25
Feb.
2015
8
com.

Del yo al tú

Unity of world deaf, de Nancy Rourke


Cuando estaba ya bien asentada en la Costa del Sol, allá por 2004,  y trabajaba aún por cuenta ajena, comencé a percibir un runrún interior con el tema del voluntariado. Pasaban los meses y yo sentía una llamada muy fuerte que iba creciendo. Sin embargo no veía cómo darle salida: con 8 horas y pico en el trabajo más una hora casi de camino (a la ida, y otra hora a la vuelta) me quedaba sin opciones durante el día (o tal vez yo no las supe encontrar o prioricé otras actividades tras la jornada laboral).

En cualquier caso, no era aún mi momento. Así que el comenzar a trabajar por mi cuenta me abrió las puertas a la libertad de horario y de calendario y también a nuevas posibilidades.

Comencé a explorar qué opciones tenía en mi zona, porque me apetecía que fuese algún proyecto local, cercano. Y así fue como di con el Banco del Tiempo de Mijas, aunque tras poco más de un año participando activamente, el nuevo gobierno local consideró que era una opción prescindible, y se extinguió.

Así que volví a mi búsqueda, y después de tocar varias puertas persiguiendo opciones que creí más adecuadas para mí, me acordé de Cudeca, una fundación local con una presencia muy activa en la zona.

¿Por qué una fundación que se dedica a los cuidados paliativos y que trabaja sobre todo con enfermos de cáncer? Yo no había vivido la enfermedad directamente en mi piel ni tampoco muy cerca en mi familia, aunque el cáncer nos toca a todos de una manera más o menos directa. Simplemente pensé que las habilidades de escucha y empatía que sentía muy mías, junto con la fortaleza tras mi experiencia personal durante mi proceso de duelo me capacitaban para poder acompañar al menos por un ratito a enfermos y familiares.

Me hice voluntaria queriendo poder aportar, dar algo a cambio de nada y ahora que llevo dos años formando parte de esa familia me doy cuenta de que esa colaboración me ayuda cada día en mi propio proceso de auto-conocimiento, de crecimiento y de mejora, y que por tanto, sí que recibo algo, mucho de hecho, a cambio de lo que yo doy.

Sé perfectamente, porque así nos lo demuestran a diario, que nuestro trabajo como voluntarios es muy valorado y agradecido por los trabajadores de la fundación y sobre todo por los pacientes y sus familias. A mí me conmueve y me motiva muchísimo sentir ese cariño y ese agradecimiento por su parte, pero realmente, aunque no me paguen con dinero y aunque ellos no lo crean a veces cuando se lo digo, la satisfacción personal que siento es enorme, y realmente es eso lo que me mueve a seguir participando.

Interactuar con estas personas que están en contacto continuo con el malestar, el dolor, la enfermedad y la muerte me aporta una perspectiva de la vida mucho más realista y concreta. Me olvido de mí, de los pequeños, medianos o grandes problemas que llevo a cuestas para centrarme en el otro.

Y esto me lleva a pensar en tantas personas que en algún momento de nuestras vidas, o durante nuestras vidas enteras, padecemos ansiedad, tristeza o depresión crónica, que tras diagnósticos médicos nos medicamos, y sin embargo, la sensación de vacío continúa.

Lo mejor para deshacerse de la ansiedad, la tristeza y la depresión es sin duda enfocarse en el otro, apoyar a los demás, hacer algo por ellos, ayudar en la medida de nuestras posibilidades a nuestros semejantes. Porque así sacamos la mirada de nuestro propio pobre ombligo para mirar a los ojos, si nos atrevemos, y al alma del prójimo. Ahí nos redescubrimos a nosotros mismos, porque estamos todos conectamos y somos piezas del mismo engranaje. Pero en el proceso de auto aislamiento en el que nos sumimos a veces, lamentándonos de nuestros dolores y desventuras, entregándonos casi sin darnos cuenta a un ejercicio cotidiano de egoísmo, nos olvidamos de que es así: que el otro soy yo misma y nosotros somos ellos.

Tender la mano a los demás, dentro de nuestras posibilidades y de acuerdo con nuestras habilidades, para apoyarles o serles útiles resulta revitalizador, enriquecedor y, en última instancia, incluso sanador. Aunque no debe ser la sanación el objetivo inicial que nos mueva a embarcarnos en una experiencia así.

Entendido de esta forma, el voluntariado es para mí una plataforma de crecimiento, de aprendizaje, y un espacio en el que de nuevo, el equilibrio entre dar y recibir y la buena ayuda hacen su presencia y se despliegan de un modo magistral.

