22
Oct.
2014
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com.

Comparativas

Have we met?, Lorraine Christie.


Racionalmente podemos entender que compararnos con el otro es algo absurdo y sinsentido, puesto que todos somos diferentes y cada uno vivimos y nos comportamos conforme a nuestras circunstancias, vivencias y necesidades. Sabemos también que el camino de cada uno va a ser distinto al de los demás precisamente por las mismas razones, y sin embargo, de una manera o de otra, acabamos en algún momento activando ese mecanismo inútil: la dichosa comparación.

Comienzan a adiestrarnos en la materia nuestros padres desde muy temprana edad, incluso estando en el vientre de nuestra madre empiezan a practicarlo, y van lanzando afirmaciones categóricas que parecen perfilarse como los designios irrefutables de la formación de nuestra personalidad: “¡Qué patadas da tu hermano! ¡Este niño va a ser mucho más inquieto que tú, ya lo veo venir! Tú eras buenísima, ¡hasta se me olvidaba que estaba embarazada de lo poco que te movías!

Es de lo más natural, por supuesto: los padres nos comparan con nuestros hermanos primero (si los hay),  con los primos, con nuestros amigos y vecinos, y así comienzan a sentarse las bases del automatismo: “¿No te puedes quedar sentadita y callada como tu prima? A ver si aprendes de Mª José, que ha llevado todo sobresaliente a casa. Tú eres mucho más responsable que tus amigos los mellizos, que son un horror, no paran quietos ni un segundo esos niños, yo no sé cómo su madre no se vuelve loca.” Y entonces casi que odiaba a mi amiga Mª José por ser tan inteligente, tan trabajadora, tan obediente y aplicada. ¿Cómo iba yo a llegar ahí, si eran tantas las cosas que hacía mal?

Por supuesto, el mecanismo se asienta a través de la repetición, continuada, cansina, eterna…Hasta que se vuelve costumbre, un hábito la mar de familiar que por ser tan de andar por casa, nosotros continuamos perpetuando, inconscientemente la mayoría de las veces. En nuestra infancia y juventud lo hacemos en el colegio, entre nuestros compañeros de clase y amigos. En la edad adulta, lo hacemos con los colegas de trabajo, con las parejas... La cadena no tiene fin.

Es cierto que a veces compararnos puede servirnos de motivación, sobre todo si encontramos inspiración o aliento en alguna figura digna de ser emulada; entonces la tomamos como modelo para seguirla, dentro de nuestras posibilidades y desde nuestros recursos y habilidades. Cuando conocí a mi amiga Sus trabajando juntas, me fascinó la calidez y la eficacia con la que trataba a todo el mundo, su radiante capacidad de organización y la brillantez de los resultados que obtenía. Así que me fijaba en ella y espontáneamente comencé a emular sus modos de hacer, admirada por su sabiduría natural. Mi amiga Sus, como la mayoría de las personas a las que quiero, son para mí modelos en algo, y tal vez por eso los amo y los admiro, sintiendo que quiero seguir teniéndolos cerca, porque ellos y sus virtudes me ayudan a ser mejor persona (por eso y porque sé que ellos también me quieren de vuelta, aunque a veces tenga que preguntarme por qué).

Así que no entiendo esa búsqueda y adopción de modelos como comparación sino más bien como inspiración. Porque a diferencia de esos casos, el desenlace más común de compararnos con otros es sentirnos desdichados, especialmente cuando lo que son, lo que tienen o lo que han conseguido, es algo que ansiamos y que nosotros, por razones que se escapan a nuestro entendimiento (¡el camino que tenemos que recorrer para descifrar todo esto!), no logramos alcanzar.

El propósito de nuestra vida no es ser o hacer conforme a los estándares, vivencias y necesidades de otros. Aquí venimos a seguir las medidas y los ritmos que nos marca nuestro propio corazón. Si tenemos destinos y propósitos distintos es normal que sigamos caminos diferentes también. Yo puedo pensar que tu meta es absurda y que tu sendero es el equivocado, que llegarías más rápido o mejor por este otro que yo transito. Pero, ¿qué sé yo de la música que está sonando en tu corazón, del tempo y de la intención que te mueve, del lugar al que sueñas llegar y cómo quieres y puedes recorrer el camino? 

Sería liberador para nuestro ser esencial dejar de compararnos con otros. Y más hermoso  aún sería dejar de comparar a nuestros niños entre ellos. Entonces tal vez estaríamos sembrando semillas que acabarían floreciendo bajo la forma de adultos seguros de sí mismos, portadores de una autoestima férrea y bien cimentada, capaces de desplegar capacidad crítica en lugar de destructiva, escuchadores y cooperadores en lugar de avasalladores e interesados. Entonces habríamos entendido que no hay necesidad de imponer respeto porque el respeto se establece solo, que imponer es una actitud de abuso y sometimiento hacia el otro, que ser autoritario y rígido no nos va a traer más éxitos sino más dureza y rigidez, que el sometimiento no hace a las personas libres y grandes sino esclavas y encorvadas.

Tal vez así conseguiríamos también conocernos más y mejor a nosotros mismos, saber real y profundamente quiénes somos, liberados ya sí de todas esas etiquetas que desde el vientre materno nos fueron colocando nuestros mayores y que, por no haberlas cuestionado jamás, se quedaron ahí fijas y ajadas, constituyéndose, equivocadamente, en nuestra personalidad y carácter; en nosotros, aparentemente.

Vamos a dejar de mirar a los demás para compararnos con ellos, para establecer quién es mejor o peor, quién queda por encima o por delante. Nosotros nos somos ellos ni vamos a los mismos lugares. Yo no soy ellos. Tú no eres ellos. Yo soy quien soy (aunque aún no lo tenga del todo claro), tú eres quien eres, y estás aquí para ser esa persona y nadie más. Cuanto más ejercitemos este otro hábito y más lo integremos en nuestra rutina, más auténticos nos volveremos, más creativos, más libres, más felices. Todo fluirá con más soltura y la vida se tornará más sencilla.

Al fin y al cabo, aunque lo tengamos olvidado, es más fácil ser uno mismo que esforzarse por ser otro.


“Yo soy yo,
tú eres tú.
Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas.
Tú no estás en este mundo para cumplir las mías.
Tú eres tú,
yo soy yo.

Si en algún momento o en algún punto nos encontramos,
será maravilloso.
Si no, no puede remediarse.
Falto de amor a mí mismo
cuando en el intento de complacerte me traiciono.
Falto de amor a ti
cuando intento que seas como yo quiero
en lugar de aceptarte como realmente eres.
Tú eres tú y yo soy yo”.


Fritz Perls

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