06
May.
2015
2
com.

Feliz día del hijo

Holding girl, del artista plástico Andre Schmucki.


Como todos los años, pasó ya por fin el vendaval del dichoso día de la madre (y el del padre, que aquí se celebra en marzo, aunque éste se deslice con más pena que gloria). ¡Menuda estrategia de marketing nos vienen colando desde hace ya rato!

El día de la madre viene cargadito de empalagosos mensajes que nos bombardean a diestro y siniestro desde todos los ángulos, y no hay manera humana de escaparse de ellos a no ser que nos retiremos a una isla desierta durante los días previos y las 24 horas de la jornada en cuestión. Si no llegan a través de las ondas hercianas nos sorprenden en los carteles que flanquean las carreteras o nos torpedean de la mano de amigos y familiares en las aplicaciones móviles y redes sociales más comúnmente utilizadas.

Celebramos el día del padre y el de la madre, sí, tradición marcada por nuestra cultura judeo-cristiana, que pretende perpetuar así las figuras de José y María, esos por lo visto devotos y amantísimos ‘progenitores’ de Jesucristo. Luego se encargaron los grandes almacenes de aprovechar la coyuntura para meternos la idea a presión utilizando edulcorados anuncios que nos mueven a actuar en consecuencia, es decir, a consumir y a comprar para nuestros amorosos, en teoría, padres y madres.

Los colegios también se esmeran para que sus alumnos lleguen a casa portando alguna hermosa manualidad con la que obsequiar a sus queridísimos padres, aunque papá y mamá salgan del paso y a menudo ni se molesten en colgar la obra de arte en cuestión que con tanta ilusión ese niño ha realizado, de nuevo pensando que sus papás le querrán mucho cuando llegue a casa con tamaña muestra de creatividad y de amor incondicional para encontrarse tal vez con que están muy ocupados haciendo otras cosas más importantes y la mirada, si acaso, durará un minuto.

Todas esas frases hechas que estoy harta de ver y escuchar en todas partes estos días me retumban en la conciencia vacías de sentido y huérfanas de significado. No es cierto a veces que madre haya solo una y a menudo apenas si hay una sola, o media siquiera, ni tampoco es verdad que esa madre sea precisamente la mejor madre del mundo.

Mi madre no es la mejor, no; es simplemente la mía, la que me tocó en vida, seguramente porque tiene algo que enseñarme y porque yo tengo que enseñarle algo a ella también. Más aún, ahora que somos adultas las dos, mi madre es ante todo una mujer, como yo lo soy ahora tras caminar a su lado todos estos años. Una mujer en la que me miro para aprender de mí y de la historia de mi familia, para comprender cuando puedo qué hemos hecho con lo que teníamos y a dónde hemos llegado, de qué necesitamos desprendernos para seguir adelante con frescura y salud. 

Mi madre no es perfecta, no; es una mujer que un día fue una madre joven y en gran parte muy inconsciente también; pero antes fue niña, una niña que creció en tiempos difíciles y que avanzó como pudo tropezando y levantándose, también con los apoyos y las carencias que su propia madre desplegó para ella, atravesando cada obstáculo como buenamente pudo, y sin duda, con muchas menos herramientas de las que luego ella pudo poner a mi disposición.

A mí personalmente me sirve de bien poco repetir esos manidos mantras que quieren hacer de nuestras madres súper mujeres con capa y súper poderes. Enhorabuena a los que así lo sientan, pero yo, con todos mis respetos, me permito cuestionarlo y en cualquier caso, me bajo de ese carro que no me lleva a ningún lugar al que yo quiera ir. Prefiero ir a pie y seguir sintiendo que mi madre no es una heroína de comic ni de telenovela sino una mujer de carne y hueso que la pifió muchas veces y acertó algunas otras. Que lo hizo siempre lo mejor que supo y pudo. Si dejo de verla como esa mujer real comienzo a no entender nada de mis dolores y mis miedos de niña.

A esa niña que fui y que aún habita en mí le debo el respeto que supone mirar ahora a mis padres con humildad desde la madurez, siendo consciente de sus luces y sus sombras, en lugar de quedarme sólo con un disfraz efectista y mentiroso. ¡El carnaval dura sólo unos días al año, por favor! Aunque haya pueblos y países que queramos alargarlo eternamente (lo cual, por cierto, también dice mucho de nosotros como pueblo o como nación). Luego la vida real se abre paso jornada a jornada, cada día, cada noche, con cada baño, con cada plato que cocinamos, en cada sentarse a ayudar a ese niño con sus tareas del cole, a desenredarle el pelo con dulzura y paciencia, a metérselo en la cama cuando está asustado, a escucharlo con atención cuando siente la inquietud, a validar sus sentimientos y sus miedos especialmente cuando no los entendemos…

Y mientras estoy a la greña con el dichoso día de la madre me revuelvo también ante ese mito televisivo que también nos han querido colar con calzador: la implacable madre coraje de Baltimore, acribillando a su hijo adolescente a golpes e insultos en mitad de la calle ante los ojos del mundo. Para mí es la muestra más evidente de la violencia que se ha desplegado durante los últimos días en esta ciudad sacudida por las revueltas raciales.

Veo la actuación de esa madre y comprendo perfectamente que su hijo estuviese inmerso en la contienda. Si ésa es la actitud que con tanta naturalidad revela en plena calle, imagino que lo que se vive en casa tiene mucho que ver justo con eso. Guerra dentro y guerra fuera. Madres que golpean e insultan a sus hijos para ‘salvarlos’ de un peligro mayor darán como resultado seguro hijos que amparados por antifaces y pasamontañas arrojan cócteles molotov a la policía y vandalizan calles y parques.

