13
Ene.
2016
2
com.

Bowie forever

David Bowie visto por Rex Ray, quien también murió de cáncer en febrero de 2015.


“El verdadero éxito viene cuando yo alcanzo una cierta plenitud en la composición e interpretación de un trabajo. Cuando un trabajo es, para mí, artísticamente vibrante siento que he alcanzado ese tipo de éxito que me parece el único por el cual vale la pena luchar. Cualquier éxito material es algo secundario o, supongo, una especie de bono de reconocimiento. El real éxito es artístico y espiritual.” David Bowie

Mientras tras semanas de negociaciones y agotando todas las fechas límite un nuevo presidente se pone al mando en Cataluña y los diferentes grupos políticos de la nación se debaten en reuniones para generar posibles coaliciones de gobierno; en tanto que medio mundo pone los ojos en balones de oro varios y en un atentado suicida que acaba de nuevo con la vida de personas inocentes, ayer amanecíamos con la triste noticia, para mí al menos, de la muerte de David Bowie. 

Mi prima Carmen nos lo contaba a primera hora de la mañana con un breve mensaje en el grupo familiar del que somos parte, y yo no daba crédito. Entre otras cosas porque el viernes anterior había seguido el lanzamiento de su último trabajo, Blackstar, y había visto en televisión las impactantes imágenes de su primer videoclip, Lazarus.

En él vi a un hombre visiblemente envejecido, haciendo uso de muchas de las herramientas que seguro aprendió de su maestro de mimo e interpretación Lindsay Kemp; aparece acechado por una mujer joven que me pareció personificaba a la muerte. Y pensé: aquí está otra vez el gran Bowie tocando llagas, mirando y sacando a la luz lo que nadie quiere mirar, hablando de lo que nadie quiere hablar.

No sabíamos entonces que estaba enfermo. La prensa internacional insistía tras conocerse su muerte en que el diagnóstico de la enfermedad, cáncer de hígado, se remontaba 18 meses atrás, pero que ni el artista ni su familia quisieron hacerlo público.

No he sido nunca una leal fan de Bowie aunque siempre me gustó, me atrajo, me fascinó incluso. Creo recordar que mi primer contacto vino de la mano del cine, a través de esa maravillosa película de Jim Henson Dentro del laberinto, interprentando a Jareth, el Rey Goblin. Yo tenía 11 años y ya hacía rato que era fiel seguidora de La bola de cristal y los electroduendes, así que ni la estética ni la fantasía que aquella peli proponían me eran ajenos, sino justo lo contrario.

Así que antes que actor, aquel hombre fascinante era inglés y músico, una faceta esta última que fui descubriendo durante mi adolescencia y juventud. Curiosamente mis canciones favoritas de Bowie se remontan a sus primeros tiempos: Space oddity (1969 y reedición en 1973, cuando yo aún no había nacido), Starman (1972), Life on Mars (1971 y 1973), Young americans (1975), Let’s dance (1983).

Hace unos años mi amigo Sean, con quien siempre he hablado de música, me regaló un CD doble con los grandes éxitos de Bowie. Desde entonces suelo llevarlo siempre (junto a otra recopilación doble de Prince, por cierto) en la guantera del coche, porque pincharlo y cantar esos temas a todo volumen es una de las terapias más saludables a las que me he entregado jamás.

Con Bowie se va un gran músico, uno que ha hecho parte en la historia, y también una persona que se lanzó a la búsqueda de su sí mismo, de su sentido, de un propósito y de un cauce a través del cual expresar al ser que llevaba dentro.

Tuvo la valentía de recorrer caminos a veces muy incómodos para descubrir la belleza, la sabiduría o el aprendizaje que llevaban adheridos. Buscando y para sobrevivir se inventó personajes en los que se convirtió por momentos y que a menudo se apoderaron de él, arrastrándolo e incluso haciéndole mucho daño. David procuró liberarse y escapar de esos ropajes que voluntariamente se colocó en un principio, y así se deshizo del andrógino Ziggy Stardust y del Duque Blanco que él mismo había dado a luz.

Las peleas, las drogas, la ambigüedad sexual entiendo ahora que fueron meros vehículos para dar salida a ese ser esencial que pujaba por salir y que buscaba un cauce desesperadamente, rebelándose contra todo lo establecido y sin importarle lo que parte del mundo pudiese llegar a pensar de sus controvertidas manifestaciones artísticas.


