18
Mar.
2015
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com.

Yo como tú

The reprimand, de Pierre Edouard Frere


Desde cada vez más pequeñitos, nuestros mayores nos escolarizan y/o nos embarcan en un sinfín de actividades extra-escolares varias, siempre ‘por nuestro bien’, por supuesto (y por su comodidad y necesidad también, aunque eso no nos lo digan); para que nos relacionemos, aprendamos y en el mejor de los casos, para que desarrollemos nuestros dones y talentos (ése sí que sería un camino hermoso… Aunque primero tendrían que atender a cuáles son esos talentos para poder encauzarlos luego, lo cual es material para otro artículo… Ya llegaré).

El caso es que comenzamos a edificar currículum desde nuestra más tierna infancia, de manera que entramos a la juventud y a la edad adulta creyéndonos muy capaces porque hablamos 3 idiomas, tenemos como poco un título universitario en nuestro poder, hemos cursado un máster y completado cientos de horas de trabajo en prácticas como becarios en una empresa de reconocido prestigio en nuestra zona que nos ha facilitado el acceso a un mercado laboral gracias al cual, por fin nos sentimos independientes. Hemos conocido a personas, nos hemos relacionado, cosechamos ciertas experiencias y ya nos dio tiempo de renovar el documento nacional de identidad un par veces.

Hasta donde podemos entrever, tenemos todo más o menos estructurado y pensamos que estamos preparados para la vida. Y en cierta forma, así es. Sin embargo la vida, que es una farandulera y siempre lleva consigo más de un as en la manga, se salta el guión cuando considera oportuno y sin pedirnos opinión ni mucho menos permiso, nos arrastra en su movimiento, obligándonos a improvisar con ella. Pero claro, nadie nos enseñó a improvisar. ¿O tal vez nos perdimos la clase aquel día?

Yo, como tú, también me salté más de una clase en su día, pero justo ésa estoy segura de que casi nunca la hubo, y es más, sólo en contadas ocasiones existió el 'maestro' (entre comillas porque no me refiero sólo a docentes, sino a cualquier persona o entidad que en algún momento ejerce la función de mostrar o enseñar algo) que nos la diese. La vida, en cualquier caso, sigue despreocupada de nuestro currículum y preparación y nos trae esas 'sorpresas', que a menudo vienen cargadas de dolor.

Un amor que ya no nos corresponde o que nos traiciona; un divorcio; una enfermedad o un diagnóstico grave; una muerte; un accidente de tráfico; una incapacidad para concebir cuando queremos ser madres o padres; un negocio que fracasa; un despido; un acoso; una guerra; un exilio; una situación en la que se vulneran nuestros derechos; una adicción…

¿Qué hacemos entonces? ¿Con qué habilidades y competencias contamos en nuestro prolífico currículum para lidiar con esas realidades? Todos y cada uno de nosotros, en algún momento de nuestras vidas (si no en varios) nos vemos inmersos en un reto similar. ¿Cómo lo encaramos? ¿Nos sentimos capaces? ¿Cuánto nos cuesta atravesarlo?

Por supuesto que en la mayoría de las ocasiones salimos del paso y lo hacemos siempre lo mejor que podemos; cuando no tenemos recursos propios nos los inventamos, o los buscamos debajo de las piedras si hace falta. Lo que sea con tal de sobrevivir. Y en eso sí que somos la mayoría alumnos cum laude.

Los que sin embargo no fuimos tan aplicados es posible que busquemos salidas más traumáticas; caemos en depresiones crónicas, en enfermedades que nos consumen, nos convertimos en víctimas perpetuas o nos escapamos suicidándonos, porque el dolor es tanto o tan grande es su peso que no podemos soportarlo. Y eso sin mencionar que algunos podemos arrastrar no sólo nuestro propio dolor sino también el dolor de las generaciones que nos preceden. Y eso es mucho lastre para una persona sola.

¿Por qué no nos enseñan, por qué no aprendemos desde el minuto uno del partido, a identificar las emociones que traen esas situaciones difíciles para poder integrarlas cuando llegan y conseguir salir de ellas fortalecidos? Simplemente porque cuando somos pequeños no solemos encontrarnos con alguien que tenga ese conocimiento, ni papás, ni mamás, ni abuelos, ni profesores; por eso tenemos que averiguárnoslas solos y sobre la marcha.

Los adultos a nuestro cargo también pasaron por dificultades similares en algún momento, y también ellos se encontraron posiblemente sin muchos recursos de los que valerse para gestionarlas. Así que seguro que existieron también muchos silencios, numerosas mentiras o verdades veladas, cantidad de circunloquios, variedad de eufemismos y en definitiva, ausencia de claridad y de palabras sencillas que nombraran la realidad que acontecía. Consecuencia: niños confusos que saben que algo pasa, porque son pequeños pero no necios y lo perciben muy bien, y que se convierten en maestros de la ocultación y el disimulo, ignorantes con el paso de los años de quiénes son realmente y de qué sienten.

¿Cuánto tiempo más vamos a tardar las mamás, los papás, los educadores y gobernantes en darnos cuenta de que como sociedad necesitamos invertir en autoconocimiento?

Si primero podemos nosotros mismos plantarle cara a nuestros dolores y a los retos que la vida nos pone en el camino, si invertimos en descubrir quiénes somos realmente y de dónde venimos, entonces podremos tener algo más que ofrecerles a nuestros niños, aparte de enseñarles a nadar, a montar en bici, a comer con cubiertos y a pedir las cosas por favor dando después las gracias.

