10
Feb.
2016
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com.

¿Carnaval? No, gracias

Obra que hace parte de la serie 'Carnival in Venice', del artista ruso Vladimir Ryabchikov


Tengo que reconocerlo, lo confieso: no me gustan los carnavales. No es un desprecio a la fiesta en sí ni a tantos carnavaleros del mundo entero, especialmente en esta Andalucía mía tan dada a las chirigotas y las comparsas. Simplemente no es lo mío.

Si echo la vista atrás me doy cuenta además de que jamás me gustó el carnaval.

Tengo una imagen registrada en el recuerdo: yo a los 5-6 años viendo con mis padres el desfile del domingo de carnaval en mi ciudad de origen y sintiendo mucha tristeza e incluso miedo. Miedo a los maquillajes excesivos, a las pelucas y postizos, a las muecas histriónicas, al ruido… Tristeza porque todo aquello me parecía grotesco,feo, forzado, falso...

Qué duda cabe que entonces no contaba en mi haber con esas palabras para nombrar mis sensaciones. Tenía la vivencia, y las palabras las pongo ahora que soy mayor y puedo conectar las unas con las otras para hacer sentido de la experiencia.

Tampoco recuerdo que me gustase especialmente disfrazarme. Nunca le pedí a mi madre que me comprase o me hiciese un disfraz. En el colegio tal vez para alguna obra de teatro, o de pastorcilla en la fiesta de navidad. Poco más. Incluso ya siendo adulta, una buena amiga a la que le encanta plantarse un disfraz siempre que tiene oportunidad, se empeñaba en que sus celebraciones de cumpleaños fuesen, cómo no, fiestas de disfraces. De temática libre primero y luego específicamente escogida: series de televisión, terror, galáctica, cóctel… La última creo que fue greco-romana y ahí fue donde yo por fin me bajé del carro. Mi amiga no comprendía mi desgana porque su disfrute preparando aquellos eventos era tal que le resultaba indescifrable que otros no pudiésemos sentirlo igual. Para mí sin embargo era incómodo, forzado, un esfuerzo que en absoluto conectaba con mi registro de la diversión ni con mi idea del disfrute.

Cierto es que mi madre, mis padres, tampoco fueron jamás seguidores de esta fiesta popular. De lo contrario, mi historia podría haber sido bien diferente hoy. O no. Seguro que hay hijos de devotos carnavaleros que reniegan de la fiesta y también fieles seguidores de las tradiciones que abrazaron sus padres.

En cualquier caso, y más allá de la festividad pagana que el carnaval tradicionalmente representa (originariamente inscrito dentro de la cultura cristiana, teniendo lugar antes del período de ayuno y de prohibición de comer carne que supone la cuaresma, previa a la semana santa) hoy sigo sin entenderlo y por tanto, sin entrar en la celebración. 

Hay tradiciones y rituales que nos vienen dados o que heredamos de nuestros antepasados y ancestros pero que no necesariamente tenemos que abrazar hoy en día desde la libertad individual que cada uno hemos podido conquistar.

Tal vez sea difícil aislarse o renegar del carnaval si uno nace en Tenerife, Río de Janeiro, Venecia o Cádiz. Yo no estoy en esa tesitura y por tanto no me cuesta ningún esfuerzo salirme de ese mapa. Igual que no me supone trabajo alguno prescindir de una semana santa que, alejada en gran parte de su significado profundo, me parece que tiene mucho de folclore y muy poco que ver conmigo, aunque mi ciudad y mi región la celebren fervientemente desde siglos atrás.

A todos no nos sirven igual de bien los mismos rituales, ni nos divertimos con las mismas actividades. Si pienso en el carnaval, especialmente en este momento de mi existencia, lo veo aún más si cabe como un rotundo sinsentido.

Me he pasado unos años tomando conciencia de que me paseé por la vida luciendo y dándole lustre a un personaje, es decir, a un disfraz que en realidad no soy yo sino el elemento que me permitió salir adelante; dándome cuenta además de cuántas máscaras me he puesto en según qué espacios para ser en cada caso la Gloria profesional, la seria, la divertida, la distante, la obediente, la seductora… ¡Qué cansancio!

Ahora que estoy procurando desenmascararme a mí misma despojándome de máscaras y ropajes innecesarios, menos aún me apetece vestirme justo de alguien o de algo que no soy yo. ¡Si hasta empleamos la expresión "me siento disfrazada" cuando nos ponemos algo poco habitual (un vestido de fiesta, de novia, un chaqué...) con lo que no nos sentimos especialmente cómodos justo porque no nos sentimos nosotros mismos! Más claro, el agua.

Muchos empleamos esta fiesta del carnaval para transgredirnos a nosotros mismos y hacer o decir, amparados por el disfraz (el que va encima del personaje, que es el gran disfraz) lo que no nos atrevemos a decir o hacer desprovistos de él; aquí me resulta curioso por ejemplo la enorme cantidad de hombres que se disfrazan de mujer (muchos tremendamente soeces e irrespetuosos  para con el cuerpo y la entidad femenina, desde mi humilde punto de vista) o la cantidad de mujeres que salen a exhibirse a través de no sé qué ideal errado de falsa voluptuosidad y exuberancia (actitud ésta que también me resulta tristemente decadente e incluso desesperada); también nos sirve a algunos el carnaval para dejarnos arrastrar por los excesos, como si con ellos fuésemos a llenar las oquedades que se nos quedaron vacías y prendidas en el alma.

Me resulta triste porque es un reconfirmar la tendencia que repetimos más discretamente en nuestro día a día: la de falsear una realidad tan acicalada ya que ni sabemos cuánto tiene de verdad y cuánto de maquillaje y de pose.

