29
Abr.
2015
2
com.

Fluir o luchar

Earth balance, la particular interpretación de la artista Sharon Cummings del binomio yin-yang.


(Este artículo se lee de maravilla acompañado de la envolvente música que compone el británico Dexter Britain, por si te apetece que lleve banda sonora. Un día de estos me voy a poner modernísima y tecnológica y los posts van a ir acompañados de su música, sí señor. Veremos cómo...)


El primer cuarto de este 2015 ha supuesto todo un reto para mí en muchos sentidos, y el comienzo del segundo trimestre va por el mismo camino de momento...

En lugar de experimentar el fluir de la vida como una corriente serena que me lleva, lo siento más bien como una fuerza  imparable que me arrastra. En términos acuáticos, por sacarle partido a la metáfora, podría ser algo así como la diferencia entre el vaivén constante y ordenado de un mar de pequeñas y pausadas olas frente la potencia de un océano revuelto. Uno me mece y disfruto, el otro me pone a guerrear y me canso mucho. Puedo manejarme en los dos, pero la vivencia es bien distinta.

Interiormente sentimos esas sensaciones de flujo o de resistencia y exteriormente eso se manifiesta en nuestra vida a través de relaciones, planes, proyectos y acciones que van cuajando y que dan fruto o por el contrario que se nos resisten o fracasan. Como diría Lao Tsé


“las experiencias externas sirven para sentir el mundo,
y las experiencias internas, para comprenderlo”.


Aunque a ratos no me sirva mucho de consuelo, es cierto que a través de mi vivencia interna puedo comprender mejor lo que sucede afuera. Es decir, en un plano más amplio o general, la vida fuera de nuestra realidad más cercana, ésa que también nos circunda, va mostrándonos los éxitos y dificultades que se dan en otros lugares, entre otras gentes que en definitiva, de una u otra manera atraviesan situaciones similares a las nuestras, en un sentido literal o metafórico.

En estos primeros meses del año han sucedido cosas ahí afuera y dentro de mí que me han removido y revolcado. He fracasado; me he caído; me he puesto en pie; he procurado aprender de mis errores y comprender, aunque no siempre lo he logrado; he visto morir a personas enfermas; hemos comprobado cómo la Tierra se sacude por dentro y por fuera; hemos enviado ayuda a lugares y personas que lo necesitaban; hemos llorado con ellos; hemos asistido a funerales y a la supervivencia también…

La dicha no existe sin la desgracia, el placer sin el dolor, la espera sin la prisa, el sonido sin el silencio, la luz sin la oscuridad. La vida y la muerte se dan la mano continuamente en una circunferencia perfecta. Esta dualidad explícita tiene su origen en una unidad que está implícita en todo lo que es. Esa concepción del yin y el yang que establece la cultura taoísta nos muestra que el orden de la vida es simple y llanamente cíclico y perfecto, a pesar de todo, ya venga de la mano de guerras, de desastres naturales o de errores humanos. 

Mi querido amigo Nando Viñas me regaló allá por 2011 un libro muy pedagógico de Alan Watts, El camino del Zen. En él el autor explica los orígenes, los principios y la práctica de esta filosofía oriental, que nace principalmente de la fusión entre el Taoísmo chino y del Budismo mahayana de la India.

El Zen, dice Watts, “carece de meta. Es un viaje sin objeto ni destino. Viajar es estar vivo, pero llegar a alguna parte es estar muerto, porque como dice nuestro proverbio:  <<el camino es mejor que la posada.>>”. Y más adelante: “La perfección del Zen consiste en ser perfecta y simplemente humano”, con nuestros defectos y virtudes, nuestras dificultades y nuestros logros. Así, el aprendizaje e integración del estudiante zen pasa por la experiencia propia: “el estudiante zen no sabe realmente el Zen si no lo descubre por sí mismo (…) lo que alguna otra persona nos dice no es conocimiento nuestro.

El principio del Tao, volviendo al inicio, es la espontaneidad y seguidamente la no-acción, el vacío que todo lo contiene. Esa no-acción taoísta es la expresión más elevada del orden y de la armonía, y mediante la misma se accede a la comprensión del Todo.

Resistirnos ante lo que es nos genera sufrimiento y altera nuestra serenidad. Oponernos al cambio o luchar frente a lo que la vida trae nos lleva a sufrir, mientras que aceptar la vida como viene pone fin a todo posible dolor. Porque el taoísta entiende que la vida está en constante cambio y cada realidad que sucede es parte nuestra, nosotros formamos parte de ella, pues todo y todos estamos interconectados, de manera que no podemos ni atraer ni rechazar nada. Todo ya es. Unirnos a ese todo siendo lo que somos en cada lugar y en cada momento. Ésa es la expresión última de la liberación.

