09
Sep.
2015
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com.

Fronteras y límites

Instantánea de la fotógrafa Jennifer George, incluida en este libro de Armherst Media.



Aquellas personas que llevan a cabo, verbalizan y defienden realidades que sentimos como ciertas y propias se convierten necesariamente en referentes, y a menudo, también en maestros para nosotros. La de Laura Gutman es para mí una de esas voces claves, y desde que la conocí allá por 2010 gracias a mi amiga Ruth que me prestó un libro suyo, la tengo siempre presente y recurro a ella para aclararme y para encontrar mis respuestas. ¡A veces incluso mis preguntas! Porque he aprendido que si parto de una pregunta errada, jamás hallaré la respuesta acertada.

Es posible que resulte cansino para algunos escucharme o leerme hablar de Laura, pero es un riesgo que estoy encantada de correr. Es la belleza de encontrar un referente fiable en el camino; sin volvernos extremistas defensores de cualquier postura, esa persona ha sabido poner palabras exactas y claras a percepciones, sensaciones o ideas que nosotros de forma interna hemos desarrollado, pero tal vez no habíamos llegado a enunciarlas u ordenarlas con tanta claridad y pericia. Así que conectar con esas voces le da entidad a un lugar que ya sentíamos como propio, y eso, como buena acción magistral, nos sirve para aprender y para ejercitarnos.


Recientemente he leído un artículo de mi maestra que ha dado en la diana de muchas de mis inquietudes actuales. Se titula “Ser madre después de los 40”, y puesto que me ha gustado tanto y estoy tan de acuerdo, me permito transcribirlo aquí al completo, con toda mi admiración y respeto hacia la autora:


“Las mujeres podemos concebir y engendrar hijos mientras nuestro ciclo de ovulación y sangrado exista. Así de simple. No hay contraindicaciones ni peligros ni riesgos ni daños.
Las edades ideales para engendrar hijos varían según las culturas, las religiones, las zonas geográficas y los momentos históricos. De ninguna manera podemos concluir que hay edades mejores que otras para tener hijos y mucho menos determinar que hay edades que conllevan peligros para la salud de madres y niños.

Históricamente no se discutía sobre edades ni circunstancias, sino que sencillamente la mayoría de las mujeres concebíamos entre los 14 y los 20 años. Sin embargo a ojos de nuestra moderna sociedad occidental, esa franja de edad la ponemos hoy en un lugar de riesgosa maternidad adolescente.

La mayoría de las mujeres modernas hemos decidido cambiar el rumbo trazado por nuestras madres y abuelas. Incluso ellas mismas nos han apoyado para abandonar la esclavitud del hogar y la dependencia económica de los varones, incitándonos a estudiar, trabajar, buscar nuestros propios caminos y hacer uso de la autonomía y la libertad. Desde de la movida del 68 en Francia principalmente, los hippies en EEUU, el movimiento feminista en toda Europa y las pastillas anticonceptivas, las mujeres hemos dado un salto cuántico con relación a nuestras antepasadas: efectivamente, casi todas estudiamos, casi todas tenemos intereses personales cuyo despliegue lo experimentamos entre los 20 y los 30 años. Damos prioridad a nuestro viaje personal y así van transcurriendo los años entre los 30 y los 40.

Entonces sí, al filo de nuestro reloj biológico que indica que todo ciclo tiene un fin, aparece a veces por primera vez una vibración sobre algo que tal vez hubiéramos deseado si hubiésemos prestado atención en ello, y ese algo se asemeja a la vaga idea de la maternidad.

En muchos casos, al filo de los 40 años hemos conformado una pareja efectivamente elegida, con experienciay  acuerdos bien establecidos. A veces el reloj biológico sonó más fuerte y nos despertó. La cuestión es que queremos ser madres, tenemos más de 40 años, incluso tenemos más de 45. ¿Cuál es el problema? Ninguno. Salvo la ola de prejuicios, temores y fantasías que van a surgir por doquier desde el entorno y también desde las propias concepciones erróneas e infantiles de creer que “hay algo que está mal”.