Mi experiencia personal en este sentido me ha mostrado sobre todo tres aspectos muy míos de los que he podido tomar conciencia más profunda y sobre los que he podido trabajar aún más hondo:


1- Humildad frente a arrogancia

Mi trabajo como voluntaria en la Unidad de Día es, durante la mañana que paso allí, el de atender a los pacientes que acuden. Les ofrecemos escucha y conversación si lo desean, manicura, peluquería y sobre todo compañía, presencia, cariño y terapias alternativas, entre ellas Reiki o masajes relajantes.

Uno de los masajes que casi todos los pacientes deciden hacerse es el de pies (una compañera reflexóloga me dio unas directrices en mi semana de aprendiz). A mí me encanta que me masajeen los pies. De hecho es algo que me hago a mí misma muy a menudo en casa, por las noches, sobre todo si me siento a ver la tele un rato. Aunque cuando el masaje te lo da otra persona, el placer y el bienestar se multiplica por diez. Entiendo que lo mismo les pasa a nuestros pacientes en Cudeca, y su feedback posterior así lo demuestra; eso, y que vuelven a por más la semana siguiente.

Lavar y masajearle los pies a otras personas es un ejercicio interesante, y para muchos de nosotros, difícil. Un día, no sé por qué, estando manos a la obra con ello me acordé (salvando las distancias, por favor) de cómo Jesucristo practicó este acto de humildad con sus discípulos (Juan, 13:5), que se sintieron indignos de que el maestro se empleara en tal atención.

“Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía.”

Acordarme de ese pasaje bíblico y conectarlo con mi propia arrogancia fue en ese momento como un fogonazo de lucidez. Y me sentí aliviada. Aliviada y agradecida. Aliviada por poder contactar con una parte mía que ahora cobraba sentido. Agradecida por estar en el lugar perfecto para aprender de mi dificultad y mejorar al respecto.


2- Estar disponible para el otro frente a mirarme sólo a mí misma

Cuando nos sentimos mal, cuando atravesamos dificultades, incluso cuando nos sentimos muy dichosos y la vida nos sonríe, tendemos a caer en el ‘yocentrismo’. Pero contactar con realidades externas a las nuestras propias (aunque realmente corran paralelas) nos recuerda que estamos juntos en esto, que lo que a mí me pasa le afecta al otro y viceversa.

Entonces, habilidades como la escucha cobran un valor enorme. Escuchar sin expectativas, sin tener respuestas a menudo, sin conocer las preguntas, sin entender por qué ni por qué no. Simplemente escuchar desde la humildad, efectivamente, con cariño y estando presente para el otro. A veces, eso es lo mejor y lo más grande que podemos hacer por nuestros semejantes. A veces, eso es lo que más necesitamos nosotros mismos del otro.

Además, me doy cuenta de que cuando entro en ese espacio, mis asuntos se tornan secundarios, porque lo acuciante ahí es estar para el otro; así me fortalezco a mí misma, crezco, me aclaro y recompongo el escenario un poquito más.


3- Compromiso frente a individualismo

Yo que siempre he tendido a hacer cosas sola o por mí misma (por las razones que sean, que ahora no vienen al caso, aunque existen), compruebo aquí más que nunca que es desde la unión, las alianzas y la interacción desde donde podemos generar fuerza, riqueza y prosperidad.

Cuando miro a uno, al otro y a los de más allá tomando perspectiva de esa realidad que todos juntos conformamos,  me doy cuenta de que este mundo nuestro es verdaderamente asunto de todos, y que todos por tanto hacemos causa común. Aunque no lo sepamos, porque nos hemos olvidado de ello o porque no somos capaces de verlo, somos parte de lo mismo porque es común, y no atender a ello supone romper una alianza, obviar un acuerdo cuyas consecuencias van a repercutir en la totalidad.

Nutrir, cultivar y cuidar ese compromiso nos hace más fuertes y nos aporta todo el sentido.



La ‘cura’ o la solución a depresiones y ansiedades varias pasa por mirar, atender y servir al otro, cómo y dónde nos sea posible. No es necesario hacerse voluntario en ninguna fundación ni marcharse a África de misionero. Podemos practicarlo a diario con nuestras familias y vecinos, con nuestras parejas y compañeros. ¡Con nosotros mismos!

Aprovecho para compartir aquí un breve artículo de Laura Gutman, que ya ha hablado mucho de todo esto.‘El tejido de la trama humana’se titula. ¡Cuánto me ayuda esta maestra!


“Cuando algo importante nos sucede en la vida, también modifica a nuestros padres e hijos, a amigos y enemigos

Con frecuencia nos pensamos a nosotros mismos como seres separados: Yo soy yo, tú eres tú y el otro es el otro. Cada uno con su vida y su propio devenir, cada uno con sus problemas a cuestas, decisiones, odios o amores.

