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May.
2015
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com.

La figura del padre

Dalí niño con su padre, por Salvador Dalí (1971). 



A menudo, en este recorrido terapéutico y de auto conocimiento que vengo haciendo durante los últimos años, me encuentro con voces maestras (entre ellas brilla con especial fuerza la de Laura Gutman) que defienden que la figura del padre (a diferencia de lo que mantiene la cultura católica en la que hemos crecido) importa poco o nada en los primeros años de vida del hijo o hija. 

Sin duda, por naturaleza, la madre es la que en principio cumple con el rol maternante y por tanto la que aporta a la cría el sostén emocional e incluso físico que esa cría precisa para sobrevivir. En esos primeros años, el padre que está presente hace las veces de sostén de la madre, para ampararla y apoyarla emocional (si puede) y funcionalmente, mientras ella se dedica (en la medida de sus posibilidades también, por supuesto, que a veces son pobres) a maternar. De hecho podemos conocer muchas historias en las que el padre estuvo ausente (total o parcialmente incluso, tal vez por abandono o simplemente por razones profesionales o por incapacidades varias) y en las que la madre salió adelante, como pudo. Esto es así siempre: en un caso u en otro la vida se abre camino.

Seguro que existen casos en los que un padre es el que de hecho se hace cargo de unos hijos pequeños por la ausencia de la madre, aunque entiendo que es mucho menos habitual.

Dicho esto, y volviendo a mi hilo conductor, hay otras voces que hablan de la importancia de la figura del padre, y entre ellas incluyo la de Bert Hellinger y su aportación desde las constelaciones familiares; la de Claudio Naranjo y su tipología de la personalidad basada en el eneagrama; la de Alice Miller que habla indistintamente del impacto que tanto la madre como el padre tienen en la conformación de la realidad del niño; y en otra línea, la de Alejandro Jodorowsky.

Digo en otra línea porque Jodorowsky es un personaje hecho de muchos retazos. Terapeuta, tarotista, cineasta, guionista, escritor,... Tantos palos ha tocado en su camino que incluso ha creado sus propias líneas de indagación: la psicomagia y la metagenealogía.

Para Jodorowsky entonces, tanto el padre como la madre, por ausencia o por presencia, tienen importancia en la realidad del hijo. Y en su última película nos presenta la historia del niño que fue y cómo le marcó la figura y los comportamientos de un padre al que temía y amaba con la misma intensidad, como nos sucede a los niños.


Hace unas semanas, a través de un blog que sigo, descubrí a un músico conocido como Stromae. A sus 30 años, y con una historia familiar también marcada por guerras, violencia, presencias, ausencias y dolor, nos regala una visión impactante de las consecuencias que el acompañamiento del padre tiene en nuestra configuración como hijos.

Os invito a ver su video clip y a dejaros sentir la historia, independientemente de que entendáis o no el francés (idioma en el que canta) o el inglés (subtítulos), porque las imágenes solas junto con la coreografía de los protagonistas ya lo dicen todo:

     


 

Hay tantas historias diferentes como personas y qué duda cabe que si hubo una madre amorosa y protectora (como lo son habitualmente por instinto las hembras mamíferas) amparando a la cría, importa poco o menos que el padre estuviese presente o no.

Pero si el padre estuvo y fue un tirano, por ejemplo, que maltrató o vejó a esa mujer, la realidad emocional de esa madre será también alimento para la formación de su cría. Si el padre desapareció del mapa y la madre quedo sola pero tranquila, tirando de sus propios recursos, ni ella ni por tanto el niño echarán al varón en falta. Pero si la madre queda sola, desamparada, triste, enamorada incluso del hombre que la abandona, sufriente... ¿Qué 'alimento' tiene para entregarle a su hijo? Si queda rabiosa, iracunda y despechada, ¿qué sustancia se entremezclará con la leche templada cuando amamante a su cría y qué vetas de discurso se irán colando entre los resquicios de sus palabras y comportamientos? 

Todo eso sin tener en cuenta que la carga genética y transgeneracional está siempre presente, lo queramos o no, y los hijos a menudo arrastramos asuntos pendientes de todo un sistema familiar, o vivimos en nuestras carnes resonancias de historias que sucedieron mucho antes incluso de que nosotros fuésemos concebidos. ¿Cuánta atención le prestamos a toda esa información? ¿Qué hacemos con eso que también somos? 

En este recorrido personal vengo conociendo historias, dolorosas en muchos casos, fascinantes todas, en las que la importancia de la figura del padre se hace más que evidente.

Especialmente, por el impacto que socialmente esto va a tener en unos años, me parece importante prestar atención a todas esas mujeres que han decidido ser madres acudiendo a la ciencia y valiéndose de las semillas que un donante desinteresado (al menos en nuestro país así es) aportó (y ahora además empiezan los hombres a ser padres sin la figura de una madre al lado).

