11
Mar.
2015
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com.

Nuestro es el poder

Embarazo, parto y responsabilidad

Unity of opposites, de Barbara Krupp.


Hace unas semanas, a través de las redes sociales, descubrí el intento de campaña de desprestigio que el consejo general de enfermería, estérilmente en mi opinión, se empeñaba en dirigir hacia (¿o tal vez ‘contra’?) las doulas y su función.

Estas agresivas manifestaciones tan innecesarias como obtusas me dan rabia y a la vez me provocan tristeza. Es el defenderse a toda costa de las ‘instituciones’ tradicionalmente aceptadas, como si alguien les tuviese de hecho atacando. ¿Cuál es el problema realmente? ¿Se han erigido en portavoces de todas nosotras, las mujeres? ¿Quién les otorgó el poder para decidir por todas nosotras qué tipo de acompañamiento y de parto vamos a tener? ¿Les quitan puestos de trabajo las doulas a las matronas? Posiblemente, no porque hagan lo mismo que ellas sino porque hacen algo diferente que a algunas mujeres les sirve mejor. Es la ley de la oferta y la demanda prima aquí también, y cada usuaria (en este caso) decide voluntariamente cómo y con quién. ¿O nos van a imponer a las mujeres cómo traer nuestros hijos al mundo, con quién y de qué manera? Bueno, un momento, si ahí es precisamente donde estamos; en ese intento de manipular lo más posible, por nuestro bien dicen, nuestra capacidad innata de traer vidas al mundo...

¿Tienen derecho las mujeres libres (porque digo yo que en este siglo XXI y en esta Europa unificada, las mujeres somos libres) a elegir cómo, cuándo, con quién y de qué manera llevan su embarazo, su parto y su puerperio a fin? ¿Saben realmente los obstetras y enfermeras quién es y qué hace la doula? ¿Las han acompañado alguna vez en su desempeño y se han sentado con algunas de esas mujeres que deciden tenerlas en su proceso? ¿Cuándo va a parar la medicina tradicional-occidental de tratarnos como a sujetos ignorantes e incapaces, si llevamos toda historia de la humanidad pariendo en zanjas, en cuevas, en hondonadas de terreno, en casas, en camastros y en aposentos varios, acompañadas de otras mujeres sabias y asumiendo las consecuencias de nuestra naturaleza mamífera?

En pro de los avances científico-tecnológicos la sociedad patriarcal (en la que ya hay muchas mujeres portavoces también, desgraciadamente) nos ha ido despojando de nuestra fuerza natural. Ésa es la verdad.

Una de las acusaciones que la señora portavoz de las enfermeras activistas vertía sobre el colectivo de doulas era que obligaban a la mujer a comerse su propia placenta. Yo, en mi ingnorancia, jamás había escuchado nada parecido y sinceramente, me sonó también a aberración y a canibalismo. Pero curiosamente (si, claro), y tras comentarlo con una amiga que también se quedó anonadada, la noche del 24/02/15 me topé con un programa documental de la BBC británica titulado “Childbirth: all or nothing”.

Narraba las inquietudes y enfoques de 4 madres británicas embarazadas y cómo gestionaban sus decisiones y procesos de embarazo de cara al parto, cada una a su manera; todas habían ya sido madres con anterioridad (para una de ellas de hecho, el embarazo retratado en el documental era el 5º, o sea, que algo de experiencia en el tema tenía ya la criatura; para las otras tres, era su segundo parto).

Uno de los partos era una cesárea programada en un hospital privado de Londres y los otros tres eran partos en casa; dos de ellos asistidos por una matrona, más el acompañamiento de una doula en uno de esos dos; en el último, la mamá y su pareja decidieron tener a su bebé en su hogar (que por cierto, era un barco) solos, sin asistencia de nadie más; ya habían traído al mundo así a su primera hija y querían que el segundo nacimiento fuera igual de íntimo y personal.

