23
Sep.
2015
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com.

Caerse en otoño

Autumn rhythm (nº 30), de Jackson Pollock.


Hoy me propongo darle la bienvenida al otoño (primavera en el otro hemisferio), que no llega una estación nueva todos los días. Pero en lo profundo no las tengo todas conmigo, porque lo que verdaderamente me gusta es el calorcito y los días eternos, cuando el otoño que hoy aterriza me va a ir trayendo justo lo contrario.

Muchas personas, especialmente padres, madres y docentes, ven en septiembre y en el otoño un comienzo, un volver a la rutina y al orden, a las nuevas posibilidades. Para mí sin embargo esta estación la siento poco halagüeña, como lo era volver a las clases en mi época estudiante convencional; significaba precisamente el retorno a lo establecido, a la norma, a los límites, a la obligación y en gran parte, al aburrimiento.

A mí no me gustaba ir al colegio; disfrutaba de mis amigos, claro, de los ratos de recreo, de los ensayos del coro, de los trayectos en autobús, de los días que nos quedábamos a comer a bocadillo y jugábamos en las terrazas de nuestro centro casi desierto, porque la mayoría de los alumnos estaban en casa almorzando o camino de vuelta para acudir a las clases vespertinas. Aparte de esos momentos, las clases, fuesen de la asignatura que fuesen, me resultaban casi siempre soporíferas puesto que durante las mismas los niños permanecíamos inmóviles en nuestras sillas y pupitres hasta que el temido momento de salir (obligados en la mayoría de los casos) a la pizarra, llegaba.

Prepararme para el nuevo curso podía resultar divertido: comprar los libros, ojearlos y ver qué aprenderíamos ese curso, forrarlos, cambiar de mochila, afilar los lápices de colores… Lo que venía después era el mismo rollo de siempre, sólo que más difícil todavía, y eso era de todo menos excitante. Más horas de clase a medida que me hacía mayor, levantarme más temprano, más tiempo de oscuridad, menos juego y diversión, más obligaciones, mayores expectativas de los adultos, menos risas y mucho menos comprender lo que me estaba pasando y para qué era todo aquello. ¿Raíces cuadradas? ¿Ecuaciones diferenciales? ¿Tabla periódica de los elementos? ¿Hacer el pino? ¿Dar la voltereta en el plinto? ¿Estudiar de memoria las conjugaciones de los verbos irregulares latinos?

Cuando llega el otoño me parece conectar con aquellas vivencias, sintiendo cierta pereza y algo de tristeza también. Luego me voy adaptando, entre otras razones porque he elegido vivir en un entorno en el que los otoños existen de verdad y el invierno tarda mucho en venir, para llegar luego algún día de diciembre, hacer breve acto de presencia, y marcharse relativamente rápido disfrazado de anticipada primavera. Aún así, cuando mi despertador suena a las 7, ya hace días que aún es noche cerrada. Como los animales, hiberno, pues me acuesto más temprano invitada por una noche que se anticipa a medida que avanzan los días en el calendario. 

En inglés británico lo llaman ‘autumn’, que se parece mucho al ‘autumnus’ latino del que también viene nuestro otoño. Sin embargo, no sé por qué, en inglés americano otoño se dice ‘fall’, que significa precisamente ‘caída’. De nuevo, el lenguaje tan sabio, pues una caída paulatina es lo que esta estación trae consigo, como preparación al retiro invernal. Y siguiendo esa línea, la última acepción que el DRAE da de esta palabra es precisamente el “período de la vida humana en que esta declina de la plenitud hacia la vejez.

Así que, estirando la metáfora, el verano es plenitud y el otoño, declive.

Y para una mujer, el otoño de su vida es sin duda de algún modo, decadencia.

¿Será eso entonces? ¿La percepción de un principio de debilidad, de ruina que se va cerniendo sobre mí, que me sobrevuela como buitre ansioso de hincarle el pico a la carnaza?

Es hermoso ver a los árboles tornarse de color ocre y alfombrar la tierra con crujientes hojas. También es lindo comenzar nuevos retos y soñarlos o planificarlos con un objetivo en mente. Resulta enriquecedor hacerse mayor y atesorar vivencias y aprendizajes en el camino. Yo no cuestiono nada de eso.

Sí digo que se me antoja triste y que afligida y en parte confusa es como me siento en esta época del año. Es una realidad física, corporal incluso, que se traduce en cansancio, en mucho sueño, en pocas ganas de salir o de entregarme a actividades, físicas o no, que requieran un plus de energía. Es como quedarme sola después de unos días en compañía: más encerrada, prisionera de mí misma y de las sensaciones que me embargan.

El otoño es en gran parte vacío. Lo que antes lucía colorido y vivaz ahora cae yermo y deja un espacio que sólo ocupa el aire, y que sin duda podemos llenar de otras cosas. O no. Podemos dejar al vacío estar, en silencio, y aceptar lo que trae, a menudo un lugar para albergar nuevas realidades que antes, por el exceso reinante, no tenían cabida.

No reniego del otoño, de ninguna otra estación o mes del año, de la edad que atravieso. Todo momento tiene su función y su sentido.

Por eso me gusta pensar que tal vez no es vacío lo que me trae mi otoño, sino desnudez; porque con cada golpe de viento me despoja de algún elemento más que venía siendo superfluo, y que así va quedando en el camino, sin vida ya, inerte. La desnudez es también una forma de entrega, de callada aceptación. Y desde ahí, podremos dar paso al sosiego y a la reflexión que traerán consigo, tras el retiro del invierno, una nueva oportunidad de vida con la primavera.

Cuando llega esta época siempre me pregunto cómo será vivir en un lugar en el que no exista el otoño o el invierno que yo conozco. ¿Cómo será vivir con más horas de sol todo el año, sin zapatos cerrados ni calcetines, prescindiendo de abrigos, de bufandas y de calefacción en casa, ajenos a sopas, guisos y estofados varios? ¿Se sentiría mi cuerpo de otra manera? ¿Sería yo alguien diferente? ¿Cómo percibiría entonces mi nivel de energía y mis ganas? ¿Me resisto a envejecer o simplemente procuro aprender a estar cómoda en esta nueva piel que me está naciendo?

¿Lo experimentas tú? ¿Qué has sentido? ¿Cómo vives tú el otoño? ¿Supone para ti una caída?

 

 

“En el parque, yo solo...
Han cerrado
y, olvidado
en el parque viejo, solo
me han dejado.

La hoja seca,
vagamente,
indolente,
roza el suelo...
Nada sé,
nada quiero,
nada espero.
Nada...

Solo
en el parque me han dejado
olvidado,
...y han cerrado.”



(Poema Otoño, de Manuel Machado)

Comentarios (2)

Imagen de Anuchi

Anuchi dice:

30/09/2015 - 11:04

Ay Gloria, pensé que no me afectaría el cambio de estación. Ahora, leyéndote tranquilamente pienso que todo está en esta cabecita loca, pero me resulta tan difícil!!!! Así que seguiré tus enseñanzas para hacerlo más llevadero. Gracias.
Imagen de Gloria

Gloria dice:

30/09/2015 - 13:23

Compañera de banca y de pupitre, enseñanzas en mucho decir; más bien reflexiones de otra criatura otoñal, como tú. Estamos en el camino. Lo hacemos lo mejor que podemos. Ánimo y un gran abrazo.

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