25
Mar.
2015
0
com.

Buscando mirada

Imagen sin título del artista digital japonés Xhxix.


Ahora que conozco mejor la historia de la que vengo y a la niña que yo fui puedo también comprender más las dificultades de la mujer en la que me estoy convirtiendo (estoy aún en proceso, sí, esto es una tarea que lleva tiempo). "Crecer es aclararse", que decía la maestra Angélica Olvera.

Al comprenderme entiendo por ejemplo que me cuesta mucho, muchísimo, salir de mi zona de confort. Y cuando esa zona de confort es calentita (porque yo soy muy friolera), estoy acompañada (por el miedo interno que suele acompañarme) y en principio, no me falta nada (nada de lo material sobre todo), más difícil aún es dar el paso para salir de ella.

Pero llega un momento en el que la vida ahí se hace intensamente insoportable y así es como de una u otra manera, antes o después, termino por dar el paso. La desesperación me empuja. Y entonces me lanzo y salgo.

Todos los niños queremos una sola cosa en la vida: que nos miren, que nos atiendan, que nos reconozcan. En definitiva: que nos quieran. Y yo de niña era igual que el resto de los mortales: buscaba mirada, atención y cariño. Aprendí que cuando era ‘buena’ (como si hubiese niños ‘malos’, aunque a muchos adultos se nos llene la boca al decirlo), obediente, ordenada y pulcra los mayores me miraban y me querían más. Con el tiempo integré que para que me quisieran tenía que ser ‘buena’ en aquellos términos, pues aquello era ser bueno, y eso se convierte para mí en un modo de funcionamiento (y de supervivencia). Otras personas podemos necesitar ser dominantes, graciosas, traviesas, débiles, enfermizas o ‘invisibles’ incluso. Lo que sea que nos pida el entorno en el que vivimos para que nuestros mayores nos validen. En esto, el escenario manda, y los directores de escena, que en casi todos los casos son nuestras madres o las personas que ejercieron el papel maternante.

Luego nos hacemos jóvenes y adultos y seguimos comportándonos conforme a ese patrón aprendido, porque lo empleamos tanto a lo largo de los años que se convirtió en un automático nuestro interiorizado, que salta ya solo sin que tengamos que dar la orden de ponerlo en marcha. Y vamos por la vida, adulta en teoría, funcionando desde esos esquemas infantiles. Así que ahí estamos los adultos infantilizados creyendo que sabemos quiénes somos, qué queremos y a dónde vamos.

Yo aprendí a ser ‘buena’ y algunos de los comportamientos específicos que eso supone pudieron ser en mi caso: ser responsable, cumplir con mis obligaciones y compromisos, ser amable e interesarme por el otro, no molestar a los mayores, no pedir mucho (¿cuánto es mucho?) y cumplir con las expectativas que los otros tienen sobre mí. Esto que puede sonar ideal es de una complejidad tremenda, y además, enormemente cansado y pesado, especialmente para una niña pequeña.

Yo iba (y aún voy, pues a veces sigo sin controlar el automático) por los sitios pensando que todo el mundo es bueno y que por tanto, iba a encontrar a buenas personas en todas partes. Lo cual es en parte cierto, pero con truco. Todos somos buenos y todos llevamos a cuestas esa mirada infantil, que suele variar de unos a otros.

Yo me decía siempre a mí misma: “allá donde vaya, si hay  un grupo de personas, seguro que haré algún amigo, alguien con quien seguiré en contacto siempre; mínimo un 1%”. Y ¿por qué esa fijación de ‘coleccionar’ amistades? Por la necesidad de agradar y de obtener mirada de mi niña pequeña.

Las redes sociales han sido grandes maestras para mí en este sentido, pues son plataformas fascinantes para ver cómo funcionamos las personas, qué buscamos y qué damos a cambio de eso que se nos concede, cuánta mirada pedimos y cómo estamos dispuestos a exhibirnos/mostrarnos/entregarnos para lograrla.

Volviendo a esos lugares de encuentro con personas, yo tenía siempre esa idea infantil de hacer amigos allá donde fuese para estar en contacto con ellos después y así, ahora lo veo, seguir obteneniendo más mirada y más cariño. Para eso tenía que ser muy buena, claro, y llamarlos, escribirles, acordarme de sus cumpleaños y de sus aniversarios, invitarlos a mi casa e incluso ir yo a visitarlos, a veces con ganas pero la mayoría de las veces con un esfuerzo terrible. Porque para que me quieran, tengo que querer yo primero, claro, y si no sale natural eso del cariño, pues entonces yo me esfuerzo y cultivo ese querer, y así me dirán qué buena, qué encanto, qué atenta y disponible, y se relacionarán conmigo en esos términos. Y me querrán. O sea, que el amor que nos han enseñado a la mayoría de nosotros es todo menos incondicional, aunque nos quiera vender lo contrario.

