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Nov.
2015
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com.

Matar o morir

Joven pacifista entrega una flor a los guardias del Pentágono durante una manifestación contra la guerra de Vietnam (octubre 1967). Célebre instantánea de Marc Riboud.


El 11 de noviembre de 2014 se estrenó en los cines American Sniper. A mí me gusta muchísimo Clint Eastwood pero el tema que abordaba esta película se me hacía bastante intragable, así que, a pesar de mi confesada filia hacia el director, no fui al cine a verla.

El 11 de noviembre de 2015, hace sólo una semana, justo un año después de su estreno, tuve la oportunidad de verla en televisión. Dudé. ¿La veo o no? ¿Me compensa pasar este mal trago? Le eché valor, por el respeto y la admiración que le tengo a Clinty. Por momentos tuve que apartar la vista de la pantalla e incluso dedicarme a otras tareas porque me estaba resultando muy duro digerir lo que la película narraba.

La noche del viernes 13 de noviembre de este año las noticias desde París iban llegando y haciéndonos estremecer por momentos. El horror verdaderamente no tiene fronteras y siempre supera a la ficción.

American Sniper narra la historia real de un personaje de carne y hueso, Chris Kyle, un francotirador de la armada americana apodado “la leyenda” y “el diablo de Ramadi”. Considerado el más letal de la historia de los EEUU cuenta en su haber con 255 muertes durante las cuatro misiones de las que formó parte en Irak en sus 10 años de servicio. Si no has visto la peli y te interesa verla, tal vez no quieras seguir leyendo este post.

La película comienza con un par de escenas de infancia, brevísimas pero para mí básicas para comprender el escenario en el que crece este niño. El gran Clint no defrauda al ponernos por delante estas pistas: Texas, un padre estricto y muy aficionado a las armas, una madre que consiente la rigidez de su marido, una familia religiosa, violencia normalizada en casa y un niño cuya afición consiste en disparar a objetivos vivos (concretamente le vemos derribar a un ciervo) en los bosques de su ciudad. Sin vocación definida, puesto que no ha contado con el acompañamiento amoroso ni el cauce maternal para descubrirla, se lanza en su juventud a la vida de cowboy de rodeos, y finalmente se alista en el ejército. Al menos disparar se le daba bien.

Las escenas de sus misiones se suceden, y también los blancos humanos a los que dispara sin apenas inmutarse, ya sean hombres, mujeres o niños. Vemos que experimenta un leve cambio, tras ser padre: tumbado en una de esas azoteas destartaladas, rezaba para que el niño al que apuntaba con su rifle no hiciera el movimiento en falso que a él le obligaría a apretar el gatillo.

Cuando está en zona de conflicto, parece sentirse en su medio; a pesar de extrañar a su mujer, a sus hijos luego, es en el frente donde el personaje se desenvolvía con normalidad, incluso sin miedo, a pesar del caos y de la desolación que lo rodean. Él hace lo que siente que debe hacer: proteger a sus compañeros, que es lo mismo que proteger a su familia y a su país entero.

Sin embargo, cuando vuelve de permiso a casa es un hombre extraño. La calidez del hogar, la cotidianeidad de lo que allí sucede lo hacen sentirse fuera de lugar, incómodo, inadaptado. Salidas fuera de tono, la violencia que arrastra consigo, el miedo profundo que esconde en su interior. Su mujer se empeña en que vuelva, para siempre, incluso lo amenaza con dejarlo si se marchar de nuevo, pero en varias ocasiones él elije su trabajo y a su país.

Yo no conocía la vida de este hombre, pero llegado este punto de la película sentía que tenía que acabar mal; mal desde el punto de vista de la historia en sí, es decir, que este personaje tenía necesariamente que morir. Morir pronto, morir joven y morir a manos del gatillo de alguien para convertirse, como la justicia interna del argumento pedía a gritos, en el cazador cazado. No había otra salida para él. No había espacio para una larga y feliz vida dedicándose al bricolaje o a la jardinería en su hermosa casa, junto a sus hijos, convirtiéndose en abuelo. El personaje no da para eso.

Cuando por fin se retira, Chris no encuentra sosiego en la vida familiar, en su país. El psiquiatra del ejército que lo atiende lo anima a participar como ‘mentor’ en los programas de apoyo a veteranos de guerra, y así encuentra un lugar donde sí siente que pertenece.

