08
Abr.
2015
0
com.

¿Te gusta escribir?

escribir como terapia

Writing my heart out, de la puerto riqueña Gladiola Sotomayor.


A comienzos de verano se cumplirán tres años de vida de este blog, que nació, de una manera consciente, para generar contenido que alimentase mi web, e inconscientemente, para servirme de auto-terapia, aunque de esto sólo me di cuenta más adelante.

En mi caso, esa faceta terapéutica tenía que ver con salir fuera de mí de alguna manera, sacar lo que llevo dentro, expresarme, elevar mi voz, compartir mis vivencias y aprendizajes con el mundo, independientemente de que alguien o nadie lo lea o se interese por lo que tengo que decir cada semana. Qué duda cabe que es bonito que me leáis, me gusta, por supuesto, aunque también siento pudor, y me gusta que me enviéis comentarios (en público o en privado), estéis o no de acuerdo con lo que planteo (al fin y al cabo son sólo mis vivencias y mis aprendizajes, o sea, un recorrido personal que yo construyo), que compartáis contenido y que os sintáis de alguna manera conectados con lo que cuento.

Pero en última instancia, mi trabajo personal, ahora ya lo siento muy claro, pasa por escribir, que es algo que me gusta y disfruto desde siempre y a lo que siempre he soñado con dedicarme, y lanzar lo que escribo al universo, a la nube, al mundo, porque ya está bien de tanta reserva y tanto guardármelo todo para mí sola. Internet nos ofrece esa posibilidad de generar contenido, editar y publicar por nosotros mismos y yo, por fin, la estoy aprovechando.

Yo siempre he querido escribir profesionalmente, casi desde que me aficioné a leer. Y cuando me enganché a mi maravillosa tocaya Gloria Fuertes recuerdo decirme a mí misma: “si ella lo hace y es Gloria, como yo, entonces yo también podré”. Sin duda un pensamiento muy simplista e ingenuo, pero ¡qué esperar de una niña de 8-9 años! Ingenuidad, sencillez. Por supuesto. Lo simple es bello y además, funciona.

Plasmaba mi registro vital en mis diarios (las amistades, los chicos, las dificultades con mis padres, la muerte a veces, la guerra, lo que me movía…) y luego escribía poemas y cuentos que archivaba aparte cuidadosamente por orden cronológico en una carpeta que era muy especial para mí y que escondía con esmero para que nadie pudiese acceder al contenido que latía en su interior.

Escribía también cartas, muchas, a mano, y me fascinaba comprar papel de colores o con dibujos impresos y sobres especiales, seleccionándolos especialmente para el destinatario en cuestión, a veces agregando pegatinas o haciendo pequeños collages con imágenes de revistas para decorarlos.

Insisto: nadie, excepto con las cartas, leía jamás lo que yo escribía. A veces redacté algún texto para trabajos escolares, pero aquello era otra cosa, algo hecho siempre a la medida de lo que nos pedían y no tanto conforme a mi sentir, porque eso no me permitía compartirlo con otros. Me daba pudor, vergüenza, miedo.

Cuando estaba en el instituto comencé a escribir ‘reseñas’ sobre las películas que iba a ver al cine. Tenía un cuarderno tamaño A4 en espiral con hojas blancas lisas y pegaba en la primera página la entrada-ticket del cine para comentar seguidamente qué me había parecido la cinta: si me gustó o no, si me emocionó, cómo estaban los actores, qué papel jugaba la música, los decorados, el vestuario…

Tuve un novio, mi primer novio, un chico muy especial para mí, que también adoraba escribir, y juntos nos inventamos un juego que consistía en comunicarnos a través de la escritura; nos sentábamos en un bar o en un parque con nuestra pluma y nuestros folios (que doblábamos en cuartillas) y uno de los dos empezaba la cadena, lanzando un pensamiento o una pregunta a la hoja de papel. Se la pasaba al otro y así íbamos contestándonos mutuamente hasta que simplemente nos cansábamos o se nos terminaba la cerveza. ¡Era estupendo!