Ir dándome cuenta de mayor de mi funcionamiento automático ha sido difícil, sobre todo cuando contacto con la niña que fui y con cómo se sintió ella. Me produce mucho dolor y una ternura inmensa conectar con esas emociones y recuerdos, hacerles sitio, darles validez y espacio, reconocerlos y volver a mi presente para integrar toda la información recopilada y comenzar a cuestionarme a mí misma y a mis maneras de actuar. Después de este recorrido algo tengo que cambiar en mis mecanismos porque ya no soy una niña necesitada de cariño sino una mujer adulta que puede mirar, verlo todo con ojos valientes y abrazar para integrar y seguir camino más clara.

Así fue como empecé a dejar de ser yo la que por sistema sugiriese y organizase los reencuentros con amigos y ex compañeros de trabajo, propusiese planes de quedada y movilizase los activos disponibles para que todo sucediese. Al principio algunas personas procuraban tirar de mí porque también ellas se habían acostumbrado a que Gloria propusiera, organizara y movilizara, pero fui consiguiendo mantenerme en mi sitio, poniendo mis límites.

Comencé a decir que no: a planes que no me apetecían o que no me convencían del todo, a personas que no acababa de ver transparentes, a propuestas que no sentía equilibradas con mi realidad o simplemente porque sentía que mis prioridades eran otras e iba a respetarlas. Y aunque al principio me sentía egoísta y culpable (es decir, corría el riesgo de no granjearme ni mirada ni aprecio sino lo contrario), luego me fui generando cierta sensación de poder interior, de validez personal y de seguridad interna.

Al mismo tiempo me propuse estar más conmigo misma y entregarme a actividades sola, algo que siempre hice mucho desde pequeña y donde recordaba haberme sentido muy bien; pasear, leer, ir a la biblioteca, al cine, a tomarme una caña, de compras, a clases de yoga… La soledad parece estar demonizada en esta sociedad nuestra donde tenemos que estar ocupados en numerosas tareas, conectados, compartiendo siempre y asegurándonos que se enteren los más de dos mil amigos virtuales que creemos tener.

¿Qué te vas al cine o a la ópera sola? ¿Te sientas en la barra de un bar a tomarte un vino sola?” Pues sí, y tan feliz además. Ahora me hace gracia observar cómo a tantas personas les parece extraño entregarse a una actividad así, especialmente cuando yo era una de ellas. Y es verdad: rara vez, cuando llego 10 minutos antes a mi sala de cine, me encuentro con personas, hombres o mujeres, que lleguen también solos (cuando las hay, en un 98% de las veces se trata de hombres). Ni qué decir de cuando me siento en una de mis terrazas favoritas a tomarme una caña o un vino. ¿Cuántas mujeres solas me encuentro allí o en la cafetería de turno? Cero. Por supuesto que no a todo el mundo va a interesarle hacer las mismas cosas que a mí, y tomarse un café a solas no tiene que ser de su agrado. Simplemente me resulta significativo. Y tal cual lo digo.

¿Existe alguna dificultad o algún peligro acechando entre las sombrillas de las terrazas, en los delantales de los camareros o en la penumbra de las salas de cine y teatro? Tal vez algo haya, sí. Aunque las dificultades y los peligros reales ya los atravesamos de pequeños, y sin embargo, aquí seguimos.

Tenemos miedo a la soledad y en ella no nos sentimos seguros. ¿Por qué? Porque ya pasamos demasiado tiempo solos cuando fuimos bebés y niños. Así de duro y así de triste. Y aún así, sobrevivimos. En parte porque somos mamíferos y estamos diseñados para vivir en manda, sí, eso es cierto. Pero está la otra cara, la que yace oculta detrás de la máscara. Y es que si no sabemos quiénes somos ni aprendemos a convivir con nosotros mismos, jamás podremos generar relaciones o vínculos auténticos y de calidad con el otro.

