre…

 

08
Ago.
2012
6
com.

¡Somos campeones!

 

Durante estos días, imbuidos como estamos muchos del espíritu olímpico, no dejo de pensar en la capacidad infinita del ser humano para superarse, para mejorar, para llegar aún más allá.

Es cierto que en este mundo del deporte de élite existe la manipulación, el dopaje, los intereses creados y mucho dinero e inversiones de por medio según qué países. Pero ésa no es la perspectiva que a mí me interesa. Lo que realmente me conmueve es esa voluntad que muchos atesoran de trabajar sin tregua por un objetivo, de poner la mente, la emoción y el cuerpo en ello entregándose, cueste lo que cueste, dispuestos a pagar el precio que sea necesario. Un precio que se mide en sacrificios de muchos tipos, emocionales también, estando lejos de sus hogares, de sus familias y amigos, trabajando muy duro muchas horas al día desde muy jóvenes, estando presentes y enfocados durante todo ese tiempo para obtener el máximo rendimiento posible.

Vivir en ese nivel de entrega cada día es un trabajo duro y me resulta fascinante descubrir cómo la gran mayoría de estos deportistas hablan de estos sacrificios con orgullo y satisfacción porque sienten que se les ha dado la oportunidad de dedicarse a lo que más les gusta, porque tienen el privilegio de ganarse la vida haciendo aquello que les apasiona, porque pueden levantarse cada día con la ilusión de saber que el trabajo que les espera les llena y les reconforta y que la recompensa final será la siguiente competición, el volver a superarse, el hacerlo mejor que la última vez, el llegar un segundo antes o un centímetro más lejos. Eso es compromiso.

También se superan los entrenadores que planean estrategias de éxito para sacar el potencial de sus deportistas; los ingenieros que trabajan en el diseño, los materiales y las prestaciones de un nuevo tipo de bañador, de pelota, de raqueta o de zapatillas, apoyando así desde su campo a los que luego se colgarán las medallas; los endocrinos, dietistas y cocineros que plantean las mejores dietas posibles para cada uno de estos campeones (la revista Redes para la ciencia dedicaba un amplio espacio a todo esto en su nº 28).

Al final de la cadena está el eslabón visible que se deja guiar, el que pone su esfuerzo y su dedicación, sus horas de entreno y su entusiasmo, el que compite y da la cara por todos los que han estado trabajando en la sombra, convirtiéndose en estandarte de muchas otras personas, de un equipo, de un país incluso.

Porque nosotros, desde los sillones de nuestras casas nos identificamos con esos luchadores, los admiramos y los animamos, nos alegramos de sus victorias y sufrimos sus derrotas, lloramos con ellos cuando escuchan emocionados desde el podium el himno de su país o cuando tienen que abandonar obligados por una lesión después de tanto trabajo… Nos sentimos orgullosos de sus logros y partícipes de su dolor cuando lo hay, y hasta nos sentimos campeones en parte por haber sido fieles seguidores, por ser compatriotas, por sentirnos cercanos a ellos de la manera que sea.

Porque nosotros, sin ser atletas de élite, también sabemos lo que es el esfuerzo y también trabajamos por superarnos a diario, planteándonos retos y avanzando para llegar aún más allá. Nosotros también hemos ganado a veces y otras no nos salió la jugada como esperábamos, y aunque la sensación de fracaso está ahí siempre como una sombra que acecha, el sentimiento de satisfacción tiende a prevalecer. Siempre es valioso haber apostado, haberse enfrentado. Participar es lo más bello, sin duda, sentirse parte de algo tan grande. ¡Quién no puede estar orgulloso de haber formado parte de unos Juegos Olímpicos aunque haya vuelto a casa sin medalla! Estar allí ya es un premio, significa que has sido de los mejores, que has trabajado duro y ese trabajo te ha llevado hasta allí, donde sólo llegan unos cuantos. Ganar es maravilloso pero disfrutar del camino lo es aún más. Amar lo que haces y entregarte a ello, atender y escuchar a la gente que trabaja a tu lado y que te apoya, tener la oportunidad de ser algo mejor cada día y reposar por las noches con la satisfacción del trabajo bien hecho y de que mañana habrá más… ¡Impagable!

Una amiga mía muy querida (somos amigas desde que nacimos, bueno, desde que nací, porque ella vino al mundo 23 días antes que yo) lanzó un grito de guerra una vez: “¡SOMOS CAMPEONAS!”. Teníamos tal vez 20 años y sin dar más detalles del contexto en que aquello sucedió, lo que ella quería decir es que podemos conseguir lo que nos propongamos si de verdad lo queremos y nos lo creemos. ¡Qué razón tenía mi amiga! Durante años respondimos a esa consigna motivacional entre nosotras, cuando nos enfrentábamos a dificultades, cuando generábamos nuevos retos: “Acuérdate, ¡tú eres una campeona!” y el verbalizar aquella fórmula mágica nos invitaba a la risa, a jalearnos entre nosotras, a decirnos “¡Sí, por supuesto, yo puedo! ¡Yo soy una campeona!”. Un anclaje en toda regla. ¡Qué sabias! Así conseguimos muchas de las metas que nos propusimos (mi amiga logró la suya aquella noche, por cierto, no podía ser de otra manera).

A menudo no nos colgamos todas las medallas que nos merecemos, no recordamos ni valoramos los triunfos que hemos cosechado ni tampoco nos felicitamos por lo que hemos aprendido de las derrotas. ¿Te das cuenta? ¿Eres consciente de todo lo que has logrado, de lo que has aprendido, de lo mucho que has crecido? ¡Somos unos campeones y muchos ni lo sabemos!

Yo quiero felicitarme hoy a mí misma y felicitarte a ti también. ¡SOMOS CAMPEONES! ¡Enhorabuena!

 


 

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