17
Jul.
2013
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com.

El cofre del tesoro


Durante las últimas semanas he estado completando una serie de trabajos necesarios para ponerle el broche a una formación, y concretamente un par de ellos requerían de cierto empeño ‘manual’. Le di algunas vueltas al asunto pues lo que quería, por encima de todo, era darle un toque creativo, colorista y personal. Así que me dije a mí misma: ‘voy a rebuscar entre las cajas y cajones y voy a hacerlo con lo que encuentre en casa’. En principio me parecía que con lo que tenía en casa no sería suficiente, que me faltaban materiales, que con ese otro tipo de papel o de ceras de colores quedaría mejor. Y sin embargo, volví a mi sentir inicial y me aferré no a eso de lo que carecía sino a aquello con lo que sí contaba.

Entre las joyas que desempolvé del fondo de los armarios estaba aquel papel de colores que utilizaba (hace años ya, qué pena me da admitirlo) para escribirles largas cartas a mi familia y amigos. También recuperé esas flores que en algún momento fui recortando de revistas varias, no sé con qué propósito concreto. La laca de uñas plagada de estrellas de purpurina rosa que ya andaba bastante espesa. Y los rotuladores gruesos de 20 tonos. Y las acuarelas. Y ese álbum de fotos que un día alguien me regaló y que nunca utilicé…

Así que lo puse todo sobre la mesa, sobre la alfombra, sobre el sofá, sobre el escritorio… Al servicio de mi propósito e improvisé por unos días un taller en el salón de casa, tijera en una mano, barra de pegamento en la otra. Fui haciendo bocetos, pegando y despegando, fotografiando para registrar el avance y para compartirlo con Nick (que no estaba en casa y me pedía informes de resultados cada noche).

Me sentí muy satisfecha con el fruto final, orgullosa de mí misma. Me quedó, como otras veces, esa sensación de que podría mejorarlo o completarlo algo más si tuviese más tiempo. Pero esa trampa es irrelevante, por supuesto. Lo importante para mí es haberlo logrado, con lo que tenía a mi disposición, y acorde con mi propósito inicial.

Iba conduciendo el jueves hacia el lugar de encuentro con mis compañeros de curso, pensando en todo esto. Y de pronto visualicé la analogía: ‘Claro, esto es como cuando le explico a la gente lo que es el coaching: un modo de hacerle ver a las personas que todas las respuestas están en ellos, que cuentan con un potencial tremendo y que se trata de sacarlo a la luz, de desempolvar esos recursos internos que tienen almacenados y en desuso para desarrollarlos y convertirse así en la mejor versión de ellos mismos’.

Verdaderamente así es como funciona. Por supuesto que mi inglés puede enriquecerse con más lecturas e interacción verbal; que mi risotto mejorará a medida que lo cocine más veces; que esa postura de yoga tan enrevesada se me revelará a través de la práctica. Todo lo que quiero conseguir está al alcance de mi mano. Es sólo cuestión de tiempo, de entusiasmo, de dedicación y empeño que lo logre. Por supuesto que podría convertirme en la estrella de los fogones si me matriculase en una prestigiosa escuela de restauración parisina; o en una yogui de pro si me pasase dos años retirada en un ashram de India; o podría hablar 5 idiomas si mis padres hubiesen nacido en países diferentes o me hubiesen enviado a un internado suizo. Sin embargo, con lo que tengo a mi alcance, es mucho más que suficiente porque cuento en mi poder con mi cofre del tesoro: mis recursos propios, mis habilidades, mis ganas, mi determinación. ¿Para qué fijarme en lo eso de lo que carezco cuando tengo tanto de lo que disponer?

Hoy descubro, gracias a mis admirados amigos viajeros, a este fantástico percusionista callejero, que me sirve a la perfección para ilustrar el post. Me pregunto si Stewart Copeland (para muchos, el mejor baterista del pop contemporáneo) sería capaz de sacarle tanto partido a este montón de latas y botes de plástico.

‘Pon todo lo que eres en lo mínimo que hagas’, que dijo Pessoa. No es necesario buscar fuera. Está todo en nosotros.

 



 


 

“El mismo caudal de vida que corre por mis venas noche y día,
corre por el mundo y danza a rítmico compás.

Es la misma vida que brinca de gozo en el polvo de la tierra,
en innumerables briznas de hierba,
y que irrumpe en tumultuosas olas de flores y hojas.

Es la misma vida que la cuna del mar mece,
subiendo y bajando del nacimiento a la muerte.

Siento que mis extremidades se glorifican al contacto de este universo de vida.
Y me siento orgulloso, porque el latido de vida de los siglos danza en mi sangre en este instante. “


‘Caudal de vida’,
de Rabindranath Tagore

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