16
Sep.
2015
2
com.

Sobre el dolor

Pain, del artista ucraniano Pavel Guzenko.



Recuerdo haber padecido de niña algunas picaduras de avispa (estando como estábamos más afuera, en el huerto de mis abuelos, rodeados de plantas, flores y con una parra inmensa haciendo de toldo) sobre las que mi abuela me aplicaba una cataplasma de tierra mezclada con vinagre que aliviaba rápidamente el dolor. Sin embargo la punzada de malestar era bien intensa y yo lloraba mucho al sentirla, hasta que llegaba el alivio de manos de mi abuela. Hace unos años, caminando descalza por el césped y sin darme cuenta, pisé una avispa que necesariamente me picó, y de nuevo sentí el dolor intenso, aunque ni sombra de lo que recuerdo haber sentido en mi infancia.

Igual me pasa si pienso en el dolor de ovarios y riñones de aquellas primeras reglas en mi pubertad; lo difícil que me resultaba concentrarme en clase porque sólo podía enfocarme en eso; lo que me hubiese gustado quedarme en casa tranquila (claro que tal y como lo tenemos montado, las mujeres hemos perdido socialmente el derecho a quedarnos con nosotras mismas esos días de nuestro ciclo, atravesando esa mini-experiencia de duelo que supone liberar un óvulo muerto que no ha sido fecundado y que a su paso araña y arrastra jirones de nuestro ser más interno; en lugar de respetar y darle entidad a esa faceta tan real de nuestra naturaleza, lo tapamos cuanto podemos, nos empastillamos y salimos afuera, a veces para fingir, otras para recibir comentarios despectivos sobre nuestra condición, que nos tragamos tan ricamente y que incluso les dedicamos a otras cuando se da la ocasión; en fin, eso da para otro post). Ahora que soy mayor la sensación de la menstruación es llevadera y puedo vivir con ella de una forma más fluida; aunque también es cierto que, siempre que puedo, me permito ese día de retiro conmigo misma para cuidarme, como sabiamente me pide mi cuerpo.

Así que el dolor es una realidad que permanece con nosotros desde el principio hasta el fin de nuestra existencia, y lo que cambia es nuestra capacidad para gestionarlo, en parte como consecuencia de la experiencia vital que ya hemos atesorado y también porque, debido a esas vivencias acumuladas, somos más conscientes del origen y las consecuencias de ese dolor. Por tanto, nos sentimos más con control de la situación, más autónomos y capaces, y eso ayuda muchísimo a transitarlo de una manera más ecológica y saludable. Al menos en principio.

Venía pensando en esto desde hacía tiempo, valorando no sólo el dolor físico, como los ejemplos que anoto arriba, sino también el dolor del alma, uno que por ser menos visible parece que no existe, y nada más lejos de la verdad.

Hace unos días estaba en casa con los auriculares puestos y aún a través de ellos me pareció escuchar unos gritos desgarradores afuera. Me quité los cascos y efectivamente, eran gritos de una niña. Me asomé a la ventana y pude ver tirada en el sueño a una niña de unos 7 u 8 años, con su perrito blanco cogido de la correa, llorando desconsoladamente y pidiendo ayuda. Le grité que qué le pasaba y me dijo que se le habían caído las llaves por la rejilla de la alcantarilla. Le dije que bajaba enseguida.

Al llegar me encontré a mi vecina Elena allí también, que con su medio-español procuraba descubrir qué le pasaba a aquella niña y consolarla. La apartamos de la carretera y le pedí que nos contara qué le pasaba, y ella, con el corazón encogido y llorando aún, repitió el episodio de las llaves, mostrándonoslas acongojada. Procuramos tranquilizarla: “Vale, tranquila, vamos a buscar una solución juntas; ella es Elena, mi vecina, y yo me llamo Gloria, vivimos ahí enfrente, somos vecinas tuyas y los vecinos nos ayudamos entre nosotros; verás cómo lo vamos a solucionar. Quédate tranquila, ¿de acuerdo? ¿Hay alguien en casa o estás tú solita?

Estaban su padre y su hermano, decía; yo la animé a volver a casa pero ella no parecía querer ir sino que necesitaba resolver el problema. Salió Guillermo, mi vecino bombero de abajo (nuestro héroe particular). Le contamos lo que pasaba, volvió a casa y trajo una percha con la que hizo gancho y consiguió alcanzar las llaves de Gabriela, que es como se llamaba la niña. Ella iba relajándose poco a poco; dejó de llorar, su pulso bajó de intensidad. Guillermo le enseño cómo podía enganchar el llavero en la correa de su perrito la próxima vez que lo sacara a pasear y así no se le volverían a caer las llaves. Y ya, con el asunto resuelto y más tranquilos, nos marchamos cada uno a nuestra casa.

Si es o no conveniente que una niña de esa edad salga sola a pasear a su perro, yo no lo sé. Dependerá de la niña y sobre todo de los padres de esa niña (si han sabido acompañarla antes y habilitarla para que pueda cumplir con esa tarea, si ella se siente segura y cómoda haciéndola…) En cualquier caso eso, y su negativa a volver a casa sin las llaves (a saber si intuía que podía recibir una respuesta poco agradable al presentarse así en casa…) serían también asuntos para otro jugoso artículo.

