10
Jun.
2015
2
com.

Somos uno

Hands together, de June P. Zent


Tenía preparado algo diferente para el post de hoy pero he cambiado de opinión sobre la marcha, porque ayer me sucedió algo (nada grave, ni grandioso, ni fuera de lo común) que me hizo reflexionar y que quiero compartir aquí. Así que ¡allá va!

Me levanté por la mañana temprano, como cada mañana, el día de la semana normalmente más tranquilo y que dedico a leer, estudiar, escribir, cumplir con tareas de casa... Hice mi meditación mañanera, me tomé el té en la terraza con mi libro en mano, recogí algunas cositas que tenía por medio y decidí ir a primera hora a comprar la fruta y verdura que necesitaba. Así, saliendo temprano, podía 
aparcar cerquita más fácilmente (porque siempre salgo cargada), ser de las primeras en llegar (para comprar fresco) y estar en casa de vuelta antes de que todo el mundo se decidiese a salir y de que apretase el calor. ¡Yo y mi planificación!

Las dos primeras partes las cumplí sin problemas y volví a mi coche con el carrito cargado de viandas. Como pesaba bastante y me costaba subirlo al coche, el bolso que llevaba colgado en el brazo se me resbalaba con el esfuerzo, así que lo dejé en el asiento, sin acordarme de que mi auto tiene una peculiaridad: al minuto de haber abierto las puertas, automáticamente el sistema central  se cierra como medida de seguridad. Para cuando me las ingenié a encajar el carrito dentro del coche ya me había olvidado de ese pequeño detalle técnico, y sólo caí en la cuenta justo cuando oí la puerta cerrarse. ¡Mierda! Con mi bolso dentro, y en él, el monedero, las llaves del coche, las de casa y el teléfono móvil. ¡Allí a la vista de cualquiera que pasase, abierto y luciendo atractivo!

Pellizquito de la vida para que Gloria aprenda sus lecciones en el camino: yo puedo organizarme magníficamente bien, pero la vida se encarga de ponerme a prueba para afianzar otras cualidades que llevo más flojitas, por ejemplo, la de flexibilizar y sobre todo la de generar soluciones... "¡Ahí lo llevas! A ver qué haces ahora con esto", parece que la vida me decía al oído.

Me planté un minuto mirando mi coche, serena y a la vez algo contrariada, y me dispuse a pensar. Pensé cuáles eran las opciones que tenía disponibles y de entre ellas, cuáles eran las más rápidas, ecológicas y menos costosas (romper una ventana para acceder, llamar al seguro para que alguien viniese a abrirme el coche, al cerrajero para que me abriese la puerta de casa y buscar la llave de respuesto...)

Cuando ya lo tenía medio claro pensé en mi Capitán, ¿qué haría él en mi caso? (modelado, ¡bendito recurso!) Porque él siempre piensa tan claro, tan rápido, lo vuelve todo tan sencillo y lo soluciona tan bien que conectar con su manera de hacer me sirve siempre de ayuda. Pensé que se habría decidido, si no por lo mismo, por algo muy similar a lo que yo tenía en mente. Así que busqué un taxi y por primera vez, una mujer iba al volante. Le di la dirección y le expliqué lo que me había pasado, que no tenía ni un euro encima y que al llegar, tendría que esperarme unos minutos para que yo pudiera avisar a mi vecina Elena, que me prestaría dinero para pagarle. Mi taxista me dijo que sin problema. Y fuimos tranquilamente charlando sobre qué tal la vida rodando, cómo la habían recibido los compañeros, me contó que ya son 10 las mujeres taxistas en el municipio...

Afortunadamente Elena estaba en casa. Me abrió la puerta, me prestó dinero, le pagué a la taxista y volví para contarle lo que me había pasado. Ella siempre tuvo un juego de llaves de mi casa pero estuvo viajando durante casi un año y antes de marcharse me las devolvió, y al volver no se las di de vuelta. Así que salimos a su balcón pensando que tal vez, con unas escaleras extendidas podría llegar al mío. Eran unos dos metros de separación pero la altura... Impresionaba. Yo no me sentía capaz de hacerlo, y su escalera de aluminio no daba como para subir desde abajo.

Pensamos en Guillermo, nuestro vecino de abajo, que además de ser un encanto es bombero; fui a tocar en su puerta pero no estaba en casa. Seguimos probando otras opciones... Desde el teléfono de Elena llamé a un cerrajero que ella tenía en agenda, pero tampoco contestó. Así que decidí bajar a preguntarle al guarda de seguridad, que seguro tenía otro contacto de cerrajería. Pero antes de entrar a su garita me encontré con Pepe, el encargado de mantenimiento en la urbanización. "Tranquila que lo solucionamos". Y se vino conmigo. Íbamos hablando y pensando en las opciones que teníamos. Entonces apareció Javier, el jardinero, y al minuto Elena con Guillermo, que acababa de aparcar en la puerta. Javier dijo: "No te preocupes; tenemos en la comunidad una escalera de tres tramos que engarzados, alcanzan sin problema para llegar a tu balcón". Porque, afortunadamente también y extrañamente en mi caso, había dejado abierto.A mí me daba bastante respeto subir tan alto, por muy seguras y firmes que fuesen esas escaleras. Y Guillermo, que es un tío estupendo, me dijo: "¡Si el que va a subir voy a ser yo!". ¿Seguro? "Segurísimo, mujer, yo estoy acostumbrado a estas cosas". 

