19
Nov.
2014
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com.

La sombra



Una cliente me regaló hace unos años dos libros maravillosos sobre deidades y mandalas budistas, y venían acompañados de una serie de tarjetas en formato postal que, en tamaño más reducido, reproducían algunas de las imágenes que los libros recogían ampliadas. De algunas me enamoré inmediatamente, así que las coloqué en lugares de casa donde sentí que pertenecían.

Pero aún tenía muchas, y aunque en otra época me las habría quedado todas para mí en un afán de poseer y almacenar, entonces ya tenía integrado ese concepto bien budista por cierto del desapego, así que se me ocurrió regalárselas a personas a las que sentía que les iba a llegar el mensaje. Me las puse todas delante en la alfombra de casa y me dejé sentir, permitiendo que fueran ellas las que me dijesen para quién eran, a quién le venía mejor qué imagen. Y así las repartí entre mi gente, sin tener muy claro cómo las recibirían pero sabiendo que entenderían y acogerían la intención de mi gesto.

Sin embargo, con cada pasada, cada vez que sacaba una tarjeta del grupo para asignarle destinatario, dejaba una de lado, siempre la misma, que se quedaba sola. Procuré encontrarle la resonancia con aquella amiga, con esta otra, pero en el fondo ninguna de aquellas parejas me sonaba del todo bien. Aquella era sin duda una imagen difícil de recibir y de abrazar. ¿Quién iba a querer atravesar ese trago?

Así que la entrega y distribución de tarjetas se completó y sola, entre mis notas y libretas de apuntes, justo en el módulo más bajo de mi área de trabajo, almacené esa imagen que se resistía a encontrar hogar y dueño (aunque ya llevaba tiempo anidando en mi casa...). A veces abría la puerta de ese armario para sacar un cuaderno o revisar unos apuntes y la imagen aparecía ante mí, retadora y tenebrosa. Yo la dejaba donde estaba, cerraba la puerta y seguía con lo mío.

La imagen en cuestión es la que acompaña a este post. Se trata de la diosa Palden Lhamo, una divinidad iracunda y femenina. Este tipo de deidades, aunque a nosotros (a mí desde luego) nos resulten extrañas y agresivas, son muy comunes en la tradición budista tibetana donde juegan el papel de protectoras de la fe (de hecho, Palden Lhamo está considerada como la deidad protectora del Tíbet, de su gobierno y del Dalai Lama, por lo que se la venera en Tíbet y en Mongolia, y especialmente en la ciudad sagrada de Lhasa). Palden Lhamo es el espíritu guardián femenino de lo sagrado.

Aunque su expresión es airada e iracunda, guerrera y agresiva, su interior es compasivo; su misión de hecho es la de ofrecer ayuda a los seres humanos, adoptando esa fiereza exterior para detener y neutralizar lo negativo.

Se la llama la Diosa Gloriosa, y a lomos de una mula blanca atraviesa un mar de sangre en un universo sumido en una profunda oscuridad. Su fiera expresión puede causar temor pero en realidad su energía interior desafía nuestras debilidades y nos impulsa hacia la evolución. La fiereza conecta con esos poderes internos nuestros, siempre en ebullición, mientras que en el exterior la furia destructiva se dirige hacia todo aquello que limita la conciencia y que queda aprisionado cuando esa energía poderosa no se libera.

Aunque la imagen se traduce en palabras que denotan lucha y enfrentamiento, la simbología viene a decirnos que encarando a nuestros enemigos internos lograremos la fortaleza para seguir avanzando en nuestro camino. Mientras no nos enfrentemos cara a cara con esas energías que nos debilitan, la liberación y el crecimiento (la iluminación en términos budistas) no serán posibles.

Así que uno de esos días hace menos de dos años, abrí como de costumbre la puerta de ese armarito y Palden Lhamo me asaltó de nuevo. Pero esta vez nuestro encuentro fue diferente. Sumida como estaba yo por entonces en mis descubrimientos sombríos gracias a las enseñanzas de Laura Gutman y al acompañamiento de mi 'beacheadora' Carolina, comencé a conectar los puntos y entonces toda la trama cobró sentido.

