19
Ago.
2015
0
com.

De veranos y crisis

Obra de autoría desconocida.


El verano para algunos trae consigo descanso y cambio de aires. Para otros simplemente significa seguir con lo mismo de siempre. Estemos en el bando que estemos siempre nos toca de lleno, igual que lo hace la navidad, a pesar de que pueda no gustarnos o evitemos formar parte. Es imposible saltárselos, quitárselos de encima, evitarlos o hacer como si no existieran. ¡Son tan obvios y tan omnipresentes! 

A mí me gusta mucho el verano; aunque éste que aún nos ocupa ha venido sorprendentemente caluroso, húmedo e intenso en mi zona; aunque no tenga posibilidades de escapadas a otras tierras este año. Sigue siendo una de mis épocas del año favoritas, y así lo estoy viviendo. Y eso que no estamos acostumbrados aquí a tantos días, semanas ya, de altas temperaturas, viento africano y nublados eternos; los que nos quedamos en casa descansamos como podemos y vamos consumiendo los días, tomando conciencia de cómo al sonar el despertador a las 7 cada mañana el cielo está algo más oscuro, y cada noche también se retira la luz algo antes. Nos guste o no, se nos comienza a terminar esta estación, deseada por unos y temida por el resto. 

Algo que sucede cada verano, durante más o menos semanas según el país en cuestión, es que los niños descansan de colegio y algunos padres tienen que hacer magia para organizarse en casa y mantener las familias a flote. Esto también en cuanto a la convivencia y al equilibrio y desequilibrio entre la pareja misma. No es casualidad que en esta época estival se den más discusiones, separaciones y divorcios que en cualquier otro momento del año. El exceso de calor (o de frío, según el hemisferio en el que nos encontremos); las 24 horas del día juntos durante una, dos o incluso cuatro semanas; el contacto directo y continuado con nuestros vacíos y carencias... Hay momentos en los que el alma que llevamos prendida dentro ya no puede soportar más la tensión y explota, a veces de maneras inverosímiles. Son puros estallidos de ira, de angustia, de un sufrimiento más profundo de lo que nos gustaría creer. Porque lo que solemos hacer es echarle la culpa al calor (o al frío); a la esposa o al marido porque no tienen paciencia, porque roncan en exceso, porque desaparecen del mapa y no colaboran; o a los niños porque están desatados y no hay quien los centre... Sin embargo, a pesar de estos mecanismos de auto-engaño tan manidos, la procesión realmente va por dentro.

Como algunos de vosotros yo también tengo muy cerca este verano a familias que quiero mucho y que están atravesando momentos complicados. A veces me cuentan algo, mucho o todo. Otras apenas si sé nada. Lo que sí me pasa en todos los casos es que de alguna manera, sufro por su sufrimiento. Es para mí inevitable sentir ese dolor que les está tocando de lleno, y como el amor que les tengo hace presión, de pronto me siento tomada durante unos instantes por 'esa idea loca'.

¿No sabes cuál? ¿Seguro?

Te diré cuál es: la idea loca es ésa que se apodera de nosotros cuando por un momento (o por un rato, o por días inclusos para algunos de nosotros) nos creemos que tenemos el poder de solucionarle los problemas al otro, que podemos hacer y deshacer, meternos, aconsejar y hasta actuar en su nombre porque pensamos que contamos con la solución, que el otro no va a poder solo y que nosotros en cambio sí que atesoramos la fuerza, el empuje y el conocimiento necesario para hacer algo al respecto que aminore su drama o lo diluya por completo.

Idea disparatada donde las haya por ser un enredo mental interno, una demostración de arrogancia y una ceguera voluntaria que nos saca de nuestro lugar para arrastrarnos a sitios en los que no nos pertenece estar.

Responde de lleno a esa cita tan certera: "si no eres parte del problema, no puedes ser parte de la solución". O lo que es lo mismo, si de alguna manera he generado la dificultad o formo parte activa de la misma, entonces está en mi mano hacer algo al respecto. De lo contrario, no me corresponde a mí meterme en patios ajenos (y digo patio a sabiendas, por ser ese lugar interno, corazón de un hogar, al que no se accede de cualquier manera ni donde entra todo el mundo).  