Chris Kyle no muere en Irak abatido por uno de los francotiradores enemigos que lo persiguen para darle caza. Muere en su país, en un campo de tiro, a manos de un joven veterano (qué contradicción) de guerra al que acompaña para ayudarlo con las secuelas causadas por el estrés post traumático que padece tras volver del conflicto. Este joven tiene 25 años y es condenado a cadena perpetua. Los círculos se van cerrando y a la vez abren otros nuevos...

No importan las fechas, las nacionalidades ni las fronteras. Ni siquiera las religiones, aunque muchos piensen que ahí está la clave del problema. Los atentados de París del viernes conectan directamente con la misma realidad de American Sniper, incluso con la de Martin Luther King décadas antes, también asesinado a disparos.

“Devolver odio por odio multiplica el odio, añade una oscuridad más profunda a una noche ya desprovista de estrellas. La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad: sólo la luz puede hacer eso. El odio no puede expulsar al odio: solo el amor puede hacer eso.” Martin Luther King (Where do we go from  here: chaos or community?, cuarto y último libro de Luther King)

A los atentados de París hemos respondido con más odio, bombardeando Siria, planeando nuevas y más incisivas estrategias militares. Al miedo, le plantamos cara con más miedo. Así es cómo perpetuamos una hoguera que se alimenta con cada disparo, cada decapitación, cada nueva declaración de guerra, de un lado y de otro. Ninguno es peor o mejor que el entendido como contrario. Todos somos lo mismo. Cazadores que en algún momento se convertirán en cazados. Y vuelta a empezar en una macabra ruleta sin fin de la que todos somos responsables.

Mientras los gobiernos se disputan derechos para arremeter contra el enemigo con todo el peso armamentístico y militar del que disponen, las personas de a pie procuran recuperar una vida que estará ya por siempre teñida de dolor y en ocasiones, de miedo. Aún así, salen a las calles para dejar flores, velas, mensajes de apoyo en las esquinas y las plazas donde se produjeron los atentados. Cambian sus fotos de perfil en las redes sociales para manifestar su cercanía y unión con las víctimas y sus familias. Se pronuncian en pro de la paz, del diálogo, de los acuerdos bilaterales, del respeto a todas las culturas. Hay espacio y lugar para todos.

Ésa es la verdad, aunque históricamente el patriarcado se haya empeñado tanto en hacernos creer que sólo puede quedar uno: o los cristianos o los musulmanes, oriente u occidente, negros o blancos, mujeres u hombres… Es todo mentira. La verdad es que todos podemos convivir juntos y en paz. Pero una condición es necesaria para llegar a eso: hemos tenido que ser niños amados o habernos convertido en adultos capaces de amarnos infinitamente y sin condiciones a nosotros mismos.


Justo el miércoles había sacado de la biblioteca Matar a un ruiseñor, una novela prodigiosa, sensible, divertida y profunda.

Llorar por el infierno puro y duro en que unas personas hunden a otras… sin detenerse a pensarlo siquiera. Llorar por el infierno en que los hombres blancos hunden a los de color, sin pensar que también son personas.” El que habla es Dolphus Raymond a la salida de los juzgados, antes de que el jurado emita el veredicto de culpabilidad para el acusado Tom Robinson, al que toda la ciudad considera ya como perdedor porque, a pesar de ser inocente, es negro. Y ser negro en Texas en 1935 eran razones suficientes para ser considerado culpable. Ni la respetuosa y acertada defensa de Atticus Finch podía sacar a Tom Robinson de aquella.

El final de este hombre también viene marcado por el escenario en el que vive. Es condenado a cadena perpetua y su abogado defensor pone en marcha toda la maquinaría legal y se dispone a recurrir. Sin embargo Tom no puede esperar, y es abatido a tiros cuando intenta huir de la prisión en la que se encuentra escalando la red metálica del patio en mitad de un recreo.

Si sólo hay una clase de personas, ¿por qué no pueden tolerarse unas a otras? Si todos son semejantes, ¿cómo se se salen del camino para despreciarse unos a otros? Jem Finch no comprende la injusticia del veredicto y del perjuicio social.

Su hermana, y la narradora de la historia, hace su propia reflexión: “Atticus había empleado todas las armas de que disponía un hombre libre para salvar a Tom Robinson, pero en los tribunales secretos de los corazones de los hombres, Atticus no tenía ninguna posibilidad. Tom era hombre muerto desde el momento en que Mayella Ewell lo había señalado con el dedo.

