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Feb.
2016
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¿Qué es trabajar?

Imagen de artista desconocido (fuente: Google Images)


¿Desde cuándo ‘trabajar’ significa sólo y exclusivamente desplazarse a un espacio concreto para cumplir con unos horarios establecidos durante los cuales desempeñamos una función bien concreta, todo con el fin de percibir a fin de mes y en contraprestación por los servicios prestados un salario que es en definitiva el objetivo?

Trabajar puede o no significar salir de casa para personarse en otro espacio en el que desarrollar nuestra función; muchos podemos de hecho trabajar desde nuestro hogar; otros tantos trabajamos en lugares diferentes y nos desplazamos de uno a otro en función del trabajo disponible; los hay que podemos trabajar allá donde estemos, ya sea un avión, un barco, un parque o incluso la bañera; e incluso algunos trabajamos en marcha, mientras conducimos, o puede que conducir o desplazarnos sea precisamente nuestro medio de trabajo.

Trabajar podemos hacerlo en comunión con otros compañeros trabajadores, con o sin ningún orden jerárquico establecido. La interacción con el otro siempre puede resultar enriquecedora pero sin duda lo es mucho más si podemos elegir con quiénes nos aliamos para construir así equipos más fuertes y capaces, y aunque conviene que alguien asuma el liderazgo, podemos todos erigirnos en líderes de nuestra área de manera que creemos desde la paridad conexiones horizontales, siendo conscientes de que la labor desarrollada por cada uno de nosotros es importante y valiosa para el conjunto.

Podemos trabajar de 7:00 a 15:00, de 9:00 a 17:00, en horario partido, turno de noche o sólo media jornada, librando los fines de semana o currando sólo sábados y domingos, doblando turnos o trabajando 24 horas seguidas para luego descansar 72. Pero también podemos trabajar sin estar sujetos al reloj o a los tramos horarios sino a nuestro propio ritmo.

El trueque cuenta con una larga tradición en nuestra civilización y el trabajo se adhiere a esa antiquísima costumbre humana: trabajo luego obtengo un dinero a cambio. Un dinero que puede ser o no un sueldo o salario, entendidos como una cantidad más o menos fija que se percibe al final del mes (o semana) trabajado. Pero esta contraprestación puede llegar también bajo la forma de una tarifa, minuta, honorario, precio, retribución o remuneración, entre otras posibilidades. Nos solicitan un trabajo/proyecto/producto/servicio que nosotros podemos proveer y nosotros le adjudicamos una cantidad en función de la dedicación y recursos que nos supone invertir.

Lo que es imprescindible en todos los casos es que contemos con las habilidades necesarias para desempeñar esa función que en cada caso cumplimos. Conocimientos, formación, experiencia, reciclaje continuo, aptitudes y actitudes  nos van conformando en el profesional que somos y que en casi todos los casos va evolucionando a medida que nos hacemos mayores; puesto que la realidad cambia y nosotros cambiamos con ella, vamos adaptándonos a las nuevas necesidades o descubriendo nosotros mismos necesidades nuevas que nos llevan a ser o a hacer de manera distinta también.

Lugar de trabajo, compañeros, horarios, gratificación económica, tareas. Imagino que todo esto se estableció como definición de puesto de trabajo de una manera bien acotada allá por mediados del siglo XVIII y principios del XIX con la revolución industrial, cuando los operarios de las fábricas tenían que funcionar como prolijos elementos de una cadena cuyo engranaje difícilmente podía frenarse o modificarse de manera alguna. La uniformidad era entonces la tónica necesaria y exigida.

Pero aquello era el siglo XIX y ahora estamos en el XXI.

Doscientos años, afortunadamente, no pasan en balde y los cambios en lo laboral han sido radicales en este periodo. La uniformidad ha dado paso a la diferenciación; lo muy acotado a la ausencia de fronteras y límites; lo rígido se ha tornado flexible. La creatividad se ha establecido como un valor básico.

Hay empresas y corporaciones tanto privadas como públicas que se resisten a los cambios y que siguen operando casi como lo hacían sus antepasadas del XVIII. Jerarquías de poder, horarios fijos, condiciones innegociables, acatamiento de lo establecido. En definitiva, rigidez. Otras sin embargo se abren a los cambios que el fluir de la vida va trayendo y se tornan flexibles e incluso maleables. ¡Maravillosa cualidad!

