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Nov.
2015
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com.

Sin violencia y a favor

Judith y Holofernes, mujeres y violencia, sin violencia y a favor esplinGo
Judith asesinando a Holofernes (1614-18), de la pintora italiana Artemisia Gentileschi.


25 de noviembre, día internacional de la violencia contra la mujer. La sociedad que se autodenomina 'civilizada' se pone en pie enarbolando el color violeta (o el naranja, según quién elabore el envoltorio de marketing) y los tajantes y excluyentes lemas 'en contra de'. 

¿Por qué o para qué este día? Dice la ONU:

  • La violencia contra la mujer es una violación de los derechos humanos
  • La violencia contra la mujer es consecuencia de la discriminación que sufre, tanto en leyes como en la práctica, y la persistencia de desigualdades por razón de género
  • La violencia contra la mujer afecta e impide el avance en muchas áreas, incluidas la erradicación de la pobreza, la lucha contra el VIH/SIDA y la paz y la seguridad
  • La violencia contra las mujeres y las niñas se puede evitar. La prevención es posible y esencial
  • La violencia contra la mujer sigue siendo una pandemia global. Hasta un 70% de las mujeres sufren violencia en su vida.


Yo me pregunto, desde mi humilde visión de la vida: ¿y no podríamos sustituir la palabra 'mujer' en cada una de esas afirmaciones por la palabra 'hombre', 'ser humano' o si me apuro un poco más (para utilizar un lenguaje no sexista e inclusivo) la palabra 'persona' y cada una de esas frases seguirían teniendo plena vigencia y total valor?

Yo no voy a personarme hoy en ninguna manifestación pública organizada por las militancias de turno ni voy a poner la mano lila como imagen de perfil en ningún ámbito en los que me expreso. Éste artículo y mi posicionamiento diario a través de mi manera de mirar y de vivir es mi personal manifestación al respecto. Algunos podrán tacharme de anti-feminista incluso de machista. Está bien así. Yo sé quién soy.

Judith es una viuda hebrea que vive, según nos cuenta la mitología popular, durante la guerra de Israel contra el ejército babilónico. Judith es hermosa, culta, instruida, piadosa, patriota y muy religiosa. Descubre que el general invasor Holofernes está fascinado con ella, así que, acompañada de su criada, abandona su ciudad y emplea sus encantos para seducir al general y hacerle creer que está enamorada de él. Así es como consigue acceder a su tienda de campaña. Una vez allí, en lugar de ceder a sus reclamos, lo va invitando a beber hasta que él cae ebrio. Cuando Holofernes se rinde al sueño, Judit lo decapita, sembrando así la confusión en el ejército de Babilonia que queda sin su líder, jugada que ayuda a que Israel se alce con la victoria.

Judith y Holofernes. Salomé  y Juan el Bautista. Sansón y Dalila. Son sólo tres ejemplos antiquísimos sacados de nuestro imaginario mitológico y popular, presentes en los libros y en el arte de todos los tiempos. No son los únicos ni serán los últimos. Son sólo tres.

¿Podríamos poner no tres sino trescientos o trescientos mil ejemplos de hombres que han decapitado, maltratado y engañado a sus mujeres a lo largo de la historia? Por supuesto que sí. Hoy en día y según parece, muchos más aún. Pero no porque sean más los 'cerdos machistas' que maltratan y matan a sus esposas/parejas/compañeras/novias/hijas, sino porque estamos en un momento histórico y social en el que hemos decidido enfocar la mirada en eso, en que 'los malos son ellos'.

Está bien, por fin, mirar a la mujer y tenerla en cuenta, apoyando su crecimiento y respetándola en todas las facetas de su desarrollo. Pero igual que lo está mirar al hombre tal y como es, teniendo en cuenta de dónde viene y acompañándolo igualmente en su camino. ¿O es que cuando tachamos a estos hombres de 'cerdos machistas' no estamos demostrando el mismo nivel de desprecio y violencia que los que asestan golpes y puñaladas?

Si no miramos la realidad al completo nuestra mirada estará siempre sesgada. Si nuestra mirada es parcial, jamás va a rozar siquiera la Verdad. La Verdad es una y compleja. Presenta muchos vértices y aristas, está compuesta de diversas caras. La mirada maniquea no nos sirve para entender nuestra realidad, jamás podremos acceder a la Verdad desde esa postura tan pobre y tan simplista. Ésa no es la manera de mirar. Y sin embargo, a eso es a lo que hemos decidido dedicarnos últimamente. 

