14
Oct.
2015
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com.

Por dentro

Healing wound, de la artista mexicana Regina Davis Izaguirre.



En este país nuestro, salvo en determinadas círculos muy específicos, esto de mirarse por dentro (y no me refiero a las vísceras y a las venas, que a eso sí que somos muy aficionados) es algo extraño, incómodo, absurdo incluso para muchos, impensable para la gran mayoría.

No existe una cultura del auto-conocimiento, de la indagación personal, del desarrollo interior pleno y holístico del individuo. Muchos mantenemos la creencia de que eso de la terapia es para los que están mal de la cabeza, sin saber muy bien qué significa eso de estar mal de la cabeza. Tal vez pensamos que, sea lo que sea, la terapia está destinada a los diagnosticados de males mayores: depresión, esquizofrenia, bipolaridad, transtornos de la personalidad... ¡Eso sí que son problemas, pensamos! Y las personas que los padecen, los candidatos para hacer terapia, pobres, no nosotros, tan inteligentes y capaces, tan autosuficientes y válidos. 

Nos equivocamos si pensamos que estamos por encima o por delante de estas personas. Tal vez sólo son más sensibles que nosotros, más intuitivos, menos reprimidos, más valientes incluso porque mostraron de alguna forma su malestar yendo o siendo llevados luego a médicos especialistas que los diagnosticaron y medicaron, apagando su singularidad y acallando las alarmas internas que se habían puesto en funcionamiento.

Nosotros, sin embargo, sentimos que podemos arreglárnoslas solos. Por supuesto admitimos que tenemos problemas y dificultades, pero decimos o creemos no necesitar ayuda externa para resolverlos. ¡Nos las arreglaremos! Y sí, siempre nos las arreglamos tarde o temprano, aunque a veces pagamos precios altos por ello, mucho mayores incluso de lo que nos costaría invertir en un profesional de la terapia, del signo que sea, para que nos facilite herramientas y nos acompañe en nuestra toma de conciencia

Si tenemos algo tan serio entre manos como un problema legal, acudimos a un abogado, y no a cualquiera, sino a uno de la especialidad que proceda; si vamos a asistir a un evento de postín, nos ponemos en las manos de un estilista que cuide nuestro peinado, nuestro maquillaje e incluso nuestro vestuario; cuando queremos perder peso o cambiar nuestros hábitos alimenticios, buscamos un endocrino o un nutricionista que nos dé claves saludables y nos acompañe en el proceso... Sin embargo, cuando es el alma la que se resiente, cuando la mente hace de las suyas y toma el control de nuestra vida, cuando la tristeza, el desánimo o la ira se instalan amenazando con quedarse, aún entonces no sentimos que nos corresponda acudir a nadie para buscar salidas y ayudarnos a generar soluciones. 

Problemas de pareja; disfunciones sexuales; rupturas y divorcios; dificultades con los hijos, padres o hermanos; malos tratos; angustias internas; desazón continuada; falta o pérdida de vocación; insatisfacción vital; miedos y fobias; duelos; adicciones; imposibilidad de concebir; temores nocturnos y pesadillas; problemas de autoestima; bloqueos; vacío existencial; infidelidades; accidentes que se repiten; imposibilidad de comunicarnos; violencia; enfermedades...

Realmente no existe persona en el mundo que no sea susceptible de atravesar en algún momento de su vida una dificultad que requiera de apoyo externo. Igual que todos acudimos alguna vez al mecánico (aunque tengamos a alguien muy capaz en casa que cubra las necesidades de nuestro vehículo), al pastelero (a pesar de ser muy diestros para hacer tartas exquisitas) o al pintor profesional (y casi todos podemos tomar una brocha o un rodillo y redecorar las paredes de casa).