Pepe se marchó a seguir trabajando ya que nos había dejado bien acompañadas, y Elena y yo apoyamos (en todos los sentidos) a Javier y a Guillermo, ¡y a la escalera! Tuvimos que elevar la altura en un par de ocasiones porque nos quedábamos cortos pero finalmente Guillermo consiguió llegar, le dije dónde estaba el juego extra de llaves, las encontró, abrió desde dentro y salió a buscarnos con la recompensa en la mano. Le di un abrazo enormemente agradecida y él me dijo "para eso estamos los vecinos". ¡Qué razón tiene! Javier me pidió mi número de teléfono para darme una perdida: "así te guardas el mío y si alguna vez te pasa algo puedes localizarme; sabes que estoy siempre por aquí y juntos es más fácil encontrar soluciones". ¡Este tío es un genio! La sabiduría está en todas partes, señores.

Pude entonces entrar a casa, buscar la llave de repuesto del coche, y Elena se ofreció para llevarme de vuelta al pueblo a recogerlo. Ahí empecé a pensar que ojalá a nadie con buen ojo y mala intención se le hubiese ocurrido romper la ventana de mi auto para llevarse el bolso que tan atractivamente había dejado yo a la vista. Pero en el fondo, yo tenía confianza en que eso no había sucedido. Y sí, afortunadamente otra vez, todo estaba intacto.

Elena me dejó allí. Y... ¡Horror! La llave no abría. ¿Será posible? Salgo a la carretera a ver si aún estoy a tiempo de ver a Elena pasar de vuelta en su coche. ¡Y sí! Elena puede hacerse a un lado (milagrosamente había un aparcamiento facilísimo además en una de las calles principales y más transitadas), baja de su coche y me dice "déjame a mí esa llave que yo tuve un problema con mi coche y lo que hice fue..." y efectivamente, mientras me contaba cómo trataron de forzarle la cerradura una vez, fue manipulando mi llave con cuidado y... ¡Voilá! Puerta abierta, contenido intacto, cerraduras y llaves funcionando. Aún se quedó conmigo unos minutos para cerciorarse de que todo estaba bien, desde dentro y desde fuera, y se marchó llevándose doble abrazo y ristra de besos por mi parte.

Cuando me quedé allí sentada allí dentro, después de dos horas de entretenida odisea, le mandé un mensaje de voz al Capitán contándole mi mini-aventura; yo sé que a él le encanta saber cómo me va y le divierten las cosas que me pasan cuando está fuera de casa, aunque para aventuras las que él vive a diario. Pero bueno, cada uno juega en la liga que le toca... (Por cierto, luego a la noche cuando hablamos, me dijo que le había divertido mucho mi relato, que había sonado muy graciosa e introducido mucho suspense en varias ocasiones y que mientras me escuchaba no sabía qué esperar de mi historia. Entonces me acordé de mis cuatro años como Toastmaster, de todo lo que he aprendido y practicado con mis compañeros de club y de las habilidades comunicativas que sin duda estoy desarrollando gracias a ellos. ¡Todo cobra sentido! Además, mi Capitán me comentó que él habría hecho exactamente lo mismo que yo. ¡Bingo! Confirmación de otro maestro; la joven aprendiz progresa adecuadamente).

Volví a casa conduciendo tranquila, acordándome de todas las personas que en esas dos horas de pequeños altercados se habían predispuesto para ayudarme. Sin ese apoyo, solventar mis dificultades habría sido posible, sí, pero también más costoso para mí, en tiempo y sin duda en dinero. Sin embargo todos ellos se ofrecieron sin dudarlo desde que los puse al corriente, encantados y desinteresadamente. ¡Qué dicha poder contar con gente así alrededor! Tenía que decírselo de nuevo.

Paré para comprar unas buenas botellas de vino y unas tarjetas de agradecimiento. Cuando se las entregué todos me dijeron que no era necesario, que se alegraban de haber podido ayudar y que yo seguro habría hecho lo mismo. Es cierto. Pero también lo es que yo quería y necesitaba agradecerles su presencia y su buena disposición. "No hacía falta, mujer. Si no nos ayudamos entre nosotros, ¿qué estamos haciendo? Tú lo has hecho por mí otras veces y yo sé que lo volverás a hacer cuando me haga falta. ¡Esta botella nos la bebemos juntos!" Decía Guillermo. 

