21
Nov.
2012
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com.

En busca de la perfección

Así que aquí estamos nosotros, los seres humanos, siempre esforzándonos por lograr un mejor trabajo/relación/hogar/coche/dieta/cuerpo/estilo de vida… Deseando convertirnos en alguien más sofisticado/más atractivo/más fuerte/más sabio/más acaudalado/más poderoso… Creyendo que nunca es suficiente porque nada es suficiente, nuestro mundo entero no es suficiente ya que siempre hay algo mayor/más grande/más emocionante que conseguir.

Es saludable y valioso tener objetivos, sueños, cimas que alcanzar. Pero, ¿qué pasaría si supiésemos, en lo más profundo de nuestro corazón, que somos perfectos tal y como somos? ¿Y si pudiésemos sentir esa convicción interna de que nuestro papel aquí es simplemente ser nosotros mismos? ¿Qué hay si soy perfecta dentro de mi humana imperfección, con mis aciertos y mis equivocaciones, con mis defectos y mis virtudes, cuando me caigo y cuando me mantengo en pie?

Entonces no hay errores ni arrepentimiento, no hay ninguna competición de la que formar parte ni necesidad de compararme con nadie nunca más. Soy lo que soy. Alguien que existe y que pertenece, que entrega y que recibe. Un ser viviente que busca equilibrio y alegría.

Si mi vida no es una carrera, ¿por qué iba a considerarme más gorda, más baja, más pobre, menos exitosa o más importante que nada ni nadie? Si me acepto como soy, ¿cómo podría estresarme por querer tener un armario más a la última, unos labios más voluptuosos o ese teléfono de últimísima generación? Eso no es lo que yo soy. Esas cosas no son yo y yo puedo liberarme de las capas más superfluas si así lo elijo, si realmente quiero ver mi yo más auténtico, ése que se esconde detrás.

Cuando me conecto con mi yo más profundo todo parece avanzar a una, haciendo un clic que lo hace encajar. Así que observo a mi propio equilibrio desde la distancia, experimentando cómo se está allí, cómo se vive allí cada día. Puede que no tenga sentido para nadie y que muchos procuren encontrar retorcidas explicaciones a mi cambio de dirección. Emplearán tiempo y esfuerzo en tratar de arrastrarme de vuelta, construyendo formulaciones mentales que justifiquen un movimiento intangible para ellos. Viven su propia realidad, que está bien como es, y yo vivo la mía, también real y respetable. No necesitan salvarme ni yo tengo que rescatarlos a ellos. Simplemente somos criaturas individuales que forman parte de algo más grande que nosotros mismos, y no hay expectativas que nos condicionen aparte de vivir y dejar vivir.

¿Cómo lo hacemos? Simplemente estando presentes y respirando, cada momento, todo el tiempo. “Respirar es el puente que conecta la vida a la conciencia, el que unifica a nuestro cuerpo con nuestros pensamientos”, dice Thich Nhat Hanh. Simple y complicado a la vez. Grande y pequeño. Todo y nada.

Ése es el campo y la tierra en la que encuentro mi alegría, mi equilibrio, mi libertad y mi felicidad. Siendo quien soy, siempre, todo el tiempo. ¿Quién si no iba a ser?




 

 

"Despierta. El día te llama
a tu vida: tu deber.
Y nada más que a vivir.
Arráncale ya a la noche
negadora y a la sombra
que lo celaba, ese cuerpo
por quién aguarda la luz
de puntillas, en el alba.
Ponte en pie, afirma la recta
voluntad simple de ser
pura virgen vertical.
Tómale el temple a tu cuerpo.
¿Frío, calor? Lo dirá
tu sangre contra la nieve
de detrás de la ventana;
lo dirá
el color en las mejillas.
Y mira al mundo. Y descansa
sin más hacer que añadir
tu perfección a otro día.
Tu tarea
es llevar la vida en alto,
jugar con ella, lanzarla
como una voz a las nubes,
a que recoja las luces
que se nos marcharon ya.
Ese es tu sino: vivirte.
No hagas nada.
Tu obra eres tú, nada más."



Pedro Salinas (La voz a ti debida)

 

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