16
Dic.
2015
0
com.

Entusiasmados

The Beatles, Help, de Isabelle Dillard


Yo tenía pensado publicar hoy un artículo que iba a versar sobre la oratoria y/o la (in)capacidad de comunicación de nuestros políticos, conectando con nuestra actualidad más inmediata, en España y en otros países (Argentina, Venezuela, EEUU…)

Ése era mi plan, pero la vida manda y me lo ha trastocó de repente. Porque navegando en internet ayer martes, y concretamente zambulléndome en una página que es todo un referente de inspiración y de creatividad para mí (aprovecho para recomendaros que os peguéis como lapas a Cultura inquieta y también a Yorokobu; jamás os arrepentiréis; de hecho, lo único que lamentaréis será no pasar más tiempo allí o incluso no haberlos conocido antes, si es que os los acabo de descubrir yo ahora), encontré a unos niños que me cautivaron.

Son cinco, de entre 10 y 13 años, gallegos y músicos. De la mano de su profe han creado una banda de rock que se llama Furious Monkey House. Por supuesto, tienen una web fabulosa y perfil en varias redes sociales. Y emanan algo que me ha fascinado y que siempre me encandila cuando lo descubro en las personas: alegría y entusiasmo. No de boquilla, ni pose. Auténticos, genuinos, entusiastas y alegres de verdad. ¿Por qué lo sé? Porque se me ponen los pelos de punta y me emociono cuando los veo y los escucho. Esos indicadores son fidedignos. No me fallan nunca.

 



Dice el DRAE:
 

entusiasmo
Del lat. mod. enthusiasmus, y este del gr. ἐνθουσιασμός enthousiasmós; propiamente 'inspiración o posesión divina'.
1. m. Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive.
2. m. Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño.
3. m. Furor o arrobamiento de las sibilas al dar sus oráculos.
4. m. Inspiración divina de los poetas antiguos y de los profetas.


Exaltación, fogosidad del ánimo, adhesión fervorosa, furor, arrobamiento, inspiración. Entusiasmo.

A pesar de la falta de apoyo de muchas administraciones en algunos casos (y si aún no lo has hecho, te pido por favor que apoyes la causa de estas familias para que sus hijos puedan seguir estudiando música en su pueblo), el talento y el entusiasmo pujan por salir a la luz.

Yo fui una nefasta estudiante de violín aunque sí aprendí a amar la música, que es ahora una parte importante de mi vida. Afortunadamente para nosotros, otros miembros de mi familia lo hicieron infinitamente mejor que yo, y se han convertido en músicos y profesores vocacionales que dan vida a sus aulas contagiando de conocimiento pero también de entusiasmo y de amor por la música a sus alumnos (niños y adultos). Desde aquí celebro la dedicación y alegría de nuestros violinista, pianista y saxofonistas, porque sois enormes y os quiero y os admiro infinito. 

Mención aparte a mi primo Antonio, guitarrista y flamencólogo, que muy jovencito (aún lo es) se lanzó al mundo montando una empresa de enseñanza de música (y de danza y mucho más) en las poblaciones de Córdoba que no cuentan con un conservatorio elemental. Son las conocidas como escuelas municipales de música, dependientes de las inversiones de los ayuntamientos locales. Un trabajo el suyo de conquista y reconquista cada año, de diseño y construcción de proyectos (cursos de verano incluidos), de negociación de contratos, de coordinación y confianza, de entusiasmo cultivado día a día para que mantenerse en alza, generando no sólo puestos de trabajo sino también despertando el amor por la música entre personas de todas las condiciones. Que el aprendizaje de la música esté al alcance de cualquier persona interesada. Me parece una labor loable, digna de reconocimiento y de alabanza. 

Las historias que mis familiares músicos nos traen de sus clases, de sus alumnos y familiares, los conciertos y espectáculos que organizan, la manera en la que acompañan denota casi tanto o más entusiasmo aún que el que sienten sus estudiantes. Enseñar música es una manera de ganarse la vida, por supuesto, ¡pero qué manera, señores!

Porque la música no es sólo un arte, es una puerta al autoconocimiento, un revulsivo, un placer, un motor, un modo de entender la vida, un espacio de magia y de convivencia que da al traste con las fronteras, sean del tipo que sean. La música emociona, mueve almas, acompaña y sana. 


Hace unas semanas, en una reunión familiar muy feliz y gracias a mi primo, Javier Riba (uno de sus maestros y compañero de profesión que también hacía parte de la fiesta) se calzó la guitarra para tocarnos una pieza. No puedo describiros la belleza, la sensibilidad y delicadeza que transmitía abrazado a su guitarra. Las notas, la melodía, la composición eran hermosas, pero su ejecución, su entrega al instrumento fundiéndose en una comunicación cálida y sincera, me elevaron a una emoción profunda, y al llanto. (Hace unos días, por cierto, le oía a un músico decir que muchísimos compositores, a pesar de ser también intérpretes, eran conscientes de que otros interpretaban sus composiciones infinitamente mejor que ellos mismos, con más verdad y emoción. Por eso tan importante es una realidad como la otra, y unidas, son el acceso al paraíso).