La idea de ser escritora profesional alguna vez seguía batiendo las alas en mi interior cuando llegué a la facultad, pero aquel entorno me llevó a cambiar en parte. Mi facultad, que era la de Filosofía y Letras de mi ciudad, era un hervidero de creatividad y de vida y comencé a conocer a compañeros que ya se consideraban a sí mismos escritores, porque escribían, recitaban en público y algunos incluso publicaban. Aquello para mí era impensable. Los escuchaba, los leía y yo me sentía a años luz de esos lugares en los que los veía a ellos, a pesar de ser compañeros de más o menos la misma edad y con más o menos las mismas ganas y similar ímpetu de juventud. Yo tenía más miedo que muchos de ellos, claro: miedo a no ser lo suficientemente buena, miedo a llegar a nada, miedo a fracasar, pero sobre todo, miedo a mostrarme y a que me vieran por dentro, porque aún no me nacía escribir sobre algo que no tuviese que ver conmigo misma y con mi sentir.

Un día, después de unas jornadas de poesía a las que había asistido, sentí la frustración muy afilada dentro de mí. Llegué a casa, saqué mis diarios, mi cuaderno de reseñas y mi carpetón de escritos, releí algunas páginas y me sentí ridícula, estúpida, inútil e incapaz de producir nada realmente 'bueno'. Así que cogí todos aquellos papelajos, los metí en bolsas y me dirigí sin pensármelo dos veces al contenedor de color azul, donde todas aquellas palabras mías archivadas durante años vieron su fin. ¡Al menos las reciclarían y así servirían para algo productivo! Y así, sin más, terminé yo solita con toda mi producción literaria. Y me dispuse a atravesar mi particular duelo.

Después de aquello tardé mucho en volver a escribir para mí (los trabajos de clase seguían sucediéndose y también las cartas a los amigos, cuyas respuestas agrupaba luego con esmero atadas por lazos de seda para guardarlas en cajas forradas con papel de regalo), mientras seguía escuchando a mis compañeros en los recitales de poesía, diciéndome a mí misma que hice bien en plantarme porque yo jamás había escrito nada como aquello y que nada de lo que había escrito merecía realmente la pena desde un punto de vista literario. ¡Qué jueza tan implacable conmigo misma y tan benévola sin embargo con todos los demás! ¡Qué terrible hábito el de compararse uno con los demás, como si hubiésemos transitado todos las mismas vivencias y como si los otros no hubiesen tenido que atravesar también sus infiernos y eriales! ¡Qué carencias primarias fortalecían aquella autoestima que se tambaleaba constantemente en mi interior! ¡Qué 'talento' para cultivar el malestar y la infelicidad propias!

Hoy me arrepiento de haberme deshecho de aquellos escritos porque en ellos estaba una parte de mí muy auténtica que casi no me permití jamás sacar a la luz. Tal vez incluso hubiese podido recuperar alguna idea interesante y rescatarla para el blog o para otros futuros proyectos. ¿Quién sabe?

Me acuerdo de todo esto en días como hoy en los que me cuesta parir un artículo ‘decente’ para subir al blog; en días en los que siento que mi imaginación es tan estéril que esa semana no seré capaz de cumplir con mi cita semanal, tal y como me propuse allá por junio de 2012 cuando comencé esta aventura creativo-terapéutica. 

Sin embargo, luego me relajo. He aprendido que, de acuerdo con mi ciclo mensual (incluso estacional) y los vaivenes de la Luna, hay semanas en las que me siento más prolífica e imaginativa, con más capacidad de trabajo y energía, mientras que otras me cuesta mucho sacar tareas (las que sea) adelante. En los días o semanas de más productividad, aprovecho para escribir (entre otras cosas) todo lo que se me ocurre y más, y luego voy tirando de ese material en los momentos de bajón creativo. Aún así, hay días en los que me pilla el toro, y sin embargo, no quiero faltar a mi cita semanal aquí, no sólo porque así me lo propuse y yo soy cumplidora, sino porque me hace mucho bien sacar, abrir, airear, exponerme, vencer la incomodidad. Me sirve para integrar aprendizaje, para aclararme y para salir de mi cueva particular.

He aprendido que, cuando ando escasa de ideas y con la creatividad bajo mínimos, hay recursos muy placenteros que me despiertan el geniecillo que llevo dentro. Son tan cotidianos y asequibles que quiero compartirlos con vosotros. Seguro que muchos ya los practicáis también o practicáis otros similares, independientemente de que escribáis o no y para qué los empleéis (por cierto, será estupendo si los compartís abajo en los comentarios para ayudarnos a ampliar nuestras miras y a enriquecer nuestra caja de herramientas particular). Los míos son los siguientes:


* leer: ya sean libros, artículos de otros blogueros a los que sigo o simples tuits. Asomarme a las palabras de otros desencadena un movimiento interno en mí que hace que vayan encendiéndose las bombillas que llevo incorporadas.

