28
Oct.
2015
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com.

Metáforas

Man, eagle and eye in the sky, de Cai Guo-Quiang.


Según cuenta la leyenda, el águila es el ave de mayor longevidad en su especie, pudiendo llegar a vivir hasta 70 años. Pero para alcanzar esa edad, a los 40 deberá tomar una seria y difícil decisión. En ese momento de su vida, sus garras se encuentran muy apretadas pero a la vez muy flexibles, por lo que no consigue la firmeza necesaria para atrapar a las presas que necesitaría para alimentarse. Su pico luce largo y puntiagudo, curvado hacia el interior, apuntando contra su propio pecho. Sus alas están envejecidas, pesadas, y sus plumas gruesas, con lo que volar le resulta muy difícil.

Llegado este punto, continúa la historia, el águila tiene dos alternativas: morir o encarar un doloroso proceso de transformación que se extenderá durante 150 días. Este proceso consiste en volar hacia lo alto de una montaña y quedarse allí, sola, anidando en un paredón. Tras encontrar el lugar adecuado, el águila comienza a golpear su pico contra la pared hasta que consigue arrancárselo. Pasado ese doloroso momento,  debe esperar el crecimiento de un nuevo pico con el que, a continuación, podrá ir desprendiéndose una a una de todas sus uñas. Cuando las nuevas garras comiencen a crecer, caerán también sus viejas plumas. Después de cinco meses, el águila iniciará su famoso vuelo de renovación, el que le abre paso a otros 30 años más de vida.


Un profesor me dijo un día que no era conveniente, necesario o recomendable explicar las metáforas; porque ellas tienen vida propia y se desvelan para los oídos o a los ojos de la persona que está lista para recibir su significado. Estoy de acuerdo con él. Otras veces he compartido aquí cuentos a los que no añadí anotación alguna.

Sin embargo, hoy me apetece escribir algo más al respecto. Será porque estoy atravesando los 40, porque siento que llevo unos meses (no sé si cinco o incluso más) anidando en mi particular paredón, arrancándome partes de mí a bocados, a manotazos. Será porque, como el águila, tomé una decisión y estoy empezando a dilucidar las consecuencias que va a traer consigo.

Sea por lo que sea, me queda algo más que decir.

Aunque el sentido general de esta historia del águila me resulta poderoso e inspirador, mi espíritu crítico (una herramienta tan saludable como necesaria, utilizada siempre en su justa medida, como todas las herramientas) me lleva a cuestionarla en varios puntos.

Pienso de entrada que no es posible que ningún animal sobreviva 150 días sin comer. Aunque me digo que la cifra ha podido ser una simple licencia poética. También dudo que un ave pueda vivir 70 años, aunque Wikipedia asegura que el águila real es el ave de presa más longeva, con una esperanza de vida de hasta 80 años. Me extraña muchísimo que se arranque su propio pico, y aunque he procurado documentarme en internet, no he conseguido hallar información veraz al respecto.

Entonces vuelvo a acordarme de aquel profesor que me animaba a no explicar las metáforas, y sin pararme esta vez en aquellas que construyeron tantísimos y tan admirados poetas, me detengo a pensar en esas fábulas que tantas personas (al menos en occidente, pues en el oriente tendrán las suyas propias y serán diferentes) recorremos como lugares comunes a lo largo de nuestra historia personal: los tres cerditos y el lobo que soplaba, y soplaba para vencer la fortaleza de sus construcciones; la hormiga trabajadora y la cigarra panzuda que se tumbaba al sol sin hacer nada; la casita de chocolate de aquellos dos hermanos que una vieja bruja quería cebar para comérselos después; Ricitos de Oro conviviendo con la familia de los osos; la bella durmiente y la bruja mala…

No es necesario explicar las metáforas. Incluso las moralejas finales en muchas fábulas son totalmente prescindibles. Seguro que a casi ninguno de nosotros tenían que destriparnos la enseñanza que encerraba la historia de Caperucita Roja o las aventuras de Pulgarcito, porque de hecho esa enseñanza no estaba oculta sino que saltaba a la vista, y a nuestros 5, 7 o 9 años éramos perfectamente capaces de desentrañar su significado. Nos daba igual si lo que nos contaban era o no veraz (¡por supuesto que sabíamos que los lobos no hablan, ni los cerdos pueden construir casas, ni los osos duermen en camas individuales!); lo que buscábamos era que fuese verosímil, creíble, con apariencia de verdadero. Es así como entrábamos y entramos en la historia, en la fábula, en la metáfora, y también como podemos sacarle, si lo tuviese para nosotros, el sentido.

Así que voy a liberarme del descreimiento para aceptar la metáfora de un águila que podríamos ser cualquiera de nosotros. Y voy a penetrar en la enseñanza que para mí contiene.

La transformación es necesaria para poder continuar. Si es que queremos continuar.

A veces es necesario detenernos en algún lugar profundo nuestro para de esa forma comprender si realmente aspiramos al cambio, con toda la riqueza, la amplitud y la dificultad que supone.

Arrancarnos el pico podría significar entonces preguntarnos si es necesario seguir quejándonos por las mismas razones, si vamos a continuar criticando, juzgando, si mantenemos la misma línea que hasta ahora hemos establecido (especialmente si no nos ha ido del todo bien).

Desprendernos de las antiguas e inútiles ya garras equivaldría tal vez a preguntarnos si es necesario seguir aferrándonos a eso con lo que ya no podemos o no queremos seguir asiendo la vida.

Es posible que, sin ese pico del juicio y libres de garras inservibles, las antiguas y vahídas plumas terminen por caerse solas, como si de un disfraz manido se tratase, que se deshace a jirones tras años y años de uso, dejando a la vista, no ya al personaje, sino a la persona verdadera que lo lucía, con tanto esfuerzo en muchas ocasiones.

Cada crisis, cada dificultad, nos invitan a un cambio, nos plantean una duda y también ilustran una respuesta en nuestro interior que encuentra su paralelo en el mundo de afuera.

Mientras estemos vivos, siempre es tiempo de afrontar nuevos retos; para cambiar, para poder volar más alto, o al menos, para poder seguir volando.

Requiere valor, eso sí. Y determinación. Y compromiso.

¿Quién se atreve?

 

 

“Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia

Cambia el sol en su carrera
Cuando la noche subsiste
Cambia la planta y se viste
De verde en la primavera

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi tierra y de mi gente

Y lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana.”


(“Todo cambia”
de Julio Numhauser)

Comentarios (2)

Imagen de Ivan

Ivan dice:

28/10/2015 - 19:38

Una metáfora hermosa. Y me gusta que te plantees si es o no cierta. Es sano y positivo plantearse todo. Un saludo.
Imagen de Gloria

Gloria dice:

28/10/2015 - 23:14

¡Gracias Iván! Es saludable ser crítico, se aprende mucho en el proceso de llegar a nuestras propias conclusiones después de investigar, preguntar, valorar. ¡Un abrazo!

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