05
Nov.
2014
4
com.

Confesión

Hidden, de Dganit Kislev.


Acabo de ponerle punto y aparte (porque el punto final sólo llegará el día en el que este cuerpo físico que me contiene deje de latir) a una travesía que ha durado dos años exactamente.
Como todo buen viaje ha supuesto aventuras, descubrimientos, muchas lágrimas (casi tantas como risas), caídas, remontadas, momentos de sentirme perdida y espacios de reencuentro, luces y sombras. Y siempre, aprendizaje.

He aprendido mucho y todo muy valioso en este trayecto. La interacción con Maestros y con compañeros de viaje (Maestros todos también, por cierto) ha sido inmensamente rica, y ahora, con la perspectiva que da cierta distancia cronológica, soy aún más consciente si cabe de su profundo valor.

Sin embargo, al cerrar el sobre que voy a enviar a la escuela con mi último trabajo, pienso en una enseñanza muy concreta que atesoro con especial cariño, por ser para mí especial el área de mejora en la que incidir y porque darle entidad a su existencia, como me ha pasado otras veces aquí en el blog, me deja en un lugar vulnerable que ya hace rato me quiero permitir.

Mostrar mi vulnerabilidad, efectivamente, mostrarme tal y como me voy redescubriendo, con lo que me inquieta y lo que me emociona, incluyendo todo lo que me irrita y también lo que me hace vibrar, mi lado dulce y también el oscuro, áspero y sombrío. Mostrar ese lado me hace, no ya más humana, puesto que evidentemente es lo que soy, sino más honesta conmigo misma y con el mundo. ¿Qué otro lugar podría ocupar si no, haciendo un trabajo como el que pretendo hacer?

Es imposible, o mejor dicho, deshonesto, decir que nos dedicamos al desarrollo personal, al autoconocimiento, a la terapia o a la indagación del alma humana cuando nosotros mismos nos quedamos allá arriba en la superficie del iceberg, sabiendo que abajo en las profundidades está toda esa masa informe de sombra esperando ser tenida en cuenta, rescatada y valorada.

Yo también tengo un perfil competente en LinkedIn, ¡faltaría más! Y un CV atractivo. Comparto artículos interesantes en las redes sociales y participo de ellas con comentarios constructivos cuando me apetece. Interacciono en espacios diversos con gente variopinta, dejándome empapar por sus ideas y aportando yo también valor.

Pero además de todo eso tan socialmente valorado y correcto, tan superficial por ser muy externo, tengo mis miedos, mis dudas y cometo multitud de errores, posiblemente a diario. Reconocerlo es algo que no he sabido hacer a menudo, y dejar de hacerlo me ha ayudado a construir en torno a mí un halo muy etéreo y firme al que hoy me atrevo a llamar arrogancia.

La arrogancia es precisamente esa área de mejora que especialmente he reconocido en mí durante estos dos años de camino. La arrogancia como una armadura fuerte y brillante que me ha mantenido a salvo, protegida, durante tantas batallas vitales. A la que le he sacado brillo desde que tengo recuerdo, tras cada tropiezo, en cada victoria, ¡tan buen servicio me ha dado! De no ser por ella siento que tal vez hoy yo no estaría aquí, o de estarlo, sería una mujer completamente distinta, no sé en qué estado o condición.

Así que soy y estoy gracias (entre otros recursos) a mi arrogancia, ésa que tan a menudo me hizo parecer, según decían algunos, tan segura de mí misma, cuando la realidad cabalgaba por otros senderos. Por eso, a pesar de estarle agradecida y de valorar el cobijo y amparo que me ha prestado durante tantos años de lucha, ha llegado el momento de decirle a mi arrogancia que he decidido dejar de luchar, porque he aprendido que la vida es fluir y no ir contracorriente y que en este nuevo caminar que me he propuesto voy a pie y ligera de equipaje, así que la armadura me asfixia y me pesa como una losa que no estoy dispuesta a seguir arrastrando.

La arrogancia para mí ha supuesto salirme de mi sitio para colocarme en otro que no me pertenecía, usurpándole a alguien el suyo por tanto. Arrogante he sido tantas veces cuando me he dejado llevar por un amor ciego, infantil e intenso que me hizo sentir más grande, más sabia, más preparada, más… Arrogante cuando no he tomado lo que se me entregaba generosamente o cuando tomé lo que a mí no me correspondía, apropiándome de ello. Arrogante he sido cuando me he creído capaz de valerme yo sola por mí misma, como si detrás o debajo de mí no hubiese un entramado fuerte y profundo en el que voy apoyándome para crecer. Me he arrogado al enjuiciar a otros, posicionándome así en un lugar elevado y distante desde el que mirar sin ser vista, o cuando les he dicho qué hacer o cómo hacer algo, cuando realmente yo no tengo la menor idea de qué es lo que hay para hacer.

