05
Sep.
2012
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com.

Cosas que no dije nunca

 

‘Las cosas que nunca se dicen son las más importantes’, decía uno de los personajes de Isabel Coixet en su película Cosas que nunca te dije.

Es triste pensar que nos guardamos para nosotros esas emociones o pensamientos que pueden significar tanto, simplemente porque nos dejamos llevar por miedos tal vez, por falta de confianza, vergüenza, orgullo…

Las cosas que no se dicen se convierten entonces en sombras que pueden hacerse más y más oscuras, comenzando a ganarnos espacio a nosotros mismos hasta que un día podemos caer en la cuenta de que lo que no se dijo nos ha invadido y se ha convertido en el huésped de nosotros mismos.

Una amiga y colega a la que quiero y admiro mucho me habló una vez de una herramienta muy poderosa llamada ‘las cartas de la ira’, que pueden ser muy útiles cuando tenemos un ‘fantasma’ o miedo, algo o alguien que nos dificulta la existencia o nos la hace dura o dolorosa de la manera que sea. Algo, en definitiva, que no conseguimos gestionar de la manera que nos gustaría y que está ahí pendiente. Puede ser una dolencia; una materia o examen que parece imposible de superar; un compañero de trabajo que nos hace la vida complicada; una disculpa que no expresamos o que nos merecimos recibir y no se nos entregó; una relación que terminó pero sobre la que nunca expresamos nuestra verdad…

El ejercicio es muy sencillo: se trata de escribir una carta dirigida a esa persona/dolencia/situación/asunto que se convierte en tu recipiente, expresando en ella todos tus sentimientos al respecto, liberando así toda la energía estancada que habías estado acarreando. Finalmente cierras el ritual quemando esas cartas, de manera que el fuego actúe como elemento purificador para esos sentimientos de frustración y enfado, desintegrándolos para siempre entre sus llamas (Pilar, amiga, simplifico el desenlace para facilitar mi propósito aquí).

No he probado esta herramienta en mí pero puedo ver su validez. Sin embargo, se me ocurre un ejercicio paralelo pero en sentido contrario: es decir, en lugar (o además) de escribir una carta de la ira podemos redactar también una ‘carta de agradecimiento’. El objetivo de esta misiva es también liberar ese ‘equipaje’ positivo esta vez, e incluso hacer así que el receptor de la misma se sienta bien. Tal vez puedas explicar cómo esta persona o cosa ha marcado una diferencia en tu vida, o qué cosas admiras de ellos, o por qué les estás tan agradecido, cuáles son sus mayores cualidades o qué te hace sentirte orgulloso de ellos, por ejemplo.

La lista puede extenderse hasta el infinito ya que la idea principal es dar a conocer tu amor y reconocimiento y cómo tu vida es mejor porque esta persona o realidad está presente en ella.
Puedes escribir este tipo de carta en cualquier momento o para una ocasión especial (cumpleaños, aniversario, recuperación…). Puedes elegir entre quedártela para ti y beneficiarte del efecto positivo que sin duda te aportará, o puedes además, sobre todo si la carta está dedicada a una persona, entregarla y disfrutar no solo de tu satisfacción propia sino también del tremendo impacto positivo que va a tener en el receptor, especialmente si la carta llega en un momento en el que esta persona necesita de un apoyo especial.

Tal vez deberíamos expresar y compartir siempre esas cosas tan importantes, incluso si lo hacemos ya a toro pasado cuando parece que es demasiado tarde. Porque nunca es demasiado tarde para liberarnos de una carga o para compartir la energía de una emoción bella. ¿Quién sabe? Tal vez terminemos escribiendo una canción maravillosa o un poema tierno que un día inspire y emocione a la gente por siempre. Merece la pena el intento, ¿no os parece?


 

 

‘Y, aún así, lograste lo que
esperabas de esta vida?
Así es.
¿Y qué querías de ella?
Llamarme a mi mismo bienamado, y sentirme
querido en la tierra’.

Raymond Carver

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