14
Ene.
2015
4
com.

Historia, cine y realidad

Marlon Brando y Robert Redford, o el sheriff Calder y Charlie Reeves, en un fotograma de La jauría humana (1966).


Los sucesos de estos últimos días en París nos están tocando a todos, independientemente de nuestra cercanía geográfica y emocional con Francia, con el Islam o con los dibujantes de Charlie Hebdo.

Hay una película impactante y desoladora de Arthur Penn titulada The chase (la persecución, o aún mejor, la caza), cuya traducción al español, La jauría humana, raramente y en mi modesta opinión, supera al título original, pues se acerca mucho más a la ferocidad de la historia que relata y de los personajes que retrata.

No pretendo hacer una crítica de la película (eso se lo dejo a espectadores tan avezados como mi cinéfilo hermano), sino simplemente esbozar un paralelismo muy personal entre ella y los sucesos reales que acaban de tener lugar y que siguen desencadenándose en el país vecino y en el mundo entero.

Porque, efectivamente, Charlie Hebdo somos todos, París somos todos, igual que todos somos también el patético pueblo tejano que retrata The chase o los asesinos acribillados que mataron a tiros a más de una docena de personas en nombre de sus creencias.

Una inquietante sensación de congoja me invadió cuando vi esta película. Ira, odio, rabia, tristeza, compasión, dolor. Pasaban los días y la seguía teniendo clavada en mi memoria. De hecho, creé una nota abierta en mi carpeta de posibles artículos para hablar de ella y de lo que había despertado en mí; después de años archivada hoy he sentido que era el momento perfecto para darle salida.

The chase cuenta la historia de Charlie (precisamente) Reeves, un joven que escapa de prisión con otro recluso (por cierto, negro) y vuelve a su pueblo para esconderse y reencontrarse con su mujer, que por cierto, le está siendo infiel con uno de sus amigos.

No recuerdo qué motivos llevaron a Charlie a la cárcel y está claro que, justamente o no, algo hizo para terminar allí. Pero es durante la fuga que su compañero mata a un hombre en su escapada; es ese crimen el que desata una cólera irracional entre los vecinos de Charlie, al que culpan del asesinato. Lo buscan como perros de caza, encendidos en ira y con unos deseos irrefrenables de ajusticiarlo ellos mismos, enarbolando un sentimiento violentísimo de aniquilación, de odio y de destrucción imparables.

Sólo hay dos figuras, la del Sheriff Calder (interpretado magistralmente por el enorme Marlon Brando) y la de su mujer Ruby, que luchan (literalmente, e inolvidable es la escena en que varios vecinos del pueblo le asestan una brutal paliza al sheriff) y se esfuerzan por establecer una humanidad y una cordura que desgraciadamente no tienen cabida allí.

No voy a destriparos la película, aunque sí os animo a verla. Porque efectivamente, todos somos Charlie Hebdo al igual que todos somos jauría humana. No importa que hablemos de ficción cinematográfica o de un pueblo sureño de los EEUU en los años sesenta. Toda situación, persona o personaje es extrapolable a otros lugares, momentos históricos o seres humanos.

Así, el fanatismo de los radicales islamistas o la ira de sectores de la política y de la población que piden la expulsión (de nuevo, la historia se repite, ¿o no nos suena esto ya a los españoles?) de los 'indeseables' (‘infieles’ en otros tiempos) y el levantamiento de fronteras más infranqueables para que lo diferente no pueda pasar.

No hago apología de la violencia ni del terrorismo sino todo lo contrario. Me pregunto qué nos lleva a los seres humanos a acumular tanto odio y a descargar tanta furia sobre otros y cómo vamos a diluir tanta ira y dolor con más ira y con más dolor. Es imposible. Ésa no puede ser jamás la solución. Nunca lo ha sido, la historia nos lo cuenta, y jamás lo será.

Está clarísimo que el crimen, la afrenta, el dolor asestado requieren de una compensación para subsanar el daño y retornar el equilibrio. En nuestra sociedad esa compensación viene de la mano de la justicia, con todos sus resquicios, vicios y virtudes (si la hacemos nosotros, humanos con debilidades y fortalezas, es natural que ella venga también con sus taras de serie). Una justicia que va evolucionando al mismo ritmo que la sociedad en la que se despliega, y por tanto, cada pueblo va dándole forma a la suya propia, partiendo de su historia y de sus movimientos de avance y de retroceso (y aquí pienso en otra película maravillosa y para mí muy dolorosa, Nader y Simin, una separación).