* ver películas o alguna serie (pocas) que me guste: cuanto más me mueven emocionalmente, más ideas me surgen como consecuencia del visionado. Los personajes, los diálogos, las historias y lo que me hacen sentir se convierte en caldo de cultivo para mi libreta de ideas.

* salir a caminar/patinar: ya sea por el campo, por el paseo marítimo o a la orilla del mar, ese contacto con la naturaleza y con el aire puro me hace sentir renovada, y muchas veces (ahora es muy fácil con estos móviles tan inteligentes y capaces que siempre llevamos encima) siento la necesidad de parar y grabarme de viva voz para evitar que se me olvide eso que se me ocurrió sobre la marcha.

* conducir: antes escuchaba siempre música o la radio en el coche pero desde hace unos años lo hago muy poco, procurando estar más presente en el acto mismo de conducir. Sin embargo mi cabeza parece, ahora que no hay sonido de fondo llenando el espacio del coche, funcionar de un modo más provechoso y me suelen asaltar las ideas. Aquí tengo un problema porque a menudo no tengo cómo registrarlas: ni puedo sacar el móvil para grabarme ni tampoco apartarme en mitad de la carretera para tomar nota, así que muchas de estas hijas del volante las debo perder en el camino, pero bueno, si tienen que volver, volverán, o así me consuelo.



Cuando comienzo un nuevo proceso con un nuevo cliente siempre le pregunto si le gusta leer y si le gusta escribir, porque de ser así, podemos trabajar a través ejercicios a mi ver preciosos de auto-reflexión y descubrimiento. Al principio yo los propongo, pero luego es hermoso como a menudo algunas personas que disfrutan de esa vía de expresión generan sus propias maneras o reinterpretan o redecoran o incluso alargan y completan el ejercicio que inicialmente les propuse. ¡Es tan bonito para mí sentirlos vibrar en ese trabajo y vibrar yo con ellos a través de su experiencia!

No soy nadie para dar consejos ni tengo nada para aconsejar a nadie, pero hoy me doy el permiso de lanzar una suerte de recomendación a quien pueda estar leyendo esto. Le diría, sobre todo si escribe, que siga haciéndolo y que respete esos registros como si de gemas preciosas se tratase. Ya estén resguardadas en cofres con forma de tinta y papel, de audio o de video, que atesore esas palabras suyas como joyas únicas e irrepetibles. Tal vez no sean las más pulidas y brillantes, pero son una parte de su sí mismo y merecen existir y tener su espacio.

Y si no escribes, porque nunca lo has hecho o porque dices que no te gusta, porque te da pereza o porque crees no saber, te diría que te des una oportunidad, porque las palabras irán encontrando cauce y siempre te ayudarán para conocerte algo más, descubriendo partes de ti a las que tal vez aún no hayas tenido acceso.

Dicen que Gabriel García Márquez (ahora que pronto hará un año desde que nos dejó) aprendió a escribir a los cinco años en el colegio Montessori de Aracataca, gracias al acompañamiento amoroso de su  joven y bella profesora Rosa Elena Fergusson, de quien según el mismo contó, se enamoró perdidamente por primera vez en su vida. Esta maestra le inculcó el placer por ir a la escuela, aunque fuese, según Gabo cuenta, sólo por verla a ella, pero también admitía el Premio Nobel que además le enseñó la importancia de la puntualidad y a escribir sin tener que borrar. ¡Y luego escribió tantas páginas y tan hermosas...!

¿Cuántos Gabos se nos van a quedar dormidos en los dormitorios, despachos y aulas que habitamos? ¿Cuántas historias, emociones y personajes permanecerán encerrados para siempre si jamás abrimos las puertas de la celda en las que los tenemos presos?

 

"[...] escribir, que es el andar del alma; no lo dejes, escribe
y guarda y vuelve sobre lo escrito. Y rompe o no
lo escrito según te lo pida al releerlo, y eso sí, comunícate,
viértete en el papel o en el momento con el amigo
o con la tarde que te invite al diálogo. Lo que se guarda
se pierde, lo que no se da no se tiene. 
La intimidad es personal, el secreto es de la vida
y del mundo; somos parte de ese secreto, un rompimiento
de poesía que surge, lo desvela. Pero del secreto, del
misterio que vivimos, en él están nuestras raíces".


(Fragmento de una carta de José Antonio Muñoz Rojas a Clara Martínez Mesa)

 

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