Los supuestos riesgos están basados en la nada misma. Es importante aclararlo porque no hay peligros. Mientras nuestro cuerpo ovule y conciba un embrión, significa que estamos preparadas para llevar a cabo un embarazo en perfecta salud. Lamentablemente circulan muchos prejuicios respecto al parto “patológico” de las mujeres maduras. Nada tan alejado de la realidad. Que hoy, la ignorancia colectiva nos someta a las mujeres mayores a la práctica de cesáreas por el solo hecho de tener más de 40 años, es una aberración sin justificación alguna. Muy por el contrario, las matronas experimentadas que tienen por costumbre evaluar primero y decidir después, suelen decir que los partos de las mujeres maduras suelen ser más fáciles. ¿Por qué? Porque los músculos, así como se ablandan por fuera, también se ablandan por dentro. Los órganos internos sufren los mismos procesos de pérdida de tonicidad que los órganos externos, como la piel. Y para el pasaje del bebé por el canal de parto, nada mejor que encontrarse con un canal más blando, menos tonificado, más abierto y con menos resistencia. Contrariamente a lo que se cree banalmente, los partos de las mujeres maduras suelen ser más fáciles y sin complicaciones, siempre y cuando nuestros prejuicios no actúen en detrimento de las evidencias y el sentido común.”



Algo que Laura no menciona aquí pero que seguro le he escuchado defender en más de una ocasión, es que las mujeres maduras (y para el caso tomo de nuevo la edad de 40 que ella plantea como rasero), además de estar físicamente más abiertas y flexibles para embarazarse y dar a luz, también estamos emocionalmente más preparadas para transitar una experiencia de tan vital importancia como un embarazo, un parto, un puerperio, una crianza. Sin menoscabo de las mujeres más jóvenes, que atravesarán valiosísimas experiencias, las mujeres maduras hemos vivido más, por tanto, hemos acumulado en principio mayor cantidad de vivencias y por consiguiente, de aprendizajes. Muchos habrán sido dichosos, otros complicados, y sin duda que a los 40 o a los 45 tendremos más herramientas en nuestro haber de las que teníamos a los 20 o a los 25. Habremos expandido nuestra conciencia, ampliado nuestra mirada, profundizado en nuestras percepciones. Nos habremos convertido en personas más sabias y conectadas, en contacto con nuestro ser más auténtico y abiertas a la autenticidad del otro.

Por supuesto que el mundo entero seguirá emitiendo sus juicios y creencias al respecto, pero como cada uno de nosotros tiene los suyos propios (producto de nuestros orígenes y de la cultura en la que hemos crecido), estamos ante un asunto controvertido a menudo que da lugar a diversidad de opiniones.

Como en tantas situaciones, la maternidad es una realidad personalísima que nadie de afuera tiene derecho a cuestionar. Lo que sí nos corresponde, a las mujeres especialmente, es plantearnos desde la libertad nuestro lugar en el mundo, nuestros deseos y sueños, nuestras dudas y miedos, para desde esa conciencia tomar decisiones coherentes con nuestro sentir. Así terminarán siendo más acertadas, podremos defenderlas cuando sea que las ataquen, o simplemente ignorar los comentarios externos porque tenemos la certeza de estar actuando conforme a registros de enorme poder y arraigo.

 

 

“Desde que el alba quiso ser alba, toda eres
madre. Quiso la luna profundamente llena.
En tu dolor lunar he visto dos mujeres,
y un removido abismo bajo una luz serena.

¡Qué olor a madreselva desgarrada y hendida!
¡Qué exaltación de labios y honduras generosas!
Bajo las huecas ropas aleteó la vida,
y sintieron vivas bruscamente las cosas.

Eres más clara. Eres más tierna. Eres más suave.
Ardes y te consumes con más recogimiento.
El nuevo amor te inspira la levedad del ave
y ocupa los caminos pausados de tu aliento.

Ríe, porque eres madre con luna. Así lo expresa
tu palidez rendida de recorrer lo rojo;
y ese cerezo exhausto que en tu corazón pesa,
y el ascua repentina que te agiganta el ojo.

Ríe, que todo ríe: que todo es madre leve.
Profundidad del mundo sobre el que te has quedado
sumiéndote y ahondándote mientras la luna mueve,
igual que tú, su hermosa cabeza hacia otro lado.

Nunca tan parecida tu frente al primer cielo.
Todo lo abres, todo lo alegras, madre, aurora.
Vienen rodando el hijo y el sol. Arcos de anhelo
te impulsan. Eres madre. Sonríe. Ríe. Llora.”



Miguel Hernández

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