08
Jul.
2015
2
com.

Resiliencia



Uno de los conceptos que me eran ajenos antes de zambullirme en este mundo del auto-conocimiento era precisamente el de resiliencia. Ni siquiera recuerdo que me sonara haberlo escuchado antes. De hecho, tecleo la palabra en mi procesador de texto y también parece desconocerla, así que tengo que elegir la opción de “agregar al diccionario” para que deje de subrayármela en rojo.

Sin embargo, sí que aparece recogida en el Diccionario de la Lengua Española de la RAE:


resiliencia.

1. f. Psicol. Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas.
2. f. Mec. Capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación.



No es en realidad un concepto tan extraño. Como muchas veces nos sucede, sabemos en qué consiste, incluso lo practicamos a menudo; simplemente desconocíamos el  término. Esto me recuerda a una película, Reality Bites, que fue de culto para mí en su día (y que por tanto guardo en un lugar de mi corazón post-adolescente): la protagonista, Lelaina Pierce, interpretada por Winona Ryder, está siendo entrevistada a la carrera y en movimiento por un directivo de una televisión para un puesto de redactora, y casi con ganas de quitársela ya de encima le pregunta “defíneme ironía”. Ella se queda en blanco, no sabe qué contestar, y finalmente sale del atolladero respondiendo: “bueno, no sé definirla pero sé reconocerla cuando la veo”.

Algo así nos sucede a algunos con la resiliencia, que es simple y llanamente la habilidad para cambiar y para responder al cambio.

Tengo entendido que fue la psicóloga norteamericana Emmy Werner la que acuñó el término, a la luz de un estudio que llevó a cabo en Hawai en la década de los 60 y durante más de treinta años con niños huérfanos. A pesar de vivir en la miseria, de carecer de familia y de no asistir al colegio, los resultados extraídos mostraban que un tercio de estos niños conseguía aprender a leer y a escribir e incluso se adaptaba con éxito a la sociedad. Es decir, demostraban su capacidad para sobreponerse a las situaciones difíciles, saliendo fortalecidos de las mismas. ¡Cómo no, los niños de nuevo nos hacen de maestros a los mayores!

Dejando a un lado sucesos repentinos o traumáticos y cambios drásticos, nuestra realidad ha cambiado y sigue cambiando continuamente, a veces a un ritmo vertiginoso. Entre otros factores, los avances científicos y tecnológicos nos cambian las normas y los procedimientos casi a cada instante, y lo que antes se hacía presencialmente y en la cola de alguna oficina ahora lo llevamos a cabo online desde la comodidad de nuestro sofá.

Esto, que nos puede parecer una bendición a muchos, es un trastorno tremendo para otros, personas por ejemplo que por su procedencia y formación quedan prácticamente fuera de la brecha de adaptación a este tipo de avances.

Hace unos meses fui a la oficina de la Tesorería de la Seguridad Social para gestionar algún trámite y allí me encontré con una pareja de un pueblo de la sierra, de unos sesenta y tantos años (aunque aparentaban más, como les sucede a las personas curtidas por el sol y por el viento después de años de haber trabajado la tierra sin descanso), peleando preocupados con el ordenador de uso público para poder imprimir un certificado de su vida laboral (que ahora, parece ser, es un servicio que los funcionarios ya no prestan, entiendo que para agilizar la atención de otras cuestiones más acuciantes). Así que me senté con ellos e hicimos el recorrido juntos. Cuando salieron de la oficina con su certificado impreso no daban crédito a lo fácil que había sido porque yo sabía lo que había que hacer, pero para ellos hubiese sido mucho más sencillo hacer cola y esperar su turno para que el funcionario se lo solucionase. Es decir, para estas personas el cambio es un engorro.

En otro orden y conectando con lo anterior, muchas de las profesiones desarrolladas tradicionalmente por personas están ahora al cargo de eficaces máquinas o rapidísimos ordenadores, con el liderazgo de internet siempre a la cabeza. El volumen de desempleo aumenta en nuestro país y de seguir así, no habrá Gobierno, del signo que sea, que pueda hacer frente a tantas pensiones y subsidios.

Muchas de las personas que actualmente se encuentran sin trabajo oficial, o desempleados, que no “parados” (no me gusta nada esa expresión), aprovechan la coyuntura para reciclarse, formarse en otras materias, introducirse en otros sectores con la intención de acceder luego a nuevas oportunidades. Mientras tanto hay otros que se mantienen fijos en su postura habitual, en su zona de confort histórica, a menudo porque sienten que ya es tarde para hacer algo diferente, pero en definitiva se trata más bien de una actitud de resistencia al cambio, a la evolución natural que va generando el fluir de la vida.