Nos toca mirar no para rechazar sino para integrar. Integrar todo lo que hay, todo lo que es, todo lo que existe. Porque si está ahí y se manifiesta, es nuestro y nos pertenece. ¿Cómo voy a renegar de una parte de mi propio ser? ¿Cómo prescindir de mis pies porque se ven feos y deformes si los necesito para caminar y desplazarme? ¿Cómo cortarme mi propia cabeza porque las migrañas se apoderan de mí o porque considero que en ella sólo se cuecen ideas absurdas o locas que no merecen la pena? ¿Puedo seguir existiendo descabezada? 

 

"La elección no se da entre violencia y no violencia sino entre no violencia y no existencia." Martin Luther King Junior


Mirar sólo a la mujer maltratada o asesinada y condenar al hombre que ha ejecutado el crimen es como ver sólo la última escena de la película. Puede hacernos mayor o menor sentido pero sabemos que se han sucedido un sinfín de vivencias para que ese final se conforme así.

Hay finales de película maravillosos: Escarlata O'Hara poclamando que mañana será otro día y podrá empeñarse de nuevo en reconquistar al que, ahora sí, reconoce como el amor de su vida; Rick caminando entre la bruma del aeropuerto de Casablanca con el capitán Renault, que sostiene que puede ser aquel el comienzo de una prometedora amistad; Red comprando un billete de autobús que lo lleva a una playa del Pacífico en la que puede abrazarse a su amigo Andy...

Todos esos finales, por muy épicos y hermosos que sean, sólo hacen total sentido, sólo pueden emocionarnos y podemos comprenderlos si hemos visionado la película completa, si hemos asistido al desarrollo de los hechos, si entendemos de dónde vienen los personajes. Si no, sólo estaremos viendo eso: un final. Una sola escena.

Detrás de esa última escena de ese hombre que maltrata o que asesina hay otras muchas. Escenas de ese matrimonio, de esa pareja, juntos, donde cada uno despliega sus habilidades y debilidades; y antes siquiera de que esos dos se conocieran, están todas las escenas de juventud y de niñez de ese hombre y de esa mujer. ¿Cómo se convierte alguien en agresor o en víctima? ¿Es un truco de magia? ¿Es flor de un día? ¿O es producto de una consecución de hechos y acciones que se remontan al principio de los tiempos de esa personas en concreto, a su escenario de infancia, a su realidad concreta?

Si no vamos a mirar, para realmente poder entender, la verdad histórica de esas personas, hombres y mujeres, niños y niñas, no vamos a poder entender nada. Por tanto, no vamos a poder solucionar nada. La solución no pasa por extremar medidas, endurecer penas, multiplicar el control. La solución pasa por ponernos en la piel de los niños que fueron esas personas, como hacemos cuando vemos una película y nos metemos en el personaje, para poder de verdad acercarnos un poco siquiera a lo que vivieron, por dónde pasaron, qué vivencias les atravesaron.


 

Esta obra pertenece a, Mathew, un estudiante que comparte su particular visión de la violencia. 


Una persona que maltrata o que asesina, necesariamente ha sido maltratada y ha crecido en un entorno en el que la violencia era moneda de cambio o se conformaba como sistema vincular. Eso no significa que todas las personas que venimos de realidades violentas vayamos a convertirnos en violentos consumados. Pero tenemos muchas más papeletas en el sorteo. La casuística así nos lo muestra, generación tras generación, en todas las épocas y países. La violencia genera violencia. Y algunos valientes consiguen romper la cadena saliéndose de la misma. Si no lo hacen, se convertirán en perpetradores.

Hay un tipo de violencia muy invisible y por tanto muy ignorada, que históricamente las mujeres hemos cultivado, transmitido y perpetuado. En última instancia, esta violencia invisible nos ha llevado a las mujeres a ganarnos multitud de veces el título de 'víctimas'; uno que, aunque dolorosísimo, nos imbuye de cierto halo de poder, porque la violencia invisible se ejerce en la sombra, como en la sombra, mediante el engaño y las artimañas, a través de la seducción y el despliegue de encantos, Judith consigue culminar su hazaña con el beneplácito de un pueblo entero. Esto no está bien ni mal, no es mejor ni peor que lo que hacen los soldados en el campo de batalla; es un ejemplo más de imponerse sobre el otro; se trata, en ambos casos de personas haciendo uso de las herramientas a su alcance, ésas con las que cuentan y cuyo empleo les resulta más cómodo o familiar. Ni más ni menos. Sin juicios, sin críticas, sin etiquetas maniqueas de "esto es machista, esto es feminista". Desde la mirada neutral del observador que pretende comprender. La realidad es así. No hay más.