Me doy cuenta también de cómo pude pensar tranquila y rápidamente, sin lamentaciones ("¡Pobrecita de mí! ¡Por qué me pasan estas cosas! ¡Qué mala suerte tengo!") y sin torturarme a mí misma por ("¡Seré torpe y tonta! ¿Cómo he podido andar tan descuidada? ¡Me lo tengo merecido por imbécil!"), como sin duda habría hecho (hice) en otros momentos de mi vida. En lugar de eso me centré en resolver en problema y en generar un diálogo interno que acompañase a esa actitud. Así que algo ha cambiado mi cuento, ¡y para mejor! Me felicito a mí misma por ese avance.

Y también por algo que compartía con los que estáis suscritos al boletín mensual, pues hace sólo unos días os enviaba el de junio reflexionando sobre mi dificultad para pedir ayuda, otra área de mejora en la que vengo trabajando.

Comentaba cómo hay ocasiones en las que solos no podemos solventarlo todo, y cómo a algunos 
nos cuesta pedir ayuda, aún a pesar de saber que la necesitamos o que nos iría mejor con ella. Las razones que fundamentan esa dificultad suelen ser:
  • la puesta en marcha de un automático aprendido en la infancia, porque desde siempre tuvimos que arreglaárnoslas medio bien solitos
  • la falta de confianza en el otro, en que quiera y pueda ayudarnos como nosotros necesitamos (posiblemente motivado por el automático anterior)
  • un exceso de orgullo, que nos mantiene continuamente en una postura de poder tan arrogante como inútil
  • una dificultad a mostrarnos vulnerables, al hilo de lo anterior, porque ahí nos pueden hacer más daño quizás
  • o tal vez simplemente miedo a la negativa o al rechazo por parte del otro 
Sin embargo, esta nueva experiencia volvía a ponerme de manifiesto todo lo que os contaba en el boletín:

1- pedir ayuda es mucho más fácil de lo que yo me monto en mi cabeza previamente

2- la ayuda que recibo es siempre más genuina y desinteresada de lo que yo inicialmente pienso

3- con la ayuda de otros llego siempre más lejos y todo resulta más fácil

4- si yo estoy dispuesta a ayudar cuando otros lo necesitan, ¿por qué no van a hacerlo ellos cuando yo lo preciso?



Si somos uno, si solos a veces no podemos, si funcionando en comunidad, en pareja o en equipo sabemos que todo resulta mucho más enriquecedor (porque somos mamíferos y como tales existimos en manada), ¿cómo es posible que aún encontremos razones para dejar de hacerlo? 


Y mientras todo esto se iba organizando ayer, en mi cabeza resonaba todo el tiempo una canción de los escoceses Travis, que siempre me ha gustado mucho por las buenas sensaciones de alegría y fresca emoción que me transmite. Os la dejo para que la disfruteis también vosotros:



 

Realmente somos uno, estamos todos conectados. Saber y poder pedir ayuda cuando nos es necesario es un recurso indispensable y a la vez una recompensa. ¡Míranos! Somos flores en las ventanas, creciendo hermosísimas. Si aún no plantaste tus semillas, ¿a qué estás esperando? Así, cuando te marches, tú también podrás verlas crecer y dejarlas luciendo maravillosas cuando te marches.

 

"When I first held you I was cold.
A melting snowman I was told.
But there was no one there to hold
Before I swore that I would be alone forever more.

Wow look at you now,
Flowers in the window.
Such a lovely day,
And I'm glad you feel the same,
'Cause to stand up,
Out in the crowd,
You are one in a million,
And I love you so, let's watch the flowers grow.

There is no reason to feel bad.
But there are many seasons to feel glad, sad, mad.
It's just a bunch of feelings that we have to hold,
But I am here to help you with the load.

Wow, look at you now,
Flowers in the window.
Such a lovely day
And I'm glad you feel the same,
'cause to stand up,
Out in the crowd,
You are one in a million,
And I love you so, let's watch the flowers grow.

So now we're here and now is fine.
So far away from there and there is time, time, time.
To plant new seeds and watch them grow
So there'll be flowers in the window when we go.

Wow look at us now,
Flowers in the window.
Such a lovely day
And I'm glad you feel the same,
'cause to stand up,
Out in the crowd
You are one in a million
And I love you so let's watch the flowers grow.


Oh wow look at you now
Flowers in the window.
Such a lovely day,
And I'm glad you feel the same
'cause to stand up,
Out in the crowd,
You are one in a million,
And I love you so let's watch the flowers grow.
Let's watch the flowers grow."


(Flowers in the window, escrita por Travis con la ayuda de Paul McCartney)



Comentarios (2)

Imagen de Anuchi

Anuchi dice:

12/06/2015 - 12:16

Soberbio (en el sentido de grandioso ehhhh???) relato!!!! Besos
Imagen de Gloria

Gloria dice:

12/06/2015 - 12:28

¡Jaja! Gracias, amiga. Soberbio abrazo para ti ;-)

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