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May.
2015
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com.

Miedos de infancia

Fotografía de Arthur Tress.


Cuando somos niños desplegamos una imaginación prodigiosa, y lo hacemos no sólo cuando estamos despiertos sino también mientras dormimos, a través de placenteros sueños y, cómo no, también mediante terroríficas pesadillas.

¿Cuáles eran tus pesadillas más  habituales? ¿Qué te llevaba a despertar, generándote una atropellada angustia o un profundo desasosiego? ¿Qué te inspiraba miedo o incluso terror cuando eras pequeño?

Imágenes de monstruos tan imposibles como feroces; peligros que se cernían implacables sobre nosotros; muertes o desapariciones de nuestros familiares más queridos; seguramente siempre vinculadas todas a sensaciones de soledad, de parálisis, de indefensión, en definitiva y sobre todo, de miedo.

Si los sueños agradables pueden entenderse como las manifestaciones más ocultas de nuestro deseo inconsciente, las pesadillas les dan portentosa forma a nuestros miedos más oscuros y secretos.

¿Existirá algún bebé, algún niño en este mundo que no tenga miedo de algo? Lo dudo mucho. Tendrían que darse unas condiciones de amparo y conexión, de presencia física y emocional, de disponibilidad y escucha por parte de los adultos al cargo que de momento no creo que se desplieguen en ninguna familia actual, tan ocupados como estamos de nuestros trabajos y agendas, de nuestros móviles y obligaciones.

Posiblemente, un bebé que se hace niño y crece siempre acompañado, amparado, provisto de soporte físico y emocional, cuidado y bien atendido en todos los sentidos, escuchado y validado en cada ocasión, tenido en cuenta y puesto siempre en primer lugar; probablemente digo, ese niño pudiera crecer sin miedos, sintiéndose capaz y habilitado para encarar las dificultades que le fueran saliendo al paso, con una capacidad intrínseca para verlas como simples vivencias que atravesar.

En cualquier caso, tal y como veo el panorama, me da que un niño sin miedo es más bien un personaje de ciencia ficción. Y cuando hablo de miedo no me estoy refiriendo a un miedo lógico y natural a un animal real enorme y peludo que emite ruidos intimidantes, al rugido del tráfico en la gran ciudad, a los gritos y los golpes. Hablo de esos miedos internos que nos asaltan en cualquier situación, incluso sentados en el cómodo sofá de casa, en el patio del colegio a la hora del recreo o en mitad de nuestro sueño en nuestra confortable y cálida cama.

Es posible que no tengamos recuerdo consciente de esos miedos nuestros, de nuestras pesadillas. Pero si afinamos la atención un poco sin duda que podremos conectar con esas sensaciones que nos invadían cuando éramos pequeños y a las que entonces tal vez no sabíamos ponerles palabras. Sin embargo, ahora que somos mayores con un vocabulario amplio e incluso muy rico en ocasiones, podemos encontrar vocablos, etiquetas que describan aquellas sensaciones infantiles que aunque ocultas en lo profundo y muy acalladas, siguen teniendo un espacio en nuestra memoria, no sólo mental sino también corporal.

A veces, nos sorprende un olor que desencadena un recuerdo, más o menos vívido, de un momento o una situación de nuestra infancia; o la actitud y la manera de expresarse de alguien nos despierta una emoción en principio muy 'irracional' o fuera de lugar que no sabemos ubicar en ese momento; a menudo una melodía o una imagen nos retrotrae a un lugar y un espacio muy antiguo y muy nuestro… Los neurólogos podrán explicarlo de manera muy técnica y científicamente avalada. Yo sólo pretendo invitaros a tomar conciencia de dos realidades al respecto:

1- Esas conexiones se dan o se pueden dar en nosotros casi a diario

2- Todas nuestras vivencias permanecen almacenadas en algún lugar de nuestro ser



Así que todos y cada uno de nosotros tuvimos un miedo al menos que nos acompaño durante la infancia, y ese miedo seguro que se materializó en pesadillas. Antes os preguntaba cuáles eran esos miedos vuestros y cuáles las pesadillas que desencadenaban.

La siguiente pregunta, al hilo de este discurso sería de capital importancia para el desarrollo del niño que fuimos, del joven al que evolucionamos y por tanto del adulto en el que nos hemos convertido. Y es la siguiente: ¿quién o quiénes conocían nuestros miedos? ¿Qué personas? Y si existían estas personas, ¿cómo es que sabían de nuestros temores? ¿Cómo nos acompañaban para transitarlos? ¿Qué apoyo nos concedían? ¿Qué necesitábamos nosotros de esos adultos?

Aunque sigáis sin poder conectar con ninguna de esas pavorosas realidades de vuestra infancia, seguro que sí podéis imaginar cómo puede sentirse un bebé, por ejemplo, abandonado en mitad de una selva; o solo durante horas en una habitación; o en mitad de un campo de batalla, rodeado de bombas que estallan y de balas que silban a su alrededor.

Fácil, ¿verdad? No hay que ser un científico experto ni un doctor en materia alguna para conectar con esa percepción de miedo, soledad e indefensión.

Al hilar nuestros miedos infantiles con nuestras pesadillas y vivencias podemos entender mejor qué nos da miedo hoy en día y por qué es así; qué apoyos tuvimos o cuáles nos faltaron para transitar esas dificultades. Así podremos también preguntarnos, que en definitiva es la clave final de la toma de conciencia y del avance, cómo lo estamos haciendo a día de hoy con los niños a los que acompañamos en su camino, ya sea como progenitores, familiares, cuidadores, educadores, terapeutas o docentes.