Los Furious Monkey House tienen a un profe con careta de mono que sin duda los anima, los motiva y los acompaña a cada paso. Sin él seguro que tener una banda de rock & roll habría sido sólo un sueño para estos niños. Igual que seguro lo fue para él en su día: un sueño pensar que podría acercarse a sus adorados The Ramones o The Pixies.

Además del profe están los padres, por supuesto, que sin duda han ejercido una papel clave en el mantenimiento de este entusiasmo y en el cumplimento de la aventura de sus hijos. Quién si no los padres los animaron o apoyaron para estudiar música en un principio, los llevan y traen de las clases, invierten en partituras e instrumentos. Cuando los niños se van ilusionando y a medida que van despuntando, ven que esto de la música les hace felices, que lo disfrutan y les divierte; seguro que les alaban el esfuerzo, las ganas, les aplauden los ensayos y el empeño, soportando amorosamente los ruidos que se escapan de la habitación donde sus hijos practican, motivando su creatividad, invirtiendo para grabar una maqueta, para hacer un videoclip, para promover un concierto, ¡para plantarse en Abbey Road, con la energía de The Beatles vibrando en el espacio, a grabar un disco!

Hubiese sido bien difícil para estos niños llegar a donde están sin adultos que los acompañasen de una manera tan entregada e ilusionante. No importa si el sueño va a seguir, si pasarán la adolescencia, la juventud y la madurez juntos como monos furiosos. No importa si la banda progresa o si se extingue mañana. Tampoco importa si se convierten o no en ídolos de masas, como esos que cuentan con millones de seguidores en las redes, que hacen del epatar y de la provocación una seña de identidad, que se pavonean caprichosos y cambian de imagen tanto como de ropa interior. No importa porque estos son otro tipo de músicos o de artistas. Son productos, están hechos, diseñados y empaquetados a la medida de un público con la única intención de vender, el tiempo que sea. La aceptación de las masas, el convertirse en ‘populares’ es menos valioso que el llegar hasta esos seguidores que nos van a tomar como somos, y por ello nos van a amar, a seguir y a elevarnos para lograr nuestro sueño. 

Lo realmente importante es que estos niños sigan haciendo algo que aman y que les divierte, porque en eso consiste ser niños y ésa es la clave para convertirnos en adultos plenos y felices. Estos niños hacen música, y con ella nos llevan a vibrar a los demás, elevándonos para alcanzar también nosotros emoción y felicidad. Cómo se deben sentir ellos, los músicos, en el escenario y ante su público, sólo puedo imaginármelo. También me pone los pelos de punta.

Confío en que estos padres y profesores sepan seguir apoyando a los Furious Monkey House de una manera ecológica, sin abusos, sin excesos, permitiendo que los niños sigan siendo niños mientras la edad les dé para eso, sin hacerlos mayores antes de tiempo, sin alimentarse de ellos volcando sus frustraciones juveniles o aprovechándose de su energía tan pura para dejarse seducir por intereses mercantilistas. Ojalá así sea porque los niños (ya sean músicos, artistas de cualquier sello, deportistas, cocineros, bailarines, escritores, mecánicos, ingenieros...) son menores y merecen nuestro amparo y protección, nunca nuestra vampirización. (Otro inciso para denunciar el horror de los niños 'artistas profesionales', a los que se saca a la palestra y se los expone desde plataformas que se los exhiben y utilizan para obtener un claro beneficio económico, aunque por razones obvias se autocamuflen, padres y medios, de hadas madrinas que hacen realidad los sueños de estos niños).

Si estos principios básicos de respeto y amparo al menor se salvaguardan, pase lo que pase con esta banda, con todos nuestros niños artistas, tendremos todo un final feliz.

Clásico, pop, rock, electrónico, flamenco… No importa el estilo, lo que importa es hacerlo desde la verdad, la diversión, la emoción y el entusiasmo.

Y ahora no estoy hablando sólo de música ;-)

 

 

"Hay una música del pueblo,
no sé decir si es un fado
que oyéndola es ritmo nuevo
para el ser que llevo guardado.

Oyéndola soy quién sería
si desearía ya fuese ser.
Una simple melodía
de las que aprendes al vivir.

Y la oigo arrebatado y solo.
Es eso lo que yo quise.
Perdí la fe y el camino.
Es feliz quién yo no fui.

Pero es tan consoladora
la vaga y triste canción
que mi alma ya no llora
ni ya tengo corazón.

Soy una emoción lejana,
un error de sueño ido.
canto de cualquier manera
¡y acabo con un sentido!"

Fernando Pessoa

Añadir nuevo comentario