Insisto, y no me canso de insistir, en que tenemos tres opciones:


1- Permanecer instalados en el habitual, transitado y mayormente mantenido ‘discurso oficial engañado’, que es en general el de nuestras familias y el de la sociedad, como víctimas y/o como perpetradores, ejerciendo nuestro 'poder' cómo y cuánto nos sea posible

2- Tomar una salida terrible, temible y por cierto, muy violenta, porque no podemos soportar el dolor, la inconsistencia de lo que nos rodea, la mentira y el abandono o el abuso emocional, así que nos salimos de la vida a través de la muerte (por enfermedad, por accidente, por suicidio). Así además solemos 'granjearnos' el título de víctimas, que tanto parece 'vestir' en nuestra sociedad

3- Lanzarnos a la profundidad de nuestro océano interior para mirar qué hay allí, inspeccionando desvanes y sótanos, trasteros y altillos, sacando a la luz todo lo que permanecía oculto en la sombra. Una vez hecho ese recorrido, nos será más fácil mirar, entender y aceptar la realidad del otro, sea la que sea

 

Visión de la no violencia de Paola Roberts.


Yo elijo no ir contra nada sino a favor. No ir en contra de la violencia, pues está ahí, existe, nosotros la creamos y la alimentamos. ¿A quién voy a engañar con ese activismo de escaparate? A mí misma sólo. No.

No estoy contra la violencia. Estoy a favor del amor. A favor del respeto, de la integración, de la unión. A favor de la mirada completa, compleja, abarcadora y amparante. A favor de la comunión de las personas, hombres y mujeres, niños y niñas.

Somos todos uvas del mismo racimo, de la misma vid, del mismo viñedo. No estamos separados. Somos uno. Si yo levanto la mano o aprieto el gatillo, eso está diciendo algo de la historia de la que vengo; si yo recibo el puñetazo o encajo la bala, eso habla alto y claro de lo que llevo aprendido. Para que exista un asesinato tiene que existir un cadáver. El asesino precisa de una víctima, la víctima no puede serlo sin su asesino. 

Las personas que maltratan vienen de terribles realidades del maltrato. Necesitan apoyo y acompañamiento para poder mirar sus horrores y fantasmas, para darse cuenta de que ese modo de vincularse que sufrieron, que aprendieron y que ahora perpetúan porque eso es lo que conocen, va en contra de la mirada amorosa, la atención y el cuidado que todos necesitamos y que nos merecemos. El desamparo en la infancia trae consecuencias terribles a nuestras vidas. El desamparo, el maltrato, la violencia en la infancia causan estragos en nuestras vidas y por tanto, en nuestra historia

¿Qué podemos hacer nosotros ahora, aquí, ante tanta locura y tanto dolor?

Ayer nos lo decía de nuevo la Maestra: lo más importante que podemos hacer, lo único que tenemos para hacer las personas es mirarnos a nosotras mismas y entender quiénes somos realmente y de dónde venimos, desactivando nuestros automatismos en favor de los demás, ampliando siempre nuestra mirada para poder entender al otro y comprender el entramado del que viene, conectando con el niño sufriente que hay detrás del adulto que vemos, especialmente cuando lo aborrecemos, cuando no nos gusta ni aprobamos lo que hace, cuando hace algo terrible y denostable. Especialmente entonces. Sin prisa. Con paciencia. Paso a paso. Palabra a palabra. Entonces podremos empezar a transformar la vida de las personas que nos rodean a través de nuestra propia presencia y acompañamiento, derramando el bien.

Eso es todo lo que hay para hacer. Ni más ni menos. 

 

"Un hombre deseaba violentamente a una mujer,
a unas cuantas personas no les parecía bien,
un hombre deseaba locamente volar,
a unas cuantas personas les parecía mal,
un hombre deseaba ardentemiente a la Revolución
y contra la opinión de la gendarmería
trepó sobre muros secos de lo debido,
abrió el pecho y sacándose
los alrededores de su corazón,
agitaba violentamente a una mujer,
volaba locamente por el techo del mundo
y los pueblos ardían, las banderas."


(Poema Opiniones, extraído de Gotán, de Juan Gelman)
 

Comentarios (2)

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Ivan dice:

25/11/2015 - 14:25

Como hombre, estoy orgulloso de que en esta época tan dada al maniqueísmo una mujer hay escrito esta entrada. Gracias Gloria.
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Gloria dice:

25/11/2015 - 15:15

Gracias, Iván. Estamos en el mismo barco. Y aunque somos pocos, no estamos solos.

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