26
Mar.
2014
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com.

Cómo vencer el miedo

Proelium, de Alex Hall.


Érase una vez, en una tierra no muy lejana, un joven aprendiz de Guerrero que se afanaba voluntariosamente por crecer, por avanzar, por prepararse para ser mejor, más fuerte, más sabio, más hábil y capaz. Y no estaba solo en un trabajo de tamaña envergadura. Tenía a su lado a un Maestro experimentado y paciente que desde el principio lo acompañaba en su camino, abriéndole puertas a nuevas soluciones, invitándolo pensar y a mirar más allá, retándolo a menudo, sirviéndole de apoyo y de consuelo.

Se entrenaba el joven Guerrero en ser diestro en habilidades muy diversas: manejo de la espada, montar a caballo, mirar sin ser visto, anticiparse a las dificultades, racionar víveres, hacer fuego, encontrar agua, leer los ojos de las personas, comunicarse sin palabras, estar solo durante días sin volverse loco, dormir al raso, protegerse del frío y de la lluvia y del calor del sol, comer de lo que la tierra ofrece, cazar para sobrevivir, debatir desde el respeto, escuchar…

Así, entregados a ese trabajo, iban pasando los días y el Maestro lo iba conduciendo siempre a través de esos saberes cuando las oportunidades los sorprendían por el camino. La Vida se iba revelando a su paso y ellos respondían extrayendo siempre el beneficio y el aprendizaje a todo. No había tormenta de granizo, día de ayuno o manada de fieras que no tuviese su equivalente en lección vital para nuestro Guerrero.

Un día, así de pronto, sin aviso ni preparació previa, su Maestro le comunicó que había llegado el momento, que era por fin la hora.

- ¿La hora de qué, Maestro?- preguntó el aprendiz de Guerrero.

- La hora de entablar batalla con el Miedo- contestó el Maestro.

El joven Guerrero sintió un escalofrío seco que le recorrió todo el cuerpo. Se quedó paralizado, petrificado, clavado al suelo, como si una fuerza superior lo mantuviese atado de pies y manos impidiéndole el menor movimiento. Sintió su estómago revolverse y sus entrañas retorcerse. Sintió su corazón palpitar muy deprisa, tanto que parecía que avanzaba con cada latido, y le daba la impresión que ascendía por su pecho hacia la garganta buscando la boca como salida. Sintió una potente presión en la cabeza, como si dos manos enormes sostuviesen su frágil cráneo, amenazantes.

¿Entablar batalla con el Miedo? ¿Ya? ¿Tan pronto? ¿Cómo era posible? ¿Por qué tenía que pasar por aquello? ¿Por qué batallar? ¿Para qué luchar? ¿Qué sentido tenía el enfrentamiento? ¡Aquello chocaba frontalmente con todas las enseñanzas que había integrado durante su proceso! Y además, ¡aún no estaba preparado para algo así! ¡Si aún le quedaba mucho adiestramiento por completar! ¡Si todavía era muy joven para un duelo de ese calibre! ¡Si su Maestro siempre insistió en que la guerra no conduce a ningún lugar donde un hombre sabio quiera habitar! No. No era posible. Él no iba a poder hacerlo. Es más, no quería hacerlo. El simple hecho de nombrarlo, de pensarlo siquiera, le resultaba incómodo, demasiado agresivo, poco amistoso. ¡Estaba aterrado!

Pero el Maestro insistió:

- Ésta es una lección que también debes aprender porque querer vivir en paz no es suficiente para vivir en paz. Sólo se puede aprender haciendo. La Vida te pondrá a prueba, te presentará dudas, elecciones, peligros, te traerá a enemigos siniestros con lenguas envenenadas que mostrarán sus colmillos y blandirán sus afiladas garras ante ti. Y creerán que lo hacen para robarte la fuerza, para debilitarte, para impedirte crecer y aniquilar tu alma. Y todo eso será así sólo si te haces pequeño ante ellos y te escondes dándoles la espalda. Entonces tu luz se irá apagando poco a poco, tu alegría se disipará y tu gozo por vivir se transformará en desazón y angustia.  Yo no estaré ya allí para defenderte, para ayudarte y tendrás que hacerles frente tú sólo. Por eso, si aprendes ahora esta lección, esa enseñanza también pervivirá en ti y caminará contigo, dándote fuerza cuando tú creas que no la tienes, susurrándote la solución cuando te sientas acorralado, y entonces podrás responder y hacerte más grande. Y así seguirás avanzando y creciendo en tu camino- la explicación del Maestro apaciguó el corazón de nuestro joven Guerrero- Sí, no hay duda; ha llegado la hora- y le dio instrucciones para la batalla.

Y el día llegó. El terreno estaba listo. Las reglas claras. Los contrincantes preparados.

El aprendiz de Guerrero se plantó en un lado y el Miedo en el lado opuesto. El Guerrero se sentía muy pequeño y vulnerable y el Miedo sin embargo, ¡parecía tan grande y tan fiero! Ambos tenían sus armas dispuestas, su atención centrada, su mirada puesta en el otro. Entonces, el joven Guerrero, con paso firme y certero, se dirigió hacia el Miedo, se postró ante él humildemente y con voz clara y sincera le preguntó:

- ¿Tengo tu permiso para entrar en batalla contigo?- el Miedo, gratamente sorprendido, dijo:

- Gracias, joven Guerrero, por mostrarme tanto respeto y por solicitarme permiso- el joven Guerrero sintió un halo de confianza para continuar:

- ¿Cómo puedo vencerte?- y el Miedo respondió:

-  Mis armas son hablar mucho y muy rápido mientras me acerco cada vez más y más a tu rostro sin parar de hablar. Así te desconcierto, te empujo a salir de tu centro. Así es sólo cuestión de tiempo que tú pierdas los nervios y la confianza en ti mismo por completo, y terminas sucumbiendo a lo que yo te diga. Sin embargo, si no haces lo que yo te digo, no tengo poder. Si no permites que el ruido de mis palabras taladre tu alma, no tengo poder sobre ti. Puedes mirarme a la cara, aceptar mi incómoda presencia, puedes escucharme y puedes incluso respetarme. Puedes si quieres dejarte convencer por mí o descifrar el mensaje que traigo encriptado en mi exasperante comportamiento. Pero si escuchas tu voz interior y ella te arenga, si entonces no haces caso a lo que yo digo, entonces yo no tengo ningún poder sobre ti.

No hubo golpes, sablazos ni rastro de sangre. No apareció por allí el desprecio, la arrogancia ni la insolencia. Sí estuvo presente el respeto, el servicio y el sentimiento de pertenencia de ambos a una realidad mayor.

El Maestro observó la batalla desde la distancia, cómodamente sentado bajo la sombra de un frondoso árbol, sereno, confiado, y en sus benevolentes labios de dibujó una leve sonrisa pues supo en aquel momento que su discípulo estaba ya preparado y que su labor como guía había llegado a su fin. Su pecho reposó plácidamente irradiando una luz clara y luminosa que lo cubrió todo. 

Y así fue como nuestro aprendiz de Guerrero aprendió cómo vencer al Miedo.


(Adaptación de un cuento budista recogido por Pema Chödrön).

 

 

"Hay que ser muy valiente para vivir con miedo.
Contra lo que se cree comúnmente,
no es siempre el miedo asunto de cobardes.
Para vivir muerto de miedo,
hace falta, en efecto, muchísimo valor."


(Ángel González)

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