19
Dic.
2012
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com.

Llora, mi niña, llora


Ayer tuve una clase fabulosa de yoga al aire libre, en mitad de un jardín precioso, bajo el sol. Después fuimos el grupo a pegarnos un festín asiático y finalmente nos despedimos hasta el Año Nuevo deseándonos lo mejor para las fiestas navideñas. Hacía un día luminoso y cálido y me sentía plenamente feliz y muy agradecida por estar viva y tener salud, por tener un profesor de yoga y un grupo de compañeros tan maravillosos, y también por las hermosas emociones que sentía. Conducía de vuelta a casa después del almuerzo, entre colinas de un verde intenso, bajo el cielo azul, viendo a los caballos trotar cerca de la carretera y de repente, me sentí tremendamente triste y lo sentí en mi pecho, en torno a mi corazón. Era una sensación muy intensa y tenía que dejarla salir así que empecé a llorar. Durante 5 minutos lloré cantidad de espesas lágrimas y no sabía por qué, aunque la razón de ese llanto no era importante para mí. Lo importante es que sentía esa emoción en mi cuerpo y las lágrimas eran el modo de expresarlo. Después de esos 5 minutos y justo antes de aparcar mi coche me sentía bien de nuevo, incluso mejor que antes. Me sentía aliviada, más abierta, sincera y viva. Me sentía conectada con mi yo interior y ese pensamiento me hizo recordar algo que aprendí hace un par de años.

Un adulto que sufre es un niño desatendido.

Éste es, empleando tal vez otras palabras y simplificándolo mucho, uno de los sorprendentes argumentos que Michael Brown comparte con nosotros en su increíble viaje a través de El Proceso de la Presencia.

Haciendo uso de algunos ejemplos cotidianos para que podamos comprender lo que esa afirmación quiere decir en realidad: si padezco insomnio, dolor de espalda, enfermedades de la piel o dolencias de estómago; si se me diagnostica como diabética, autista o epiléptica; si tengo dificultades para tener un trabajo o una relación sentimental estables; si siempre parece que atraigo a hombres que me hacen daño, me utilizan o abusan de mí; si no soporto a los homosexuales, detesto a los sacerdotes o desarrollo un fuerte rechazo hacia las personas de raza negra; si me da miedo la oscuridad o soy incapaz de subirme en un avión; si en mis reacciones me dejo llevar por la impaciencia y tiendo a gritar a los demás; si me enfado con facilidad y demasiado a menudo siento pena y dolor… Todas éstas son sólo señales de algo que está más profundo. No apuntan simplemente a eso que está sucediendo ahora mismo (la enfermedad, la fobia, la situación concreta) sino que son síntomas de asuntos que quedaron sin resolver en mi infancia.

Durante sus primeros 7 años de vida, el niño personifica la inocencia, la alegría y la creatividad, viviendo a través de las emociones y buscando sólo una cosa: amor. Después, de alguna manera, parece que nos alejamos de ese niño, distanciándonos también de nuestros sentimientos y emociones para entrar en lo mental, en los pensamientos y las interpretaciones, en las expectativas y los ‘debería’ que la sociedad establece como normativas latentes. Entonces intentamos buscar una explicación racional para todos nuestros problemas y dificultades y a menudo miramos afuera para culpar a otros;
bebemos, fumamos, tomamos drogas o nos enganchamos a hábitos nocivos o a arriesgadas aficiones; vamos al médico buscando una solución que en realidad no lo es, ya que la medicación y los tratamientos sólo pueden calmar los síntomas pero la raíz herida permanece. Elegimos huidas rápidas, salidas fácilmente aceptadas que sólo se convierten en correcciones a corto plazo pero que nunca serán las soluciones definitivas a las que realmente aspiramos. Ésas no son las respuestas a nuestro malestar.

Para sanarlas ahora en nuestra edad adulta debo tomar en mis brazos a esos ‘aspectos no integrados de nuestra infancia’, como Michael los llama, dándoles toda la atención y el amor incondicional que necesitan. No intento cambiar mi experiencia ya que es válida y precisa tal cual. Simplemente la acepto y la abrazo con amor y compasión, visualizando a la niña que fui, que aún soy en lo profundo, cogiéndola con cuidado, consolándola con ternura y respeto. Así es como también activamos al padre interno que todos llevamos dentro.  

Un niño llora cuando se siente inquieto, cuando no está recibiendo lo que quiere o lo que necesita, cuando algo le está incomodando. El llanto es la respuesta emocional del niño ante su malestar. Por tanto, a través de él podemos integrar esos aspectos no resueltos de nuestra infancia.

Según la experiencia y la sabiduría adquiridas por Michael, si lloro sin razón aparente e inesperadamente es porque estoy empezando a integrar mis emociones no resueltas como niña. Él dice que estas lágrimas de hecho no son lágrimas de adulto, sino que son ‘las lágrimas que no pudimos llorar como niños’. Este pensamiento me conmueve profundamente. Estas lágrimas representan la energía bloqueada que ha estado contaminando mi vida con dolor y desasosiego. Cuando las dejo fluir estoy sanando a mi niña interior y como consecuencia, a mi yo adulto también.

Durante demasiado tiempo he ignorado a mi niña interior (la mayoría de nosotros lo hacemos). Ella vino a mi rescate hace algunos años y sólo hace un tiempo comencé a prestarle atención, estando plenamente presente, atenta a sus señales, a sus llamadas de ayuda y a sus solicitudes de apoyo. Nunca la volveré a dejar sola, desatendida. Lloraré sus lágrimas cuando sea necesario y sobre todo le devolveré la alegría de vivir, la inocencia y la creatividad. Cómo me las he arreglado todo este tiempo sin ella no lo sé. Lo que sí sé es que ya no está sola y que gracias a eso yo estoy restableciendo la armonía y encontrando el significado de mi vida.

 


 

"Ellos gritan y discuten,  dudan y se desesperan, sin ponerle fin a sus disputas.
Que tu vida llegue a ellos como una llama de luz, hijo mío,
parpadeante y pura, para deleitarlos en el silencio.
Son crueles en su avaricia y su envidia.
Sus palabras son como puñales escondidos y sedientos de sangre.
 
Ve tú, hijo mío, colócate entre sus airados corazones
y deja que tus amables ojos caigan sobre ellos,
como la indulgente paz de la noche cae sobre los conflictos del día.
Deja que miren tu rostro, hijo mío,
y que así comprendan el sentido de todas las cosas.
Deja que te amen y así se amarán unos a otros.

Ven a ocupar tu sitio en el seno de lo eterno, hijo mío.
Al amanecer, despliega y eleva tu corazón como una flor que se abre,
y cuando el sol se ponga, inclina tu cabeza y en silencio,
cumple con la oración del día."


El Niño-Ángel, de Rabindranath Tagore

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