26
Ago.
2015
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com.

Humanoides autómatas



Sin darle demasiadas vueltas, pensándolo por encima, así, de pronto, ¿cuántas veces durante el día de hoy has hecho o has dejado de hacer algo que querías o te apetecía por priorizar el deseo o la necesidad de otros? ¿Cuántas veces lo haces cada día, cada año? ¿Cuántas durante tu vida?

Empezamos desde que somos bien pequeños, cuando mamá y papá nos enseñan a esperar un poquito más para comer, para cambiarnos el pañal, para sacarnos de la cuna o meternos en la bañera. Claro, que como no hablamos y ellos apenas si entienden nuestra forma de comunicarnos pues andamos todos ‘lost in traslation’. Afortunadamente luego aprendemos a hablar el idioma que comprenden los adultos y, aunque con leves y a menudo divertidísimos errores gramaticales, somos capaces de expresar que nos apetece irnos ya a casa; que no queremos ir al cole o jugar con ese niño; que necesitamos que nos cojan en brazos aunque ya tengamos 3, 4, 7 ó 10 años (sí, aún queremos eso a esas edades); que precisamos de más ayuda o de más acompañamiento. Pero las mamás y los papás, las maestras y los profesores, los adultos en general están en un millón de asuntos a la vez y tienen su rutina bien estructurada, así que es habitual que las demandas de los niños no encajen del todo bien en las organización que ese adulto ingenió en su cabeza.

Así aprendemos de un modo inconsciente que los deseos del otro pueden chocar de lleno con los míos, y que, como explica tan bien Laura Gutman, aprendemos equivocadamente que no hay espacio para abarcar dos deseos: o es el del otro o es el mío. Pero esto no es cierto: siempre hay espacio para más deseos. No es cuestión de ganar o perder, de elegir entre lo tuyo o lo mío. Es una falacia cultural que grabada con cincel y martillo que vamos a tener que quitarnos con una cirugía más sofisticada que la que se usa ahora para borrar tatuajes de la piel.

Mi deseo puede convivir con el del otro casi en todas las ocasiones, y el suyo con el mío. Cuando me parezca que no es posible, ahora que soy mayor, puedo pararme a pensar qué podemos mover, cómo nos podemos organizar para acomodar ambos deseos, porque tan pernicioso es quedarme yo frustrada a favor del otro como que el otro renuncie a su deseo por priorizar mi beneficio.

Aunque antes de llegar ahí, que sería la radiante cumbre a alcanzar, me parece imprescindible aprender a vislumbrar cuál es mi propio deseo, ¿verdad? Esto puede parecer una chorrada pero sucede lo siguiente: si tantas veces se neutralizó mi deseo, si se le echó tierra por encima y aprendí a esperar, a aguantarme, a no hacer eso que quería cuando quería, ¿no es posible que ni siquiera yo misma sepa reconocerlo cuando despunta? Eso si no resulta que sale a relucir cada vez menos.

Mil veces dijeron que ahora sí, que ahora no, que ahora de esta manera, que mejor de aquella otra, que parase, que siguiese, que no hablase, que dejase de estar callada, que hiciese y que deshiciese, que me estuviera quietecita o que me pusiera en acción… ¡Qué cantidad de órdenes, de mandatos, de normas que cumplir, a veces hasta cambiantes! ¡Qué desenfreno y que empeño en alcanzar un ideal de obediencia que más bien responde a un automatismo mecánico que a un comportamiento humano natural y espontáneo! ¡Si hasta a los robots de ficción los soñamos más humanos de lo que nosotros mismos nos permitimos desplegar a veces! Cuando son precisamente ésos y no otros los personajes que nos fascinan y nos atrapan el corazón. ¿O tal vez en Blade Runner Rachael, Pris y Roy Batty no son muchísimo más atractivos y genuinos que el mismísimo Rick Deckard?