Nos invitan algunos a pensar en nuestro trabajo, en nuestra profesión, en eso con lo que nos ganamos la vida o nos la hemos ganado hasta ahora. Esta tarea o función, teniendo en cuenta cómo se está comportando la realidad, ¿podría llegar a desempeñarla, por ejemplo, una máquina o un ordenador? ¿Es posible que llegue a sistematizarse y automatizarse de manera que la persona sea prescindible en el proceso? Si la respuesta es sí, más nos vale cambiar el chip y pensar qué camino tomamos a partir de ahora, en lugar de renegar de los avances que son imparables y que tarde o temprano se van a imponer, porque eso es lo que nos muestra la historia que termina sucediendo, a pesar de la resistencia de algunos agentes en cada momento.

Es cierto que no todos hemos tenido o tenemos las mismas oportunidades en el acceso a formación o a capacitación.  Pero si en el siglo pasado nuestros antepasados y familiares viajaron a Argentina, a Suiza, a Holanda, a Francia o a Alemania sin estudios, sin conocer el idioma y sin haber salido apenas de su pueblo para trabajar en sectores que desconocían por completo, pudiendo ganarse la vida con ello e incluso medrando económica y socialmente, nosotros también podemos hoy dar el salto cuántico que nos toca para abrir puertas y ventanas, corazón y mente a una vida puede que no mejor para algunos, pero en cualquier caso, la vida que está por llegar. El salto tendrá unas consecuencias. Quedarse anclado en la zona de confort de lo conocido tendrá otras. La elección siempre es nuestra.

Estamos muy ilusionados un nutrido grupo de Toastmasters de nuestro club y de estudiantes de RRPP y Comunicación de la UMA organizando un evento TEDx que precisamente tendrá como lema ¿Estamos progresando?, porque hay opiniones para todos los gustos al respecto. Nosotros, desde nuestra modesta y fundamentada visión, vamos a probar en noviembre de este año que sí, y para ello traeremos a oradores que lo demostrarán desde los diferentes ámbitos en los que se mueven. Sin duda serán todos estandartes de la resiliencia, y resilientes (de nuevo, mi procesador rechaza este adjetivo y la RAE aún no lo contempla) tendremos que ser los organizadores para adaptarnos a los contratiempos y cambios que un acontecimiento así va a traer consigo.

Los nuevos retos establecen nuevos límites. Nunca son fijos sino que permanecen flexibles, expectantes a que nuestras necesidades o nuestra motivación los lleven más allá de donde ahora se encuentran. Es sólo cuestión de tiempo y por supuesto, de ganas. De muchas ganas. 

Precisamente ayer enviaba a mis suscriptores el boletín mensual que preparo sobre alguna reflexión que me está latiendo en ese momento, y que en esta ocasión tenía que ver mucho o todo con la resiliencia, en este caso ejemplificada en la figura de Viktor Frankl.  "Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos", decía.

Estoy totalmente de acuerdo, aunque a veces me cueste admitirlo, porque es difícil salir de la comodidad que supone el rendirse, lamentarse, quejarse y victimizarse a uno mismo, especialmente cuando la sociedad entera está dispuesta a respaldarnos en esa actitud auto-conmiserativa.

Así no es como generaremos realidades valiosas y legados provechosos. De nosotros depende plantar ahora unas semillas u otras.

 

“No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.”



(Poema No te salves, de Mario Benedetti, del libro Poemas de otros, escrito precisamente durante su exilio)

 

Comentarios (2)

Imagen de Anuchi

Anuchi dice:

17/07/2015 - 16:03

Qué buena reflexión. No soy parada, sí desempleada y, afortunadamente, no me incluyó en el grupo del "acomodamiento". Luchó, y mucho, por seguir formándome. Pero, qué pasa cuando ese cambio que esperas conseguir se hace esperar hasta desesperar? Imaginó que habrá que seguir esperando y, por supuesto en mi caso, estudiando. Siempre, gracias por tus enseñanzas. Besos
Imagen de Gloria

Gloria dice:

17/07/2015 - 19:53

Bueno, Anuchi, a veces ese ansiado cambio tal vez no lo sea tanto en lo profundo, o no sea tan acuciante y haya otras cuestiones que salvar primero. A veces creemos que queremos pero en realidad nuestro ser interior quiere algo distinto. A veces es cuestión de perseverancia, de resistencia, de continuar para encontrar otra opción por el camino que resulta sí ser la nuestra... Cada uno tenemos que descubrir nuestras propias respuestas. ¡Gracias a ti, siempre, por tu apoyo! Muchos besos.

Deje sus comentarios