La violencia genera violencia y en este caso más que nunca (hablando de madres e hijos), el fin no puede justificar los medios. Dudo mucho que cualquier joven que ha crecido amparado en un hogar amoroso y respetuoso se lance sin más a la batalla campal de las calles. Los padres que construyen un nido así de confortable tienen seguro otros recursos para 'proteger' a sus hijos y para animarlos a que salgan a la vida luego por su propio pie, bien provistos.

¿Le hará un regalo ese hijo vapuleado a su madre coraje en el susodicho día? Tal vez le compre unos guantes de boxeo…

En cualquier caso, y retomando mi hilo, lo que yo me pregunto cada año es, ¿para cuándo un día del hijo y de la hija, un día de los hijos?

Porque si algo tenemos en común todos, absolutamente todos los mortales, seamos o no padres o madres, vivamos solos o en pareja, célibes o  promiscuos es que somos hijos e hijas de alguien, los hayamos o no conocido.

Celebrar que somos hijos es celebrar la vida y hacer partícipes a todos los que nos la entregaron. Celebrar el día de los hijos e hijas significaría verdaderamente incluir, y posiblemente ya no habría más días que celebrar porque ahí estaría todo contenido.

Siempre sostuve desde que era bien que joven que los hijos veníamos a la vida a enseñarles algo o mucho a nuestros padres; que los padres son maestros para sus hijos es una sublime perogrullada puesto que, por supuesto, por ley natural, los padres son siempre el primer referente (y casi el único por mucho tiempo) de sus hijos; incluso cuando están ausentes (que ya es decir).

Si estamos aquí como sociedad para continuar reforzando y arropando a papás y mamás con más días del padre y de la madre y con reconocimientos continuados, muy bien: acepto pulpo como animal de compañía; pero sólo cuando comencemos a mirarnos a nosotros mismos como hijos primero, para poder así incluir a nuestros niños y darnos cuenta de que tampoco ellos tienen manual de instrucciones para entender nuestros desplantes, impaciencia y frustraciones. Sin embargo, y a pesar de todo eso, nos quieren sin condiciones y hasta piensan de nosotros que somos héroes y heroínas, los más valientes y las más hermosas del universo conocido. No debe sorprendernos luego que se retracten decepcionados al llegar a la juventud, cuando descubren que sólo somos personas mayores inseguras e incapaces en muchos sentidos, que encierran a un niño asustado y solo dentro de sí. ¡Menudo batacazo!

Los niños, nuestros hijos, nos conectan con ese hijo que fuimos poniéndonos un espejo delante para mirar lo que de pequeños no pudimos ver; para entender ahora que somos mayores y tenemos más recursos; para integrar eso que hemos visto y aprendido y poder así seguir creciendo; para comenzar a ser y a hacer desde un nivel de conciencia más profundo, respetuoso con el niño que fuimos y con los niños que tenemos a nuestro cargo.

Por eso los niños vienen a ser grandes maestros nuestros y a trascender a los adultos que los precedemos, si tenemos la capacidad de acompañarlos mínimamente bien en su proceso. Nuestros hijos, aceptémoslo, van a ser mejores que nosotros, nos van a superar, nos darán mil vueltas en muchos aspectos y esta verdad es un milagro de la vida pues garantiza la evolución y la supervivencia de la especie.

Madres y padres respetuosos, conscientes y amorosos que puedan mirar su infancia con valentía y a sus hijos con orgullo y humildad es lo que necesitamos como sociedad para seguir avanzando.

Afortunadamente, tal vez por la especificidad de algunos de los círculos en los que me muevo, escucho a muchos progenitores afirmando cuánto aprenden de sus hijos y qué quiebre tan profundo ha supuesto para ellos traerlos a la vida y tenerlos como compañeros de ruta. Ojalá esa actitud sea genuina en todos ellos y se propague viralmente y sin medida porque justo eso es lo que precisamos.

El gran trabajo de esta vida para todos y cada uno de nosotros consiste en ser hijo y tomar conciencia de todo lo que esa ‘hijedad’ (palabra inventada, sí) supone, con madres y padres incluidos, mirándolos sencillamente como los hombres y mujeres que son, sin más maquillaje, con menos máscaras y abalorios, desnudos y desprovistos de todo ropaje accesorio que oculte cicatrices, marcas y tensiones. Sin vergüenza. Sin miedo. Dispuestos y disponibles.  

Entonces, ¿para cuándo un día del hijo?

Como no voy a quedarme esperando a que nadie lo haga por mí, aquí y ahora, a ti que estás leyendo esto te digo: ¡felicidades por ser hijo y por haber llegado hasta aquí! Hoy es tu día y mereces celebrarlo.

 


"Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad."


Kahlil Gibran

Comentarios (2)

Imagen de Anuchi

Anuchi dice:

11/05/2015 - 09:47

Fantástico post. Coincido contigo en la pesadez del "Día de la madre", "Día del padre", y tantos más... ‘hijedad’, me encanta. Soy hija, sí, gracias por tus felicitaciones que mando de vuelta. Besos
Imagen de Gloria

Gloria dice:

13/05/2015 - 08:02

¡Cuánto me gusta coincidir contigo, bonita! :) Felicidades, de nuevo.

Deje sus comentarios