Cuando escucho a mis personas queridas relatar sus aprietos y dolores, respiro muy hondo, a veces varias veces. Procuro desconectar de mi idea loca y me centro en el otro para escucharlo más y mejor aún si cabe, para lanzarle preguntas que puedan serle reveladoras, para dedicarle palabras honestas de ánimo o de invitación a la reflexión... Luego tal vez se me ocurra hacerles un regalo, enviarles un detalle, copiarles ese texto, poema o artículo que podría servirles para ampliar conciencia. Los tengo presentes en mi día a día, enciendo unas velas o incienso en su nombre, les envío mi amor y mi energía positiva en una meditación, les mando mensajes o los llamo en alguna ocasión para acompañar de la única forma que puedo, sin expectativas de ningún tipo, sin entrometerme, dejándoles hacer a ellos. Sólo estando ahí como yo sé que puedo estar. Sabiendo que van a poder, que serán capaces, que encontrarán la manera de resolver. Así los hago fuertes al menos a mis ojos y en mi corazón, y yo no me cargo con algo que no me corresponde.

Es más fácil de lo que en un principio nos puede parecer el separar bien estos campos: lo que tiene que ver conmigo y lo que le pertenece al otro. No se trata de desentendernos y convertirnos en auténticos pasotas vitales; no estoy defendiendo que vayamos cada uno a lo nuestro y que se las averigue el otro como buenamente pueda. Estoy hablando de saber cuál es nuestro lugar, simplemente. Y desde ahí, mirarme a mí primero para aclararme. Si estoy clara podré aportar algo valioso cuando me sea posible; si ando turbia, sólo podré arrojar oscuridad y de mi boca saldrán palabras deshonestas o vacías que apenas seré capaz de reconocer como mías cuando las escuche, como si un autómata hablase por mí sin que yo pueda hacer mucho al respecto.

Pero sí que puedo hacer siempre. Puedo parar y respirar, mirar de verdad al otro y dentro de mí, preguntándome a mí misma "¿qué tengo hoy para darte? ¿Cómo puedo apoyarte? ¿Qué necesitas de mí?". Puedo buscar palabras de aliento y de verdad que sean habitantes de mi alma, que traigan profundidad y amplitud, que incluyan y que inviten a fortalecerse y a crecer. Podré reconocerlas porque me erizarán la piel al pronunciarlas, se me humedecerán los ojos y sabré mientras las enuncio que son veraces y que transitan de mi corazón al corazón del otro, sin rodeos, sin falsedad, sin apuro. 

Para ayudar no basta con querer hacerlo. Hay que poder. Y si no he sabido ayudarme a mí antes, ¿qué tengo entonces para entregarle al otro? 




"¿Quieres ayudar?
¡Ayúdate primero!
Sólo los amados aman.
Sólo los libres libertan.
Sólo son fuentes de paz
quienes están en paz consigo mismos.

Los que sufren, hacen sufrir.
Los fracasados
necesitan ver a otros fracasar.
Los resentidos siembran violencia.
Los que tienen conflictos
provocan conflictos a su alrededor.
Los que no se aceptan
no pueden aceptar a los demás.

Es tiempo perdido y utopía pura
pretender dar a tus semejantes
lo que tú no tienes.
Debes empezar por ti mismo.

Motivarás a realizarse a tus allegados
en la medida en que tú estés realizado.
Amarás realmente al prójimo
en la medida en que aceptes
y ames serenamente tu persona
y tu pasado.

'Amarás al prójimo como a ti mismo',
pero no perderás de vista
que la medida eres 'tú mismo'.
Para ser útil a otros,
el importante eres tú mismo.

Sé feliz tú y tus hermanos
se llenarán de alegría."


(Ayúdate primero,
de Ignacio Larrañaga)


 

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