Sin embargo acudir a un terapeuta está mucho 'peor visto', nos avergüenza y el gasto que supondría lo justificamos muchísimo menos. ¡Ya tenemos amigos, hermanos, madres y padres para hablar con ellos de nuestros problemas! Pero no es verdad que nuestros seres queridos puedan siempre ayudarnos en las dificultades que atravesamos. La buena voluntad, aunque pueda parecerlo, no es suficiente en estos casos. El camino es siempre la ampliación de nuestra conciencia, y eso, ahora que somos mayores, sólo podemos hacerlo nosotros, a menudo, mucho mejor con ayuda.

Claro que todo lo externo, lo que se ve por fuera nos importa infinitamente más, o eso parece.

Que las fachadas de nuestros edificios y nuestros jardines luzcan impecables y llenos de vida; igual que nuestras cabelleras y cutis, radiantes y plenos de brillo; que nuestros vehículos cuenten con las últimas prestaciones y si es posible, la aseguradora nos garantice la reparación de todos esos arañazos que acumulamos durante el año; que vayamos a la siguiente boda con modelo nuevo, porque eso de repetir vestido cuando vamos a coincidir con los mismos asistentes queda fatal; que nuestros hijos se comporten cuando salimos con ellos a la sociedad y no lloren, ni pataleen, ni monten numeritos y que no se manchen cuando los vestimos de domingo; que viajemos mucho y muy lejos y luego colguemos las fotos que hicimos con nuestro móvil o cámara de última generación en todas las redes sociales en las que tenemos perfil para recibir baños de masas en forma de 'me gusta' o de pulgares hacia arriba...

Todo eso está muy bien y en parte demuestra que nos importa y que nos ocupamos. Pero lo que me resulta triste es que nos ocupemos tanto de todo lo externo dejando desatendida la profundidad de nuestro interior. No podemos sorprendernos entonces de que nuestras dificultades o tropezones se repitan luego en nuestro camino. 

Está muy bien buscar un terapeuta, un acompañamiento profesional, un grupo de apoyo. Está bien y es de valientes, aquí y en las Antípodas. Y no sólo es valiente, sino que es saludable y necesario. Primero para nosotros mismos, luego para aquellos a los que queremos, y por extensión, para el resto de la humanidad. Porque lo que nosotros resolvemos, lo dejamos claro para los que vienen después. Es una responsabilidad enorme y una puerta abierta a las posibilidades.


Son tan perezosos para ayudarse a ellos mismos que pretenden ayudar a los demás”, dijo Gurdjieff. Yo diría que más que pereza es miedo. 

Yo tenía mucho miedo a mirar mis propias tinieblas, que las tengo, como cualquiera. Aunque una vez que me puse a ello, lo difícil de hecho es parar. Tanta es la fuerza de la claridad cuando llega, tan profunda la satisfacción interna y la comprensión que todo lo inunda. Al principio sobre todo duele mucho y podemos revolvernos como fieras heridas, escaparnos incluso. Aunque, masoquismos a un lado, es un dolor que merece la pena.

Por eso los terapeutas honestos han recibido y reciben terapia. Para poder acompañar mejor al otro en su camino.

Hace unos meses alguien me increpaba casi que cuándo iba a dejar de indagar y de indagarme, que si no estaba cansada ya de tanto mirarme por dentro. Sin dudarlo un segundo contesté que nunca dejaría de hacerlo, que jamás abandonaría este camino que tardé en iniciar, simplemente porque me siento mucho mejor que antes de hacerlo y porque la persona que estoy descubriendo dentro de mí me gusta infinitamente más que la que era.


Cuando no somos capaces ya de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiar nosotros mismos”. Eso lo escribió Viktor Frankl, un hombre sabio que sobrevivió a la barbarie de un campo de concentración nazi.

La vida, cuando late fuerte, siempre se abre camino.

 

Cierra tus ojos y verás claramente.
Cesa de escuchar y oirás la verdad.
Permanece en silencio y tu corazón cantará.
No anheles ningún contacto y encontrarás la unión.
Permanece quieto y te mecerá la marea del universo.
Relájate y no necesitarás ninguna fuerza.
Sé paciente y alcanzarás todas las cosas.
Sé humilde y permanecerás entero”.


Lao Tsé

  


 

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