La historia nos enseña (hijos 'robados', adopciones, familias separadas por la guerra y el exilio, etc.) que los hijos, en algún momento de nuestras vidas, por amor o por odio (que al final viene a ser lo mismo) sentimos la necesidad imperiosa de conectar con nuestras raíces y conocer de dónde venimos, quiénes somos. Y eso sólo podemos lograrlo a través de nuestros padres, abuelos, bisabuelos y de sus historias vitales. Si no podemos acceder a ellas porque nos negamos a hacerlo, porque se nos niega el acceso, porque no existen las vías, entonces estamos perdidos. Realmente lo estamos, pues una parte nuestra muy profunda queda ya por siempre huérfana, y eso es un vacío muy duro de arrastrar. Si tenemos hijos, ésa será parte de la herencia que les dejemos: un vacío existencial, oscuro y yermo.

En materia de maternidad/paternidad asistida o de adopciones, las leyes en nuestro país no amparan a los hijos, pues les deniegan el derecho a acceder a esta información de vital importancia para su existencia. Aquí, de nuevo, las leyes paternalistas se ocupan sólo del bienestar de unos padres que quieren serlo a costa de todo y que de hecho prefieren en la mayoría de los casos quitar de enmedio cualquier sombra de los padres/madres biológicos siempre y cuando sea posible, negándoles a esos hijos que tanto dicen amar el acceso a su verdad. Eso no es amor ni tampoco protección. Eso se llama miedo infantil, manipulación y egoísmo. Algo o mucho tiene que cambiar a este respecto en nuestro país (y que no me digan que no es posible porque ya hace tiempo que se viene haciendo en otros países con una tradición mucho más amplia que la nuestra).

Hay una película dura e impactante, La caja de música, que habla de un padre, en principio amoroso y amparante, con una historia conocida y otra oculta que termina saliendo a la luz. En principio sus hijos defienden con uñas y dientes la parte de ese padre admirado que es la única que de él conocen. En un momento, uno de los compañeros abogados de la hija mayor le dice: 
¿Qué sabemos nadie de nuestros padres?” Y ella se resiste a ver la verdad, porque es demasiado horrible y no encaja con la verdad a medias (por no decir mentira, ya que para ella no lo fue) en la que ha crecido. ¡No es un monstruo! ¡Soy su hija! ¡Yo le conozco mejor que nadie!”, grita desde el dolor.

¿Realmente conocemos a nuestros padres? ¿Qué sabemos de ellos? Y por tanto, ¿qué sabemos de nosotros mismos, especialmente si somos padres? Porque toda esa información está implícita. 
Me importa recordar”, le dice en La caja de música el fiscal Jack Burke a la hija del acusado por crímenes contra la humanidad. Y esa hija, a pesar del amor profundo que siempre ha sentido por su padre y que posiblemente siempre sentirá (así somos los hijos), ya no puede seguir volviéndole la espalda a la verdad, que siempre es una y sólo una.

¿Qué haces tú con tu verdad?

 
 
“He acercado a mi madre y a mi padre
como los bordes de una herida
para que cicatrice mi memoria
y en mi garganta pueda
volar un ángel


(Poema 191 de Piedras en el camino, de Alejandro Jodorowsky)

Comentarios (4)

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Anuchi dice:

13/05/2015 - 12:08

Ay preciosa, me emocionas. Nosotros no lo disfrutamos todo lo que nos hubiese gustado pero nuestra madre se ha encargado de inculcarnos lo mucho que nos quería y lo buena persona que era. Y creo que tú, conociéndola, lo puedes intuir. Coincido contigo en que los hijos arrastramos asuntos pendientes de todo un sistema familiar. Creo que no nos vamos dando cuenta pero, en algún momento dado, florecen sentimientos, actitudes, comportamientos. En fin, será la carga de ser hijo, en mi caso hija queridísima. Siempre, gracias. besos
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Gloria dice:

13/05/2015 - 23:44

Gracias a ti, amiga, por haberme abierto tantas veces las puertas de tu hogar, compartiendo el cariño de tu familia. Y tu padre, siempre presente. Gracias por estar aquí siempre. ¡Besos de vuelta!
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ruth dice:

17/05/2015 - 19:21

Me ha gustado tu post mucho Gloria, me ha removido y hecho pensar. Volver a los origenes y entender el peso de las ausencias en un núcleo familiar. En que lugar nos deja a cada uno y como cada uno toma un nuevo rol, al principio por necesidad de adaptación y que después no sabe deshacerse de él. Cuando ya no hace falta. Gracias amiga
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Gloria dice:

17/05/2015 - 20:27

¡Qué hermoso camino estás haciendo, amiga! A través de tu maternidad, de tus hijos, del vínculo con tu pareja... Paso a paso, arrojando luz. Gracias a ti.

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