Por eso nos inventamos mil y una redes sociales y nos abrimos perfiles en todas ellas, y en un sobre-fuerzo para mí exagerado procuramos estar presentes en todas, buscando amigos, compartiendo imágenes nuestras en las que mostramos sobre todo nuestra mejor cara, la más atractiva y divertida, la más feliz, nuestros éxitos y conquistas; así conseguimos las validaciones que vienen de fuera y que necesitamos, como el niño necesita alimento. Porque nadie allá en la nube quiere saber que estamos tristes, o cansados, que tenemos miedo, que nuestra vida de pareja es monótona, que nuestro trabajo no nos aporta satisfacción, que nos sentimos solos, que difícilmente dormimos bien… Eso el resto de niños hambrientos y solos que estamos ahí fuera no queremos leerlo, verlo o escucharlo. ¡Bastante tenemos ya con lo nuestro y con ocultarlo o no mirarlo si podemos!





¿Cómo vamos a vivir felices y plenos desde esa mentira y escasez? ¿De qué manera conseguiremos desarrollarnos y conquistar los espacios en los que realmente ansiamos estar? Las parejas enriquecedoras, los trabajos que llenan, las aficiones motivadoras, los amigos incondicionales… ¿Cómo vamos a llegar ahí si nos mueve una mentira, si no vemos más allá del personaje que llevamos a cuestas y que en realidad no somos?

Ciertamente llevo unas semanas muy sesuda con estos temas, qué le voy a hacer, es lo que me pide el cuerpo y mi propio proceso. Realmente hoy me da bastante igual que alguien o nadie me lea, que comenten o respondan, porque de alguna manera he visto un trocito de mi sombra y descubrir lo que allí había me ha hecho comprender y me ha aliviado. Y eso para mí es una conquista en sí misma.

Sí me gustaría que este mensaje, que no es sólo mío sino que ya otros autores antes lo han compartido (justo los que me han ayudado a mí a verlo y que suelo citar a menudo), llegase a algunas personas y las llevase a pensar, a cuestionarse. Es necesario que así suceda. Nuestros niños lo necesitan. Los gobiernos de nuestros países lo necesitan. El planeta Tierra lo necesita. Individuos conscientes y auténticos que tengan registro de sus emociones y de quiénes son, para con ello desarrollar realidades (trabajos, parejas, familias, gobiernos…) que también sean conscientes y auténticas.

Mi hermano, que es un tío muy inteligente y un cinéfilo entregado, me pasó el otro día en un pen-drive los 8 capítulos (los únicos hasta ahora) de una serie envolvente y estremecedora (y eso que él no sabía que Matthew McConaughey me gusta con locura). Se titula True detective y en ella, el torturado y lúcido personaje del detective Rust Cohle ha conseguido llegar a profundos niveles de intuición y extrema calidad en el desempeño de su trabajo, precisamente gracias a la bajada que ha hecho a sus particulares infiernos personales y la conexión consigo mismo que ha brotado de esas trascendentes experiencias vitales. Por supuesto que nadie, ni siquiera a menudo su propio compañero, entiende de qué va este tío tan raro, ni valoran su trabajo, ni siquiera lo respetan. Más bien diría que lo ignoran y lo desprecian cuando tienen oportunidad. Claro que a Rust Cohle le da igual porque, vivido lo vivido, él está ya por encima del bien y del mal. Él ha visto, ha oído, ha sentido y ha sobrevivido a vivencias tremendas, y lo único que le ocupa es ser auténtico y hacer un buen trabajo el tiempo que sea que le queda por vivir.

Aún no he visto el último capítulo y no quiero verlo. No quiero porque mi hermano me ha dicho que, de seguir la serie, serán otros dos detectives distintos, dos nuevos personajes. Eso me hace pensar que estos dos hombres, y que sobre todo Cohle, tienen un final, uno que se presiente en cada minuto del metraje. Y no quiero que este hombre desaparezca. Me resisto a que así sea. Es demasiado auténtico como para perderlo (me he quedado tan impactada con esta serie que ya estoy trabajando en un artículo sobre ella. En breve lo veréis por aquí. Y para entonces ya me habré enfrentado al final).

En un momento determinado el detective Cohle dice: “Sé quién soy. Al cabo de tantos años eso ya es una victoria”.

Pues yo de mayor quiero ser como Rust Cohle.

 

 

“Yo fui la más callada.
La voz casi sin eco.
La conciencia tendida en sílaba de angustia,
desparramada y tierna, por todos los silencios.

Yo fui la más callada.
La que saltó la tierra sin más arma que un verso.
¡Y aquí me veis, estrellas,
desparramada y tierna, con su amor en mi pecho!”



(Fragmento final del poema Yo fui la más callada, por Julia de Burgos)

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