¿Quiénes son esos jóvenes extremistas asesinos y asesinados? ¿De dónde vienen? ¿Qué han vivido y qué heridas llevan consigo? ¿Qué los impulsa a hacer lo que hacen? Una explicación, posiblemente simplista o incluso absurda para muchos pero que para mí es la explicación, nos la repite incansablemente Laura Gutman en cada uno de sus libros, artículos o talleres: la falta (o ausencia) de amor materno y los abusos o maltratos vividos en la infancia causan estragos en la construcción psíquica del individuo. Los que somos capaces de mirar nuestro dolor infantil y aceptar que así fue, podremos acceder al entendimiento de nuestras dificultades. Los que somos incapaces de verlo, nos dejaremos arrastrar por el odio y la ira para terminar destrozando y destrozándonos.

Las películas, como los libros, son pinceladas de realidad y esbozos de vida, por eso se pueden convertir en fascinantes maestras y en oportunidades para la reflexión y el reencuentro. Nos hacen sentir y nos hacen pensar. Nos ayudan a generar conexiones y a encontrar paralelismos. Y sobre todo nos invitan a tomar esa perspectiva necesaria para poder apreciar los detalles que, estando muy cerca, somos incapaces de ver.

Mi compañera Amparo Millán escribía hace unos días sobre a qué nos podemos dedicar cuando nos vence la apatía. Todas sus recomendaciones me parecen valiosísimas y a ellas yo añadiría el ver películas, porque son sin duda entretenimiento pero sobre todo suponen una oportunidad excelente para el autoconocimiento. Y cuando la hechura y los materiales son de máxima calidad, entonces ya estamos hablando de clases magistrales para el alumno que esté dispuesto a recibirlas como tales.

En el siglo XVII no existía aún el cine pero la literatura nos ha dejado retratos magníficos de la sociedad del momento. ¿O es que no aprendemos historia, psicología y hasta cocina (ahora que está tan en boga) con El Quijote o con El avaro?

Podemos aprender de la literatura, del cine y por supuesto de la historia. Aunque las historias de hoy ejemplifiquen que no aprendimos las lecciones de ayer, aún estamos a tiempo de integrarlas ahora para poder hacerlo mejor, nosotros o los que nos sucedan, el día de mañana.

Cada día se despliega ante nosotros una nueva oportunidad. ¿Cómo vamos a aprovechar la de hoy?

 

 

“El lobo blanco del invierno,
el lobo blanco viene,
con los feroces ojos inyectados
en sangre helada, fijos y crueles.
¡Maldito lobo invierno, que te llevas
los viejos y los débiles!

¡Reunámonos, que todos
tengan una familia,
un libro y fuego alegre!

Y mientras, fuera, el hacha
el tronco seco hiende,
que será rojo en el hogar, cerremos
la puerta y el balcón... ¡Dios no nos quiere!

¡Tregua! Seamos amigos...
La tibia paz entre nosotros reine
en torno de la lámpara, que esparce
la tranquila poesía del presente.

Y tú, mi amada, cuyos rojos labios
son ya la sola flor, dámelos..., ¡quiéreme!...

¡Que el lobo blanco del invierno
el lobo blanco viene!”




(Poema Los días sin sol, de Manuel Machado)

Comentarios (4)

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Fernando dice:

15/01/2015 - 15:42

La jauría humana, qué gran obra sobre el bien y el mal, sin medias tintas. Sí, señorita Gloria, me gusta lo que dice.
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Gloria dice:

15/01/2015 - 16:26

Gracias, amigo. Ya sabe usted que me encanta conocer sus opiniones, las que hace públicas y las que manifiesta por vía privada. Arigato gozaimasu (¿es correcto? Me acuerdo muy poco de aquellas clases de japonés que me diste un verano...)
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Fernando dice:

19/01/2015 - 18:39

correctísimo. Arigatoo gozaimasu, y me inclino un poco ante usted, tal y como lo haría mi abuelo Doroteo, que no era japonés pero que era muy educado, como éramos antiguamente
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Gloria dice:

20/01/2015 - 10:22

¡Ay, los abuelos sabios y los nietos que de ellos salieron...!

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