04
Nov.
2015
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com.

El juego de la vida

Stillness, de Lisa Congdon


Estamos todos inmersos en el mismo tablero de juego y somos piezas de una única realidad. Por si no te habías enterado aún, te lo digo yo desde aquí ahora: ¡bienvenido al juego de la vida!

Este juego no consiste en combatir, en arremeter contra nadie ni en buscar que pierdan unos para salir nosotros victoriosos, aunque sí es cierto que todos, lo sepamos o no, salimos en principio a ganar.

¿Cómo es posible? Se preguntarán algunos. ¿Un juego en el que todos podemos ganar? Así es. Porque jugar para ganar significa aquí algo mucho menos prosaico que llegar el primero, colgarse medallas o alzar trofeos. Jugar para ganar en este gran tablero de la vida, significa avanzar en el camino de la maestría interior y del auto-conocimiento, uno que nos acercará más al otro, a su sentir y a sus vivencias, por muy diferente que lo percibamos de nosotros mismos.

Las situaciones de la vida, todo lo que nos sucede, buscado o no, agradable o doloroso, se despliega porque nos es necesario en nuestro camino, y nuestro trabajo consiste en aprender algo de ello. Nuestro aprendizaje pasa por integrar lo vivido, aceptarlo y continuar avanzando. Este juego no va de competir entre nosotros ni de compararnos con el otro, sino de aprovechar cada uno nuestras oportunidades y talentos.

Cuando nos alteramos o nos enfadamos por algo doloroso que nos sucede en la vida, y la tildamos de cruel e injusta, revolviéndonos en su contra (¡como si pudiésemos ir en contra de la vida!) y nombrándola culpable de todos nuestros sinsabores, significa que no hemos entendido en absoluto las reglas del juego en el que estamos inmersos. Nos dejamos arrastrar por la ira, la rabia, la agresividad, el ataque o el juicio al otro, el desprecio, la violencia, la falta de respeto, el auto-victimismo, la desidia, la crítica soez, el egoísmo... Automáticamente retrocedemos varias casillas en nuestro tablero. Nos alejamos de nuestra meta. Auto-boicoteamos nuestras posibilidades de ganar.

No estoy hablando de anular emociones como el enfado o de invalidarnos para sentir el cansancio o la derrota cuando llegan. Se trata de sentirlos, entender de dónde nacen, qué función cumplen, cuál es nuestra responsabilidad en lo sucedido y cuál el aprendizaje que intuimos (y de primeras puede ser como mucho una leve intuición sólo, pues lleva tiempo y entrenamiento tomar conciencia del mecanismo general que se pone en marcha antes, durante y después de un hecho que nos afecta de lleno).

La vida se nos tuerce en muchos instantes de la partida, se nos rompe en pedazos a veces entre las manos dejándonos marcados los cortes, con las heridas sangrando y en carne viva, escociendo, latiendo, supurando. De pronto pueden cambiar las reglas o nos vemos obligados nosotros a modificarlas sobre la marcha, a cambiar los planes, a tomar caminos que temíamos y que no queremos transitar. Y sin embargo el dolor, la dificultad o el apremio encierran la lección de esa tirada, y la única manera de seguir adelante es atravesarlos tal y como se presentan. No hay atajos ni escapatorias. El camino es a través.

Cada vivencia es una oportunidad para descubrir o practicar alguna virtud, algún poder o habilidad, algún recurso que nos va a ser útil. Haciéndolo así jugamos para ganar. Sin luchar contra nada ni nadie, sólo enfocándonos en aceptar, integrar y responder con sabiduría. Así es como seguiremos avanzando en el juego de la vida. Uno que no acaba hasta que la muerte nos saca del tablero. Y algunos creen que ni siquiera entonces…

Para disfrutar de este juego y sacarle el máximo partido, cada uno contamos con una serie de herramientas, un cofre del tesoro cargado de valiosas joyas. Algunas nos vienen concedidas de serie. Otras las vamos atesorando en el camino: aprendemos de aquí, copiamos de allá, pedimos prestado, nos inspiramos en quien las usa magistralmente… Vamos enriqueciéndonos a medida que hacemos uso de nuestros atributos personales; no se desgastan ni corremos el riesgo de perderlos al sacarlos a escena, al contrario; al utilizarlos, se vuelven más poderosos, y además conquistamos otros nuevos que pasan a alimentar nuestro cofre particular.