Pero resulta que somos un enorme entramado de seres humanos, unidos y entrelazados como pequeñas uvas que pertenecen a un racimo que pertenece a una vid que pertenece a un conjunto de vides que se mueven suavemente, al compás de una brisa producida por el viento.

Si observamos desde afuera ese conglomerado de jugosas frutas, constataríamos que el movimiento es general y que por lo tanto opera en cada una de las uvas. Es lógico, porque no puede haber algunas uvas que se muevan y otras que no. El viento alcanza a todas las ramas y a todos los frutos.

Sin embargo desde la perspectiva de cada uva, las cosas se viven de otra manera. Cada uva cree que es autónoma. Es más, las uvas no tienen conciencia de estar totalmente entramadas en kilómetros de vides, ni que dependen de los movimientos de las demás tanto como las demás dependen del movimiento de ellas. Tampoco saben que el viento no es ajeno, ni el sol ni la lluvia ni los días ni las noches. Si no que por el contrario, todos ellos hacen parte del ser uva.

Esto que nos parece tan obvio y evidente frente a una hermosa planta florida nos resulta inabarcable cuando nos remitimos a nuestras pequeñas vidas humanas. Porque todos nos creemos uvas. Suponemos que somos autónomos, que nuestros movimientos son pura expresión de nuestra individualidad.

Que cada uno de nosotros vive lo que le place, decide a solas con su almohada, organiza y desarma con su propia varita mágica como si no dependiéramos de los racimos humanos que a su vez dependen de otros grandes racimos humanos pertenecientes a misteriosos movimientos que bailan el vals del viento.

Pocas veces logramos tener un claro registro de la pertenencia a la red, así como la uva no puede imaginar la inmensidad de la vid. Nosotros no registramos que la Tierra gira sobre su propio eje todos los días ni que se traslada alrededor del sol en apenas un año.

Cuando algo importante nos sucede en la vida, también modifica a nuestros padres e hijos, a amigos y enemigos. No importa a quién le acontece porque está inscripto en el destino de ese complejo entramado. Todos nos modificamos y todos dejamos de ser quienes éramos porque el viento o la lluvia o el granizo o el calor nos han cambiado para siempre. Al entramado. No al sí mismo. O tal vez hemos sido nosotros que hemos cambiado para siempre el destino de la lluvia o del sol. Quién sabe.”

 

 

“El amor nunca muere por causas naturales.
Muere porque no sabemos rellenar su fuente.
Muere de ceguera emocional, de nuestros errores y traiciones.
Muere a causa de nuestras enfermedades y heridas del corazón,
De cansancio, por falta de riego.
Cuando se vuelve opaco y deja de brillar,
entonces el amor muere”.


(Extracto de Incesto: diario no expurgado, de Anaïs Nin)

Comentarios (8)

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Amparo dice:

26/02/2015 - 10:19

Qué artículo tan bonito Gloria. Nunca he lavado los pies a otra persona y francamente no me imagino, creo que es un acto de valentía y humildad tremendo, pero quién sabe qué traerá el futuro! Y fíjate una de las cosas que más me han gustado de tu artículo ha sido el breve poema que has puesto al final. Nunca he leído a Anais Nin, más allá de algunas citas, y esta que pones es muy intensa y muy bonita. Me la guardo! Abrazos compañera
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Gloria dice:

26/02/2015 - 15:37

¡Gracias, Amparo! Cualquier experiencia vital es un trampolín fabuloso para el auto descubrimiento. Anaïs Nin es de mucha intensidad, efectivamente. Sabes que a menudo cuando la leao me viene a la cabeza tu querida Alice Miller... ;-) ¡Abrazo, compañera!
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Anuchi dice:

03/03/2015 - 12:52

Tu generosidad no tiene límites. Grande!!!!! Besos
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Gloria dice:

04/03/2015 - 10:56

¡Uff, amiga, gracias! Y créeme cuando te digo que aunque con mis limitaciones, estoy viviendo y trabajando para ser mejor. ¡Besos de vuelta!
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Fernando dice:

06/03/2015 - 15:17

Muy intenso y profundo, realmente sincero. Gracias por compartir con nosotros tus sentimientos.
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Gloria dice:

09/03/2015 - 11:03

Gracias a ti por pasar y quedarte para leerlo, Fernando. Salud y saludos.
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Rocío dice:

10/03/2015 - 00:23

¡Me encantó este escrito, Gloria!!
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Gloria dice:

11/03/2015 - 00:08

¡Gracias, bonita, me alegra mucho! Gran abrazo.

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