 


No es sólo una cuestión de obediencia frente a rebeldía o de inteligencia artificial frente a humanidad. Es algo mucho más serio y profundo que tiene que ver precisamente con tomar conciencia de quiénes somos y qué venimos a hacer a esta vida. Porque si tantas veces nos dijeron cuándo y cómo y así lo hicimos en contra de nuestro deseo interno, en todas esas ocasiones nuestro deseo quedó velado, tapado, oculto bajo una creciente capa de indicaciones correctísimas ahí afuera pero sin resonancia en nuestro interior. Así, esa capa va aumentando y llegamos a la adolescencia, a la juventud pensando que sabemos quiénes somos y qué queremos porque sabemos cómo nos llamamos y qué vamos a pedir por navidad. Pero ante otro tipo de dudas vitales desconoceremos cómo movernos o qué camino tomar.

Los estudios que hemos escogido, las aficiones a las que hemos dedicado horas extraescolares, los ‘amigos’ con los que compartimos juegos y fiestas de cumpleaños, los ligues a los que les entregamos cuerpo y besos… ¿Eran realmente los que nos vibraban por dentro o en lo profundo hubiésemos preferido otros?

Si creciésemos más conectados con nuestros deseos, sabiendo cuándo podemos desplegarlos y que ese despliegue tiene que dejar espacio para que pueda caber el del otro, podríamos realmente conocernos mejor a nosotros mismos, y por tanto tomar en cada momento decisiones más acertadas con nuestra naturaleza. La mayoría de nuestras decisiones serían mucho más conscientes, así que nos formaríamos para la labor que desde el alma queremos desempeñar, o nos emparejaríamos también sabiendo quién es ese otro que me atrae y si podemos construir algo hermoso juntos. Elegiríamos desde las posibilidades por desarrollar en lugar de hacerlo desde las necesidades por llenar. ¡Tantos fueron los vacíos que generamos en el camino!

Todos esos deseos nuestros que quedaron maniatados, esos sueños sin bocetar siquiera, todas esas gotas de desenfreno sesgado sin duda se perdieron ya en los límites del tiempo, como las lágrimas se pierden en mitad de la lluvia y no sabemos ya qué gotas eran lágrimas y cuáles lluvia pues se convirtieron todas en agua…

 


Nunca es tarde para hacerle sitio a mi deseo ahora que soy grande, para darme cuenta de cuál es el deseo del otro, para comprender que ambos pueden convivir y que ni el mío anula al suyo ni el suyo destroza al mío. Puedo entender ahora que hay deseos que tienen prioridad sobre otros en según qué momentos y que es de vital importancia que los mayores atendamos a los deseos de los pequeños y los podamos acompañar a desarrollarlos y desplegarlos desde el respeto y el bienestar de todos, hablando, negociando cuando sea necesario, entendiendo que sus demandas tienen una raíz auténtica y que tal vez anda oculta tras un pedido superficial, porque por lo profundo no saben preguntar aún los pequeños.

Este año estoy fijándome mucho en mis deseos, antiguos y presentes, y procuro darles entidad a los actuales para desarrollarlos, reconociendo cuando puedo los de antaño y haciéndoles espacio también cuando me es posible. A veces este proceso pasa por apartarme de ciertos lugares y/o personas, porque mis deseos chocan con los suyos y en este momento no me apetece elegir en pro del otro sino a mi favor. Ahora que soy mayor yo misma me concedo ese lujo, por todas las veces en las que no tuve permiso externo. ¡Porque fui tan obediente!

Es cansado ser ‘buena’ todo el tiempo. Cansado y carísimo. Invertí tanto en ese esfuerzo que me quedé sin blanca y ya no puedo permitirme el seguir pagando ese precio. Así que cuando puedo no lo pago, aunque eso me suponga encajar las consecuencias. Está bien así. Mientras las pueda asumir, ahí estaré haciéndoles frente.

 

 

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

Roy Batty a Rick Deckard en Blade Runner

Comentarios (2)

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Amparo dice:

26/08/2015 - 11:54

¡Soberbio Gloria! Me encanta. Voy a enviarlo a un par de personas que seguro les va a venir bien ;-)
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Gloria dice:

26/08/2015 - 11:58

¡Gracias, Amparo! Confío en que me haya quedado medio claro al final porque a veces yo misma me meto en el blucle ;-) Un abrazo, bonita.

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