12
Ago.
2015
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com.

Para niños

Le Petit Prince, de la artista francesa Sylvie Mudrow.


La semana pasada, por fin, fui al cine a ver Inside out (Del revés en español). Disfruté como una niña (frase hecha con todo el sentido) y posiblemente lloré como una niña también, aunque no sé si los niños que la ven lloran tanto como lo hice yo ese día… Salí del cine pensando que había sido una historia maravillosa, un viaje fascinante, pero que no era una película para niños, porque muchos niños no iban a entender la odisea de Alegría y Tristeza entre los laberintos mentales de la interioridad de Reily… ¿O sí?

Comentaba la semana pasada cómo, por decisión propia y como parte de un proceso de rehabilitación creativa, me había pasado unos diez días sin leer. Los primeros 3 ó 4 me costó muchísimo evitarlo, pero a partir del 5º comencé a sentirme bien sin hacerlo. Por eso, en lugar de quedarme en los 7 días reglamentarios de limitación voluntaria, al final extendí la restricción hasta 10. Y cuando me dije a mí misma que quería retomar el hábito, el primer libro en el que alcancé a posar la vista fue precisamente El Principito, ese pequeño-gran libro, poesía pura en prosa, plagado de sabiduría y profundidad, que dice tanto de manera tan sencilla. Precisamente por eso, reflexiono, haya podido llegar a los corazones de mayores y pequeños durante tantos años.

En el universo de El Principito el protagonista es un niño y varios adultos hacen su aparición; un rey para el que todas las demás personas son meros vasallos; un vanidoso que sólo atiende a las alabanzas; un borracho que bebe para olvidar; un hombre de negocios para el que poseer es comprar y contar y recontar para acumular; un geógrafo que se vanagloria de su especialización obviando la cualidad de aventurero de su profesión. Y finalmente, un farolero, que a pesar de tener un trabajo útil, según el Principito, lo hacía de una manera mecánica , pero al menos "es el único que se ocupaba en algo más que sí mismo."

Para el Principito, amar es preocuparse por el otro. El tiempo, la prisa, las prioridades mal administradas, la falta de imaginación, de dedicación a uno mismo y a los demás... Éste es el retrato que nos hace de la realidad que ha conocido a través de los adultos que se cruzaron en su camino, entregándonos una crítica profunda sobre el comportamiento superficial y nada solidario de muchos seres humanos.

"Los hombres ya no tienen tiempo para conocer nada; compran las cosas ya hechas a los comerciantes; pero como no existe ningún comerciante de amigos, los hombres ya no tienen amigos."

El dinero parecer gobernarlo todo; tener, poseer, gastar. Ahorramos tiempo para emplearlo en cómo ganar más dinero para adquirir más objetos con él pero dejando de pasar tiempo con nuestra familia y amigos, con nosotros mismos haciendo aquello que nos proporciona placer y satisfacción. Pintar, cantar, bailar, escribir, coser, cocinar, jugar al fútbol, sentarnos en silencio a ver amanecer, leer... ¿Cuánto tiempo y talento dedicamos a estas actividades? ¿Cuánto a cuidarnos y a cuidar a los que queremos?

"Siempre he amado el desierto. Uno puede sentarse sobre una duna de arena sin ver ni escuchar, y, sin embargo, siempre hay algo que brilla en el silencio."

El silencio es ese lugar íntimo que podemos recrear en cualquier parte y al que podemos acceder en mitad de la prisa incluso, mientras caminamos, enfrascados en el tráfico, sentados en un parque, en la cola de la oficina de correos, viajando en tren, en la ducha, preparando la cena o haciendo la compra en el supermercado. ¡Tan fácil es hacernos un lugar a nosotros mismos y darnos el tiempo y el espacio para reconocernos y cuidarnos!

Hemos perdido el equilibrio porque perdimos también la conexión con nosotros mismos, con lo que es esencial: "Los ojos no siempre ven. Hay que buscar con el corazón."

Cuando releo El Principito, un libro para niños pero sobre todo para adultos, pienso siempre cómo es posible que los niños lo comprendan. Entonces recuerdo que yo llegué a él cuando tenía 10 u 11 años; a su manera, de acuerdo con mis capacidades de entonces, me fascinó. Y cada vez que vuelvo a él puedo acceder desde otros lugares de los que antes no tenía registro alguno. Eso significa también crecer y hacerse mayor: abrir puertas, rutas y espacios a otras formas de mirar y  de integrar. Aunque desgraciadamente también suponga cerrar ventanas y caminos que pertenecían a la infancia y que dejamos abandonados en algún lugar de nuestro ser en construcción. 

Pero, ¿y si pudiésemos seguir construyéndonos a  nosotros mismos sin dejar a un lado nada de lo que nos consituyó cuando fuimos niños? ¿Y si convertirnos en los adultos que venimos a ser pasa por integrar cada ápice del niño que hemos sido?

El autor de El Principito escribe una obra apta para niños apelando al niño interior de los adultos que la lean. La dedicatoria es su particular declaración de intenciones:

"A León Werth

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo, sin embargo, una seria disculpa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra disulpa: esta persona mayor puede comprenderlo todo, incluso los libros escritos para los niños. Y tengo, además, una tercera disculpa: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Por lo tanto, tiene una verdadera necesidad de consuelo. Mas si todas estas disculpas no fuesen suficientes, entonces quiero dedicar este libro al niño que fue en otro tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores primero fueron niños (pero pocas lo recuerdan). Por consiguiente, corrijo mi dedicatoria:

A León Werth,
cuando era niño."



¿Del revés o El principito son obras para niños o para adultos? ¿Las entienden los niños? Si todas las personas mayores hemos sido niños primero, podría afirmar que efectivamente ambas son obras para niños, puesto que todos, en alguna parte de nuestro ser, de nuestra memoria, aún somos niños. Eso es un hecho indiscutible, y lo demás, son creencias relativas y válidas sólo según cuándo y para quién. Pero lo que cuenta con validez universal, se lleva la palma en este juego de la vida. 

Yo quiero apelar cada día a la niña interior que llevo dentro y a los niños que intuyo entre los resquicios de todos los adultos con los que me relaciono. Sueño con una realidad en la que todos los mayores podamos llevar a nuestros niños interiores de la mano, en brazos, a cuestas, aceptando así esa parte nuestra tan hermosa como inherente, y siendo así tal vez más capaces y amorosos al acompañar a los niños de carne y hueso con los que compartimos tiempo y espacios. 

 

 

“No me gusta que se lea mi libro a la ligera, pues me entristezco cuando hablo de estos recuerdos. Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Si trato de describirlo aquí, lo hago con el fin de que nunca se me olvide. Es triste olvidar a un amigo y volverse como los adultos que se interesan sólo por los números. Es por eso que he comprado otra caja de lápices de colores, aunque es difícil volver a dibujar a mi edad, cuando no se han hecho más tentativas que las de dibujar una boa abierta  y otra cerrada, y eso a la edad de seis años. Pero trataré de hacer los retratos lo más parecidos que me sea posible, aunque no estoy seguro de lograrlo. “

Antoine de Saint-Exupery

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