Seguramente no tengamos la capacidad de eliminar de un plumazo sus temores, pero conectar con los nuestros propios es sin duda el primer y más importante paso para ayudarlos a ellos a que lo logren. La empatía es mucho más asequible cuando la relacionamos con algo que tiene que ver con nosotros, y de paso, que a mí me interesa muchísimo más, estamos ahondando en el conocimiento profundo de nosotros mismos, pues la vuelta a nuestra infancia es sin duda el comienzo de nuestro camino terapéutico en la vida adulta.

Porque desintegrar los temores de nuestros niños no es de hecho la meta a lograr. El objetivo por el contrario es estar a su lado, siempre; y con esto no me refiero a las 24 horas del día (porque esto es imposible en la mayoría de los casos) sino a una presencia emocional profunda, un vínculo que existe porque se ha cultivado y del que el niño es incluso más consciente que el adulto, sintiéndose continuamente acompañado y protegido, aunque sus papás estén trabajando y él se encuentre a kilómetros (físicos sólo) de ellos.
 
Estar a su lado siempre implica en cambio, durante el tiempo que pasamos con ellos, contacto físico, mirada, brazos, caricias, besos, comunicación. Significa hablarle y contarle cómo nos sentimos, aunque sea un bebé de meses, aunque aún no articule palabra. Significa ponerle palabras a lo que sentimos que puede estar sintiendo (porque ya hemos conectado con el niño que fuimos y podemos empatizar más fácilmente, podemos conectar sus vivencias con las nuestras, dándonos cuenta de que somos los mismos niños aunque en lugares y espacios diferentes). Significa validar lo que está sintiendo, dándole toda la importancia que para él tiene, habilitándolo para transitar esa dificultad y caminando a su lado, preguntándole incluso qué necesita de nosotros, qué podemos ofrecerle. Seguro que por pequeño que sea sabrá contestarnos de una forma o de otra a esas preguntas. La cuestión es más bien si nosotros somos capaces de descifrar esa comunicación, que no es más que ser capaces de conectar con el niño que fuimos. Si lo logramos, no hay comportamiento o idioma bebé que se nos resista.

Yo tenía una pesadilla recurrente cuando era pequeña; era simplemente una imagen muy clara de una cara horrible que se iba acercando a mí como en un zoom gigante; no había historia, desarrollo ni personajes; sólo esa imagen terrible que me abrumaba hasta hacerme despertar con el corazón encogido. Recuerdo perfectamente seguir sintiéndome asaltada por ella durante mi adolescencia e incluso en mi juventud. Sin embargo, en algún momento de mi vida adulta dejé de tener aquella visión y la pesadilla desapareció, hasta que un día hace dos o tres años, viendo una película documental, la temible imagen de mi infancia me asaltó en la pantalla de repente. Y entonces, casi por arte de magia y a una velocidad mental de vértigo, pude hacer muchas conexiones que tenían que ver con antiguas experiencias de soledad, de peligro e incluso de vivencia de muerte. En una espiral de recuerdos conscientes pude conectar vivencias mías que respondían a ese esquema y  entonces mi miedo infantil me hizo todo el sentido y le agradecí su insistente permanencia durante tantos años para aportarme información que se tornase luz en mi camino de autoconocimiento.

Sé que aún puedo sacarle más sentido a aquella antigua pesadilla y a todas las vivencias que a través de ella pude conectar. Posiblemente el día en el que la muerte venga a buscarme será el momento definitivo en el que pueda cerrar para siempre ese círculo. Tal vez. No lo sé. Todo eso está por venir. Pero el darme cuenta de algo que me hace sentido en un momento determinado es una joya que me sale al paso en el camino, y como tal la recojo y la atesoro.

Hace unas semanas encontré en internet esta serie de fotografías de Arthur Tress que reproducen pesadillas verdaderas de niños reales. Mirando las fotos de una en una me quedaba pegada a la pantalla procurando conectar con el miedo y la portentosa imaginación de esos niños que produjeron en sus mentes esas imágenes tan impactantes y cargadas de sentido. La que encabeza este artículo es una de ellas, aunque todas merecen unos instantes de observación.

Tal vez mirarlas durante algún tiempo nos sirva a todos, especialmente si tenemos dificultad para conectar con ese niño que fuimos y por tanto con sus miedos. Tal vez verlas así tan descarnadas y descoloridas nos sirva para vincularnos con nuestra realidad más profunda, y más aún, con la realidad de esos niños de los que nos hacemos cargo.

Entonces será imposible quedarnos impasibles antes ellos y espontáneamente sentiremos que queremos mirarlos a los ojos con amor profundo y compasión genuina, sintiendo lo que ellos sienten, sabiendo lo que ellos saben, temiendo lo que ellos temen, abrazándolos como nosotros quisimos que nos abrazasen tantas veces.

Ése es el secreto.

 

 

“Aunque te vayas
no te pierdo
Vives en mis sueños”


(Poema 42 Piedras en el camino, de Alejandro Jodorowsky)

Comentarios (2)

Imagen de Ivan

Ivan dice:

21/05/2015 - 11:56

Es curiosa nuesta capacidad para olvidar lo que hemos sentido en otros momentos. Recuerdo cuando era pequeño, el pavor que tenía a un pasillo en casa de mis abuelos, oscuro e interminable. Todos tenemos miedos, y solo los ajenos nos parecen siempre infundados.
Imagen de Gloria

Gloria dice:

21/05/2015 - 16:31

Cierto, Iván. Es un mecanismo súper eficaz de supervivencia. Por otra parte, yo creo que los miedos jamás son infundados, y si hemos podido conectar con los nuestros propios, de verdad, entonces podemos entender también los del otro, aunque sean bien distintos a los nuestros. Veo tu pasillo largo y tenebroso, ¡y lo doblo!

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