Ajusticiamos y condenamos a personas mucho antes de que la justicia o la legislación se pongan a funcionar. Acribillamos a colectivos desde nuestros prejuicios e ignorancia sin imaginarnos cómo es estar en su escenario, vivir su vida, sin plantearnos siquiera si ha tenido elección. Lo hacemos todos, no importa la nacionalidad, la edad o la religión. Y desde ahí, pagamos todos un precio altísimo.

Matar a un ruiseñor es una aberración. Es asesinar a un ser vivo que sólo se ocupa de deleitarnos con sus cantos, cuenta Harper Lee en su deliciosa y atemporal novela.

Matar ruiseñores es lo que hacen nuestros gobiernos (esos que nosotros elegimos en las urnas y a los que apoyamos con mayor o menor criterio) a diario, los de todos los signos, estén donde estén. No los hay mejores ni peores. Somos todos iguales. Está en la mano de cada uno de nosotros responder con más agresión o con amor y respeto, procurando siempre ponernos primero en el lugar del otro, como Atticus Finch se empeñaba en enseñarles a sus hijos.

Si llevamos, ya no sólo 14 años (como mantiene un buen conocedor de la situación iraquí) sino siglos y siglos actuando de una manera que sólo nos da como resultado más odio y dolor, ¿no es hora ya de procurarnos una salida diferente? ¿No hemos tenido suficiente aún? ¿Cuánto tiempo más necesitamos para darnos cuenta de que éste no es el camino, que hemos estado equivocados todo este tiempo?


Recogemos en el hombre lo que hayamos sembrado en el niño”, reza un proverbio oriental. Oriental, precisamente.

El horror se organiza durante la primera infancia, cuando cada niño nacido amoroso, tierno y ávido de cuidados, no es tenido en cuenta. Cuando no es amado ni protegido ni recibido ni acariciado con infinita compasión. Allí reside la cuna del odio. En ese preciso instante -un instante que dura toda la niñez- la criatura va olvidando su propia amorosidad latente, mientras va perdiendo el sentido de la vida. Pocos años más tarde, apenas aflora la adolescencia y resurge de sus entrañas la potencia genuina de su vida -ahora con la fuerza de la juventud- sabiéndose sin brújula y sin nada que perder, va a salir a resarcirse de cualquier manera buscando un lugar de pertenencia en el seno de cualquier grupo que le permita encauzar el rencor que trae consigo desde su primera infancia. Esos grupos huelen la desesperación previa y latente del joven, por lo tanto les resultará fácil captarlo, y en muchos casos lo van a usar para desparramar la crueldad. No se trata de amar a Alá ni a ningún Dios. Es al revés. Se trata de expulsar el odio y el resentimiento por no haber sido amados, encontrando al fin -en ese acto final- un reconocimiento a la propia existencia. Cada joven convertido en asesino o en cualquier amenaza para la sociedad, ha sido -hace poco tiempo- un niño desesperado reclamando amor.” Laura Gutman

Lo único urgente es amar, mantiene Laura Gutman.

Quiero pensar que algún día seremos más las personas capaces de amarnos y de amar, en plena posesión del tribunal de nuestro corazón; nuestras palabras se escucharán más alto, nuestros actos llegarán más lejos y con ello elevaremos a la humanidad a un estadio realmente más avanzado. Seguro que yo no lo veré, pero haré parte del recorrido, y mis hijos, y mis nietos. No se puede llegar tan lejos sin haber recorrido antes cada paso del camino. En ello estamos, algunos a menos.

¿Dónde te sitúas tú?

 

 

“Guerra a la guerra por la guerra. Vente.
Vuelve la espalda. El mar. Abre la boca.
Contra una mina una sirena choca
Y un arcángel se hunde, indiferente.

Tiempo de fuego. Adiós. Urgentemente.
Cierra los ojos. Es el monte. Toca.
Saltan las cumbres salpicando roca
Y un arcángel se hunde, indiferente.

¿Dinamita a la luna también? Vamos.
Muerte a la muerte por la muerte: guerra.
En verdad, piensa el toro, el mundo es bello

Encendidos están, amor, los ramos.
Abre la boca. (El mar. El monte.) Cierra
Los ojos y desátate el cabello.”



(Guerra a la guerra por la guerra, de Rafael Alberti)

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