18
Feb.
2015
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com.

Quién entiende de política

International politics, de Stefan Maguran.


Recurro hoy a esa manida frase que algunos hemos pronunciado más de una vez: “yo no entiendo de política”. Porque en gran medida, ésa es mi realidad.

No entiendo nada, o muy poco, de la política que identificamos hoy en día como tal, enarbolada por dirigentes y simpatizantes de partidos varios que responden a siglas y a colores diversos cuyo significado intrínseco hace ya tiempo que perdió su sentido.

A estos políticos y a esa política yo, sinceramente, no la entiendo. Los miro, los escucho, leo lo que han dicho y lo que escriben y por momentos me siento torpe, incapaz e infantilizada, porque a pesar de ser adulta y contar con una modesta formación, soy incapaz de comprender en qué andan y a dónde van. 

Sus voces a través de sus bocas dicen cosas que luego no cumplen, y sus rostros y cuerpos, sus energías e impulsos, están transmitiendo información en una dirección diferente a la que me indican sus palabras. ¡Qué confusión! ¡Qué gran mentira!

¿Qué fue de la política tal y como la generaron nuestros antepasados griegos? La política entendida como ordenamiento de la ciudad o de los asuntos del ciudadano, ésa que se ocupaba “de la actividad, en virtud de la cual una sociedad libre, compuesta por mujeres y hombres libres, resuelve los problemas que le plantea su convivencia colectiva (…) un quehacer ordenado al bien común. La ciencia que se encarga del estudio del poder público o del Estado y promueve la participación ciudadana, ya que posee la capacidad de distribuir y ejecutar el poder según sea necesario para promover el bien común” (citando a Wikipedia).

¿Qué pasó con aquella política primigenia que estudiamos a través de los libros de historia y de filosofía en el instituto y que yo entendía tan bien, que me parecía tan natural y elocuente, tan sabia y tan válida? ¿Qué queda hoy, de verdad, en la práctica, de todo aquello, de esa fuente de la que en teoría, deriva la política actual?

Viendo lo que veo, ¡me río yo de la política entonces, y todos los venerables griegos que nos antecedieron se ríen al unísono conmigo, seguro! Aunque lo hagamos con una sonrisa amarga tintada de desazón.

¿Participación ciudadana? ¿Bien común? ¿Sociedad libre?

Algo hemos hecho mal en este camino de siglos. Algo grande se nos torció. O algo pequeño que se fue tornando enorme con el paso del tiempo y con los pasos de las personas.

Los ciudadanos de a pie, la gente normal y corriente que trabajamos, pagamos nuestros impuestos y procuramos vivir al día, entendemos poco o no mucho de esta manera de hacer política de nuestros políticos actuales. Profesionales de la política, aparentemente. Tal vez ahí radique el problema, ¿en la profesionalización?

Esa mayoría de personas, seamos o no militantes de partido alguno, simpatizantes siquiera, simplemente queremos vivir digna y tranquilamente. Muchos estamos cansados de tanta mentira, de tanta impostura, de tantos intereses particulares entre bambalinas. ¡Cuánta falta de honestidad, de decencia y de humildad entre nuestros políticos! ¡Cuánta mediocridad humana y cuánto descaro!

La sociedad, que somos todos, está clamando por un cambio que debe empezar por ella misma, por supuesto, pero que debe implicar también y como consecuencia de lo anterior un relevo en esas figuras que erigiremos como nuestros representantes, porque lo que venimos teniendo en escena está caduco, decadente y huele a un rancio que a estas alturas da cierto resquemor, por no utilizar una expresión más escatológica.

Yo creo que por eso (y repito, que yo no entiendo de política, mi gente, que sólo doy mi opinión como ciudadana que es parte de esta sociedad en la que vivimos) están emergiendo nuevas caras, más jóvenes además de lo que estamos acostumbrados a ver, que están dándole un tono renovado y más fresco (en el sentido de desenfadado, que no desvergonzado) a nuestro panorama político.