“Fuera del escenario soy un robot. En el escenario consigo emocionarme. Eso probablemente explica por qué prefiero disfrazarme de Ziggy a ser David.”
David Bowie

Maquillarse, ponerse un vestido, fardar de ser bisexual, cambiar su look con cada nuevo trabajo, fomentar y jugar con la androginia… David buscaba y se erigía en vehículo de su sí mismo para perseguir una meta tal vez bajo la forma de creatividad, de éxito, de plenitud personal. Jamás se rindió, ni a pesar de los repetidos fracasos durante sus primeros años de recorrido artístico, ni por las críticas que, sobre todo desde EEUU, le llovían por su epatante actitud y manifiesto exhibicionismo.

Todo eso no son más que oropeles y accesorios. El artista, a través de su personaje, busca expresarse y llenar un vacío que es bien antiguo.

Parece que Bowie encontró cobijo, dirección y sentido en la figura de su segunda mujer, de la que siempre habló maravillas. Decía que se enamoró perdidamente de ella nada más conocerla y que el día de su primer encuentro andaba ya fantaseando con cuáles serían los nombres de los hijos que iban a tener juntos. Jamás se separaron.

Efectivamente el amor salva. Salva vidas y nos salva a las personas. Cierto es que Bowie acababa de cumplir 69 años; un hombre relativamente joven aunque con una larga vida a sus espaldas. Si hay que morir, 69 me parece una edad razonable; uno ha podido transitar experiencias, reconocerse si es que le ha echado valor al asunto, enmendar errores, dejar un legado…

La enfermedad es parte de la vida y las hay que, sin piedad, no importa la magnitud del genio del que se apoderan, llegan y arrasan. Justo lo que hace el cáncer, a través del cual nuestras propias células alteran su comportamiento natural para rebelarse contra ellas mismas, contra nosotros, y se transforman, volviéndose al lado oscuro, iniciando una guerra interna en la que procuran hacerse con el ejército más poderoso para vencer al todo. Muy a menudo, ganando la batalla.

Si el alzhéimer ha sido y está siendo la enfermedad de las generaciones más ancianas (nuestros abuelos, aquellas personas que sobrevivieron a guerras civiles y a hambrunas, a la escasez y el sobreesfuerzo, a golpes militares y dictaduras), el cáncer se erige sin duda en el verdugo de nuestro tiempo, uno que parece venir para quedarse algún tiempo. Nos lamentamos de que los avances contra el cáncer no estén próximos siquiera a una esperanza de cura, de abolición de la enfermedad. Tal vez porque la solución no pasa por ir en contra de nada sino a favor del todo.

En 2006 Christopher Nolan dirige a Bowie en la fabulosa The prestige, en la que da vida ni más ni menos que a Nikola Tesla, el brillante y controvertido científico e inventor, que en la cinta se empeña en el encargo de crear una poderosa e implacable máquina que consiga tele-transportar a uno de los personajes principales en el escenario, como su truco estelar de magia. La tele-transportación sin embargo no parece funcionar, aunque lo que la máquina sí consigue es crear un duplicado exacto de todo lo que se coloca en ella. Es decir, consigue clonar.

Me parece un curioso guiño de la vida que Bowie personifique a Tesla, que este genio musical, actor y productor se ponga en la piel de un científico visionario que revolucionó su tiempo y también el nuestro con sus descubrimientos. Y que sea el cáncer, una especie de fuerza todopoderosa que revoluciona células sanas para que se rebelen contra sí mismas, clonándolas en células cancerosas para destruir el organismo sano. Un cáncer de hígado, el órgano más voluminoso de nuestro cuerpo y uno que regula funciones metabólicas vitales para nuestro organismo (filtra y limpia la sangre, elimina toxinas, colabora en la transformación de los alimentos en nutrientes, genera bilis para digerir las grasas, almacena vitaminas y minerales, obtiene hierro de los glóbulos rojos,…)

Tal vez la ingesta recurrente de drogas y alcohol desembocó en un hígado cansado, no lo sé. Pero en cualquier caso me pregunto: ¿qué genera en primer lugar esa toma desesperada de sustancias, esa búsqueda de la provocación, del explorar límites y traspasarlos por sistema?

Como cualquier otro enganche o adicción (más o menos liviana, legal o normalizada) el individuo está respondiendo a una necesidad de llenado; el llenado cubre un vacío y el vacío es siempre de amor. De amor antiguo, primigenio.

