23
Dic.
2015
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com.

Navidad consciente

Jesus Christ with shopping bags, del artista callejero británico Bansky.


La navidad tiene mucho de exceso y el exceso es llenado.

Cuando llenamos es porque existe un vacío.

¿Desde cuándo ha estado ahí? ¿Hace cuánto que existe?

Toda la vida. Toda nuestra vida. Y la de nuestros padres. Y más aún la de nuestros antepasados. Y la historia de la humanidad al completo.

Nuestra historia, aunque nos pese admitirlo, está hecha también de vacíos, de ausencias, de falta de mirada y de cariño.

A todos nos dejaron fuera de la cama grande, de la habitación de papá y mamá, y tuvimos que vérnoslas solos con nuestros miedos; o caminábamos solos al colegio, que aunque estuviese a dos manzanas de casa, era todo un universo de peligros para el niño que fuimos; o no nos acompañaron en nuestras dificultades en clase, lo que nos llevó a sentirnos incapaces, torpes, poco inteligentes; algunos fuimos al cine siempre con las mamás y los papás de nuestros amiguitos pero nunca con los nuestros; y no nos leyeron cuentos cada noche para invitarnos a imaginar y a soñar en colores y con palabras nuevas; muchos tuvimos que enfermar para que nos miraran mucho, y cuanto más enfermábamos, más mirada obteníamos; algunos nos metíamos en la cama de nuestros hermanos o hermanas o rezábamos para que fuesen ellos los que se viniesen a la nuestra y así no sentir el frío, ni la soledad, ni el temor que llegaban cada noche…

 


Llegan estas frenéticas fechas del año y tanto niños como adultos desplegamos mecanismos que se disponen, una vez más, a ahuyentan todas nuestras carencias. Aunque por supuesto lo hacemos de un modo superficial e insulso que no colma sino que empacha y estresa.

De pronto decidimos ‘pensar’ en el otro y tenemos que agasajarle con regalos, aunque no sepamos bien quién es realmente, qué le gusta o qué le mueve, y nos adentramos en las tiendas y centros comerciales atestados de ruido, de destellos y de prisa para amontonar paquetes en nuestro carro y cargos en nuestra cuenta bancaria. Estamos por reunirnos y celebrar, aunque no soportemos a nuestro jefe ni al compañero de departamento junto al que nos sentamos cada día. Nos plantamos en casa de la familia política o incluso de la nuestra propia, aunque no nos apetezca, aunque estemos a disgusto. Nos colocamos galas con las que nos sentimos incomodísimos y engullimos sin mesura comida y bebida, que toda mezclada tiene un efecto devastador en nuestro ya maltratado organismo. Dormimos poco y mal, saturados como estamos de alimentos que no casan entre ellos o que no le caen bien a nuestro estómago, rociados de alcohol, impactados por todas esas luces brillantes de colores y con los pies doloridos por unos zapatos de fiesta que tardaremos casi otro año en volvernos a calzar…

Esta lista, como la de carencias de infancia, podría seguir.

 


En estas fechas parece que perdiésemos el sentido y la dirección y nos da, a niños y a adultos, por pedir. Pedir a unos que vengan, a otros que nos inviten, a muchos que nos regalen. Pedir que estén, cueste lo que cueste, que pasemos tiempo juntos, a costa de lo que sea, que parezcamos felices y que sigamos acumulando.

Los niños se convierten en expertos consumistas: saben lo que quieren, elaboran sus listas y no les vale otra marca sino ésa que están pidiendo, ése modelo en concreto. Abren paquetes, desenvuelven regalos a los que les prestan la atención justa porque siempre hay otros tantos que están esperando su minuto de gloria para ser admirados, con suerte, y desechados casi con total seguridad.

Si miramos todo este panorama desde dentro quizás no nos demos cuenta de toda la locura que genera. Tenemos que salirnos un poquito del carril rápido para tomar conciencia de lo veloces que vamos cuando nos metemos en él, y cómo la misma velocidad nos arrastra en un torbellino del que es difícil escapar; una vez dentro, estamos a su merced.

Siempre podemos cambiar de carril aunque sea por un rato, por un día, en alguno de nuestros hábitos: regalar, comer, beber, festejar… ¿Hay algo que podamos empezar a hacer de manera diferente o donde podamos introducir alguna modificación? ¿Es posible comenzar a vivir estas fechas también de un modo más sereno y ecológico? Por nuestro bien y el de nuestros niños, a su favor, y a favor del bienestar general de nuestros barrios, pueblos, ciudades y países.

Como dice Laura Gutman en su artículo La navidad interior: “Más profundamente, cada mes de diciembre compartimos el ritual de recordar una vivencia sencilla y extraordinaria: la historia de una madre que atravesó su parto en medio de la naturaleza, entre sus cabras, sus asnos y sus bueyes, amparada por un hombre llamado José.

Son éstos días buenos para pensar y poner en práctica los valores promovidos por el cristianismo que defendía Jesucristo: amor, compasión, perdón, humildad, compartir, dar cobijo a quien lo precisa... Tal vez con esa conciencia nos sirvan realmente para llenar nuestros agujeros interiores, desde una responsable madurez.

 


“¿Cuánto me dan por la estrella y la luna?
¿Cuánto me dan por el Niño y la cuna?

Este es un Niño sin padre ni abuelo,
este es un Niño nevado del cielo.

¿Cuánto me dan, que lo vendo barato,
cuánto me dan, que lo doy sin contrato?

Este es el Niño que mamaba ahora.
Ríe despierto y en durmiendo llora.

Casi de balde la flor del mercado.
¿Cuánto me dan, que lo doy regalado?

Este es el Niño verano en invierno.
Este es el Niño que aniña lo eterno.

¿Cuánto me dan, que lo doy sin subasta?
¿Cuánto me dan por la fruta en canasta?

Este es el Niño que viene a dar guerra,
viene a dar paz por amor de la tierra.

¿Cuánto me dan? Por moneda no quede.
Una lágrima sola que tiemble y que ruede.

Este es el Niño de la rifa loca
que todos le juegan y a todos les toca.

¿Cuánto me dan por la buena fortuna?
¿Cuánto me dan por el Niño y la luna?”


(Villancico del rifador,
de Gerardo Diego)

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