10
Abr.
2013
2
com.

Pequeños y mayores

Niña entre mayores recibiendo a la primavera en Tokio. Gracias a mi amigo Fernando González Viñas por esta preciosa foto.


Cuestionarme la realidad establecida desde mi sentir, a pesar de que a algunos puedan resultarle simplistas e ingenuos mis planteamientos, es un ejercicio prácticamente espontáneo que practico desde que tengo memoria.

Sin indagar demasiado en ella, recuerdo con facilidad por ejemplo un par de situaciones en el colegio, durante primaria, en las que me lancé (y esto de lanzarme y participar me costaba una barbaridad, pero sucumbía cuando la duda me abrumaba) a hacerle una pregunta al profesor de turno desde mi cándida ignorancia y buscando respuestas (para eso estaban los profesores, los adultos, los mayores, o eso me habían vendido), para recibir a cambio un comentario despectivo y nada aclaratorio por parte de la ‘autoridad competente’. Y digo despectivo porque, aunque no lo generasen con esa intención, así fue como esa niña de 9 ó 10 años lo recibió.

Lo que un niño de esa edad siente y percibe, simplemente es así. Ellos, sobre todo lo más pequeños, saben más y mejor que los adultos porque aún están conectados con su ser interior, con la naturalidad y la esencia, aunque a diario se ven expuestos a situaciones que bombardean esa cualidad tan valiosa. A medida que van creciendo, los vamos guiando hacia la cadena de autómatas sociales que tenemos montada, programados como estamos desde la Industrialización para aceptar sin rechistar que éste es el único modelo posible. Y así, los matamos. Matamos la creatividad y el ser esencial de nuestros niños.





La realidad es sencilla. Nosotros nos empeñamos en hacerla enrevesada en un intento equivocado de entenderla o incluso de manipularla. Lo simple es hermoso y además funciona. ¿Para qué enmascararlo? ¿Con qué propósito negar su identidad? ¿Qué nos atrae tanto de lo complicado en oposición a lo sencillamente natural?

Aunque siempre he sido obediente y cumplidora, también he experimentado siempre cierto rechazo hacia los términos ‘autoridad’ y ‘disciplina’. No creo en la autoridad como posición de poder o de mando, sí como fuente de sabiduría y de conocimiento. Puede ser cierto eso de que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Sin embargo, la condición de diablo emponzoña ya a la persona. Y además, hay muchísimos jóvenes, niños, pequeños que son sabios y que tienen un mundo de posibilidades a su alcance para compartir con nosotros.

¿Has probado a preguntarle a un niño por la respuesta a un problema o a una duda que te inquieta? ¿Lo has escuchado desde el corazón y el alma? ¿Lo has mirado a los ojos poniéndote a su altura, abierto a lo que tiene para entregarte? ¿Has revisado esa duda tuya desde la perspectiva limpia que te ha regalado? ¿Cómo la has sentido entonces?

Hay muchísimos adultos ahí fuera (no todos, por supuesto) dedicados a la docencia, muchísimos padres que jamás miran ni atienden a los niños desde esta perspectiva inclusiva y respetuosa.

No les explicamos a nuestros niños el por qué de muchas cosas que de hecho les incumben. Nos les consultamos o tenemos en cuenta su visión. ‘Porque sí. Porque yo lo digo. Porque es así. Porque yo soy adulto y los adultos decidimos. Porque tú eres muy pequeño y no sabes.’ ¿Qué respuestas son ésas? ¿Cómo va a aceptarlas una mente inquieta y creativa? Luego nos preocupamos si el niño resulta problemático, rebelde, inconformista. ¿Cómo si no va a conseguir expresarse? Es la única manera que le hemos dejado.

Y algunos de esos que llamamos adultos responsables le levantan la voz o la mano al niño. ‘Una voz bien dada, un azote en el trasero, una bofetada en la cara no va a traumatizar a nadie’. Traumas o no aparte, lo que sí demuestra esa actitud agresiva, física o verbal, es una falta de respeto inmensa por nuestros pequeños, que no sólo son nuestros iguales sino que son nuestro futuro. Cuando le gritamos a un pequeño, cuando perdemos la paciencia y le mostramos los dientes, se los estamos mostrando también a ese niño que todos fuimos un día.

¿No nos damos cuenta de verdad de esa conexión entre todos nosotros? Es posible que creamos no saber porque es así como nos enseñaron, en esa cadena de programación automatizada. Sin embargo, ¿acudimos tan fácilmente al grito con otros adultos? ¿Le contestamos al jefe, al socio, al compañero de trabajo o a la persona que nos atiende en el banco con una bofetada cuando perdemos los nervios? Claro que no. Entre nosotros, adultos, existe otro código, un código hipócrita y corrupto. ¿Por qué maltratamos a nuestros niños entonces? Gritar para mí es maltratar, sí. Levantar la voz, desprestigiar, invalidar verbalmente, dejar de escuchar, ignorar, pegar son todos lacerantes agravios, especialmente cuando el recipiente es un niño.