Para nosotros sin embargo, occidentales con una mentalidad lineal, un bagaje cultural judeo-cristiano e inmersos en una sociedad consumista y bastante ajena a la naturaleza, es difícil abrazar el hecho de que el vacío es creativo, que los que viven en el Tao son felices simplemente entregándose a la contemplación sin tener una meta o un propósito final en mente.  Su mayor habilidad consiste en acompañar a la vida en su fluir natural, sin procurar someterla o alterarla mediante la fuerza o la voluntad. A eso se refieren cuando hablan del ‘no-hacer’: a la capacidad de fluir con las experiencias como van sucediendo, sin forzar, sin resistencia.

Una de las prácticas adheridas a estas filosofías orientales es la meditación, un recurso que llevo practicando durante años, aunque siempre experimentando cierta lucha interna o resistencia. La dificultad para mí ha sido siempre doble:

1- Por un lado, sentía siempre muy fuerte la actividad de mi mente, siempre al galope, queriendo escaparse, indomable, como un caballo desbocado, salvaje y libre que jamás se va a dejar controlar, y mi juicio severo y perfeccionista persiguiéndolo detrás, sin descanso pero sin acortar la distancia

2- Unido a eso, la existencia de unas expectativas mías internas de las que no conseguía liberarme: que la meditación acallaría mi mente, que me ayudaría a encontrar la serenidad y el equilibrio interior, que la práctica tenía que ser continuada e ir ampliándose con el transcurso de los días...


De pronto, hace unas semanas, en mitad de ese cabalgar apresurado y revuelto de comienzos de 2015, me sorprendí a mí misma fluyendo de un modo natural y espontáneo hacia y en la práctica de mi meditación, buscando y encontrando los espacios y priorizándolos para que sucedieran porque así me lo pedía  mi cuerpo, incluso dos veces al día. Sin expectativas, sin juicio sobre el trote de mi mente cuando lo hay, simplemente presente y atenta a lo que sucede en ese momento. A menudo me encuentro mejor después, otras veces no es así, pero en cualquier caso no me siento a meditar porque persigo el beneficio después o porque lo veo como una obligación que me impogo. Ahora lo hago porque algo interno me impulsa, porque tiene sentido, porque de pronto tomé conciencia de que ahora sí, la práctica forma parte de mí. Y como cualquier otra de mis partes, la necesito para ser y para existir, venga como venga ese día: turbia y enrevesada o clara y transparente. 

El taoísmo es un canto a la liberación y supone un trascender aprehendiendo el significado profundo del Todo, de la vida. Dice Alan Watts en su libro: “el Taoísmo es un camino de liberación que nunca llega por medios revolucionarios, pues es notorio que la mayoría de las revoluciones establecen tiranías peores que las que derrocan.”

Cuando mi amigo me regaló este libro me costó meses enfrascarme en su lectura. Una vez inmersa, me resistí mucho a entregarme, tanto esfuerzo mental e intelectual me suponía integrar su contenido. Al tiempo, sin saber muy bien por qué, lo miré un día y dije: “hoy sí”. Entonces lo leí con entusiasmo y de un tirón, comprendiendo e integrando. Al retomarlo ahora para citarlo en este artículo lo siento de nuevo accesible, verdadero, fácil. Lo que me dice (siempre lo ha dicho pero tal vez hasta ahora yo no lo sentí realmente) tiene que ver con esa resistencia mía a no dejarme llevar, a no querer aceptar algunas de las experiencias que la vida me trae al paso. Como le sucede al alumno de zen, el conocimiento o la comprensión sólo llega a través de la propia vivencia. Es fácil comprender intelectualmente para la mayoría de nosotros; el reto realmente está en vivir y en aceptar la vida como es.


Resistirme, luchar, oponerme ante lo que mi vida me trae ha supuesto una tiranía interior hacia mí misma. Forzar situaciones en contra del fluir natural, no querer ver, enjuiciar (a mí y a los demás)... 

“Si estás listo para despertar, vas a despertar”, dice la potente voz de Watts en este video de cuatro minutos que para mí es emoción y verdad. Una invitación a descubrir nuestro verdadero yo. Porque es cierto que somos fantásticamente complejos, perfectos y maravillosos. Pero hay que estar preparado para ese despertar.

 

 

“Lo blando vence a lo duro;
lo que carece de forma penetra lo impenetrable;
hay valor en no actuar.

Enseñando sin palabras,
trabajando sin acción,
es algo que pocos pueden comprender”.

(Venciendo lo imposible,
de Lao Tsé)

Comentarios (2)

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Iván dice:

05/05/2015 - 18:40

Enhorabuena por tus progresos con la meditación. Me ha gustado este post, sincero y esperanzador. Yo no soy capaz de ver o de creer que todos somos uno, Puede que todos estemos unidos, pero no siento que seamos uno. Si es un error de apreciación mío o no, es difícil de saber.
Imagen de Gloria

Gloria dice:

06/05/2015 - 09:08

Gracias Iván. Lo de ser uno para mí realmente es una percepción, algo que siento profundo. Aunque seguro que desde la física cuántica alguien podría explicártelo de un modo más empírico en el sentido de que, como comentas, estamos todos conectados. Mágico en cualquier caso. ¡Saludos!

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