Una de las mamás que dio a luz en casa, en una bañera de agua tibia, con su matrona y su doula al lado, decidió de hecho comerse después su placenta, así que la guardaron para conservarla en buenas condiciones y la batió con frutas en días sucesivos. Parece ser que la placenta contiene todos los nutrientes que una mujer recién parida puede necesitar tras el trabajo de parto, teniendo en cuenta el gasto energético que tiene lugar durante el mismo.

A mí me sigue extrañando muchísimo la idea pero, sin haber leído ni estudiado nada más al respecto, comencé a hacer un ejercicio de ampliación de miras y flexibilidad mental. He visto a veces en documentales sobre animales mamíferos cómo las hembras, después de dar a luz, lamen y limpian a sus crías, tragándose los jugos y tejidos en los que venían envueltos. Y la naturaleza es sabia, así que, ¿quién soy yo para juzgarla desde mi ignorancia? Al fin y al cabo, yo me he pasado toda mi existencia (y la existencia de mi madre y casi la de mi abuela) desconectada de mi naturaleza de hembra mamífera. No sé cómo lo harán las mujeres de esas tribus que todavía existen repartidas por la geografía del mundo, cada una organizándose conforme a sus recursos y habilidades, y todas trayendo niños al mundo, cultivando, cocinando, y educándolos para la vida como mejor consideran, para eso son sus madres, sus abuelas, sus bisabuelas y tías.

Entonces, imaginemos, viene alguien del poblado vecino (tal vez remando en una súper canoa de última generación, probando así que son muy pero que muy inteligentes) y les dicen que ésas no son formas y que deben hacerlo de esta otra manera, y encima, si pueden, quieren imponerse y lo van a hacer. ¿Por qué? Porque se consideran más capaces, más preparados, se sienten en poder de la verdad absoluta. ¿La verdad de quién? La suya, por supuesto. Y pretenden que su verdad sea la verdad del vecino, y si es posible, la verdad universal. ¡Imaginemos su asombro si algún viajero de occidente viene a decirles que ese modo en que lo hacen está equivocado u obsoleto, que no sirve ya, que ellos practican uno que es infinitamente mejor, más seguro y eficaz! Seguro que también ellos se revolverán y defenderán su fórmula, porque lo que es nuestro nos es querido, nos aporta confianza, nos hace sentir bien. Y cuando eso es así, las posibilidades de que funcione son mucho mayores que cuando desconfiamos o nos sentimos obligados, agredidos o cosificados de la manera que sea.

En muchos sentidos nuestra civilización occidental, patriarcal hasta la médula, nos ha despojado del poder y la fortaleza que como mamíferos vivos tenemos. Tanto hemos querido organizar y sistematizar cada proceso que todo se rige ahora por protocolos universales a los que cada uno de nosotros debemos ceñirnos, independientemente de quiénes seamos y de dónde venimos, a pesar de las innumerables diferencias que nos distinguen y que nos hacen únicos.

El sistema no quiere individuos únicos sino soldados rasos diseñados mediante patrón y cortados por la misma tijera. Cuanto más parecidos entre nosotros, mejor para el sistema. Y si nos diferenciamos por algo, mejor obviarlo o sesgarlo si es posible, ya que incomoda y estropea el plan general.

