30
Sep.
2015
0
com.

Bendita lectura

No conozco al artista ni el título, pero encontré esta imagen y me viene al pelo. 


"¿Qué dice tu librería personal de ti?"

Me pregunta desde su blog Seth Godin. “Enséñame tu estantería”, continúa; “muéstrame las ideas que has coleccionado una a una a través de los años, los cambios que has hecho en tu manera de ver el mundo”.

Me conquista su invitación. Le recojo el guante.

Algo que siempre hago, velada o descaradamente (según la confianza que tenga con quien me recibe) cuando entro en una casa, oficina o espacio es fijarme primero en si hay libros, y después, en qué libros son, cómo están colocados, si tienen vida o si sólo están allí como mero ornamento.

Los libros no son para todo el mundo el tesoro imprescindible, el objeto de arte o el anclaje emocional que representan para mí, para algunos de los que estáis leyendo esto (sé que compartimos esta loca vivencia, sí ;-)

Para muchos de nosotros, los libros realmente son algo más que un objeto hecho a base de papel y tinta que recoge contenidos valiosos y/o entretenidos. Son una ventana abierta a un mundo que de pronto se nos hace más ancho y amplio, ofreciéndonos fascinantes vistas a las que no teníamos acceso antes, un paisaje bellísimo que se despliega ante nosotros en todo su esplendor. Por eso hay libros que se convierten en compañeros de vida; libros a los que volvemos una y otra vez; libros que ansiamos tener y que regalamos incesantemente porque queremos compartirlos; libros que protegemos como joyas preciosas y que sin duda nos llevaríamos a una isla desierta, 
parte de nuestro ligerísimo equipaje de subsistencia.


Recuerdo las tremendas ganas primero y después la inabarcable satisfacción que sentí de pequeña cuando aprendí a leer; cuando conseguía transitar aquellas páginas plagadas de dibujos y de caracteres que se mezclaban y se unían ante mí como jeroglíficos indescifrables. Porque de pronto, poco a poco, como si la magia existiese en ellas o en mi mirada, a través de mi aprendizaje se volvían inteligibles a mis ojos y a mi entendimiento, cargados de sentido y de significado. Dice Vargas Llosa: "Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado. Casi 70 años después recuerdo con nitidez esa magia de traducir las palabras en imágenes".

En mis estanterías atesoro muchos y variados libros: desde la colección de Gloria Fuertes que mis padres me fueron comprando durante mi infancia hasta las obras completas de Kafka que yo adquirí por correo, pasando por los poemas de Ángel González, los cuentos de Cortázar o la fantasía realista de García Márquez. Pero aún hay mucho, mucho más

Kafka, que fue en torno a mi mayoría de edad un tsunami de magníficas dimensiones, dijo que "un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros". ¡Qué portento de imagen! Un hacha afilada y potente que nos parte en dos y nos astilla hasta la médula, dejándonos marcados por siempre. Nos asesta un tajo de gracia, no mortal, sino vital, que nos transforma. Y ya no podemos jamás volver a los que éramos antes de haber devorado esas movilizadoras páginas.

En una librería personal, como en una biblioteca pública o en el corazón humano, hay espacio para todo y para todos; hay amor de sobra para entregar a unos y a otros, igual que entre nuestros anaqueles siempre cabe un ejemplar más; si no de pie, tumbado al menos; encima o debajo de otros; apoyado en la pared, en una planta. Siempre hacemos espacio para otro abrazo, para un último beso al despedirnos, aunque llevemos ya minutos diciéndonos adiós. Siempre hay lugar para un nuevo autor, para otro libro. Siempre cabe una gema más en el cofre del tesoro.

Todos y cada uno de esos libros que pueblan mi biblioteca particular me ha cambiado la vida en una u otra dirección, me han convertido en la persona que hoy soy. Y como le pasa a Godin, cada vez que un libro nuevo llega a esta que es su casa, lo atiendo con ilusión y deseo, lo abro, lo miro con cuidado, lo palpo y lo huelo, investigo sus detalles (la tipología, los pies de página y los encabezados, la distribución de los capítulos, el índice y el epílogo…) y finalmente leo dos o tres páginas al azar para dejarme sentir lo que me anticipa. ¡Es un placer inmenso, un entusiasmo interno intensísimo que se retroalimenta sin fin! Aún no lo he leído, pero casi puedo saborear lo que este libro nuevo que sostengo va a decirme, y me deleito imaginándome los paisajes que va a descubrirme y las nuevas puertas a otros lugares que sin duda me va a mostrar.