En boca de todos está (para alabarlo a veces y sobre todo para denostarlo) Pablo Iglesias; el ‘guapo’ de Pedro Sánchez (que con sus 42 años es el menos joven pero joven al fin y al cabo); la oportunista Susana Díaz; el poco afortunado en sus comunicaciones Albert Rivera; y para mi gusto, por encima de todos ellos, Alberto Garzón Espinosa, que además de joven y sobradamente preparado, tiene alma malagueña y es candidato de IU a la presidencia de nuestro Gobierno. De los populares no puedo mencionar a nadie porque no les conozco aún relevo generacional (cara nueva para la gran mayoría y por debajo de los 45). Si lo hay, iluminadme, por favor.

Puede que los jóvenes no tengamos (me incluyo, sí, una joven cuarentañera, ¿qué pasa?) la sabiduría que otorga la experiencia, eso es indiscutible. Sin embargo sí bebemos de la experiencia de los que nos precedieron y sentaron bases antes que nosotros. Además, y por lo general, contamos con otros recursos de los que nuestra experimentada clase política viene careciendo y que hoy se nos hacen más necesarios que nunca (aunque no sean exclusivos de personas de una edad determinada, pero histórica y culturalmente, sí han sido baluartes de la juventud). Dícese:

 

  • La energía, el empuje, el ímpetu y el entusiasmo frente a la comodidad de lo histórica y socialmente establecido
  • La curiosidad por explorar lo menos transitado frente a la querencia por quedarse en la archiconocida y superpoblada zona de confort
  • Los vientos de esperanza, de creatividad y optimismo frente a las brisas del escepticismo y el pesimismo de la tradición
  • La libertad, la flexibilidad y la apertura frente a la cerrazón, el corporativismo y el inmovilismo acérrimo


Decía José Martí: “La juventud es feliz porque es ciega, y esta ceguera es su grandeza: esta inexperiencia es su sublime confianza. ¡Cuán hermosa generación la de los jóvenes activos!

Yo estoy muy pero que muy cansada (harta, aburrida, asqueada, que no es lo mismo que indignada) de ver y escuchar a personajes (caricaturas a veces, con todo mi respeto a caricaturas y caricaturistas) del porte y la talla de los 'eminentísimos' Jordi Pujol, Francisco Camps, Rita Barberá, Manuel Chaves, José Antonio Griñán, Esperanza Aguirre, Mª Dolores de Cospedal, Artur Mas, José Ignacio Wert, Cristóbal Montoro,… Pues demostrado queda ya que algunos de ellos se han zambullido en la mentira y el abuso durante demasiado tiempo; y otros simplemente exhiben actitudes soberbias, déspotas y por tanto irrespetuosas desde las que a mi parecer se descalifican ellos mismos. A menudo cuando los veo o los escucho tiendo a cambiar de dial, de cadena o a pasar página. Es la misma vieja diatriba, un runrún repetitivo y cansino que no aporta para enriquecer sino para epatar.

La juventud no es sólo cuestión de edad, por supuesto. La juventud es una actitud, y como toda actitud implica unas formas y cualidades. Yo sé que nuestra vicepresidenta del Gobierno es joven de edad, sí, ¡pero la siento tan anciana en sus formas!  

Nos hace falta un relevo en todos y cada uno de los partidos que tienen presencia en nuestro territorio. Caras nuevas que abran puertas y ventanas, se remanguen y agarren cubos y fregonas para limpiar y sanear los despachos y despensas de sus partidos.

Sabemos que el poder puede corromper a las personas; por ello es saludable y necesario practicar el relevo, igual que es necesario y saludable limpiar nuestras casas, deshacernos de lo acumulado que ya no nos sirve, pintar, mover los muebles de sitio o renovarlos cuando nos es posible.

Si muchas personas hoy en día decimos que no entendemos, o peor aún, que no nos interesa la política, lo hacemos motivados por las acciones de personajes que hicieron un mal uso de ella, que la han abusado y manoseado para beneficiarse personalmente. Eso no es política, señores y señoras, eso es sinvergonzonería. Algo que se aprende y que se transmite, como diría el gran Serrat "con la leche templada y en cada canción". ¿Qué canciones escucharon estas personas en su infancia y adolescencia? ¿De qué se alimentaron?