Lo que me interesa destacar aquí es algo tan natural e invisible como la sensación de peligro o de dolor que las personas podemos sentir y cómo nos embarga cuando aparece. Eso es tan real como que lo sentimos, y no importan las construcciones mentales que otros desde fuera puedan hacer; la vivencia es ésa, de terror o de dolor. Y las personas que acompañamos desde afuera tenemos que darle entidad a esa sensación, no podemos acompañar si no la respetamos y respetamos así el sentir del otro, mucho más aún si es un niño.

En esta época del año tenemos a muchos pequeños que se incorporan de nuevas o no a sus guarderías y colegios, y en principio, esa separación de sus padres, familiares y rutinas necesariamente va a ser traumática y dolorosa, igual que lo es para nosotros adultos una mudanza, un exilio o el primer día de trabajo en un entorno nuevo. Es duro, es difícil, es muy doloroso a veces. Pero nosotros ya somos mayores y llevamos a cuestas una caja de herramientas más o menos provista de la que podemos echar mano para buscar soluciones. Y aún así, a ratos, vamos a necesitar encerrarnos en el baño para respirar profundo y controlar el llanto o para dejarnos llorar a mares y soltar así la tensión emocional acumulada, el temor y la intranquilidad que nos invaden.

Pero a los niños queremos engañarlos diciéndoles que todo está bien, que se lo van a pasar de fábula, que van a jugar todo el día con sus amiguitos y que el cole es un lugar maravilloso. ¿Por qué? ¿Por qué hay juguetes por todas partes y todo está pintado de colores? Por muy bonito que lo maquillen, ese lugar es para ellos un entorno hostil por ser ajeno, y lo que quisieran es quedarse en su guarida, donde se sienten seguros y protegidos, donde todo les es familiar, acompañados por las personas que quieren porque son los que conocen y los que los mantienen con vida.

Tristemente los niños tenemos que acostumbrarnos, o 'adaptarnos', como solemos decir, porque de lo contrario no podríamos continuar dentro del sistema; pero démosle entidad a su dolor y pongámosle palabras a lo que sienten, especialmente si son tan pequeños que aún no hablan, e incluso aunque puedan articular discurso: “ya sé que esto es doloroso para ti, que nos echas de menos, que son muchas horas fuera de casa…” No es tan difícil saber lo que pueden sentir. Nosotros mismos hemos pasado por ahí un millón de veces, y aún lo hacemos en otros contextos. ¡Imaginemos, practiquemos el pensamiento analógico, pongámonos en su lugar!

Que no nos extrañe si estos niños, al cabo de unos días asistiendo a sus centros, presentan comportamientos distintos a los habituales o nos sorprenden con salidas o con síntomas inusuales. Es su manera de gestionar el trauma, de mostrarnos que algo les está sucediendo por dentro. Y eso es tan real como que respiramos. Eso es importante para ellos, tiene valor y es nuestra responsabilidad como adultos dárselo y acompañarlos desde esa empatía incondicional.

En la fundación donde hago mi voluntariado trabajamos, desde los cuidados paliativos, con personas que se encuentran en estadios muy avanzados de su enfermedad. Cuando llegan, la enfermera les hace una entrevista en la que les pregunta, del 1 al 10, cuál es el nivel de dolor que habitualmente soportan. Algunos dirán un 3, otros un 8, pero desde el primer día de formación nos lo dejaron bien claro: cuando una persona dice que siente dolor, es porque lo siente. No podemos medirlo ni equipararlo con el de otros. Su sensación es suya, real, y nosotros tenemos que tomarla como tal. No vamos a decirles “eso no es nada, no será para tanto” porque no tenemos ni la más remota idea de lo que el otro está sintiendo. Si no validamos lo que nos dice, estamos desdeñando a la persona y a su sentir.

La manera en la que medimos y soportamos el dolor o las dificultades va sin duda evolucionando a medida que vamos creciendo. Una picadura de avispa puede ser un abismo de dolor para un niño, mientras que de mayores, el mismo dolor se puede tornar soportable porque ya tenemos otras maneras de atravesarlo.

Como en otras ocasiones, aquí el aprendizaje y la reflexión que os dejo también es doble:


1- ¿Cómo atravieso yo mis crisis, traumas y dolores?

2- ¿Cómo acompaño a otros en los suyos?



No es un asunto baladí. Yo diría que es una cuestión de vital importancia.

 

 

“Quiero llorar mi pena y te lo digo
para que tú me quieras
y me llores en un anochecer de ruiseñores,
con un puñal, con besos y contigo.”


(Fragmento del poema Quiero llorar mi pena, de Federico García Lorca)

Comentarios (2)

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Lola dice:

18/09/2015 - 17:44

Que impresionante forma de condensar compañera!!! Que forma más linda de poner palabras a algo tan Complejo.
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Gloria dice:

20/09/2015 - 15:02

Gracias, Lola, de corazón. Me ha costado condensar, ésa es la verdad, aunque me alegro de que el sentido esencial haya quedado claro. ¡Al menos para ti y para mí! Un gran abrazo sin fronteras.

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