Lo que nosotros, desde nuestra dotadísima inteligencia y nuestros más que avalados recursos, ingeniamos y establecemos como norma a seguir es el camino, y a menudo, casi que no parece haber rutas alternativas. O tomas la autovía de peaje o no hay otra manera de llegar a destino. Bueno, sí, puedes ir en bicicleta, o andando, es verdad; pero resulta que el paso no está permitido a peatones ni a vehículos de dos ruedas sin motor por la autovía de peaje (es por vuestra propia seguridad, la verdad, no hay ninguna otra razón más que ésa), así que tendrás que aventurarte montaña arriba, buscando senderos transitables, dando rodeos y teniendo en cuenta que todo este trayecto te va a llevar más tiempo y más esfuerzo. No está prohibido, no. Aún no al menos. Eres libre de hacerlo. Pero, realmente, te lo vamos a poner difícil, porque lo que de verdad queremos es que compres un auto, pagues tus impuestos, lo alimentes con gasolina (así sigues pagando impuestos), salgas a la autopista, consumas tu peaje, viajes mucho para poder pararte en la estación de servicio de turno a repostar y a tomar algo, y con el tiempo, acabes dando de baja tu viejo coche para hacerte con uno nuevo que tenga mejores prestaciones. ¡El sistema es redondo y perfecto! ¿No te das cuenta? ¡Nos hemos pasado décadas perfeccionándolo para ti con entregada dedicación! Generaciones de políticos, tecnócratas, técnicos varios y mentes lúcidas y aventajadas todas que no descansan, con el único objetivo en mente de lograr avances más eficientes que mejoren nuestra sistematización y nos igualen aún más a todos. ¡Es genial!

¿Y qué pasa si para mí no es genial sino todo lo contrario? ¿Qué pasa si rehúso poseer un vehículo y pagar impuestos extras? ¿Qué pasa si prefiero prescindir del combustible líquido para ceñirme a medios más naturales y a mi alcance? Pasa que entonces lo tengo más complicado y que 'la mayoría' me mirará por encima del hombro rechazando mi modo de vida, y etiquetándome posiblemente con expresiones varias que denotarán desprecio, atraso, ignorancia, incapacidad. Pero yo seguiré, mientras me dejen, tan tranquila viviendo mi vida a mi manera.

Sucede en la educación, en las leyes, y por supuesto, en la salud y en la medicina. Como hemos desarrollado tantísimo la inteligencia y con ella la ciencia y sus avances nos creemos que cualquier ginecólogo (sobre todo si es hombre, por supuesto) sabe más del cuerpo de una mujer embarazada que ella misma (haya dado a luz anteriormente o no).

¿Qué locura es ésta? ¿Desde cuándo dotamos a la ciencia y al progreso de la máxima distinción para arrebatársela a la naturaleza que nos ha creado así de capaces e inteligentes? ¿De qué poder nos sentimos imbuidos para autoproclamarnos a nosotros mismos poseedores de la verdad absoluta, denostando el sentir del otro cuando lo que tiene que decirnos va en contra de lo que dice nuestro sistemático y deshumanizado a menudo, sistema?

Me parece fabuloso que exista una normativa y unas normas razonadas y claras sobre qué y porqué se rige así. Pero eso no significa echar por tierra todo lo anterior y todo lo demás. De lo contrario, ¿a qué queda reducida nuestra libertad? Tantos años, siglos luchando por conquistarla y resulta que ahora, en aras de los avances científicos y las legislaciones establecidas 'por nuestro propio bien' (aparentemente), la perdemos a la primera de cambio. La perdemos a diario, varias a veces al día de hecho, y pretender rescatarla a veces se torna un esfuerzo ingrato y estéril. Así que tenemos que terminar sucumbiendo a lo establecido, en perjuicio a veces de nuestra propia libertad interior.

Entonces nos convertimos en adultos institucionalizados, a menudo, infantilizados, desposeídos de nuestro poderío natural, serviles y casi siempre, sumisos. Y como tales, delegamos nuestra responsabilidad individual en el primer organismo de turno, según cuál sea la causa que nos ocupe. ¡Para eso nos han entrenado!

Está muy bien que exista una sanidad pública de calidad, médicos, cirujanos, obstetras, ginecólogos, matronas, doulas y enfermeras. Es fantástico que las mujeres puedan, si quieren, ir al hospital que elijan o que les corresponda, programar su cesárea, decidir si quieren o no epidural. Es fabuloso que tengan asistencia de calidad en todo momento, privada e incluso mejor si es pública y universal. Es realmente maravilloso que existan en clínicas y hospitales esas eficacísimas unidades de neonatos y esos poderosos monitores que en todo momento cuidan de la situación del bebé.

