16
Mar.
2016
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com.

Derechos humanos

Ilustración de Beatriz Martín Vidal

"Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles, a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional, a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad, y con tales finalidades a practicar la tolerancia y a convivir en paz como buenos vecinos, a unir nuestras fuerzas para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, a asegurar, mediante la aceptación de principios y la adopción de métodos, que no se usará; la fuerza armada sino en servicio del interés común, y a emplear un mecanismo internacional para promover el progreso económico y social de todos los pueblos, hemos decidido aunar nuestros esfuerzos para realizar estos designios.
Por lo tanto, nuestros respectivos Gobiernos, por medio de representantes reunidos en la ciudad de San Francisco que han exhibido sus plenos poderes, encontrados en buena y debida forma, han convenido en la presente Carta de las Naciones Unidas, y por este acto establecen una organización internacional que se denominará las Naciones Unidas."
Preámbulo a la Carta de las Naciones Unidas, 26 de junio de 1945

Eso es lo que acordamos, lo que nuestros gobernantes, esos que nosotros mismos (si hemos podido conquistar el derecho) elegimos en las urnas aproximadamente cada cuatro años, firmaron en nuestro nombre hace 71. 

Llevo semanas que, cuando me siento a escribir el artículo del miércoles, ando con este runrún en la cabeza sobre el asunto de los refugiados; porque hace no ya semanas sino meses (e incluso años, si pensamos en la llegada continua en pateras de inmigrantes a nuestras costas, una realidad tan macabramente habitual en nuestro Mediterráneo) que asistimos casi impávidos al drama de tantísimas personas que se han visto forzadas a abandonar sus hogares y sus países, con sus hijos a cuestas, para salvar sus vidas o para encontrar un lugar donde comenzar de cero, principalmente porque la violencia, el rechazo y la guerra en sus lugares de origen se han instalado para expulsarlos o para extinguirlos. 

Por tanto, ese objetivo principial de las Naciones Unidas de "preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra" está bien lejos de haberse rozado siquiera. Un fracaso estrepitoso como civilización. Pero más allá de eso, es una demostración delirante de nuestra incapacidad y de nuestra profunda y vergonzante inhumanidad

Esta semana ya no quiero contenerme más. Más que ninguna otra realidad, esta situación despierta en mí emociones y sentimientos de enfado y de tristeza.

Se ponen de manifiesto la perversidad, la ignorancia y el miedo inabarcable y ponzoñoso de los perpretadores; y también la ceguera consciente, el interés individual, el egoísmo más aberrante y la insolidaridad de nuestros gobernantes (insisto, esos que nosotros mismos votamos para que nos representen).

Me resistía a escribir sobre este asunto en un blog que nació para compartir información sobre crecimiento personal, y de pronto me doy cuenta de que si esto que tenemos entre manos y que está sucediendo aquí y ahora no nos lleva al autoconocimiento y al desarrollo personal y social, no sé qué otra manera más eficaz puede existir de lograr ese objetivo.

Mirar verdad, tomar conciencia, adentrarnos en la sombra, vivir desde los valores de la convivencia y el respeto, entender que el amor lo puede todo y que sin amor sólo existe la destrucción y el dolor, darnos cuenta de cuál es nuestra cuota de responsabilidad en todo lo que sucede a nuestro alrededor...

Porque todo lo que sucede tiene que ver con nosotros. Aunque no seamos sirios, ni saharauis, ni subsaharianos, ni negros, ni hayamos pisado jamás un campo de refugiados. 

Si quiero, si queremos conocernos mejor y crecer más conscientes como personas, es necesario y de vital relevancia que miremos esto que está pasando, y por tanto, que yo escriba aquí sobre ello. Porque sin duda es autoconocimiento, y desarrollo personal, e incluso un ejercicio terapéutico tanto escribirlo como leerlo. Al menos para mí.

Algunos de nosotros no queremos ver las noticias, nos cuesta asistir como espectadores al dolor, la miseria, la desesperación y la muerte de todos estos seres humanos, sean del país que sean. Entonces evitamos los telediarios, cambiamos de canal o de emisora y volvemos la vista a otro lado. 