El cáncer es amor en el plano equivocado”, dicen Dethlefsen y Dahlke en su libro La enfermedad como camino. Y en el capítulo dedicado a esta enfermedad continúan: El cáncer no muestra amor vivido, el cáncer es amor pervertido. El amor salva todas las fronteras y barreras. En el amor se unen y funden los opuestos. El amor es la unión con todo, se hace extensivo a todo y no se detiene ante nada. El amor no teme a la muerte, porque el amor es vida. El que no vive este amor en su conciencia corre peligro de que su amor pase a lo corporal y trate de imponer ahí sus leyes en forma de cáncer. También la célula cancerosa salva todas las fronteras y barreras. El cáncer pasa por alto la individualidad de los órganos. También el cáncer se extiende por todas las partes y no se detine ante nada (metástasis). Tampoco las células cancerosas temen a la muerte.”


Bowie se pasó la vida empeñado en diferenciarse, reinventarse, separarse del resto e incluso de sí mismo, poniéndose al límite para experimentar y auto-descubrirse. El amor pudo haberlo salvado y casi alcanza los 70, aunque los dos últimos años de su vida al menos se los pasase luchando contra su sí mismo a través de un hígado rebelde que pudo vencer al todo del que hacía parte.

Hay una tendencia esquizoide en mi familia, así que me atrevo a decir que estoy afectado por ella. La mayoría de mis familiares ha estado en algún tipo de institución mental y mi hermano no quiere salir. Le gusta mucho.
David Bowie

Ahora que vuelvo a ver el videoclip de Lazarus, que escucho la letra de la canción, pienso en el Lázaro bíblico que Jesús devolvió a la vida: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.” (Juan 11, 17-44)




Me da la impresión de que Bowie, ese hombre estelar de su canción que cual Jesucristo venido de espacios siderales temía aparecerse ante nosotros para que no estallaran nuestras cabezas ante su grandeza, lo entendió al final. Y no sólo entendió sino que aceptó e integró. Tal vez por eso tuvo la capacidad, con su hígado destrozado ya, de despedirse tan magistralmente, de elevarse tal vez, por qué no, cual Lázaro contemporáneo, por encima de sus luchas internas. Las mismas que nos empeñamos tantos en alimentar en gobiernos regionales, nacionales, en territorios ocupados, en países fronterizos con iguales o diferentes religiones. A ver si al final el que más y mejor se entera de todo es un futbolista argentino de 28 años al que le he oído decir esta mañana que el reconocimiento individual (por el nuevo balón de oro que recién le otorgan de nuevo) tiene menos valor, menor importancia que el triunfo del equipo en un mundial. Es decir, que el bienestar y el triunfo del todo está por encima de los logros de las partes individuales. ¿Va a resultar que Messi es un genio de verdad, con todas las letras?

La solución, el bienestar, la salud pasan por vivir en, para y desde el todo, entendiendo que todo y que todos somos uno. Que el hígado no puede vivir sin el resto de órganos y que el cuerpo no puede vivir sin el hígado. Que catalanes y españoles somos europeos y ciudadanos del mundo, y que los musulmanes son nuestros hermanos. Que no hay más brechas que las que nosotros mismos nos empeñamos en abrir y alimentar y que con amor toda separación se torna vínculo. Desde la voluntad, sí, pero sobre todo desde la conciencia.

C.S. Lewis, otro ilustre británico, (irlandés, para no herir sensibilidades, ahora que el nacionalismo está pujando más fuerte que nunca en tantos terrenos) decía que las dificultades preparan a personas comunes para destinos extraordinarios. Puede que ése haya sido el caso de Bowie. Y que con su ejemplo podamos aprender los demás, igual que podemos hacerlo, si nos ponemos a ello, cuando escuchamos lo que sucede en Cataluña, en Siria, en Venezuela…

Somos uno, no hay separación. Y mientras sigamos empeñados en separarnos, existirá el cáncer.

Mientras nos enteramos de todo esto, podemos seguir calzándonos los zapatos rojos y, como nos invita Bowie a hacer, lanzarnos a bailar.




 

Look up here, I'm in heaven
I've got scars that can't be seen
I've got drama, can't be stolen
Everybody knows me now

Look up here, man, I'm in danger
I've got nothing left to lose
I'm so high it makes my brain whirl
Dropped my cell phone down below
Ain't that just like me?

By the time I got to New York
I was living like a king
Then I used up all my money
I was looking for your ash
This way or no way
You know, I'll be free
Just like that bluebird

Now ain't that just like me?
Oh I'll be free
Just like that bluebird
Oh I'll be free
Ain't that just like me?



Lazarus,
de David Bowie




 

Comentarios (2)

Imagen de Fernando

Fernando dice:

15/01/2016 - 02:47

gente que sabe que se va y te regala caricias para despedirse
Imagen de Gloria

Gloria dice:

15/01/2016 - 09:37

Así es. ¡Qué talento y qué generosidad! Nos sobran Maestros. A ver si les hacemos justicia.

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