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Abr.
2013
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com.

Círculo del miedo


Cuando éramos niños, había un programa de dibujos animados en la tele llamado La serpiente emplumada. No recuerdo de qué iba, sólo la imagen de una enorme serpiente con plumas que en realidad no me parecía tal serpiente sino más bien uno de esos dragones de papel chinos de muchos colores. Por alguna razón que nunca supe y que aún desconozco, mi hermano se asustaba muchísimo de aquella serpiente-dragón que yo encontraba fascinante, y no podía evitar preguntarme el por qué del miedo de mi hermano.

Mi mayor temor por aquel entonces era la oscuridad cuando me metía en la cama por las noches, y necesitaba dejar la puerta de mi habitación entreabierta para que algo de luz pudiese colarse a través de aquella rendija y yo consiguiese quedarme dormida tranquilamente.

Hace unas semanas compartía aquí mi nueva aventura sobre patines y debo confesar que de momento mi miedo más fuerte tiene precisamente que ver con eso. ¿De qué tengo miedo? De caerme y de hacerme daño de verdad. No es tanto el miedo al dolor en sí mismo sino a la posibilidad de romperme un brazo o una pierna en la caída y a la imposibilidad de seguir haciendo todo lo que ahora hago si a causa de una fractura tengo que permanecer en reposo con un miembro escayolado por un tiempo. La sensación de miedo más intensa la tengo de hecho cuando voy patinando sobre una superficie ligeramente cuesta abajo, un miedo que hasta ahora al menos no he conseguido gestionar.

Mi novio-entrenador me mira y sonríe. Él no comprende ese miedo mío, posiblemente porque no lo comparte. Él ama la velocidad, ya sea en el asfalto, en el agua o deslizándose por una pendiente de nieve en su tabla de snow-board. La velocidad marca la diferencia para él de una manera positiva, mientras que para mí es la frontera entre la diversión y el pánico. Yo no comprendía el miedo de mi hermano a esa serpiente-dragón pero el suyo era tan real como el mío ahora cuando patino sobre la pendiente más leve.

La verdad es que aún quiero patinar, realmente quiero lograrlo y voy a hacerlo; estoy mejorando (poco a poco) y disfrutándolo cada vez más. Sin embargo, ese miedo a la velocidad es bastante intenso y de momento no he encontrado la manera de superarlo. Es posible que necesite más práctica, más tiempo para lograr más confianza en mí misma. Le he hablado a mi miedo a la cara y me ha dicho que aún no estoy lista para librarme de él, que sigue siendo mayor que yo. Pero yo no voy a rendirme. He decidido tomármelo con tranquilidad, siguiendo mi propio ritmo.

De momento voy a elegir sólo superficies llanas en las que me siento segura y más o menos en control de la situación. Si me caigo en una de ellas, cosa poco probable, será casi a cámara lenta, de manera que el riesgo de una lesión será mínimo. Y dejando esa pequeña estrategia mía a un lado, ¿por qué tengo que pensar en una fractura? ¿Por qué iba a lesionarme tan seriamente si terminase en el suelo? Llevo protectores y voy a evitar las zonas potencialmente peligrosas así que, ¿para qué centrarme en la peor de las posibilidades cuando puedo enfocar mi atención en la mejora que estoy experimentando y en el placer que obtengo al hacerlo?

El miedo puede ser como esa figura larguísima de la serpiente-dragón: fascinante y poderosa, veloz y furiosa, flexible y persistente. Si la dejo ser, su fiera boca terminará alcanzando su cola y creando un apabullante círculo del que me resultará imposible salir. Y estaré allí  en el centro, acorralada y atrapada, sintiéndome muy pequeña e incapaz de continuar. Así será sólo si le concedo poder centrándome en el tipo de pensamientos que me paralizan incrementando mi miedo. Por lo tanto, mejor me concentro en esos otros que me hacen más fuerte y feliz, esos que me acercan a mi objetivo. Por ejemplo, hace algunas semanas caminábamos por el paseo marítimo y un señor extranjero rubísimo de unos setenta y pico años pasó patinando elegante, con los brazos a la espalda, relajado, sin protección alguina, en camiseta y bermudas, sonriendo y sin duda, disfrutando. Yo me quedé maravillada y me dije a mí misma que cuando alcance esa edad yo también haré lo mismo. ¿Estaba él asustado por la posibilidad de caerse y romperse un brazo? Por supuesto que no. Estaba demasiado ocupado disfrutando del camino, sintiendo la brisa marina y los rayos del sol en su piel morena, amando su patinar.

Cuando nos concentramos en lo que queremos lograr (en lugar de ver sólo las dificultades para llegar a ello) ganamos en fuerza y en motivación para continuar avanzando. Nos enfocamos en lo que amamos y el amor no sólo nos lleva más allá sino además a los lugares en los que realmente queremos estar. Yo no quiero estar paralizada en el centro de ese círculo de miedo. Quiero patinar por el paseo marítimo y ése va a ser el pensamiento en el que me voy a centrar a partir de ahora, ése que me ayudará a superar mi miedo.

Visto de esa manera, mi miedo es ese amigo cuidadoso, tal vez demasiado conservador, pero que siempre procura protegerme. Le agradezco sus buenas intenciones explicándole que no hay razón para estar asustada, que se trata sólo de disfrutar de la vida y de amar lo que hago. Mi miedo entonces me dice: ‘Comprendido’. Y dice que se quedará aún un tiempo hasta asegurarse de que puedo arreglármelas sin él.

La serpiente-dragón comienza a encogerse de manera que aparece un espacio entre su boca y su cola, una brecha que se amplía a medida que yo me hago más fuerte. Me acerco a ella, preparada para atravesarla. Fuera de ese círculo de miedo está la vida con todas sus posibilidades. Yo voy de camino. Estoy llegando.


 

 

“La sensación de ser el  huésped único
de un gran hotel en las afueras
-y oír el ascensor
sonámbulo y un grito-
o de estar en un cine vacío
o bien en una plaza solitaria
de una solitaria ciudad desconocida
cargado de maletas sin dinero
cercado por palomas escapadas
del taller del peor taxidermista
esa melancolía ridícula del que se ve ignorado
en las fiestas de gente algo más joven
del que llama a altas horas por teléfono
desde un bar en que apagan ya las luces
y habla consigo mismo de lo cómodo que resulta
ser el fantasma académico
de un director de orquesta

En fin me temo que he besado
los labios de una diosa equivocada"


(Poema Temores, extraído del libro Vidas probables de Felipe Benítez Reyes)

Comentarios (2)

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Anuchi dice:

28/04/2013 - 18:20

"...mi miedo es ese amigo cuidadoso, tal vez demasiado conservador, pero que siempre procura protegerme. Le agradezco sus buenas intenciones explicándole que no hay razón para estar asustada, que se trata sólo de disfrutar de la vida y de amar lo que hago. Mi miedo entonces me dice: ‘Comprendido’. Y dice que se quedará aún un tiempo hasta asegurarse de que puedo arreglármelas sin él..." Me falta un poco para llegar a pensar como tú en estas maravillosas líneas que copio pero... lo conseguiré. Gracias una vez más por tus enseñanzas.
Imagen de Gloria

Gloria dice:

01/05/2013 - 07:23

¿Pensar como yo, dices? Deja lo de pensar y déjate sentir, a ver qué tal. Y me cuentas. Estoy plenamente convencida de que lo estás haciendo de maravilla :) ¡Ay, bonita, estamos en el camino! Eso es lo importante.

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