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May.
2015
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com.

Cómo elegir terapeuta

Detalle pág. 54, Infierno, Canto XXXIV. Dante y Virgilio emergiendo de la salida del Infierno. MS.Holkham misc. 48 (siglo XV)


Ir a la facultad y superar todos los exámenes para salir finalmente con un título oficial bajo el brazo sólo es prueba manifiesta de que cumplimos con los pagos de cada matrícula y de que aprobamos todas las asignaturas. Poco más. Ese título que algunos colgamos enmarcado en la pared y otros guardamos olvidado en un cajón no es garantía de nada en la mayoría de los casos, aunque socialmente le concedamos, en un alarde de superficialidad manifiesta, un valor mucho más elevado del que intrínsecamente trae consigo.

Estar en posesión de un título no nos convierte realmente en nada. No es cierto que ese trozo de papel, tras años calentando sillas en la facultad o escuela de turno, nos convierta en periodistas, médicos, ingenieros, economistas, abogados, politólogos, lingüistas, enfermeros, arquitectos, profesores, psicólogos… Está muy bien haber superado el reto que supone, sin duda, habiendo aprovechado, en el mejor de los casos, el poco o mucho conocimiento al que pudimos tener acceso durante esos años. La utilidad, vigencia y validez de dicho conocimiento fuera de las aulas es un asunto bien distinto.

Para de verdad llamarnos cualquiera de esas profesiones y sentirnos ciertamente validados como merecedores del título, tenemos que salir a la vida y experimentarla desde esa y desde otras muchas perspectivas. No sólo una sino mil veces, mucho tiempo. Nos convertimos en profesionales de cada materia en la medida en que vivimos y experimentamos, tropezando y levantándonos, avanzando y retrocediendo a ratos, recapitulando y soltando o tomando, según el caso, pero generando siempre a través de nuestra experiencia una trayectoria vital.

Si hablamos de profesionales del gremio de la terapia (sea la que sea) se hace aún más necesario ese camino de aprendizaje vivenciado. Es imprescindible que alguien que va a dedicarse a acompañar a los demás en su descenso a lo sombrío haya a su vez transitado anteriormente, y de la mano de un profesional (o varios) de confianza, sus propias mazmorras del alma. Si, como un Dante contemporáneo de la mano de su sabio Virgilio, no ha hecho ese recorrido hacia lo profundo de sus infiernos para ver y sentir lo que hasta entonces permanecía oculto, ¿cómo va a hacer lo propio con aquellos que vengan solicitándole dirección?

Es la única forma plenamente útil y honesta de llevar a cabo este tipo de trabajo. De lo contrario, el profesional se encontrará una y otra vez frente al mismo muro infranqueable de sus propios bloqueos y dolores, creencias y valores (más o menos inconscientes, según el caso), reflejados cada vez en la experiencia y en la dificultad del cliente , paciente, usuario o consultante de turno; una y mil veces se lo traerán a la luz, invitándole a bajar de nuevo a esa selva oscura suya que hasta entonces no ha tenido el valor de atravesar, tal vez pensando (con la cabeza y con el cerebro sólo) que el formarse en esas materias tan sesudas lo iba a librar del reto de plantarle cara a su propia sombra.

En este espacio no hay lugar para los atajos ni las excusas. O hacemos el camino, con todo lo que conlleva, o no lo hacemos y caminamos faltos de ese conocimiento, tan profundo como necesario. Así, si nos dedicamos a esto, cuando lleguen otros con dificultades similares, buscando apoyo y ansiando encontrar respuestas, ¿qué tenemos los profesionales para ofrecerles si ni nuestras propias preguntas hemos sido capaces de enunciar? 

Alice Miller nos invita a preguntar mucho, antes de confiarnos al trabajo con cualquier terapeuta, para dilucidar primero si esa persona ha atesorado la claridad que nosotros precisamos para emprender camino.