Tal vez ese carnaval que tan poco me gusta esté más cerca de lo que yo creo de otros festejos, como la feria por ejemplo, que sin embargo sí siento vibrar en mí (y eso que tampoco mis padres son feriantes de pro ni asiduos del albero). Tal vez no sean tan diferentes uno de la otra y esté cayendo yo misma en mi propio engaño, perdida en mi laberinto particular y desesperada buscando una salida que me traiga luz y aire. Es muy posible. Yo también soy una buscadora en ciernes.

En realidad sólo aprovecho la fiesta del carnaval que cronológicamente atravesamos estos días para reflexionar, como siempre hago en este blog, sobre algo que tiene un impacto en mí. Y en este caso la reflexión me lleva al sentido y la utilidad de celebraciones y rituales, pues vengamos de la cultura que vengamos, algunos aunque cercanos nos son ajenos y otros en principio muy alejados nos laten con emoción profunda en el interior.

Lo único válido y verdadero para cada uno de nosotros es eso que nos hace vibrar por dentro, ya sea familiar o venga del extranjero. 

Sentarme en el banco de una iglesia que permanece en silencio me suele emocionar mucho, aunque no esperaba emocionarme tanto, por ejemplo, el día que me planté frente al monumento de Stonehenge. Ambos son lugares dedicados al culto, a lo religioso e incluso a lo funerario; el primero muy familiar, el segundo en principio, ajeno a mi cultura. Sin embargo el latido, la emoción profunda estaba tal vez en el segundo más intensa que en el primero.

Nacemos en un lugar, parte de una cultura y tradiciones, y todo eso nos conforma. Pero luego crecemos, aprendemos, viajamos, nos relacionamos, elegimos y nos hacemos de fragmentos de todos esos lugares, personas y costumbres que atravesamos. Así que somos del lugar en el que estamos, hijos de la Tierra, ciudadanos de un mundo que fuera de los intereses creados, no tiene fronteras.

No sé si un día, libre ya de atuendos insulsos, me apetecerá disfrazarme. Todo es posible. De momento sigo optando por dejarle el carnaval, la semana santa y halloween a otros, y me quedo con mis ferias, cumpleaños, navidad y con los solsticios de verano y de invierno, buscando cada vez más el celebrar desde mi esencia, respetándome y respetando, haciendo lo que me resuena y que me hace sentir bien porque me trae verdad, y dejando a un lado lo que siento como ajeno.

No me disfrazo, no, gracias. Ando ocupada en desnudarme.

 

 

“No me gustan las máscaras exóticas
Ni siquiera me gustan las más caras
Ni las máscaras sueltas ni las desprevenidas
Ni las amordazadas ni las escandalosas.
No me gustan ni nunca me gustaron
Ni las del carnaval ni la de los tribunos.
Ni las de la verbena ni las del santoral.
Ni las de la apariencia ni las de la retórica.
Me gusta la indefensa gente que da la cara
Y le ofrece al contiguo su mueca más sincera
Y llora con su pobre cansancio imaginario
Y mira con sus ojos de coraje o de miedo.
Me gustan los que sueñan sin careta
Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas
Y si en la noche miran/ miran con todo el cuerpo
Y cuando besan/besan con sus labios de siempre.
Las máscaras no sirven como segundo rostro
No sudan/no se azoran/jamás se ruborizan
Sus mejillas no ostentan lágrimas de entusiasmo
Y el mentón no les tiembla de soberbia o de olvido
¿quién puede enamorarse de una faz delegada?
No hay piel falsa que supla la piel de la lascivia
Las máscaras alegres no curan la tristeza
No me gustan las máscaras, he dicho.”



Mario Benedetti

Comentarios (4)

Imagen de Anuchi

Anuchi dice:

12/02/2016 - 22:48

Sabes que soy de disfrazarme así, en un pis pas. Y me gusta, y me divierte, y me río!!! Pero te leo y, por supuesto, te respeto. La última frase ".... Ando ocupada en desnudarme" es tan mágica, tan grande... Gracias siempre.
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Gloria dice:

15/02/2016 - 19:34

Gracias, amiga. Tu gusto en el sentido opuesto prueba que todos somos diferentes. ¡El tuyo y el de millones de personas en todo el mundo! Ya sé yo de tu gusto por los disfraces y de lo bien que te salen. Lo que me gustaría saber es qué es eso que tanto te llama de disfrazarte, qué te aporta... Igualmente, respeto ante todo. ¡Bendito sea! Nos permite ser distintos y querernos mucho a pesar de las diferencias ;-)
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Anuchi dice:

18/02/2016 - 10:56

No me había planteado esa pregunta. Lo que sí tengo claro es que no van conmigo las tan manidas frases de "No nos damos cuenta, pero siempre fingimos lo contrario de lo que somos", o " todo el mundo se disfraza de algo que no es". Si me disfrazo de niña chica es la actitud, nada más. Y una de las cosas que más me aporta es pasar un buen rato con la persona que elija para preparar el disfraz. Sin saber coser, pues coses y cuando se deshace, pues te ríes. Simplemente disfruto con esos días puntuales en los que me disfrazo. Besicos
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Gloria dice:

18/02/2016 - 16:28

¡Doy fe! De los buenos ratos que pasáis preparando disfraces y disfrazándoos. De hecho, la primera vez que me disfracé de mayor, ¡fue con vosotras! ¡Jajaja! Aquella carreta era lo más y el día que pasamos, inolvidable. Gracias por compartir tu sentir y por favor, sigue disfrutando de todo lo que te hace disfrutar. ¡Besos de vuelta!

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