Los trabajadores, los profesionales, también tenemos que convertirnos en habitantes del siglo XXI con todo lo que ello conlleva. No por inercia, ni siquiera por necesidad. Más bien por encontrar el bienestar, la satisfacción personal y el equilibrio. No podemos preguntarles a aquellos operarios del XVIII pero estoy convencida de que la satisfacción y el equilibrio no estaban entre sus objetivos a cumplir. Bastante tenían con comer todos los días y proveer para sus familias.

Hoy en día seguimos comiendo a diario y sacando a nuestras familias adelante pero a muchos ya no nos vale el hacerlo a cualquier precio porque nos mueven otras inquietudes e intereses, quedando incluso las económicas en un segundo o tercer lugar.

Estos trabajadores seguimos siendo responsables, conscientes de que tenemos facturas y necesidades básicas que cubrir cada mes. Pero de alguna manera también nos hemos dado cuenta, a menudo porque hemos probado las dos opciones, que ganar en libertad, en flexibilidad y pudiendo desplegar mayor creatividad nos compensa y nos hace más felices.

Así, si un día no me encuentro especialmente animada, me puedo dedicar a descansar, a cuidarme o a tareas más livianas que me nutran y me aporten la energía que necesito para recuperarme. Si un amigo me llama diciéndome que hace escala en el aeropuerto de mi ciudad y que le han retrasado su vuelo 3 horas, puedo aparcar mis tareas para ir a comer con él. Si dormí fatal anoche y no puedo rendir por la mañana, me quedo en cama un rato más y al día siguiente puedo trabajar hasta las 8, las 10 o las 12 si lo considero oportuno. Hay familias que se organizan la vida para vivir viajando, con niños incluidos. ¿Cómo lo hacen? Todo es posible cuando las mentes se nos abren.

Ahora puedo colaborar en varios espacios, con diferentes profesionales, beneficiándome de la riqueza que todo eso supone: diferentes sistemas de organización, relaciones de igual a igual, aprendizaje, inspiración, paciencia, ampliación de miras y de conciencia…

Cuando comenzamos a funcionar así podemos darnos cuenta de que, puesto que ahora no tenemos la ‘seguridad’ de ese sueldo fijo que llega al final de cada mes, nos toca modificar nuestro estilo de vida. A lo mejor ya no nos vamos de vacaciones 15 días en agosto, pero sí nos podemos escapar 7 en febrero y otros 10 en octubre. Tal vez hayamos dejado de comprarnos algo de ropa cada mes para reservarnos a las rebajas y adquirir sólo esa prenda de calidad que nos hacía falta. Ni tampoco salimos por sistema cada fin de semana pero una vez al mes nos encanta pegarnos un homenaje en un buen restaurante.

No sé en qué situación laboral vives tú, cuál ha sido tu trayectoria y tus descubrimientos. Yo he estado en los dos lugares y, a pesar de la inestabilidad económica de mi situación actual, no cambio por nada del mundo la libertad de hoy por la rigidez de ayer.

Tantas veces he estado en mi puesto de trabajo (con mi sueldo fijo, mi horario establecido y mis funciones bien delimitadas) preguntándome si eso era todo, sintiéndome vacía, absurda y voluntariamente prostituida, que la vitalidad de mi día a día hoy me llena de un entusiasmo y sentido desconocidos para mí entonces. Jamás antes llegué a la empresa, oficina o puesto de trabajo de turno entusiasmada. Satisfecha sí, cumpliendo con mi cometido, haciéndolo lo mejor que podía, pero tantas veces coartada, aburrida, frustrada… Es descorazonador pasar ocho horas de mi día así, un día tras otro. Por supuesto que ansiaba que llegara el viernes por la tarde y me deprimían los domingos por la noche. Ahora apenas si me doy cuenta de qué día de la semana es porque cada lunes tiene un poquito de sábado y cada domingo un toque de jueves. Puedo disfrutar y currar cada día de la semana porque así lo elijo.

En mis días de mayor ceguera me subí a trenes de alta velocidad que ahora hacen las veces de condena (hipoteca, hablando claro). Si pudiera volver atrás o si volviera a vivir sabiendo lo que sé ahora, lo haría de forma distinta. Aún así, asumo mis movimientos pasados aprendiendo de ellos.

He aprendido que, aparte de ser más feliz en la libertad y la flexibilidad, necesito mucho menos para vivir de lo que me había pensado. Muchos de los cambios que he atravesado han pasado por simplificar mi vida. Cuanto más sencilla es, más fluye todo. Puede costar en un principio porque el apego a necesidades creadas es potente, pero luego me resulta hasta cómico el haberme visto atada a hábitos de consumo tan insulsos y superficiales.