Luego lo leo con dedicación, me dejo llevar por los sentidos y sensaciones, por las posibilidades que me plantea, y sin proponérmelo pienso en esas personas con las que puedo compartirlo o compartir un fragmento, un capítulo porque sé que les gustaría, que les sentaría bien, que lo encontrarían útil o incluso valioso. Y me rebosa el alma de alegría cuando les hago el envío deseando que les sirva bien y lo atesoren. Como dice Alberto Manguel: “dar un libro a otro lector es decirle: "Éste fue mi espejo; ojalá sea el tuyo"
. Si no es así, si ni siquiera responden, tampoco importa mucho; la intención es siempre amorosa, y eso es para mí recompensa suficiente. En el peor de los casos, ¡el placer ha sido todo mío! 

Sobre el placer de la lectura habla deliciosamente bien Alberto Manguel en este artículo que titula Elogio de la lectura, y dice: “Pero, ¿qué es este placer? ¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras, de entendimiento adquirido como por acto de magia, de manera profunda e intraducible? ¿Por qué nos lleva a rechazar ciertos libros sin misericordia y a coronar a otros como clásicos de nuestra devoción si algo en ellos nos conmueve, nos ilumina, pero por sobre todo nos deleita?”


Y continúa: “El placer de la lectura, que es fundamento de toda nuestra historia literaria, se muestra variado y múltiple. Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de lectura sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera.”

Igual que todo los lectores somos diferentes entre nosotros, también hay que personas que pasan de la lectura, aunque a mí me cuesta creer que así sea, que hay por el mundo gente que no lee; y no porque no puedan o no sepan, sino porque no les gusta, dicen, porque no quieren, digo yo, o simplemente porque no se han puesto a ello de verdad, de corazón. Aunque también se me ocurre pensar que aquel que practica boxeo sentirá que yo estoy loca por no plantarme los guantes; o el que se tira en paracaídas defenderá que no hay nada en el mundo mejor ni más alucinante que su afición y que todos deberíamos conquistar los cielos para lanzarnos en picado colgados de nuestros artefactos. Bien está. A mí que no me esperen. Ni uno, ni el otro. 

Siendo realista y objetiva, me parece que leer es una actividad asequible en cualquier sentido, al alcance de cualquiera. De cualquiera que sepa leer, por supuesto. ¡Qué importante, qué regalo de la vida aprender a leer y leer luego, mucho e intensamente! "Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído", decía Jorge Luis Borges. Es básico que todos los niños del mundo tengan sus necesidades primarias cubiertas. Y luego, que aprendan a leer.

"Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes somos y con quiénes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente." Citando a Manguel de nuevo.

Y quiero terminar este post con el último párrafo de su bellísimo artículo, pues ahora que estamos sumidos en la sociedad de la información y que la prensa y los políticos nos bombardean con mensajes maniqueos las 24 horas del día desde cualquier ángulo, es más importante que nunca cultivar la conciencia crítica, ampliar nuestra mirada y aprender a ver la realidad que nos circunda desde diferentes puntos de vista, para crecer fuertes y confiados, para sentir que tenemos recursos de los que valernos y referentes internos de los que echar mano. Cada autor, cada libro, cada página de mi biblioteca particular es un asidero al que agarrarme para comprender quién soy y qué sucede en mi entorno
También en palabras de Vargas Llosa: "Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría."

"Quienes están en el poder nos dicen que para sentir placer tenemos que olvidarnos del mundo, someternos a normas autoritarias, dejarnos subyugar por míseros paraísos, deshumanizarnos. Pero el auténtico placer, el que nos alimenta y nos anima, tiende a lo contrario: a tomar consciencia de que somos humanos, que existimos como pequeños signos de interrogación en el vasto texto del mundo. Quienes tenemos la fortuna de ser lectores sabemos que es así, puesto que la lectura es una de las formas más alegres, más generosas, más eficaces de ser conscientes." Manguel.

Amén.


"Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, el alma olvidada
las cosas que pasaron.
Leer, leer, leer, ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?"


Miguel de Unamuno

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