Porque también hay sinvergüenzas entre los más jóvenes, por supuesto (recuerdo ahora aquellos alumnos activos activistas políticos además que, presuntamente, se apropiaron de ciertos dineros destinados a nuestro viaje de fin de curso), pero las caras nuevas lo tienen todo por demostrar. Como ciudadanía, darles otra oportunidad a los que ya sabemos que embaucaron, es de una estupidez supina y estaremos condenados a repetir nuestros errores y a morder el polvo de nuevo.

La acepción 9 del DRAE define política como la “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.”

Así que políticos somos, o deberíamos, ser todos. Tal vez nos iría mejor como país si fuésemos más las personas implicadas, cada una desde su lugar y posibles, pero activos, atendiendo y participando, asumiendo cada uno nuestra parcela de responsabilidad en esta sociedad de la que todos somos parte.

Sería fantástico ser parte de un sistema que facilitase a la ciudadanía una plataforma para participar de forma activa e incluso diaria en la toma y diseño de decisiones que nos afectan a todos (y ahora que internet forma parte de la vida de casi todos nosotros seguro que habría fórmulas factibles de funcionar así; a un amigo muy querido y cercano le he escuchado de hecho grandes ideas en este sentido). Claro que esos sistemas, ¿quiénes los diseña o los genera? Efectivamente: las personas que formamos parte de ellos. Muchos dirán que eso es imposible, que no se puede hacer. ¿Por qué no? ¿Porque nunca se ha hecho antes? ¿Porque es más 'cómodo' quedarnos como estamos? ¿Podemos permitirnos el precio que estamos pagando por permanecer en este lugar tan familiar?

Hoy por hoy, a falta de ese tipo de estructuras más creativo-participativas, podemos influir o aportar no sólo desde las bases de los partidos sino también desde las aulas, las asociaciones, las parroquias, los blogs, las canchas y las plazas. Desde allí donde cada uno de nosotros estemos desarrollando una labor, la que sea.

Porque si somos animales sociales, todo lo que hacemos es política, desde cederle el asiento a una persona mayor en el autobús hasta tirar una colilla en la playa. Desde pedir una factura sin IVA hasta gritarle a un niño porque al parecer ‘nos pone’ los nervios de punta.

Estoy loca de emoción porque lleguen las elecciones, todas las que nos tocan este año, ¡qué bendición! Loca porque se genere un cambio, en el sentido que sea, pero que llegue aire nuevo y vientos frescos, y que, a ser posible, traigan juventud y lozanía con ellos. A ver si es cierto que las nuevas generaciones son nuevas y no sólo fotocopias retocadas de lo anterior. Por probar, que no quede. Digo yo, que me gusta probar de todo lo nuevo un poco. Y si no cumplen o si traicionan, buscaremos otras caras y a otras almas y comenzaremos una vez más.

Decía nuestro genio malagueño Pablo Picasso que “lleva tiempo llegar a ser joven”. ¿Será eso entonces?

 

 

“Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.”



(Poema Vientos del pueblo me llevan, de Miguel  Hernández)

Comentarios (2)

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Iva Entusiasmado dice:

18/02/2015 - 10:38

Hoy me temo Gloria que no puedo estar de acuerdo contigo. Yo no soy joven. Tengo 45. Puedo ser enérgico, vital, apasionado, pero no soy joven. No pasa nada por aceptarlo. La juventud está sobrevalorada. Ser joven no es en sí mismo ningún mérito, y menos aún para la política, en que se necesita gente con un cierto bajage, Por supuesto discrepo en casi todos los políticos que mencionas. Estoy eso sí, de acuerdo en una cosa, en que se necesita un cambio. Pero para mí el cambio es un cambio de sistema, porque el sistema está corrupto en sus bases. Y un cambio sobre todo de mentalidad. Todo el mundo quiere opinar, y todo el mundo quiere beneficiarse. Pero la gente olvida la responsabilidad, el esfuerzo, y lo que uno tiene que poner siempre para poder recibir algo.
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Gloria dice:

18/02/2015 - 10:51

Yo estoy de acuerdo contigo en muchas cosas, Iván. Hoy me quedo con lo primero que dices: "Yo no soy joven. Tengo 45" y con lo último que yo apunto en el post, la cita del 'viejoven' Picasso. Y como siempre, te agradezco que pases, que leas, que participes.

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