Qué duda cabe que cubrir sus necesidades básicas de protección, cobijo y alimento es algo capital; pero sólo es un paso, un equipamiento muy limitado para ese joven al que le espera la vida, tan amplia e imprevista (despiadada dirían algunos) como la describía antes.

Si somos capaces de mirar a la cara a divorcios, despidos, violaciones, abusos, fracasos y exilios; si podemos darnos cuenta que traen dolor consigo y que es nuestro trabajo integrarlo para crecer; si somos honestos con nosotros mismos y con los demás aceptando nuestras vivencias tal y como se despliegan y entendiendo que tenemos parte de responsabilidad en cada una de ellas; entonces podremos tener algo más con que avanzar nosotros y algo más para compartir con los más jóvenes cuando necesiten de nuestro apoyo o acompañamiento.

Si yo soy aún una niña asustada, ¿cómo voy a fortalecer a mis propios hijos o a mis alumnos cuando sean ellos los que tengan miedo? Si no identifiqué ni le di salida a mi ira y a mi rencor, ¿de qué manera podré mostrarles maneras de encauzar los suyos a los que vienen detrás de mí? Imposible. No podré hacerlo, porque no puedo dar lo que no tengo. Y seguramente esos niños y jóvenes tropezarán en los mismos escollos que yo misma.

Hay personas en todas las instancias que rechazan o se cierran a los sistemas de autoconocimiento (a algunos o a todos), y eso para mí es de una tristeza enorme. Es triste porque dentro de ellas puedo intuir parapetados a montones de niños asustados, pero también porque, con cada negativa, se cierra una puerta hacia un avance con posibilidades de multiplicación desconocidas (¿a cuántas otras personas tiene acceso ésa que se niega?)

Por supuesto no podemos obligar a nadie a hacer algo que no quiere hacer ni establecer que ese camino que nosotros hemos elegido es el mejor y el que todos los demás deben seguir. Pero sí podemos ir abriendo los ojos nosotros, poquito a poco, cada uno a nuestro ritmo, encontrando nuestro estilo, llámese éste terapia del tipo que sea, yoga, meditación, escritura, arte, deporte, filosofía,… Las vías son muchas, precisamente para que cada uno descubra la suya y pueda abrazarla.

Afortunadamente existen ya editoriales y autores que buscan acompañar a los niños en cuestiones que a menudo los adultos no sabemos cómo abordar; también hay cada vez más centros escolares o espacios de aprendizaje gestionados por educadores concienciados (que a su vez son madres y padres muchas veces) buscando dar cabida a estas otras enseñanzas, más tras-personales u holísticas si se quiere; por supuesto, y afortunadamente, cada vez son más las mamás y papás que inician sus propios procesos, desde la humildad y la honestidad, para conocerse mejor y no tener que descargar sus propios miedos y frustraciones infantiles en los pequeños que dependen de ellos.

Estamos todos en el camino, por supuesto, aunque aún está todo por hacer.

¿Cómo lo hiciste tú? ¿Qué hiciste para salir de tu personal atolladero? ¿Dónde buscaste soluciones, opciones o apoyo? ¿Cómo te sentiste?

Hacernos preguntas a nosotros mismos a diario; pensarnos pequeños como fuimos y recuperar lo que no supimos o no pudimos expresar entonces para poder permitir así que nuestros niños sí tengan la oportunidad de hacerlo; cuestionarnos y sacar nuestras propias conclusiones a partir de lo que sentimos y de lo que nuestro cuerpo nos susurra o nos grita. Pasar tiempo a solas y escucharnos.

Como la ciencia (que tanto alabamos todos y que todo tiene que avalarlo) ha demostrado más que de sobra ya, somos individuos tri-cerebrados, integrando en nosotros un cerebro más arcaico o reptiliano, uno emocional y finalmente un neocórtex que es la guinda del pastel de la evolución. Claudio Naranjo equipara estos tres cerebros con tres personas, que por tanto, como nuestros tres cerebros, también están siempre dentro de nosotros:

* el cerebro reptiliano o arcaico, el más antiguo y el menos evolucionado, que es instintivo y se correspondería con el niño

* el cerebro emocional o mamífero, también llamado cerebro medio o límbico, el que tenemos en común con nuestros hermanos los mamíferos y que es amoroso y representaría a la madre

* el súper endiosado neocórtex, hogar de lo racional-intelectual, que finalmente haría referencia al padre


¿Qué parte de mi cerebro me es prescindible? Ninguna, ¿verdad? Si está ahí, si se hizo un lugar tras milenios de evolución, será por algo. Lo saludable y deseable es que exista un equilibrio entre los tres cerebros, entre las tres áreas que cubren y las tres figuras que según Claudio Naranjo representan; que lo instintivo, lo amoroso y lo racional vayan de la mano, equiparados, unidos, como padre, madre e hijo.

Hagámoslo cada uno como mejor nos venga, pero por favor, hagámoslo. Y que sea ya, desde ahora mismo.

 


"Siempre hubo en mí, al menos, dos mujeres
una mujer desesperada y perpleja
que siente que se está ahogando
y otra que salta a la acción,
como si fuera un escenario,
disimulando sus verdaderas emociones
porque ellas son
la debilidad, la impotencia, la desesperación
y presenta al mundo
sólo una sonrisa, ímpetu, curiosidad,
entusiasmo, interés."


Extracto de El diario de Anaïs Nin (1966-83)

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