¿Qué preguntas podrían ser ésas? La autora responde:


Todo lo que se cuestione. Pero sobre todo no olvide preguntar a la candidata que podría ser su terapeuta sobre su propia infancia y sobre su formación. Dónde se formó, lo que le ayudó y lo que no. Cómo vive sus dificultades, ¿se siente libre de ver lo que no fue justo o protege mas bien a las personas que la hirieron? ¿Minimiza los daños? ¿Le pegaron siendo niña? ¿Cómo evalúa esa experiencia? ¿Es verdaderamente consciente de sus consecuencias en su vida de adulta o por el contrario niega su importancia? ¿Evita enfrentarse a su propio sufrimiento? En este último caso hará todo lo posible por reducirla al silencio y no siempre de manera evidente.”

Las personas adultas que decidimos indagar para descubrir la verdad de quiénes somos y de dónde venimos, tenemos la responsabilidad de poner en tela de juicio nuestro pasado y especialmente nuestras experiencias infantiles; de lo contrario estaremos condenados a repetirlas de una manera ciega e inconsciente, en nuestra propia vida y luego con nuestros hijos, perpetuando una especie de herencia trans-generacional que, sin embargo, desde el despliegue honesto y valiente de nuestra conciencia, podremos frenar para siempre.

Si el terapeuta no hace antes ese camino, es imposible que pueda acompañar a su cliente en una aventura de similar envergadura. En el mejor de los casos (porque para hablar de aquellos en los que la mediación del terapeuta resulta incluso dañina ya está Alice Miller, en cuyos libros retrata historias reales de pacientes o consultantes suyos que han podido experimentar acompañamientos variados), el trabajo servirá para algo, aunque resultará útil sólo hasta cierto punto, la utilidad será posiblemente superficial, o tendrá fecha de caducidad incluso.

En este sentido continúa Miller:

“Estas y otras técnicas se brindan en numerosas terapias para transformar los sentimientos negativos en positivos. Dicha manipulación suele reforzar la negación que desde siempre ha ayudado al paciente a ahuyentar el dolor de su verdad (que señalan las emociones auténticas). De ahí que el éxito de semejantes métodos pueda ser sólo a corto plazo y muy problemático; pues la emoción negativa originaria era una señal importante del cuerpo. Y al ignorar su mensaje, el cuerpo tiene que enviar mensajes nuevos para ser escuchado.”

Así que como clientes potenciales tenemos todo el derecho y también la obligación de preguntar todo aquello que consideremos oportuno al posible terapeuta, con el fin de sentir si esa persona es la indicada para acompañarnos en nuestro camino. Sin miedos, con respeto, desde la madurez y la honestidad.

Toda terapia, recurso o herramienta que nos ayude en nuestro auto-conocimiento puede ser en principio válida y valiosa. Gestalt, bioenergética, PNL, hipnosis, tarot, coaching, meditación, mindfulness, movimiento auténtico, biodanza, biodecodificación, constelaciones familiares, Reiki,... La clave está en que la persona que elige vía y terapeuta lo haga con plena conciencia y en posesión de la información que considera necesaria, parando o cambiando cuando lo considere oportuno, desde un lugar adulto y habilitado, pues como adulto tenemos habilidad para sentir cuál es nuestro camino en cada momento y tomar las decisiones pertinentes en cada caso.  

Si vamos a entregarnos a nuestro propio desenmascaramiento, es de justicia que partamos todos los implicados de una realidad sin máscaras. ¿Verdad que tiene sentido?


“A mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado.

¡Cuán dura cosa es decir cuál era
esta salvaje selva, áspera y fuerte
que me vuelve el temor al pensamiento!

Es tan amarga casi cual la muerte;
mas por tratar del bien que allí encontré,
de otras cosas diré que me ocurrieron.
Yo no sé repetir cómo entré en ella
pues tan dormido me hallaba en el punto
que abandoné la senda verdadera.”


(El Infierno: Canto I,
de Dante Alighieri)

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