¿Por qué os cuento todo esto?

Porque van a cumplirse en breve 7 años desde que me convertí en una trabajadora autónoma y el camino ha sido una auténtica montaña rusa. El miedo inicial, las dudas seguidas del vértigo, la satisfacción, el aprendizaje continuo, el esfuerzo cada día, cuesta arriba las puertas que se abren y tantas que se cierran, la caída libre, el remanso de paz, las posibilidades, las vueltas de tuerca y de nuevo caer en picado para volver a remontar y encontrar otros espacios de arraigo, la emoción, el fracaso… Así continuamente. Y gracias a esas turbulencias me he hecho más fuerte y capaz de lo que nunca creí llegar a ser.

Por supuesto que, aunque empecé esta odisea de manera independiente, no he estado sola en el camino, y sin el apoyo de mi compañero de vida no habría podido embarcarme en muchas de las andanzas que se me pusieron por delante. Son las ventajas del trabajo en equipo ;-)

Yo pienso que venimos a la vida con una misión a desempeñar y dotados de unos talentos que, desplegados, nos ayudarán a cumplir esa misión. Misión y atributos constituyen nuestra parte más auténtica y genuina, y cuando le damos rienda suelta, nos sentimos bien y somos felices. Y para eso estamos en la vida. Para sentirnos bien y para ser felices.

Si no nos sentimos bien, si no somos felices, entonces es momento de cuestionarnos muchas de nuestras realidades.

Es montarse en una montaña rusa, sí. Y aunque yo no soy nada amiga de las atracciones de vértigo, os puedo garantizar que merece la pena el pasaje. Eso sí: nadie va a atreverse por nosotros.

 

 

“Considerad, muchachos,
este gabán de fraile mendicante:
soy profesor de un liceo obscuro,
he perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
hago cuarenta horas semanales).
¿Qué les dice mi cara abofeteada?
¿Verdad que inspira lástima mirarme?
Y qué les sugieren estos zapatos de cura
que envejecieron sin arte ni parte.

En materia de ojos, a tres metros
no reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? ¡Nada!
Me los he arruinado haciendo clases:
la mala luz, el sol,
la venenosa luna miserable.
¡Y todo para qué!
Para ganar un pan imperdonable
duro como la cara del burgués
y con olor y con sabor a sangre.
¡Para qué hemos nacido como hombres
si nos dan una muerte de animales!

Por el exceso de trabajo, a veces
veo formas extrañas en el aire,
oigo carreras locas,
risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
y estas mejillas blancas de cadáver,
estos escasos pelos que me quedan.
¡Estas negras arrugas infernales!

Sin embargo yo fui tal como ustedes,
joven lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras del diamante:
aquí me tienen hoy
detrás de este mesón inconfortable
embrutecido por el sonsonete
de las quinientas horas semanales.”



(Poema Autorretrato, de Nicanor Parra)

Comentarios (4)

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Mariajosé dice:

26/02/2016 - 14:30

Qué inspiradora Gloria! Eres ejemplo para mí y muy tentada estoy de subirme a la montaña rusa porque, como dices, mi libertad y el poder ser yo misma no tiene precio. Te abrazo. Gracias por compartir e inspirar y enhorabuena por todo el aprendizaje y enseñanza, por todo lo recorrido y vivido en estos 7 años!
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Gloria dice:

01/03/2016 - 09:26

Muchísimas gracias, bonita. Es una aventura que merece la pena. ¡Siempre en el camino! Abrazo de vuelta.
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Amparo dice:

27/02/2016 - 20:42

Este artículo me ha dejado pensando, compañera... Es verdad que ser autónom@, y más en este país, es casi una profesión de riesgo, una locura mal retribuida. Sin embargo, es verdad que LA LIBERTAD de poder planificarse el día a día, de que como bien dices: "todos los lunes tengan un poquito de sábado, y todos los domingos un poquito de jueves" no tiene precio. No hay trabajo fijo que pueda competir con esa libertad, la verdad. ¡Gracias por recordármelo!
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Gloria dice:

01/03/2016 - 09:27

¡De nada! Yo también me lo tengo que recordar a mí misma a menudo, ya sabemos lo difícil que puede ser a veces el camino, compañera. Sin embargo, siempre merece la pena. Yo lo siento así, de verdad, y además, lo mejor está aún por llegar... ;-)

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