Aquella imagen que yo había estado rechazando sistemáticamente no tenía aún destinatario porque, evidentemente, ¡era mía y para mí! Por mucho que yo rechazara lo iracundo de su rostro, la furia, la sangre, la guerra y los cadáveres a su paso, aquella imagen sólo me traía las dimensiones de mi propia sombra. La iluminación no consiste en imaginar figuras luminosas, sino en ser conscientes de la oscuridad decía Carl Jung, discípulo aventajado de Freud en el desarrollo del concepto de inconsciente y fuente de la que bebe la metodología que Laura Gutman propone.

Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad. Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino. No hay luz sin sombra, ni totalidad psíquica exenta de imperfecciones. Para que sea redonda, la vida no exige que seamos perfectos sino completos, y para ello se necesita la espina en la carne, el sufrimiento de defectos sin los cuales no hay progreso ni ascenso.” Carl Jung

Las resonancias me hablaban bien alto y claro, así que me abracé a Palden Lhamo, le pedí disculpas por mi ignorante indiferencia y la convertí desde entonces en mi fiel compañera.

Durante algunos meses la tuve expuesta en mi mesita de noche, de manera que fuese lo último que veía al acostarme y lo primero al despertarme. Luego me la traje a mi mesa de trabajo, donde sigue. A veces la coloco en el atril, otras la alejo un poquito para ponerla en alto y que lo supervise todo con su escrutadora mirada. Incluso me la he llevado de viaje en ocasiones, protegiéndola entre las páginas del libro que estuviese leyendo. ¿Cómo pude no verla entonces? ¿Cómo no me di cuenta de lo mucho que tenía que ver conmigo? 

Entonces volví a los libros y algunas de las frases resonaron en mí con contundencia: la mente despierta no reprime las imágenes oscuras sino que las convierte en conscientes con gran lucidez. Palden Lhamo, la Diosa Gloriosa, atraviesa a lomos de una mula un mar de sangre en un universo sumido en una flagrante oscuridad. Las formas coléricas irrumpen en la conciencia: son las moradoras de un mundo que reprimimos a riesgo de vivir sólo existencias parciales. Representa tanto la sombra como la culminación de nuestra psique más profunda. Abrazando con alegría todo lo que normalmente reprimimos, Palden Lhamo despierta nuestro lado oscuro, destruye la autocomplacencia, elimina las falsas percepciones y se erige en señora tanto de las sombras como del florecimiento de nuestra psique. Nos invita a mirar hacia adentro para hacernos amigos de nuestras propias aflicciones, convirtiéndonos así en luz para otros. Permitamos que esta protectora embravecida transforme nuestros miedos y despeje así nuestro camino.

Y en todas esas afirmaciones veo a una hembra de mamífero, a una madre nutriente que hace lo que sea necesario por proteger a su prole, aunque a veces eso suponga empujarlos a aprendizajes contundentes. Esa energía no la hace menos amorosa, sino todo lo contrario: el mayor acto de amor es contener y acompañar al que lo necesita en esos momentos aciagos donde todo es dolor, destrucción y muerte.

Todos nosotros en algún momento nos veremos atravesando esos mares oscuros y sangrientos y entonces, si somos honestos y nos sentimos capaces de mirar nuestra profundidad, agradeceremos la fuerza que nuestro femenino protector nos ofrece. Entonces valoraremos esa oscuridad que contiene la luz y la riqueza que encierran las tinieblas de las que también somos parte. Entonces creceremos fuertes y sabios, capaces y compasivos, conocedores, ahora sí, de la profunda complejidad que encierra la totalidad del alma humana.

 

 

“Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos”.


(Poema A la espera de la oscuridad, de Alejandra Pizarnik)

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