 

No entiendo la realidad en vertical sino en horizontal, como una red de conexiones necesarias dentro de la cual cada uno de nosotros desempeña su papel, siendo todos nosotros importantes en el hilvanado general: pequeños y mayores, iniciados y experimentados, sabios no por la edad que marca el documento de identidad sino por la actitud ante la vida. Autoridad y disciplina, no gracias. Yo los cambio por amor, respeto y compromiso. Sin amor y sin respeto no hay autoridad posible, y desde el amor, el respeto y el compromiso coherente, la convivencia y la comunicación se hacen evidentes y redundan en beneficio mutuo, en crecimiento, en riqueza.


No soy madre (aún) ni docente con menores (todavía). Soy un ser humano que adora a los niños porque veo en ellos la luz y la vida, el amor incondicional, la entrega y la ilusión. Si tienen dificultades, del tipo que sea, miro a sus padres primero, a sus abuelos después, porque en esas raíces están las claves del malestar de nuestros niños. ¿No queremos reconocerlo porque es más fácil poner la responsabilidad sobre sus pequeños hombros que asumirla y mirarnos nuestras purulentas heridas para sanarlas? Entonces estaremos trazando no sólo nuestra ruta de futuro sino también la suya, los estaremos marcando y de ellos dependerá el saber zafarse de ello en algún momento de sus vidas o el perpetuar el modelo aprendido.

Me hubiese gustado en su día acercarme más profundamente a algún profesor de aquellos que tuve, alguno que admiré especialmente. Sin embargo, ese temor hacia la malentendida autoridad me paralizaba. En 2009 descubrí gracias al último jefe que tuve, que mi voz sonaba alta y clara, que mis valores podían no tener espacio en todos los contextos y que, si ése era el caso, esos entornos no eran para mí. Simplemente. Entonces decidí marcharme. En 2012 aprendí e integré que no todo adulto socialmente considerado y aparentemente bien preparado, es un modelo admirable a seguir. Ahora sé que un bebé o un pequeño tiene más que enseñarme que ese supuesto adulto sabio.

En febrero de este año participé en una jornada maravillosa a cargo de Tulku Lobsang Rinpoche, que es de hecho un año más joven que yo, y que ingresó en un monasterio budista a la edad de 6 años. Fue un día maravilloso en el que compartió con nosotros su profundo conocimiento interior a través de diferentes herramientas. Siendo todas hermosas y útiles, la que me cautivó con más emoción fue su sentido del humor y sus ganas de reír y disfrutar. Como un niño. 

Yo no sé cómo se dirige uno a una personalidad espiritual de esta altura (que además está sentado en un altar elevado del suelo), si hay un protocolo establecido, un ritual que seguir. En otras circunstancias, mi yo apocado y cumplidor se habría marchado a casa con las ganas de acercarse y decirle algo, perdida entre la avalancha de seguidores que supieron reaccionar a tiempo. Mi yo conectado de ahora, subió al estrado con naturalidad al final de la jornada; simplemente me dejé fluir, me puse a su altura, nos cogimos las manos y le agradecí todo lo que había compartido, sobre todo, su sonrisa, su sentido del humor sencillo y contagioso, su amor por el ser humano. No quería ni necesitaba una foto con él, que me firmase el ejemplar de un libro, que me bendijese. Sólo quería mirarle a los ojos, de igual a igual, y agradecerle de corazón lo que me había transmitido.

Me llevé sus palabras conmigo, su sonrisa, esa mirada profunda y la intención que practica.  Realmente lo sentí mi igual, sentí la conexión que nos une y vi al niño de 6 años ya sabio que fue y me vi a mi misma aún más pequeña, tierna, pura, transparente, feliz de poder aprender de él.

Así me miro también en los ojos de los pequeños con los que tengo la dicha de encontrarme en el camino y en los de los mayores que me miran de la misma manera, como iguales, como seres humanos con los que interactuar, sin etiquetas, sin lecciones de por medio. Sólo desde el amor y el respeto profundos, sabiendo que todos tenemos tanto que aprender del otro, sea quien sea, como tenemos para dar.

La escuela real es la vida. La educación de verdad está en todas partes. 

 

 


"Cariño ya he estado aquí antes.
He visto esta habitación y he caminado sobre este suelo.
Solía vivir solo antes de conocerte.
He visto tu bandera sobre el arco de mármol,
pero el amor no es una marcha victoriosa.
Es un frío y roto aleluya.

Aleluya…

Hubo un tiempo en el que contabas
qué sucedía realmente allí abajo.
Pero ahora nunca me lo enseñas.
Sin embargo recuerda cuando me uní a tí,
cuando la paloma blanca volaba también,
y cuando cada suspiro que dibujábamos era un aleluya.

Aleluya…

Bueno, quizá haya un Dios allá arriba.
Pero todo lo que he aprendido sobre el amor
fue cómo dispararle a alguien que desenfundó más rápido.
No es un lamento lo que oyes por la noche.
No es alguien que ha visto la luz.
Es un frío y está roto aleluya.

Aleluya…"


(Fragmento de la canción Hallelujah, de Leonard Cohen)

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Comentarios (2)

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Jesús Q dice:

10/04/2013 - 10:42

Te lo sigo diciendo, Gloria. Camino de la sabiduría.
Imagen de Gloria

Gloria dice:

10/04/2013 - 17:18

Gracias, Jesús. Seguimos en el camino, por supuesto, avanzando paso a paso, siempre.

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