Esta actitud, que entiendo como un mecanismo de defensa, encierra también una negación inconsciente del hecho violento, del abuso que estas personas, los refugiados e inmigrantes, están sufriendo. Tal vez conectar con sus vivencias tan duras nos lleve a algún lugar muy oscuro y oculto de nuestro pasado, del pasado de nuestros antepasados, y entonces se despierta un dolor propio que tan devotamente nos habíamos empeñado en tapar. Sin embargo, eso demuestra precisamente que en verdad somos uno, y que lo que le sucede al otro me está sucediendo a mí mismo.

Negar o no darle entidad a la violencia y al abuso cuando suceden, es de una crueldad y de una perversión casi tan atroz como lo es el perpretarlos.

Por eso es necesario que veamos o escuchemos las noticias, que estemos al tanto de lo que está sucediendo, que entendamos los cómos y los para qués, que cultivemos una conciencia amplia y crítica, pues es la única manera de crecer y de tomar decisiones que resulten más acertadas y beneficiosas para nosotros y para todos los que nos rodean. Sin conciencia, vamos a tropezar a cada paso y vamos a arrastrar en nuestra caída al otro. Sin conciencia, vamos ciegos, sordos y a rastras por la vida. ¿Y qué forma de vivir es ésa? Ya lo estamos viendo a diario.

Nuestro trabajo es permanecer verazmente informados (este podcast por ejemplo es una ventana de información clara, como lo son todos los programas emitidos por Coordenadas, de Radio3, de lunes a jueves entre las 22:00 y las 23:00, hora peninsular), mirar con amplitud, conectar con el otro; y darnos cuenta de que eso precisamente es lo podemos hacer nosotros desde nuestros lugares y hogares.

Saber que esa realidad existe, nombrar la verdad, movilizarnos cuando nos sea posible (como van a hacer hoy mismo muchas personas en mi ciudad de origen) y cuando veamos y escuchemos a nuestros políticos hablar, permanecer atentos, sintonizando bien nuestro receptor interno, y tomando decisiones conscientes en cada visita a las urnas; porque aunque tantos nos resistamos a la política (de nuevo, movidos por esa ceguera selectiva que aquí viene cubierta de indolencia y de irresponsabilidad), somos nosotros con nuestros votos, con nuestras simpatías y fobias, los que les damos voz y les entregamos el poder a los que luego van a decidir por nosotros. Ya está bien de escurrir el bulto unos y otros, ciudadanos y gobernantes. Estamos hablando de cuestiones serias por relevantes, vitales. Estamos hablando de humanidad, de personas, de bienestar y de desarrollo.

Sólo asumiendo lo que a cada uno nos corresponde vamos a poder avanzar. Es la revolución silenciosa que cada uno de nosotros puede poner en marcha a diario y ya no valen más excusas, ni la indiferencia. Todos tenemos que posicionarnos; tomar las riendas de lo que está bajo nuestro poder de actuación. 



"Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros." Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos


Leer este artículo 1 y mirar la realidad tal y como se despliega ahora resulta de una ironía hiriente, vergonzante, removedora.

Ojalá nos removamos tanto que consigamos despertar y hacer en pro de la humanidad, y especialmente, de los más vulnerables. 

 
 

"Quiero una huelga donde vayamos todos,
una huelga de brazos, de piernas de cabellos,
una huelga naciendo en cada cuerpo.
Quiero una huelga
de obreros
de palomas
de choferes
de flores
de técnicos
de niños
de médicos
de mujeres.
Quiero una huelga grande
que hasta el amor alcance.
Una huelga donde todo se detenga,
el reloj
las fábricas
el plantel
los colegios
el bus
los hospitales
la carretera
los puertos.
Una huelga de ojos, de manos y de besos,
una huelga donde respirar no sea permitido,
una huelga donde nazca el silencio
para oír los pasos
del tirano que se marcha."


(Poema Huelga, de Gioconda Belli)
 

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