En el transcurso del juego vamos descubriendo que también se nos da bien algo que jamás habíamos considerado, y que aquel dolor tan agudo, aquella dificultad tan insalvable que atravesamos un día pierden intensidad ahora que somos mayores y más sabios y hemos completado nuestro avituallamiento. Si otro reto de esas dimensiones se nos presenta de nuevo y hemos jugado con todas nuestras energías, sabremos medirnos y saldremos más airosos que la última vez, pudiendo ver como aquella vivencia pasada nos sirvió de entrenamiento, de preparación para ésta que acabamos de experimentar. Entonces seremos capaces de agradecerle al juego las enseñanzas de antaño.

No estoy procurando vender humo ni dar lecciones a quien por aquí pueda asomarse. Estoy, como tantas veces aquí, lamiéndome mis propias heridas, poniendo en orden mis ropas y mi corazón después de una caída de peso. Me he apartado un rato del camino para recuperar fuerzas, llorar mis penas y mirar atrás para entender qué ha pasado. Sólo así podré continuar después la marcha.

Todos pasamos por dificultades, algunas nos parecerán más terribles que otras (la comparación, de nuevo), pero si podemos ponernos realmente en el lugar del otro sentiremos que somos iguales y que estamos cada uno jugando nuestra propia partida. Veremos a refugiados huyendo a pie de sus hogares y países, con lo puesto; a personas que han perdido sus casas o sus negocios; a parejas que se separan y a los hijos de esas parejas sufriendo por la separación de sus padres; veremos a enfermos atravesando mucho dolor, abiertos en canal en la mesa de un quirófano, apostando hasta lo último que tienen; a parejas que no pueden concebir y concebir es lo que más ansían en la vida, mientras a otros les retiran a sus hijos porque son incapaces de cuidarlos como esos niños se merecen; veremos a padres que han matado a sus hijos, a hijos que mataron a sus padres, a mujeres que abortaron y a padres e hijos que no se dirigen la palabra; a personas que tiranizan a otras o que maltratan cruentamente a los animales... Todo cabe en el juego de la vida. 

Aunque nos siga doliendo, aunque volvamos a caer. Una vez más nos levantaremos, nos limpiaremos las heridas, lloraremos y pasaremos noches en vela sintiendo tristeza o miedo o ganas de abandonar. Y sin embargo, de ese duelo saldremos reforzados y con nuevas destrezas y capacidades para desplegar en futuros movimientos.

Ésa es toda la estrategia que tenemos que poner en marcha. Difícil, sin duda, aunque también eficaz y enriquecedora. Darle a la espalda multiplica el dolor y reduce las posibilidades de llegar a meta triunfantes, sintiendo y pudiendo afirmar desde dentro que, a pesar de las cicatrices, de las canas y de las lesiones, hemos jugado. Que hemos vivido.

 

 

"Donde pongo la vida pongo el fuego
de mi pasión volcada y sin salida.

Donde tengo el amor, toco la herida.

Donde pongo la fe, me pongo en juego.

Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego
vuelvo a empezar, sin vida, otra partida.

Perdida la de ayer, la de hoy perdida,
no me doy por vencido, y sigo, y juego
lo que me queda: un resto de esperanza.

Al siempre va. Mantengo mi postura.

Si sale nunca, la esperanza es muerte.

Si sale amor, la primavera avanza."



(La vida en juego, de Ángel González)

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