Para salir del arrogo vengo mirando muchas escenas de esta vida mía. Tantas y tanto las he mirado que se han vuelto familiares y, sin habérmelo propuesto, se encendió en mí un mecanismo de aviso que ahora procura llamar mi atención cada vez que este automático histórico mío tan altanero comienza a ponerse en marcha. Entonces me doy cuenta y puedo incluso frenarlo para que no se despliegue a sus anchas, cortarlo a tiempo y responder en su lugar con humildad.

Humildad es tomar mi lugar, el que realmente es mío porque me pertenece. Es también conocer mis limitaciones y debilidades para obrar en consecuencia. Humilde soy cuando dejo de compararme y comienzo a verme ni por encima ni por delante ni por debajo ni por detrás de nadie, sino en mi sitio y alineada con todo lo demás. Humilde es disculparme ante todo el que se haya podido sentir agredido por mi arrrogancia, y pedirles perdón desde el corazón. Humilde soy si acepto que soy pequeña y que crecer es poderse mirar a uno mismo. El camino se hace con humildad y mucho amor.

Volviendo a mi actual ocupación, la sanación terapéutica pasa por mirar el amor. No puedo ayudar en aquello en lo que yo misma no he avanzado porque no puedo dar aquello que no tengo. Así, ampliando mi conciencia y haciéndola más creativa, me fortalezco, y fortalezco con ello a todos los que tengo cerca. Nadie puede darme mi lugar, menos ahora que soy adulta. Yo lo tengo que tomar, en cada espacio, en cada momento.

Entonces me doy cuenta también del propósito oculto y profundo que tuvo este blog desde un principio. Más allá de escribir, de transmitir pensamientos más o menos útiles según para quién, de que me leyese alguien o nadie, de recibir o no comentarios. Más allá de todo eso está el espacio terapéutico y de intimidad, un lugar mío propio al que bajar en el que no hay niveles ni juicios. Sólo la intención de ser auténtica, humilde y amorosa. Si consigo lograrlo conmigo misma lo podré hacer también con los demás.

Poco a poco, sacándome los disfraces, arrancándome la máscara, dejando de darle brillo al personaje.

Estuvo bien la actuación. Ahora toca la vida.

 

 

“¡Cómo apagas mi sed
con tu humildad! ¡Tu mano
estremece en mi pecho
la sombra del dolor, igual que un pájaro
entre las ramas verdes, junto al cielo!

¡Cómo traes a mis labios
con tu humildad la luz sobre tu frente
lo mismo que la nieve sobre el campo,
y me apagas la sed de haber llorado
de humildad, al tenerte,
dormida, como un niño, entre mis brazos!”



(Poema Canción con tu humildad, de Leopoldo Panero)

Comentarios (4)

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Amparo Millán dice:

07/11/2014 - 09:31

Me ha dejado sin aliento este artículo, Gloria. Y ha sido como un cubo de agua fresca en medio de todo este "barullo" de positivismo sin sentido en que a veces lo coaches estamos metidos (yo también voy a confesar: ayer estuve a punto de silenciar a algunas personas que sigo en Linkedin porque tooodos los días publican algo de "sé feliz, venga vamos, sigue tus sueños, no seas mediocre y alcanza la excelencia"). Quedarnos en esos mensajes es vivir permanentemente anclados en la punta del iceberg, como dices. Y para personas que nos dedicamos al desarrollo personal o al autoconocimiento puede llegar a ser deshonesto con nosotros y los demás. Es una gran victoria haber descubierto esa forma sutil de estar en el mundo que te aleja de los demás. Ahora todo es empezar a andar... y seguir el camino. Aunque déjame decirte que yo creo que empezaste a andar desde hace mucho. Un abrazo!
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Gloria dice:

07/11/2014 - 10:56

Gracias, Amparo, compañera de camino, por tu feedback. Ahí estamos, desentrañando retazos de sombra. Siempre en el camino, cada una a su ritmo. Importantísimo para mí que nuestro fluir y nuestro trabajo sean honestos, efectivamente, si no, ¿qué sentido tendría? Mil gracias por estar ahí. ¡Abrazo de vuelta!
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ILUMINADA dice:

07/11/2014 - 20:01

Enhorabuena queridísima GLORIA. Creo que has elegido un buen camino de autoconocimiento. Estoy segura que lo andarás y que sabrás sacarle todo el partido que necesitas. Te deseo lo mejor y que los caminos y las sendas vuelvan a juntarnos (de eso también estoy segura) Me recuerda a un blog que escribí hace un tiempo y que en otro momento compartiré contigo. Hoy vaya un GRACIAS por tus palabras Me emociona leerte y sentirte cerca, cerquita. Besos y besicos
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Gloria dice:

10/11/2014 - 19:08

Gracias, compañera de camino, compañera ;-) Las sendas siguen unidas. Ya sabemos que en el 'campo' no hay tiempo ni distancia... Abrazo enorme, amiga querida.

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