16
Jul.
2014
2
com.

En lo profundo

La gran ola, de Hokusai Katsushika


En lo profundo todo está siempre en paz. Las olas se suceden una tras otra arriba en la superficie pero el fondo siempre permanece tranquilo, sereno, en silencio, casi quieto, y aún así, rebosante de vida.

¿Hablo del mar, de los océanos? Puede ser. El mar y el agua son el comienzo de todo. Pero hablo sobre todo del ser humano actual, del hombre moderno y especialmente del occidental. Hablo de las dos realidades paralelas que cohabitan al unísono en la existencia de cada uno de nosotros. Hablo de la vida por fuera, organizada en agendas, horarios, reuniones, entrevistas, aficiones, obligaciones y ruido. Y de esa otra vida, la que sucede por dentro, plagada de suspiros, de sonrisas, de llanto, de sueños, de pulsiones primitivas y auténticas, de emoción y de silencio.

Tanto una como otra son reales porque suceden, existen, se desarrollan. Ambas pueden suponer lucha y a la vez dejarse llevar. Las dos son susceptibles de generarnos placer y satisfacción aunque también preocupación y dolor. Hablan de nosotros, sólo que una nos cuenta eso que creemos ser y la otra es evidencia de lo que francamente somos.

Creemos ser el trabajo que hacemos, el dinero que ganamos, las aficiones que tenemos, las relaciones que cultivamos, los logros que acumulamos, los proyectos que vislumbramos, los lugares que visitamos… Aunque lo que verdaderamente somos queda más hondo, y es algo diferente a todo eso.

Nuestra naturaleza es la de un ser frágil y sólido a la vez que late y que percibe; somos equilibrio y bienestar; somos la luz que se adivina en la sombra, plenitud y salud, corazón que palpita, calidez y sigilo. En lo más profundo de nuestro ser interior, en la cavidad más recóndita y privada de nuestro yo genuino, somos simplemente paz en estado puro.

Es muy fácil perderse en el bullicio de la vida de fuera, dejarse llevar por el runrún de las olas que nos empujan de un objetivo a otro. Posesiones, idilios, placeres, conversaciones, promesas, inversiones, compromisos, comienzos, rupturas, etiquetas, premios, reconocimientos… Una ola sigue a la anterior y precede a la que sigue. Es un movimiento perpetuo que no cesa jamás, un vaivén eterno que nos lleva arriba y abajo. A veces, casi siempre, queremos estar arriba o muy cerca de la cresta y aún así sabemos que en muchas ocasiones nos veremos abocados al rugir de la corriente y a la revuelta desordenada de abajo, donde todo se mezcla y se revuelve en un remolino caótico y desordenado del que salimos cuando y como podemos para tomar aire de nuevo, ganar impulso y devolvernos de nuevo a la ansiedad de la escalada. Y así nos pasamos la existencia la mayoría de nosotros, subiendo y bajando, cabalgando la cresta y revolcándonos en la espumosa rotura.

Y mientras tanto, en el fondo, quietud y sosiego.

Pensamos que queremos todo aquello porque creemos que todo eso es lo que somos. Pero nuestro yo más auténtico, ése que permanece callado en la frescura de la sombra, yace prudente esperando su momento. Ése en el que nos atrevamos a sumergirnos para mirarlo y para quedarnos a su lado un instante, lo justo para percibir lo que allí sentimos e intuir la intensidad del latido y la veracidad de una conexión que sucede en todas las direcciones a la vez y al mismo tiempo.

¿Qué nos lleva a rehuir lo profundo? ¿Por qué no queremos quedarnos allí? ¿De dónde viene el rechazo? ¿Dónde nace el miedo? ¿Qué precio pagamos por seguir incansables la estela de ese temor? Y si no es miedo, ¿qué otra cosa puede ser?

En el fondo no hay disfraces, no hay ropajes, no hay atrezzo, ni decorados. Allí no llega lo aparatoso ni alcanzan las hondas de los sonidos de afuera. En la hondura nos liberamos de personajes y quedamos puros y desnudos, despojados de todo lo superfluo, limpios, casi transparentes, sinceros, auténticos.

Es la misma calma que impera en el vientre de nuestra madre cuando buscamos cobijo para crecer y formarnos, y confío que la misma a la que la muerte nos regresa en el final, otro estado de sosiego, otra esfera del tránsito.

En silencio. En la sombra. En lo profundo. Allí, a pesar del miedo y del dolor, es donde encontraremos todas las preguntas y todas las respuestas.

 

 

"Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!

Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!

Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!

Llevadme por piedad a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!"

Rima LII,
Gustavo Adolfo Bécquer

Comentarios (2)

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Amparo Millán dice:

05/08/2014 - 10:47

Qué cierto, Gloria, a veces en la superficie aparentemente no pasa nada, pero en las profundidades se están removiendo un montón de cosas. Y viceversa. "En la hondura nos liberamos de personajes" claro que sí ;-) Sobre todo de esos personajes que nos han permitido sobrevivir hasta ahora, pero que no constituyen nuestro ser esencial. La BH se enfoca precisamente a esto. Por cierto, yo también soy una fanática de las rimas de Bécquer, me las sé casi todas. Un abrazo.
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Gloria dice:

13/08/2014 - 12:03

¡Vaya, Amparo, la de cosas que tenemos en común! Y más que tenemos que descubrir, seguro. Será en lo profundo, ¿verdad? ;-) Abrazo enorme, bonita, y gracias por pasar y detenerte.

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