Y más hermoso aún es que hoy en día, en pleno siglo XXI, con todas (o casi todas) las libertades conquistadas, las mujeres de este mundo civilizado nuestro (porque otras, en otros lugares, aún tienen mucho camino que recorrer para reconquistar los espacios que les han sido arrebatados o que jamás se les concedieron, simplemente por ser mujeres) puedan decidir libremente si dan a luz a sus crías en un hospital, en la bañera de casa, en su cama, en un río o donde les plazca, haciendo efectiva su bien merecida libertad y teniendo siempre muy presente que ese poder de decidir está íntimamente ligado con su propia responsabilidad.

Es todo lo que necesitamos como seres humanos adultos: sentirnos capaces y capacitados para desempeñar lo que nos toca en cada momento. Así podremos enseñárselo después a nuestras crías y ellas podrán replicar nuestro comportamiento.

Lo que no necesitamos en absoluto muchos de nosotros son voces que nos inhabiliten como personas maduras que somos. No queremos que nos digan lo que tenemos que hacer, cómo, cuándo, de qué manera, y mucho menos que nos manipulen emocionalmente para que seamos nosotros mismos los que ‘elijamos’ hacerlo de esa manera. Por supuesto, nos oponemos rotundamente a que nos obliguen a hacer algo que voluntariamente nos negamos a hacer. Rechazamos la fuerza bruta y la ausencia de respeto que lleva adherida. Abogamos por la comunicación y por la autonomía individual, dentro de unas pautas generales cuya premisa principal es no hacer daño al prójimo, y partiendo de la base de que lo que es bueno para mí es bueno para el otro, y viceversa.

Volviendo al documental de la BBC, en todos los casos (y especialmente en el de la mamá que dio a luz en su barco-hogar a solas con su pareja) me llamaba la atención el respeto de las instituciones médicas, estando presentes y simplemente informando de que el sistema las amparaba, que supiesen que podían cambiar de opinión en el último momento si así lo decidían, que si algo se torcía o querían acudir finalmente al hospital se sintieran perfectamente libres de hacerlo. Nada más. La decisión, en última instancia, estaba siempre en las manos de esas familias, incluidas también las consecuencias de esas decisiones libre y consecuentemente elegidas. 

Cuando tenemos el poder de barajar opciones y elegir por nosotros mismos nos cubrimos de una sustancia invisible pero magnífica que nos capacita como personas, y cuanto más ejercitamos ese proceso de evaluar posibilidades y decidirnos por una, más fuertes y capaces nos hacemos.

Tal vez el Gran Hermano no nos quiera así de en forma pero, ¿de quién depende que así sea? ¿Vamos a disfrutar de la libertad que nos hemos ganado a pulso o vamos a someternos a un nuevo yugo, por muy bellamente envuelto y perfumado que venga? Ambas opciones son válidas, siempre y cuando podamos elegir nosotros. Y si queremos que alguien elija por nosotros, que así sea también.

Que las opciones se multipliquen y que jamás se dividan. Que crecer signifique sobre todo ejercitarnos en nuestra capacidad de ampliar la mirada, de aceptar al otro tal y como es y de respetar que sus caminos pueden ser diferentes a los nuestros. Que el avance no suponga imponer nuestra razón sino integrar la del que piensa distinto. Que veamos y valoremos el poder y la belleza de ser responsables de nosotros mismos y de nuestras acciones, sean las que sean, equivocadas o acertadas, pero siempre nuestras y libremente elegidas.

Podemos ser diferentes en el envoltorio: nacionalidad, cultura, valores, religión, idioma, color de piel, género… Pero nuestra esencia es exactamente la misma. Una sola. Esa esencia es poderosa y es la sabia que nos nutre y nos conecta. ¿Cómo cortarla? ¿Cómo prescindir de ella? ¿Qué precio pagamos cuando lo hacemos?

 

 

“Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.”


(Poema Para la libertad, de Miguel Hernández)

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